"GRANDES EGIPTÓLOGOS"

 

 

Henry Salt

(1780 - 1827)

   

     REFERENCIA DIDÁCTICA

Henry Salt es más conocido en el campo de egiptología por sus esfuerzos en coleccionar antigüedades. Nació en Lichfield, Inglaterra, en 1780. Hijo del médico local se formó como pintor de retratos, estudiando en la Academia Real bajo la dirección de Farington y Hopper. Una gira de los países del este entre 1802 y 1806, acompañando al coleccionador George Annesley, vizconde de Valentía, fue su primera introducción a Egipto. Después de una misión del gobierno a Abisinia de 1809 a 1811, se le fue ofrecido un puesto de cónsul general británico en Egipto. Llegó en 1816 y estuvo en su puesto hasta su muerte en 1827 por la disentería que ocurrió tres años después de la muerte de su mujer por culpa del cólera. Salt fue enterrado en el jardín de su residencia en Alejandría, el cuál se convirtió en el cementerio europeo.

Durante su trabajo como Cónsul general, apoyó con fondos muchas excavaciones en Egipto y en Nubia y adquirió muchas antigüedades de valor para el Museo Británico y para su propia colección. Con el servicio de Giovanni d’Athanasi y Giovanni Belzoni, obtuvo varios monumentos importantes de Thebes. Con la recomendación urgente del orientalista suizo Burckhart, Salt empleó a Belzoni para coger un enorme busto de granito de Rámses II conocido como el Joven Memnon, del Ramesseum en 1816. Salt lo presentó al Museo Británico el año siguiente. Durante las dos décadas siguientes, el Museo Británico compró muchos objetos de la colección de salt, incluso algunos de los trabajos más grandes de la escultura egipcia que hay en sus galerías. Otros museos también beneficiaron de estas actividades, incluso la compra de Sir John Soane del sarcófago de alabastro de Sety I que descubrió Belzoni. El Louvre adquirió la segunda colección de Salt en 1826 que incluía el sarcófago de Rámses III.

Salt operaba en una época en la cual el interés por las antigüedades de Egipto era muy alto. El deseo de adquirir objetos para colecciones públicas o privadas era ayudado por la actitud relajada del gobierno de Muhammad Ali hacia las antigüedades. Hubo rivalidad entre los representantes de distintos países europeos. Se tuvo que separar el país en zonas privadas de explotación no oficiales, especialmente entre los agentes de Salt y los del Cónsul general de Francia, Drovetti. Detrás de esta furia de la compra a por mayor, seguían los esfuerzos de Champollion, Lepsius, Wilkinson, Hay y otros en expediciones académicas para documentar los monumentos que quedaban en Egipto. Para ser justo, Salt también usó de su talento de dibujante para documentar monumentos. Pero sus esfuerzos en el dominio académico no fueron tomados en serio por sus contemporáneos. Pocos de sus dibujos han sobrevivido o han sido publicados.

 
     
 

Sir Gaston Camille Charles Maspero
(1846-1916)

Pocos personajes son tan prominentes en la historia de egiptología como Sir Gaston Camille Charles Maspero, un francés astuto y corpulento que dirigió el “Service d’Antiquités Egyptiennes” de 1881 a 1914. Desde pequeño Maspero mostró mucha aptitud académica y fue educado en el “Lycée Louis le Grand” y la “École Normale”. Fue profesor de egiptología en “École des Hautes Études” y luego de filología y arqueología egipcia en el “Collège de France” en 1874. A pesar de su éxito académico , su vida privada fue puntuada con tragedias . Su primera mujer murió después de solo 2 años de matrimonio. Luego perdió a dos hijos, Jacques y Henri, nacidos de su segundo matrimonio, en las dos guerras mundiales respectivamente.

Auguste Mariette, Director y fundador del “Service” introdujo el joven Maspero al estudio de los hieroglíficos y despertó su interés. No obstante, Maspero tuvo que trabajar de profesor de historia e idiomas para sobrevivir hasta que se presentó la oportunidad de visitar Egipto en 1880.

Llegó con una Misión Francesa, más tarde conocida como el Instituto Francés de Arqueología Oriental. Un año después, cuando murió Mariette, sucedo al Director del “Service” y del Museo Bulaq (ahora el Museo Egipcio).

Era una época muy interesante e incluso peligrosa para tener este puesto de trabajo. Adquirió muchos objetos para el museo y editó el catálogo de 50 volúmenes de las antigüedades del Cairo y los volúmenes del Templo Nubio, limpió el Templo de Karnak de los escombros que había, y organizó el “Service” en un sistema de inspecciones a través todo Egipto. Durante sus varios viajes subiendo y bajando el Nilo, encontró tiempo para seguir con sus investigaciones arqueológicas en Giza y para organizar el proceso de documentación de las tumbas en el Valle de los Reyes. Dio a Davis, un abogado americano rico y aficionado a la arqueología, una concesión para trabajar en el Valle de los Reyes, en cambio de su trabajo anterior de limpieza de los escombros de las excavaciones. Davies descubrió muchos sitios y Maspero estaba allí cuando se abrió la misteriosa tumba “Amarna Cache” en el Valle de los Reyes en 1907. Pero traficantes de antigüedades estaban robando en los monumentos. Uno de los descubrimientos más importante salió de una ratería de la familia Abd el-Rassul en el banco oeste de Luxor. En 1881, la apariencia en el mercado de antigüedades de pequeños objetos reales dio de sospechar a los oficiales que un descubrimiento mayor. En pocos días, un espectacular escondite lleno de momias reales en la tumba 320 de Deir el-Bahari fue rápidamente transportado al museo del Cairo.

Maspero era un hombre intelectual, diplomático y sociable, lo que le daba ventajas para dirigir el “Service” porque la vida social en el Cairo a menudo se centraba alrededor de la arqueología. Llevaba una correspondencia con Amelia Edwards, fundadora de la organización que se llamaría más tarde “Egypt Fundation Society”, y ayuda mucho a Sir William Matthew Flinders Petrie. Uno de sus buenos amigos era el holandés Herman Insinger, un coleccionador, banquero y fotógrafo amateur a quien permitió fotografiar el momento en que se desenvolvió las momias reales.

En 1886, Maspero regresó a Francia, pero en 1899 volvió a dirigir el “Service” y continuó hasta 1914. Murió dos años más tarde, con 70 años, cuando iba a hacer un discurso en una reunión de la Académie des Inscriptions en París.

 
     
 

Robert Hay
(1799-1863)

Nació en Berwickshire, en Escosia en 1799. El servicio en la armada le llevó a Alejandría en 1818 y su visita, además de su lectura de los trabajos de Belzoni, le inspiró a regresar a Egipto y a viajar.

Durante 10 años, desde 1824, R. Hay exploró Egipto dibujando y pintando acuarelas de los sitios. Viajó a menudo con otros artistas, incluso Joseph Bonomi y Edward Lane. Navegó en el Nilo hasta Abu Simbel, parándose en los distintos sitios a lo largo del río para documentarles y hacer moldes de los relieves con yeso.

E l antiguo Thebes fue el sitio que más impacto a Hay que estuvo un tiempo en el Valle de los Reyes. Durante su estancia allí, vivió en la tumba de Rámses IV(KV2) mientras sus amigos se quedaron en la tumba de Rámses VI(KV9). En esta época, dibujó acuarelas de los interiores de la tumba.

