AKENATON - EL FARAON HEREJE


El faraón Ua-en-Ra, Aj-en-Aton ( Amenhotep IV - Amenofis IV ) , había finalizado su atormentada vida en medio de una gran polvareda histórica que empañaría y oscurecería los últimos años de la gloriosa dinastía XVIII. Después de la clamorosa desaparición del rey hereje, el universo Amárnico se desplomó en enormes pedazos que, como el derrumbe de un confuso y babélico edificio, engulló entre sus escombros para la historia a todos los personajes que habían protagonizado aquellos angustiosos tiempos.

Si tratamos de reconstruir los acontecimientos que siguieron a la muerte de Aj-en-Aton tendremos la impresión de que los salones de los palacios del Amarna debieron convertirse en el mismísimo reino del caos.

Enloquecidos personajes sin norte ni rumbo, conscientes de que la maldición de Amón les había alcanzado y no podían escapar a ella, protagonizaron y padecieron los esperpénticos acontecimientos de la convulsa agonía de aquel mundo.

Muy poco antes de la muerte de Aj-en-Aton parece que otro hijo del gran Amen-Hotep III, llamado Se-Menej-Ka-Ra, había sido alzado al trono para compartirlo con el herético en una forzada corregencia. Al mismo tiempo o muy poco después, una reina, que muchos identifican con Meryt-Aton, la hija de Aj-en-Aton, ocupó el trono en compañía del citado personaje y, cuando este murió, lo que sucedió en meses, lo hizo en solitario.
 


Recientemente se propuso identificar a Se-Menej-Ka-Ra con la propia reina Nefert-Ity, lo que aún añadió más confusión al problema.


Todo este barullo familiar tomó su orden y apariencia regulares ante los ojos de la historia con la subida al trono de otro probable hijo de Amen-Hotep III, el rey-niño Tut-Anj-Amón, quien desposó como reina a una hija de Aj-en-Aton llamada Anj-es-en-Pa-Aton, más tarde Anj-es-en-Amón.

Cuando el orden fue restaurado en todo el país, se impuso barrer las escorias del gran incendio amárnico, recoger los restos dispersos del naufragio familiar e histórico que acababa de concluir. En una palabra, ocultar lo acaecido y borrar para siempre de los anales y de la misma memoria de Egipto, que alguna vez hubieran sucedido los acontecimientos de la ciudad del Horizonte de Aton en Amarna.

Es seguro que los sacerdotes de Amón y los últimos miembros de la desaparecida familia real estuvieron de acuerdo, en que, una vez abandonada la Ciudad del Horizonte, tras la muerte de todos los personajes reales que la habían habitado, sus cuerpos, que habían sido enterrados en la Tumba Real del Amarna, deberían ser sacados de allí y transportados a la ciudad de Tebas, para reposar en la necrópolis tradicional de los reyes del Imperio Nuevo.

Así pues, bajo el reinado de Tut-Anj-Amón se llevó a cabo el cambio de ubicación de las momias de todos ellos. Se hicieron nuevas exequias y se excavó con urgencia, en el Valle de los Reyes, una tumba, casi un agujero, para cumplir de manera precipitada y con un mínimo decoro, las exigencias de la liquidación del mundo amárnico, tal como era lógico que fuera la voluntad del nuevo rey, al fin y al cabo, familiar directo de los difuntos.

Los sacerdotes encargados de tan delicada tarea la debieron desarrollar seguramente con gran aprensión. Podemos imaginar la repugnancia de aquellos miembros del clero de Amón a la hora de realizar los nuevos enterramientos de personajes que, política y religiosamente, les eran tan contrarios.

De hecho, se trataría más de un apresurado almacenamiento de cuerpos y ajuares funerarios en un lugar escondido e ignoto que, de un enterramiento de acuerdo con las costumbres y creencias funerarias del tradicional mundo egipcio.

De este modo, se decidió que una tumba sin concluir, excavada en un lugar del Valle de los Reyes, sería el lugar de compromiso para depositar el sarcófago y la momia de la esposa de Amen-Hotep III, y los cuerpos de Aj-en-Aton y de Se-Menej-Ka-Ra.