En 1828, se casó con Kalitza Psaraki, una esclava que había sido raptada de su tierra, Creta, por los turcos que la llevaron a Egipto. Acompañó a Hay durante el resto de su exploración en Egipto.

La publicación en 1840 de sus litografías de Cairo no fue popular pero las imágenes tienen un gran valor para los egiptólogos hoy. La biblioteca del Museo Británico posee 47 volúmenes de apuntes y dibujos hechos por Hay que no fueron publicados. Donó los artefactos y los moldes de yeso que había coleccionado al Museo Británico.

Robert Hay murió en East Lothian en 1863.

 
 

 
 

Alexander Piankoff
(1897-1966)

Alejandro Piankoff nació en San Petersburgo en 1897. Empezó a interesarse a la egiptología de niño después de haber visto una colección privada sobre Egipto antiguo en un museo. Su trabajo académico sobre los clásicos, la filología egipcia e sus idiomas fue interrumpido por la 1era guerra mundial, pero después de esta, estudió en Berlín y en la universidad de París. Recibió su licenciatura de la universidad de París en 1930.

Después de la 2ª guerra mundial, Piankoff viajó al Cairo donde trabajó para el Instituto Francés, la Fundación Bollingen y el Centro Nacional de Investigación Científica de Francia, especializándose en la filología y religión egipcia. Tradujo muchos textos religiosos. Su trabajo más conocido fue en Thebes. Documentó las tumbas de Ramsés V y VI (KV9) y estudió los relieves en las paredes de la tumba de Tutankhamon (KV62).

Alejandro Piankoff murió en Bruselas en 1966.

                    SIR Jon Gardner Wilkinson
                  (1797-1875)

                            

                    

                       REFERENCIA DIDÁCTICA

Wilkinson esta considerado como el fundador de la Egiptología Británica. Nació en Little Missenden, Bucks, el 5 de octubre de 1797, hijo del reverendo John Wilkinson y de Mary Jane Gardner. Wilkinson fue educado en Harrow y entró a Exeter College en Oxford en 1816. Dejó Oxford en 1818 después de diplomarse y entró en el ejercito. En 1820, conoció a Sir William Gell en Italia, y Gell le convenció de dejar el ejercito y concentrarse en el estudio de arqueología.

En 1821, Wilkinson fue por primera vez a Egipto. Ya en 1824 y luego en 1827-27, dirigía excavaciones en Thebes, particularmente en las tumbas reales, y en 1826 se construyó una casa en Gurna. Fue el primer egiptólogo en hacer un estudio completo de las tumbas en el Valle de los Reyes. Caminaba a través de la necrópolis de Thebes con un pincel y pintura al óleo marrón para numerar las 21 tumbas abiertas en el valle y 4 tumbas en el Valle del Oeste y un gran número de tumbas de los nobles. Su sistema de numeración esta todavía utilizado por los arqueólogos hoy. Además, desenrolló una cronología de las dinastías del Nuevo Reino en Thebes y estableció fechas para las tumbas reales en el Valle de los Reyes utilizando inscripciones hieroglíficas.

              Amelia Ann Blandford Edwards
     (1831-1892) 

               

El 7 de Junio de 1831 nació Amelia Ann Blandford Edwards de un oficial del ejercito y de una mujer irlandesa famosa por su autoconfianza y su determinación. Muy pronto Edwards empezó a mostrar un talento por la escritura, el arte y la música. Se esperaba de ella que fuese cantante de ópera pero decidió pasar su vida escribiendo, publicando novelas, colecciones de poesía y libros de viajes ilustrados con sus propios dibujos.

Con 42 años, Edwards llegó al Cairo y fue comisionada para escribir un libro sobre un viaje sobre el rio Nilo. Su obra "Mil Millas subiendo el Nilo" la hizo famosa pero fue el resultado de un viaje que le impactó por el mal estado de los monumentos en Egipto. Su interés le llegó a montar una organización dedicada a la documentación y la preservación de los monumentos del pasado de Egipto : The Egypt Exploration Fund (llamado más adelante : Egyptian Exploration Society ) fue fundado en 1882 con Edwards como primera secretaria. Abandonó todos sus otros escritos para dedicar todo su tiempo a la fundación. Contribuyó a muchos diarios escritos, estudió hieróglifos, y consiguió fondos. En 1881-1890, viajó a América en una gira de conferencias que ganó el interés americano y su apoyo para la fundación. Estas conferencias fueron publicadas en 1891 bajo el título : "Faraohs,Fellahs y exploradores".

Durante su viaje a América, Amelia Edwards se rompió el brazo pero siguió con la gira, debilitando su salud y el 15 de Abril de 1892, murió de una gripe en Inglaterra. Había donado una gran cantidad de dinero a la University College de Londres para que instale un departamento de filología y arqueología egipcia y había pedido que W.M.F. Petrie fuese jefe del departamento de egiptología, el primero en existir en todas las universidades británicas.

Amelia Edwards nunca se casó pero tenia fama de mujer difícil de convivir. Era independiente y no tenia muchos amigos íntimos pero su contribución a la egiptología es inmensurable.

Amelia Edwards era totalmente dedicada a la promoción del conocimiento de los esplendores de Egipto. Su preservación era la misión de su vida.

 

                 Theodore Monroe Davis  
               (1837-1915)

                                         

Nació en Nueva York en 1837. Al principio de su carrera profesional trabajó como abogado y banquero en Nueva York y Rhode Island . En 1889, Davis empezó a tomar vacaciones anuales en Egipto.Como quería hacer algo productivo durante las vacaciones, decidió en 1903 de ofrecer fondos para la exploración y excavación en el Valle de los Reyes en cambio de la permisión de supervisar el trabajo. Desde 1903 hasta 1912, Davis fundió y dirigió muchas excavaciones y contribuyó de manera significativa al conocimiento del Valle de los Reyes.

Su inspector jefe, Howard Carter, influyó la decisión de Davis de trabajar en el Valle de los Reyes. Carter aprovechó la oportunidad para inspirar a Davis con sus planes de encontrar la tumba de Thutmes IV. La posibilidad de un descubrimiento mayor atrajo a Davis que se construyó una casa de campo junto a la entrada del Wadi real.

Pero Carter no se llevaba bien con Davis y dejó a James Quibbell la responsabilidad del valle. En 1905, Quibbell descubrió la importante tumba de Yuya y Thuya, pero también se enfadó con Davis. Arthur Weigall fue mandado para sustituir a Quibbell pero comprendió rápido que no quería pasar su tiempo de inspector excavando y dejó a Davis que contrate a Edward Russell Aryton en 1906. Fue durante este tiempo que se hizo los mayores descubrimientos de Davis. Las tumbas localizadas fueron las de Saptah , de Horemheb , y muchas tumbas no terminadas y también entradas de tumbas. Aryton También se frustró con Davis y fue pronto reemplazado por Harold Jones el cual fue substituido por Harry Burton después de su muerte. Burton fue el último inspector jefe que trabajó con Davis.

Los muchos artefactos que Davis descubrió en el valle y en las zonas próximas a él están hoy expuestos en el Museo Egipcio en el Cairo, en el Museo Británico en Londres y el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York. Davis publicó 6 volúmenes sobre sus descubrimientos en el Valle de los Reyes pero mucha información no ha sido publicada todavía y esta en el Museo Británico.

Davis murió en Florida en 1915.

Eugène Lefébure
(1838-1908)

 

REFERENCIA DIDÁCTICA
 

REFERENCIA DIDÁCTICA
 

 

Nació en Prunoy, Francia en 1838. Pasó buena parte de su vida trabajando en Correos de Francia pero después de la muerte de su mujer en 1879, fue al Cairo para satisfacer su verdadero interés: egiptología. Se unió a la Misión arqueológica francesa y fue director de ella en poco tiempo. Trabajó en la tumba de Ramsés IV (KV2) y documentó laboriosamente cada parte de la tumba. También documentó la tumba de Seth I e hizo los planos de KV26, 27,28,29,37,40,y 59 y también WV24, 25 y A. Estos planos, con las descripciones de su trabajo, fueron publicados en “Les Hypogées royaux de Thèbes” (París:Leroux 1886-1889)

Lefébure dejó Egipto en 1889 y nunca volvió. Pasó el resto de su carrera profesional enseñando en Lyon y en la “Écoles des Hautes Études” en Francia y en la “École des Lettres” en Argel.

Murió en Argel en 1908, con 70 años.

 

 
 

Giovanni Battista Belzoni
(1778 – 1823)

REFERENCIA DIDÁCTICA
 

Procedía de una distinguida familia romana, pero nació en Padua. Parece que estaba destinado a la carrera eclesiástica, pero que se vio mezclado en intrigas políticas antes de tomar los hábitos, y, ante la perspectiva de la cárcel, huyó a Londres. Allí se convirtió en la atracción de un circo como forzudo. El gran egiptólogo Howard Carter se refería a él como un hombre caracterizado por su fuerza; sin duda se refería al carácter indómito y a su determinación para la acción; pero en realidad se trataba de un hombre gigantesco y fuerte en extremo, cualidades que habrían de servirle para más cosas que para su eventual trabajo como forzudo.

Se dice que en Londres siguió estudios de ingeniero mecánico, de igual manera que se sospecha que se ganó la vida como charlatán. Lo cierto es que su carácter emprendedor y dinámico nos sitúa al gigante paduano en Egipto en el año 1815. Intentaba introducir en el país una noria mecánica mucho más eficaz que la que se empleaba tradicionalmente. Consiguió instalar su modelo ni más ni menos que en casa del pachá Mohamed Ali (tocayo de Casius Clay), que era temido por su fiereza. Se había hecho a sí mismo partiendo de la mayor pobreza, y su ascenso social y político se debía a su calidad de jefe guerrero sin escrúpulos; esto no quiere decir que, como gobernante, hiciera oídos sordos a las mejoras técnicas, pero era especialmente inasequible, lo que nos da idea del empuje de Belzoni, la constante de su personalidad.

El pachá no quedó muy convencido y Belzoni, ni corto ni perezoso, consiguió una carta de presentación para el cónsul inglés, Salt. Llegaron al acuerdo de que Belzoni transportaría la estatua de Ramsés II de Luxor a Alejandría. Durante cinco años, Belzoni se dedicó al lucrativo negocio de las antigüedades egipcias, entonces llamado eufemísticamente coleccionismo. Primero coleccionó para Salt, pero pronto actuó por cuenta propia, recogiendo cuanto encontraba a su paso, fuera grande o pequeño, valiosa antigüedad o bagatela vistosa.

Hay que comprender que, en estos años, se había producido un boom alrededor de las antigüedades egipcias, comparable pero anterior a la famosa fiebre del oro del Far West. El coleccionismo de entonces tendía al objeto, no al conocimiento. En consecuencia, lo destruido era más que lo descubierto y el perjuicio para el patrimonio cultural era mayor que su enriquecimiento. (Situación que continuaría siendo la tónica hasta la entrada en juego de Auguste Mariette, como veremos más tarde). Esto convierte a Belzoni en el hombre a batir: decidido, fuerte e inteligente, más de una vez dirimió las divergencias con los puños o con las armas. En un mundo violento, él fue el más resolutivo.

En más de una ocasión Belzoni haría saltar la tapa sellada de los sarcófagos ni más ni menos que a golpes de ariete, de igual manera que transportó obeliscos por el Nilo; que los perdió en naufragios fluviales y que consiguió finalmente rescatarlos. Su figura es la de un aventurero con dotes para lograr a toda costa sus fines y sobrevivir para contarlo. Casi todo lo que hizo es más propio de un aventurero que de un científico, como grabar su nombre junto al de los faraones.

Sin embargo, se preocupó antes que nadie de los problemas arqueológicos que planteaban sus descubrimientos, muy especialmente la tumba de Sethi I, el Valle de los Reyes y la segunda pirámide de Gizeh. Sus investigaciones inauguraron, tímidamente, la ruta práctica de la egiptología, pese a que, en rigor, Belzoni no pueda ser considerado como algo muy distinto de un gran coleccionista.

 
     
 

Emil Brugsch-Bey

REFERENCIA DIDÁCTICA

En cierta ocasión, un viajero americano compró un hermoso papiro egipcio de forma ilegal a un maleante de Luxor. Convencido de su autenticidad decidió comprobarla. Para ello, ya en Europa, se dirigió a un experto, quien así se lo certificó: pertenecía a la XXI dinastía. Muy contento, no escatimó un solo detalle de su operación, que relató al experto de forma prolija.

Con lo que no contaba era con que el experto comunicase cuanto de él había escuchado a Gaston Maspéro, a la sazón director del Museo Egipcio de El Cairo. Cuando recibió esta información vio confirmado algo que sospechaba hacía tiempo. Habían estado apareciendo en el mercado negro una serie de objetos pertenecientes a varios reyes de la XXI dinastía, y no parecía casual. Todo apuntaba, más que a varios descubrimientos simultáneos de tumbas individuales, al descubrimiento de una tumba real colectiva. Consultó con sus colaboradores más allegados y trazaron un plan que no deja de tener algo de novelesco.

Un joven ayudante del Museo llegó a Luxor de incógnito y se comportó deliberadamente como jamás lo haría un arqueólogo serio. Tomó una habitación en el hotel en que se había alojado el americano, y se dedicó a hacer sonar la bolsa por cuantos garitos, tugurios y tienduchas ofrecía Luxor al visitante. Sin exagerar, era generoso en sus propinas, lo que le fue abriendo puertas. Demostró el buen gusto de comprar piezas menores pero auténticas, y de rechazar las magníficas imitaciones que ya entonces circulaban. Esto le granjeó el aprecio de los maleantes, hasta que le ofrecieron una estatuilla perteneciente a la XXI dinastía, que compró fingiendo desagrado por que no se tratase de algo de más importancia, que era lo que él venía buscando.