Ninguna pintura ritual en las paredes, ninguna inscripción funeraria, ningún cartucho o nombre en la tumba. En verdad, fue más un escondrijo que una tumba en toda regla.
Así quedó este escondite con sus ocupantes durante el reinado de Tut-Anj-Amón y, seguramente, de su sucesor el faraón Ay, el último personaje de la saga amárnica.

 

 

KV 55


                                                                                                                      El descubrimiento

A principios de enero del año de 1907 el dueño efectivo de las exploraciones arqueológicas en el Biban El Muluk de la orilla occidental de Luxor era el abogado norteamericano Theodor. M. Davis. Después de largos años de dedicarse a los negocios y a los asuntos de su profesión, se había convertido en un hombre lo suficientemente rico como para trabajar en lo que realmente amaba: la exploración arqueológica del antiguo Egipto.

Los resultados favorables de sus campañas de excavación le habían animado a proseguir con sus trabajos en la necrópolis real más importante de Egipto. De hecho, sus hallazgos, consistentes en una magnífica tumba, cada año, desde 1902, le habían proporcionado una reputación de hábil excavador que no era muy bien vista por los llamados arqueólogos profesionales.

De este modo, se decidió por el Servicio de Antigüedades que, como distracción y diversión, el asunto ya había llegado demasiado lejos. Cuando Davis quiso reiniciar su habitual campaña de excavaciones en el año 1905, Arthur Weigall, a la sazón nuevo inspector del Servicio en el distrito, impuso al, según su pensamiento, ‘intruso arqueólogo aficionado’ del que tan solo parecía bueno su dinero, la permanente presencia del arqueólogo de su confianza, Edward Russell Ayrton.

Aceptada por Davis la presencia permanente de Ayrton en la excavación, se iniciaron los trabajos correspondientes. Davis había decidido, a partir de su conocimiento de la zona y de sus hallazgos en los años anteriores, que el aérea en la que se harían las prospecciones debería ser una colina formada con los evidentes restos de la excavación de la tumba de Ramsés IX y de las de Sethy I, Ramsés I, II y III.

En efecto, a poca distancia al oeste de la tumba de Ramsés IX, se produjo el hallazgo esperado. El 3 de enero de 1907, conforme a los datos proporcionados por el diario personal de Emma B. Andrews, familiar de Davis y presente en los trabajos, el equipo de excavadores egipcios descubrió ‘un hueco en la roca’ con restos de jarras, probablemente de la dinastía XX, que parecían proceder de alguna ceremonia de enterramiento.

Interesado en el hallazgo, Davis ordenó a Ayrton rastrear más detalladamente la zona. Tres días después, el 6 de enero, se descubría la entrada de la tumba que hoy conocemos como la KV 55.

 

SARCÓFAGO DE AKENATÓN


                                                                                                               Las primeras sorpresas

Lo primero que encontraron los excavadores, después de haber limpiado los tramos de una escalera de piedra que descendía hasta la puerta de la tumba, fueron los restos de un muro hecho de mampostería que llevaba los sellos del chacal con los nueve prisioneros.

Esta era la prueba de que la tumba había sido abierta en la antigüedad y, después, vuelta a cerrar bajo el control de los supervisores de la necrópolis. La impronta del sello así lo proclamaba.

Entonces, ¿no era un enterramiento intacto?. Y, en tal caso, ¿cuál podría ser la razón de su apertura y posterior cierre?. ¿Habría sido abierta para ser objeto del saqueo por los ladrones de tumbas?. Todas estas preguntas y muchas más se agolpaban, seguramente, en las cabezas de Davis y de Ayrton.

En todo caso era evidente que la abertura practicada en una parte de la pared primitiva era parcial; casi, como si se hubiera realizado sin aparente preocupación por parte de los profanadores. Su tarea parecía no depender de una desagradable e inesperada sorpresa, como habría sido el caso de los ladrones cogidos desprevenidos en el acto de la comisión de una sacrílega violación.

La segunda puerta vallada se vio que estaba parcialmente demolida. Una vez abierta por los excavadores se encontraron en un corredor de cerca de un metro ochenta centímetros de ancho relleno de fragmentos de piedra calcárea hasta una altura de un metro o un metro veinte centímetros del techo, a la entrada, y de algo menos de un metro ochenta centímetros al otro extremo del corredor.