Así fue como consiguió ser presentado a Abd-el-Rasul, un traficante de familia de traficantes que se dedicaban a este tráfico desde tiempo inmemorial. Cuando vio claro que había dado con el hombre, dio parte a las autoridades, y el Mudir (comisario de policía egipcio) lo detuvo. Sin embargo, no sólo su familia, sino todo el pueblo del que provenía testificó a su favor, por lo que fue liberado. Tal fue el impacto que esto produjo en el joven ayudante que cayó enfermo. El Mudir, sin embargo, mejor conocedor de sus compatriotas, tuvo paciencia, y, pasado un mes, un pariente del encausado confesaba.

Abd-el-Rasul, como luego se supo, había encontrado casualmente la entrada a unas galerías en las que había unas 40 momias. Durante 6 años lo había mantenido en secreto; sólo la familia lo sabía, y se enriquecía. Lo curioso es que todo el pueblo resultó que se dedicaba al saqueo de tumbas, y que lo hacían tal vez desde tiempos faraónicos, por lo que tenían de las tumbas la concepción que nosotros tenemos de un caladero de pesca.

Cuando Maspéro se hubo enterado de lo ocurrido así como de la enfermedad del ayudante, confió el final de la misión a Emil Brugsch-Bey. Este se desplazó con el Mudir y Abd-el-Rasul al lugar del hallazgo y con ellos bajó a las galerías. Receloso de la seguridad que ofreciese aquel nido de saqueadores, Brugsch mandó sacar las 40 momias que allí había, cosa que consiguió en 48 horas. Las embaló y lo llevó todo a El Cairo, por barco. Durante el trayecto fluvial, corrió la voz acerca del cargamento del navío, y, conmovidas, las gentes acudieron por centenares a las orillas del Nilo para seguir el paso de los reyes de antaño. Los hombres disparaban sus armas al aire, y ellos y las mujeres se arrojaban tierra a la cara y emitían lamentos que se escuchaban desde muy lejos.

La impresión que esto produjo en Brusch fue terrible, principalmente porque aquel respeto que sentían los fellahs, lo expresaban con un conjunto de ritos (que hemos descrito someramente) coincidentes con los que ya empleaban los antiguos egipcios. Era como si el Antiguo Egipto le censurase su acción. Se retiró de la mirada airada de los naturales del país. Le recriminaban su poco respeto por las momias a un hombre que respetaba todo aquello hondamente. En realidad, él lo estaba rescatando de las garras de los traficantes para devolverlo a su lugar en la historia de ese pueblo que lo increpaba.

 
     
 

Howard Carter
(1873-1939)

 

REFERENCIA DIDÁCTICA
 

En 1902, Theodor Davis, norteamericano, obtuvo un permiso del gobierno egipcio para realizar excavaciones en el Valle de los Reyes. Los 12 años que disfrutó de esta concesión fueron fructíferos, y descubrió sepulcros como los de Siptah, TutmosisIV y Horemheb, y halló la momia y féretro del gran rey hereje (o reformador religioso) Amenofis IV, esposo de Nefertiti.

En 1914, la concesión cambió de manos, yendo a las de los ingleses Howard Carter y su gran amigo Lord Carnarvon. Dedicaron los cinco años siguientes a una infructuosa búsqueda en el Valle.

Lord Carnarvon nos devuelve en cierto la modo la figura elegante de Vivant Denon. Se trataba de un gentleman muy británico, con aire deportivo, un poco dandy y gran viajero. El hombre de mundo sentía inclinación por las antigüedades y se había convertido en un coleccionista apasionado y buen conocedor. Además, poseía el tercer automóvil que rodó con matrícula por la Gran Bretaña y era un gran deportista. Cuando hereda una fortuna tiene 23 años y se va a dar la vuelta al mundo en un velero. Un accidente de coche le deja secuelas respiratorias y, por prescripción facultativa, decide aunar sus aficiones arqueológicas y la conveniencia de su salud yéndose a Egipto. Sin embargo, tenía deficiencias en su formación; para suplirlas, Maspéro le presenta a Howard Carter.

Carter comenzó su carrera como dibujante con Petrie, Maspéro y otros. Era ya un hombre prestigioso, y a su experiencia como excavador unía una innegable audacia que le daba un valor añadido. La colaboración entre estos dos hombres, a los que separaba una diferencia de edad considerable a favor (o en contra, según se mire) de Lord Carnarvon, fue excepcional y muy fructífera.

Por aquel entonces, los estudiosos estimaban que cuanto se podía descubrir en el Valle de los Reyes se había descubierto ya. Una misión tras otra, apresuradas y sin un plan fijo muchas de ellas, habían arrojado cascotes sobre lo descubierto en la expedición anterior. Aquello era como una inmensa área de derribos cuando los dos hombres se propusieron excavar con método. Decidieron limpiar meticulosamente un área triangular comprendida entre las tumbas de Ramsés VI, Merneptah y Ramsés II. Así lo hicieron, pero la tumba del primero de ellos recibía gran afluencia de visitantes, y, para no molestarlos, decidieron no continuar sus excavaciones en las inmediaciones de su entrada; por cierto que, junto a ella, habían encontrado unas chozas de obreros de pedernal correspondientes a la XX dinastía.

Pasan así tres años más sin fruto, y decidieron que no dedicarían más que el siguiente año al Valle. Pasaron, al fin, a despejar el último vértice del triángulo, donde estaban las chozas de pedernal. Lord Carnarvon se había ido a Gran Bretaña. Empiezan a excavar el 3/11/1922, y al día siguiente, bajo la primera choza, bajo una grada de piedra, descubren la tumba de Tutankamón.

Retiran una grada tras otra, y llegan a una puerta cerrada, tapada con argamasa y sellada. ¡Si está sellada, es que contiene un enterramiento, y que este no ha sido violado! En ese momento, como signo de respeto y consideración, Carter decide no continuar antes de avisar a Lord Carnarvon y esperar más de quince días su llegada. Al explorar la tumba, se encontraron con que había sido saqueada. Pero que el saqueo había sido apresurado, y que la mayor parte estaba intacta.

Hubo una respuesta de colaboración incondicional por parte de todos los hombres de ciencia de la comunidad internacional, que ofreció su ayuda con mucho entusiasmo y, cosa rara, desinteresadamente en algunos casos. Esto da indicio de la fascinación que produjo el descubrimiento, que ya por entonces producía el Antiguo Egipto, y que no ha cesado de agigantarse hasta nuestros días. Los científicos estudiaron desde las ofrendas florales hasta los materiales empleados para embalsamar al faraón. Por la osamenta, establecieron que había fallecido entre los 17 y los 19 años...

Es comprensible la sensación que aquello provocó: era el mayor, más rico e impresionante de los tesoros arqueológicos descubiertos jamás. Había tesoros por doquier: en la antecámara, en las cámaras laterales y en la cámara del tesoro, llena hasta arriba de estatuas, sarcófagos en miniatura, modelos de barcos... Por último, la cámara sepulcral con los 4 sarcófagos superpuestos de madera dorada, que contenían 4 ataúdes encajados uno dentro de otro. El último, de oro macizo, albergaba en su interior la momia del faraón y su famosa máscara de oro con oscuros ojos de vidrio.