Lo más chocante resultaba ser la construcción poco esmerada de una especie de camino en forma de rampa, destinada a facilitar el acceso, salvando el desnivel existente, entre la segunda puerta y la cámara sepulcral, a unos diez metros de distancia.

Esta obra, evidentemente ejecutada con ocasión de la violación antigua de la tumba, debería haber indicado a los excavadores que, algo anormal, algo no habitual ni de uso en las prácticas funerarias egipcias, se había producido en aquella extraña tumba hacía más de tres mil años

A pocos pasos de esta entrada y reposando sobre el camino hecho con cascotes de calcárea se encontraba un lateral de un santuario de madera dorada, sobre el que se había depositado una puerta que aún poseía sus goznes de cobre y que, con toda seguridad, había formado parte del mismo tabernáculo.

Al otro extremo del corredor se encontraba la cámara sepulcral. Tenía siete metros de largo por unos cinco de ancho y una altura de cuatro metros. El suelo de la cámara había sido excavado en la roca un metro más bajo que el del corredor.

A partir de la entrada, la rampa de cascotes de calcárea construida en el pasillo, proseguía hasta el interior de la sala. Sobre esta rampa y en medio de la entrada, estaba depositada la otra hoja de la puerta del santuario y un gran soporte para un vaso ritual hecho de alabastro.

Frente a esta entrada, en la pared, los excavadores pudieron ver Amontonados los otros paneles del santuario. Algo a la izquierda, entrando, se encontraba en el suelo la parte posterior del tabernáculo. Se trataba sin duda, a la vista de las inscripciones que se podían leer a duras penas, de la capilla de madera que había contenido el sarcófago de la reina Tiy, la esposa más importante del rey Amen-Hotep III.

Los muros de la cámara sepulcral habían sido enlucidos con yeso, pero no se había incluido en ellos ningún tipo de pintura o representación. En la parte sur de la cámara se había excavado otra pequeña estancia de un metro ochenta centímetros de alto, por uno treinta de ancho y uno cincuenta de largo, en cuyo interior se habían depositado cuatro vasos canopos de calcita egipcia con tapaderas en forma de cabeza humana y peluca de la época amarniense.

Delante de ellos, en el suelo, había el ladrillo mágico correspondiente al punto cardinal sur. Los otros dos, correspondientes al norte y al oeste, estaban depositados, ocupando sus lugares.
 

 


                                                                                                                                      La momia de la discordia

Justo delante de la entrada a esta pequeña salita auxiliar se hallaba depositado sobre un lecho mortuorio adornado con cabezas de león que había caído al suelo, un ataúd de elegantes formas; era de un tipo que nunca se había visto hasta aquél momento. El sarcófago había quedado abierto a causa de la caída y, la momia, al descubierto.

Se parecía enormemente al segundo sarcófago interior de Tut-Anj-Amón que se descubriría cinco años después. La peluca era de la misma clase que la de las cabezas de los vasos canopos hallados en la salita sur y, sobre la frente tenía un úreus que indicaba a las claras el origen real del personaje momificado que estaba en su interior.

Otro ladrillo mágico, el correspondiente al Este, estaba bajo el lecho mortuorio. A los excavadores les llamó enormemente la atención el hecho terrible de que, la máscara de oro del sarcófago había sido, literalmente, arrancada de cuajo como si se tratara del propio rostro del difunto. La sensación era terrorífica.

Sin duda, se había pretendido suprimir la identidad del ocupante del sarcófago. Pero, no parecía tratarse de una actuación de ladrones, puesto que se había dejado en su lugar el úreus, también elaborado con materiales preciosos, el resto del sarcófago, las bandas de oro que rodeaban a la momia y un collar en forma de diosa buitre alada, también hecho de oro.

Para completar el ‘puzzle’ aparecieron un cuchillo ritual pesheskaf, utilizado para la ceremonia de la apertura de la boca, que llevaba el nombre de la reina Tiy, y varios sellos de barro cocido con el nombre de un rey hasta entonces desconocido, Tut-Anj-Amón.