Para empañar la bella relación de amistad y colaboración, Carter y Carnarvon tuvieron diferencias entre sí y con los gobiernos inglés y egipcio a la hora de determinar la parte que de aquello correspondía a cada uno. Así se venían abajo aquellos 15 años. Cuatro meses después de abrir la tumba, una misteriosa enfermedad, causada según parece por una picadura de mosquito postraba al lord. Los dos hombres se reconciliaron en su lecho de muerte. Falleció el 6/4/1923. Por supuesto, su muerte, a la que siguieron las de varias personas relacionadas con la apertura del sarcófago, inició la leyenda de la maldición del faraón.

 
 

 

 
 

Jean François Champollion
(1790-1832 )

REFERENCIA DIDÁCTICA

Nació en Figéac, Francia, el 23 de Diciembre de 1790. Se cuenta una divertida historia acerca de su nacimiento, que merece ser reflejada aquí. Parece que su madre estaba paralítica y que su padre, un librero que había acudido sin resultado a todos los médicos posibles, decidió a mediados de 1790 recurrir a un curandero llamado Jacqou. Este la hizo acostarse sobre un lecho de hierbas calientes y beberse un brebaje de vino caliente. Anunció su curación inmediata y el alumbramiento de un niño de fama imperecedera. La enferma se levantó tres días después y, a las dos de la mañana del susodicho 23 de diciembre, dio a luz al pequeño Jean François. Se dice que el médico que reconoció al recién nacido se asombró al comprobar que tenía la córnea amarilla, característica propia de los orientales y extraordinaria en un centroeuropeo. Por otra parte, siempre se ha insistido en que su tez era oscura, casi parda, y sus rasgos algo orientales, lo que, junto con la orientación de sus estudios, le valió toda su vida el sobrenombre de el egipcio.

Quiso ser conocido como Champollion el joven para distinguirse de su ilustre hermano mayor Jacob Joseph, bibliotecario eminente y estudioso de la arqueología pagana y egipcia, quien, por su parte, consciente del talento de Jean François, se hacía llamar Champollion-Figéac, o, simplemente, Figéac.

La formación en lenguas de nuestro egiptólogo la debió en parte a la dirección que recibió de su hermano: árabe, etíope, copto, hebreo, sirio, caldeo y algo de numismática. Tras sus primeros estudios en Figéac, con poco aprovechamiento, se inscribió en el Liceo de Grenoble. Con 16 años, interesado por la piedra Rosetta, escribió un artículo en el que sostenía, y con razón, que la lengua copta usada por los egipcios cristianos descendía directamente de la antigua.

Aconsejado por su hermano se fue a París, donde, de 1807 a 1809, en la Escuela Especial y en el Collège de France, se dedicó intensamente a los estudios orientales: lenguas como el árabe, sirio, hebreo, chino, copto, etiópico, sánscrito, persa. Estableció 15 correspondencias entre los signos del demótico y las letras del copto. Parece que fue en esta época cuando contrajo estrabismo en el ojo izquierdo, a causa, según se cree, de las muchas horas de estudio bajo la luz de una lámpara mal colocada.

Entre 1809 y 1821 fue profesor de historia en la facultad de Grenoble, y elegido miembro de la Academia. Se trasladó a París para estudiar manuscritos coptos en la biblioteca Imperial, y llegó a confeccionar una Gramática Copta y un Diccionario de la misma lengua. Entendía que el dominio de esta lengua era la base para descifrar la escritura jeroglífica.

En 1814 publica Egipto bajo los faraones, obra que es una descripción geográfica del país del Nilo y que puso los cimientos de su reputación. Tengamos en cuenta que, para redactarla, no contó con más base que algunas citas bíblicas, textos latinos, árabes y hebreos bastante mutilados y comparaciones con el copto, lengua que todavía hablaban los egipcios cristianos del siglo XVIII.

Sus esfuerzos por descifrar la escritura jeroglífica arrancan de 1808. Se preparó concienzudamente en lenguas orientales, resistiéndose a emprender de forma seria el estudio de la piedra de Rosetta hasta conseguir la formación adecuada. Cuando inició su tarea se llevó una sacudida emocional terrible, porque se enteró de que Alexandre Lenoir había editado un opúsculo, Nouvelle explication, que pretendía ser la clave de la escritura jeroglífica. Compró un ejemplar y prorrumpió en carcajadas al comprobar la sarta de sandeces que contenía. Pero de esta manera tomó conciencia de su virulenta pasión por Egipto y su escritura.

Durante siglos, los investigadores habían estado muy desorientados, especialmente a causa de una obra del siglo IV d. C., Hieroglyphica, de Horapolo. Era una descripción detallada del significado de las esculturas sagradas egipcias, pero se creyó que se podía aplicar a la escritura. Este error persistía en tiempos de Champollion, quien tuvo una ocurrencia distinta. Al principio la desechó, pero era el germen del desciframiento: vio una cierta correspondencia entre las imágenes jeroglíficas y la representación gráfica de los sonidos, algo parecido pero no igual a lo que llamamos letras. En su estudio de la piedra Rosetta identificó grupos de signos reunidos dentro de unos anillos que llamamos cartuchos. Supuso que este relieve tipográfico era digno del nombre de los reyes y comprobó que coincidían, aproximadamente, a la altura en que estos eran mencionados en el texto en griego. Los dos nombres de reyes que le dieron la clave fueron los de Ptolomeo y Cleopatra.

No vamos a dar cuenta de todo el proceso que siguió, pero sí conviene resaltar la magnitud de su empresa al enfrentarse con una escritura que contaba con tres tipos de signos: fonéticos, de palabras y de ideas; que había evolucionado a lo largo de 3.000 años; y que hay que leer de derecha a izquierda, de izquierda a derecha o de arriba abajo según la época a que pertenezca.

En 1815 y a causa de una acusación de bonapartismo, es destituido de su cátedra; se retira con su hermano a Figéac. El 27 de septiembre de 1822 lee ante la Academia su Lettre a M. Dacier, en la que establece la clave para descifrar el alfabeto jeroglífico. Precisó más su método en el Sumario del sistema jeroglífico, de 1824. Ese mismo año el rey lo envía a Turín para estudiar allí monumentos egipcios, lo que le aportó numerosos datos sobre la historia y la cronología egipcias. También allí conoció al que sería su más entusiasta discípulo, Ippolito Rosellini.

Fue nombrado conservador de la colección egipcia en el Louvre, y logró obtener los fondos para una expedición a Egipto. Contó para ella con un buque de guerra, un arquitecto y 7 dibujantes. Esta expedición colaboraba con otra italiana en la que participó Rosellini. Parece que en la expedición todos llevaban el pelo rapado, grandes turbantes y túnicas con brocados dorados, pero Champollion era el único que se sentía a gusto de esta guisa. Pudo confirmar definitivamente sus teorías ante el templo de Dendera, el primero realmente bien conservado que podía estudiar (llegó hasta él tras toda una noche de carrera, seguido por los quince científicos de su expedición). Desde 1828 hasta 1830 recorrió el país hasta la segunda catarata con la expedición franco- italiana, catalogando, dibujando y descifrando cuanto encontraron a su paso.

En 1830 es nombrado miembro de la Academia de las Inscripciones de París, ante la que lee una Memoria sobre signos egipcios para la anotación de las principales divisiones del tiempo. Al año siguiente obtiene la cátedra de Historia y Arqueología Egipcia, creada específicamente para él en el Collège de France. La abandona pronto por problemas de salud, y se retira a Quercy, donde muere el 4 de marzo de 1832, mientras preparaba la publicación de los resultados de su expedición a Egipto.

Después de su muerte, se elevaron varias voces contra su sistema, pero Lepsius, quizá la otra figura más importante de la egiptología, lo reivindicó enérgicamente. Su hallazgo del decreto de Canopo, obra bilingüe, confirmaba definitivamente el método de Champollion.

 

 
     
 

William Matthew Flinders Petrie
(1853 - 1942 )



 

  REFERENCIA DIDÁCTICA
 

Era un enamorado de los experimentos científicos, la Química y las Matemáticas. Pero desde joven recorría las tiendas londinenses de antigüedades y llegó su interés a ese punto en que los estudios realizados no bastaban para saciar su ansia de saber. Ya entonces echaba en falta estudios fundamentales sobre la Arqueología. Sus inicios en este campo comenzaron en Gran Bretaña, con trabajos sobre el monumental conjunto de piedra neolítica de Stonehenge. En 1880 marchó a Egipto, donde pasaría 46 años de excavaciones casi ininterrumpidas.

Años más tarde, la tónica comenzaría a ser la de excavar concienzudamente un palacio o un conjunto concreto, a veces durante lustros. Petrie fue el último egiptólogo que se dedicó al conjunto del país en sus estudios. Así como Mariette se especializó en nutrir nuestros conocimientos sobre la vida cotidiana del País del Nilo de antaño, Petrie alcanzó unos vastísimos conocimientos acerca de pequeños objetos de interés arqueológico, utilísimos para establecer determinaciones cronológicas: cerámica, estatuillas, artes menores en definitiva, pero a los que hizo servidores de su empresa.

Sin embargo, un hombre que dedica 46 años a recorrer Egipto no podía limitarse a las artes menores del Antiguo Egipto. Sería el primero en medir concienzudamente la Gran Pirámide, y entre sus muchos descubrimientos señalados está el de la entrada de la pirámide de ladrillos de Hauwara y, dentro, la tumba de Amenenhet III. A diferencia del resto de las pirámides conocidas, su entrada no estaba en uno de los lados, concretamente en el oriental. Nadie la había encontrado antes, y él decidió cortar por lo sano. Ni corto ni perezoso, excavó un muro transversal en la pirámide. Estuvo así semanas enteras. Cuando finalmente llegó a las cámaras, se encontró con que la pirámide ya había sido violada por ladrones, muchísimo antes. Sin embargo, encontró allí la tumba de Amenenhet III, que es sin duda el mayor de sus méritos arqueológicos.

A Petrie le dolía, en su fuero interno, en su orgullo de explorador, ver cómo los ladrones de antaño le habían vencido en inteligencia, al haber conseguido sortear trampas y señuelos y alcanzado su objetivo. Se trataba de una labor de semanas, meses, quizá de años. Y habrían trabajado en peores condiciones que él, que, después de todo, actuaba en la legalidad y sin miedo de guardianes y sacerdotes. Algo no encajaba, y Petrie vislumbró una explicación mucho más razonable, y que, de paso, dejaba su ego algo mejor parado: la corrupción.

¿Cómo era posible trabajar a escondidas un año dentro de una pirámide, saquearla y llevarse sus tesoros sin la complicidad de sus guardianes? Una pirámide no deja de ser una tumba. La de un solo hombre. Pero la del más rico y poderoso del mundo. Sobre la tumba, toneladas de piedra caliza dispuestas siguiendo pasadizos que llevan a vías muertas y salas ocultas. Dentro, y para disfrutar de ellos en su nueva vida, almacena cuanto ha de servirle en ella como hizo en esta: principalmente riquezas incalculables. La idea era la de que, en el otro mundo serían tratados de acuerdo con sus riquezas...Su Más Allá, que no es cielo ni tierra, estaba poblado, por los muertos, siempre y cuando estos se hubiesen llevado todos los medios de vida necesarios para su existencia, que era el punto esencial. (Nos preguntamos, si esta teología resultase efectivamente ser la buena, cuántos ladrones ocuparían en ese Más Allá plaza de faraón).

De manera que tenemos una inmensa caja fuerte que proclama a los cuatro vientos y desde cientos de metros de altura, su contenido. No olvidemos sus dimensiones: la mayoría de las catedrales europeas cabrían dentro de la Gran Pirámide. Lo extraño sería que no atrajese a los ladrones. Sabemos que a principios de la XVIII dinastía apenas había en todo Egipto un sepulcro real que no hubiese sido profanado. Esto afectaba profundamente al aspecto religioso, pues esa momia no podría acceder a la vida futura, al haber sido despojada de su armadura mágica. Es por esto que los antiguos egipcios cambiaron su estrategia funeraria...

 
     
 

                                       Auguste Mariette
                                            (Boulogne, 1821 –El Cairo, 1881)

                                                     

                                                   

                                                    REFERENCIA DIDÁCTICA
 

Hombre de gran preparación cultural, fue encargado, en su calidad de asistente en el Louvre, de comprar en El Cairo unos papiros egipcios. Cuando llegó allí y comprobó el saqueo de antigüedades que se practicaba se planteó tomar medidas que pusiesen freno al pillaje y garantizasen la conservación y el estudio de aquellos tesoros. La expedición de Lepsius era sólo un espejismo de respeto y dedicación, un oasis en medio de la expoliación general al modo de Belzoni. ¿Cómo parar aquello? Un país inmenso, pobre, con instituciones débiles, en el que los viajeros extranjeros pagaban en oro por cualquier objeto y en el que los naturales del país se apresuraban a proporcionárselo, incluso sustrayéndolo de entre los descubierto en excavaciones científicas. Se dice que sólo se tima a aquel que quiere timar al timador. Los egipcios tomaban por auténticos locos a los extranjeros, y, en realidad, cuando aceptaban aquel dinero, lo hacían convencidos de que los estaban estafando. Carecían de una idea clara de lo que eran aquellas bagatelas raídas, de su verdadero valor y de que estaban contribuyendo a que les robaran aquel patrimonio inestimable, cuando no a que se destruyese por la premura que reinaba entonces por la obtención expeditiva de hallazgos. El problema ya no estribaba en investigar, ni en descubrir, sino en conservar lo hallado.

En su labor investigadora, Mariette encontró, entre sus hallazgos más sobresalientes, el Serapeum, una zona repleta de tumbas de Apis. En realidad, tumbas de bueyes que, en vida, habían sido adorados en el templo de Apis como encarnación del dios, o, más bien, de Apis, servidor del dios Ptah. Se trataba de toda una necrópolis subterránea que albergaba sarcófagos de piedra de un tamaño descomunal y de un peso de sesenta o setenta toneladas en los que descansaban ¡momias de buey! Es sabido que los egipcios adoraban a varias especies animales como encarnación de sus dioses: Horus en los halcones, Tut en los ibis, etc. También lo hacían en especies vegetales, como Hator, en el sicomoro. Pero, a falta de momias de sicomoro, que habrían sido dignas de ver, nos encontramos con trescientos cincuenta metros de pasillos que comunicaban con cámaras mortuorias dedicadas a acoger sarcófagos de granito negro y rojo pulido, de una sola pieza de más de tres metros de alto, dos de ancho y cuatro de largo. A lo largo de los años, los sarcófagos habían sido saqueados, salvo dos, en los que se pudieron hallar joyas.

No lejos de allí, Mariette encontró una tumba extraordinaria. Se trataba de la del señor Ti, funcionario y latifundista importantísimo, y, por tanto, ricamente decorada. Además de ser antiquísima, tenía la característica extraordinaria (que no única) de reflejar la vida cotidiana de aquel entonces. Quizá Ti se sintió tan bien en vida que deseaba un Más Allá parecido a lo que esta vida mortal le había concedido tan generosamente; o quizá temía no recordarlo con precisión, por lo que no dejó una faceta de la vida sin reflejar en sus paredes. Su imagen, de un tamaño tres o cuatro veces mayor que el del resto de las figuras, aparece contemplando las cosechas, navegando en barcos fluviales... y, a su alrededor, la actividad febril de los taladores, constructores de barcos... sus herramientas, representadas con extremo detalle, y, por supuesto, los honores dispensados por los notables de la época al todopoderoso (o casi) señor Ti.

Algo que Mariette no comprendía, por más teorías que formuló al respecto, era el prodigio de la construcción de las pirámides. Frescos como los de la tumba de Ti daban idea de la pobreza tecnológica de aquel pueblo, lo que llevaba a la conclusión de que su fuerza constructora la constituían los brazos de los esclavos. De momento, el enigma seguía sin resolver. Mariette había avanzado más que nadie, sin duda, en lo que a la vida cotidiana de los egipcios se refiere, pero no calibraba el peso de una parte fundamental de esta: su idea de trascendencia.

Habían transcurrido ocho años desde su llegada a Egipto cuando fundó el Museo Egipcio en Bulak. Al poco tiempo, fue nombrado director del la administración de antigüedades egipcias e inspector supremo de todas las excavaciones. Esto le daba un poder casi total pero sin el que no habría podido poner freno a los desmanes que en su época sufría todo el material rescatado al tiempo.

Con el traslado del Museo a Gizeh primero y definitivamente a El Cairo, nos encontramos con una institución fuerte que no sólo mantiene una colección, sino que constituye un departamento de intervención. Todo lo encontrado desde entonces, ya fuese fruto del azar o de excavaciones planificadas, pertenecía al Museo, que podía ceder unos pocos ejemplares sueltos como gratificación honorífica a excavadores serios, pero que lo gestionaba todo, especialmente lo relativo a su estudio y conservación. Se había puesto fin a aquella locura. Y afortunadamente esta situación se perpetuó gracias a que sus sucesores en el cargo siguieron su ejemplo, en especial Maspero. Desde entonces el Museo organizaría expediciones arqueológicas todos los años.

 
     
 

Dominique Vivant Denon
(1747-1825)

REFERENCIA DIDÁCTICA
 

Es el primer estudioso al que podemos calificar como egiptólogo, pero su labor fue más propia de un artista. Se le podría definir como un hombre de mundo y, por permitirnos un juego de palabras a costa de su nombre, bien podemos decir que era un bon vivant. Frecuentaba los salones de las distintas cortes europeas, en las que se le apreciaba y a cuyas mujeres era enormemente aficionado. Su habilidad como dibujante le valió ser nombrado miembro de la Academia. Su pluma era tan fiel para el dibujo como hábil para la escritura, como demuestra su obra Le point de lendemain, que es fama escribió en tan sólo 24 horas a causa de una apuesta y que se considera la novela corta más delicada de su género. (No estaría completo este rápido bosquejo de su rica personalidad si omitiésemos que su pluma, fuese la de dibujante o la de escritor, fue célebre en su tiempo como vehículo para la pornografía y, al parecer, con entera justicia).

Esta pantera de salón europeo formaba parte del grupo de sabios ante los que Napoleón Bonaparte descubrió sus ambiciosos planes: conquistar Egipto. Es sabido que el corso vivía fascinado por la figura de Alejandro Magno. Ante sus gestas, las suyas le parecían palidecer, y Europa se le quedaba pequeña por momentos. Así, Egipto era el primer paso de su plan imperial, que no se detendría hasta conquistar la India. Y a Denon lo conocía por mediación de Josefina.

¿Por qué involucraba en sus planes a un grupo de sabios? Podríamos argumentar que estamos en la esfera del Siglo de las Luces, y, sobre todo, que Napoleón querría estar informado de cuanto le pudiese resultar útil política o militarmente. Esto justificaría reunir a minerólogos o geómetras, pero lo cierto es que convocó también a poetas y pintores. Buscaba el prestigio de las artes, pero, sin duda, lo quería como testigo de la gesta que esperaba lograr. Esto explica que unos 175 sabios acompañasen a sus 34.000 soldados en las bodegas de aquellos 328 buques de guerra con que partió, que, junto con más de 2.000 cañones, albergaban el material científico más perfecto y avanzado de su época.

Durante el largo año que duró la campaña de Egipto ocurrieron hechos decisivos para la historia de la egiptología. El primero queda apuntado: la llegada de verdaderos intelectuales y no de simples viajeros que se interesan por el Antiguo Egipto. El segundo sería la serie de monumentos y documentos que lograron reunir, entre los que se encontraba ni más ni menos que la piedra de Rosetta, y que dieron lugar a la fundación del Instituto Egipcio, en El Cairo, en el que se hicieron vaciados y copias de todo el material. Pero lo más relevante quizá fue la actividad de Dominique Vivant Denon, fascinado ante el espectáculo que se presentaba a sus ojos, que era incapaz de comprender, pero sí de valorar y de registrar con su pluma con todo detalle. A lo largo de la campaña, Denon madrugaba para explorar monumentos que dibujar, dibujaba a caballo, descansando, incluso comiendo... Se dice que en el fragor de la batalla su atención podía quedar atrapada por algún edificio, inscripción, estela... y su pluma comenzaba a retratarlo, ajena a todo. Hay que indicar que el dibujo de Denon era escrupulosamente fiel a su modelo; no se permitía deformar poéticamente lo que veía, tal vez por el respeto que le infundía aquel viejo mundo tan nuevo para él. Levantó detallada acta de su mirada. Se calcula que realizó unas 40.000 láminas de cuanto se ofreció a su vista. Hoy algunas de ellas tienen un valor inestimable, porque son el único vestigio que nos queda de monumentos destruidos después de la estancia de Denon; un ejemplo de esto es su dibujo de la capilla de Amenofis III, en Elefantina.

La campaña de Egipto fue un fracaso militar. Napoleón abandonó a su ejército en Egipto y huyó en un barco; un acto de inteligencia estratégica o una vil deserción, según atendamos a la versión de los hechos francesa o a la inglesa. Su ejército fue obligado a entregar a los ingleses de Nelson cuanto habían saqueado (que ellos llamaban coleccionar). Pero Denon volvió con algo que ofrecía un material precioso para los investigadores: sus dibujos ofrecían, con la mayor exactitud imaginable, lo que habían visto sus ojos. En 1802 publicó su Voyage dans la Haute et la Basse Egypte.

Por otra parte, los sabios franceses habían hecho copia de todos los ejemplares que después se quedaron los ingleses a causa de la capitulación (y que hoy están en el British Museum). Este material, junto con los dibujos de Denon, nutrió la que sería obra fundacional de la Egiptología, los 24 volúmenes de la Description de l’Égypte (1809-1813).

La Description ofreció a los ojos europeos un mundo cuyo pasado explorar. Los investigadores, avezados en los primeros métodos de investigación que habían aprendido de Winckelmann (el padre de la Arqueología) en las excavaciones de Pompeya, estaban ansiosos por aplicar lo aprendido en un nuevo campo y, en este caso, encontraron en Egipto uno que excedería en sus enigmas y capacidad de fascinación a cualquier otro.

La Description era, como indica su nombre, una descripción tan detallada como era entonces posible. Nada más. Y nada menos. Presentaba un vasto campo de investigación, pero no ofrecía explicaciones, instrumentos, respuestas... con que abordarlo. Se ignoraba casi todo: cronología, costumbres... El principal obstáculo, con todo, lo constituía aquella incomprensible escritura jeroglífica con que estaban tapizados todos los monumentos y que llenaba innumerables papiros. Para superar esta barrera entraría en escena la gran figura de la egiptología: Jean François Champollion

 
     
 

Ippolito Rosellini
(1790-1733)

En 1825 Champollion estaba en Italia para verificar su sistema de interpretación en los materiales allí recogidos, principalmente en el Museo Egipcio de Turín. En Florencia conoció a Rosellini, de su misma edad, y que se convirtió enseguida en su más convencido discípulo y entusiasta seguidor. Al año siguiente se encontraron en Livorno y viajaron por Italia. Siguió a su maestro a París, y de ahí derivó la organización de la famosa expedición franco-italiana, ya no descriptiva, como la de Napoleón, sino interpretativa.

Muerto Champollion, y a causa de los celos de su hermano Jacob Joseph, Rosellini tuvo que editar bajo su responsabilidad, en Pisa, Monumentos de Egipto y Nubia (1832-1844), con una insuficiente ayuda económica del gran duque de Toscana.

Nada tiene que ver Rosellini, pese a ser compatriota suyo, con el gigante Belzoni. Es la suya la figura del seguidor, sin relumbrón pero no por ello menos imprescindible en las empresas del saber. Su labor fue la de transmitir su fe y apoyo a su maestro, así como el empeño por dar a la luz pública los resultados de su expedición, precisamente cuando más arreciaban las críticas hacia el sistema de Champollion.

 
 

Karl Richard Lepsius
(1810 – 1884)

REFERENCIA DIDÁCTICA
 

Se trata de uno de los grandes nombres de la egiptología. Filólogo, con treinta y dos años consiguió un puesto como profesor supernumerario en Berlín, y, al año siguiente, fue el elegido para dirigir la más ambiciosa expedición arqueológica a Egipto. Es este el caso de un investigador muy preparado, con una formación académica completa, que contaría con algo de los que habían carecido sus predecesores: tiempo, ni más ni menos. La expedición se organizó partiendo de la idea de que su duración no sería inferior a ¡tres años!

El gran viajero Alexander von Humboldt había logrado convencer al rey Federico Guillermo I de Prusia para que concediera los medios necesarios para organizar una expedición en toda regla para mayor gloria de la entonces poderosa y docta Prusia. Como nuestro Alfonso X, este monarca fue más beneficioso para la historia y el patrimonio cultural de su país que para los anales de las hazañas guerreras; eran más hombres de proyectos que de resultados.

Las investigaciones actuales dedican un tiempo mayor a un solo yacimiento, pero en la época, tres años para recorrer Egipto a sus anchas era algo insólito. El concepto del tiempo es algo extremadamente relativo, en este caso a la urgencia con la que se utilice. Sus predecesores habían apurado el tiempo en expediciones apresuradas, con intensísimas jornadas de trabajo. El apremio que sintió la de Lepsius fue menor, lo que facilitó el trabajo sistemático y constante, sin una exigencia física tan absorbente; en este sentido, podemos decir familiarmente que fue menos heroica, menos latina, más germánica, valiéndonos de tópicos que, en este caso, se revelan como ciertos. Las salas del Museo Egipcio de Berlín se han abastecido, principalmente, de los tesoros que recogió Lepsius en esta expedición.

Sus primeros éxitos dieron lugar al descubrimiento del Imperio Antiguo en muchos de sus principales monumentos. Encontró huellas de treinta pirámides desconocidas y descubrió las mastabas, cámaras mortuorias en forma de diván. Sería también el primero en efectuar mediciones en el famoso Valle de los Reyes. Pero su mayor aportación fue la de acometer la empresa de establecer una cronología del Antiguo Egipto. Editó, en doce tomos, Monumentos de Egipto y Etiopía, aunque su puesto de honor se lo debe a Cronología de Egipto, de 1849 y El libro de los reyes egipcios, 1850. La egiptología, además, le debe su reivindicación del sistema de Champollion, cuya exactitud estableció Lepsius basándose en el hallazgo del decreto de Canopo, como queda dicho.

El problema de partida estribaba en que los egipcios carecían de una verdadera Historia que recogiese el devenir temporal de su existencia como reino, y mucho menos de una cronología. Había, eso sí, narraciones incompletas, crónicas y anales de más que dudosa exactitud, como señalaban a menudo los investigadores de la época. Es algo que desconcertará a quien recuerde que el primer calendario de cierta exactitud que se aplicó en la antigüedad fue el egipcio, nacido de la periodicidad de las crecidas del Nilo, y que sirvió como base para el romano, que se mantuvo hasta el siglo XVI de nuestra era. Pero nuestra perspectiva histórica es diferente a la de un pueblo que vivía para el Más Allá hasta extremos que hoy no podemos asimilar. La historia no les interesaba demasiado, sino más bien los hitos históricos.

La cronología de Lepsius fue un gran instrumento, pero tuvo la asistencia inestimable de matemáticos y astrónomos. Los arqueólogos les facilitaron toda la información de que disponían, extraída de documentos de la más variada índole, desde inscripciones en piedra a papiros extraídos del relleno de los cuerpos momificados. Desecharon el empleo del calendario egipcio, que se reveló insuficiente, y emplearon las indicaciones astronómicas como datos más fiables, concretamente los relativos a la salida de Sirio, que fueron la clave para fijar el comienzo de la XVIII en el año 1580 a. C. y el de la XII en el 2000 a. C. (el margen de error estimado está en tres o cuatro años). Con estos datos absolutamente fiables, se pudo establecer una cronología en la que se basan los estudios actuales sobre la Historia del Antiguo Egipto.

Para terminar, vamos a reflejar una anécdota de aquella expedición, en un intento de contrapesar la impresión de extrema eficiencia germánica anterior. El día en que se conmemoraba el aniversario de su rey, toda la expedición decidió celebrarlo ¡escalando la Gran Pirámide! Unos treinta beduinos les ayudaron, o, más bien, los izaron con sus poderosos brazos hasta la cima, donde plantaron una bandera prusiana y entonaron encendidos vítores a su rey y mecenas. El acto fue emotivo y sincero como lo era su dedicación a la labor que les había sido encomendada, por lo que nos parecería injusto no corresponder reflejándolo aquí como índice de la humanidad y entusiasmo que guió aquella expedición.