Por lo demás, el enigma estaba servido. Ni el sarcófago, ni las bandeletas de la momia llevaban nombre alguno. Los cartuchos que, en su momento, estuvieron insertados en diferentes partes de la caja mortuoria, habían sido cuidadosamente suprimidos, arrancándolos de su lugar.

Las bandas de oro que rodeaban a la momia tenían también arrancados los cartuchos con los nombres reales que hubieran facilitado alguna pista sobre el cadáver.

El resto del evidente ritual execratorio se completaba a la vista de la supresión de parte de las inscripciones y relieves de alguno de los paneles de la capilla de madera de la reina Tiy, así como la falta de los úreus de los vasos canopos, o la sustracción de las figuras-amuleto que habían formado parte de los cuatro ladrillos rituales hallados en la cámara.

Se trataba de una destrucción selectiva que no podía ser pasada por alto.
Pero ¿y los restos humanos?. ¿A quien pertenecían? ¿a un hombre o a una mujer?, ¿qué edad aparentaba tener el cuerpo al momento de la muerte?. Todas estas preguntas quedaban sin aparente respuesta.

Davis, creía que se trataba del cuerpo de la propia reina Tiy. Weigall, opinaba que el cuerpo hallado pertenecía a Aj-en-Aton. Examinada la momia ‘in situ’ se llegó a la conclusión de que la pelvis era, desde luego, la de una mujer.

Así las cosas, se enviaron parte de los restos, para su estudio, al anatomista Elliot Smith, en El Cairo. Y ¡cual no sería la sorpresa, cuando el médico dictaminó que no se trataba de los huesos de una mujer mayor, sino de los de un hombre joven que parecía haber fallecido hacia los veintitrés años de edad.!

Este dictamen echó por tierra la posibilidad de que se estuviera ante la momia de la reina Tiy. De tal manera se comenzó a barajar con fuerza la posibilidad de que se tratase de los restos del mismísimo Aj-en-Aton. Pero la cronología fallaba. No era posible a la vista del número de años de reinado atribuido a este rey que aquél cuerpo fuera el suyo. Aj-en-Aton debió haber vivido hasta alcanzar, al menos, la edad de treinta o treinta y dos años.

Norman de Garis Davies avanzó entonces, en medio de la calenturienta discusión, la tercera posibilidad: aquellos restos humanos habrían pertenecido a un personaje no muy bien conocido, cuya ubicación en los tormentosos acontecimientos del mundo del Amarna era bastante controvertida. Su nombre era Se-Menej-Ka-Ra, cuya memoria había sido perseguida al igual que la de Aj-en-Aton.

Así quedó el asunto hasta que un nuevo examen de lo que quedaba de los restos hallados en su día en la KV 55, llevado a cabo por el Profesor Derry, concluyó a la vista de la fusión de las epífisis en el cuerpo hallado que, sin ninguna duda se trataba de los restos humanos de un varón no mayor de veintitrés años, aceptándose, así pues, la tesis de que la momia debía ser la de Se-Menej-Ka-Ra.

Otras pruebas complementarias aportaron datos sobre las vinculaciones biológicas entre Aj-en-Aton y Se-Menej-Ka-Ra, sugeridas por el aspecto de las representaciones conocidas en relación con las características anatómicas de la momia.

La última novedad sobre el misterio la aportó el egiptólogo británico Nicholas Reeves al defender la tesis últimamente propuesta por algunos estudiosos que negaba utilidad alguna a los datos aportados por los restos humanos hallados en la tumba para identificarlos como los de Se-Menej-Ka-Ra y defendía ardorosamente la idea de que podría ser los mismísimo Aj-en-Aton, permitiendo entonces la identificación de Se-Menej-Ka-Ra con Nefert-Ity.

Parece que nunca se sabrá la verdad con certeza absoluta, si no se producen hallazgos decisivos que ayuden a ordenar todo este puzzle. Sin embargo, todos los indicios apuntan a que, transcurridos algunos años después de la desaparición de los últimos reyes de la dinastía XVIII se resolvió liquidar las cuentas pendientes entre el dios Amón y los heréticos de Amarna.

Se presume que, en tiempos de Sethy I o de Ramsés II y Mer-en-Ptah, el consejo de los sacerdotes de Amón, siguiendo las instrucciones de la casa real para borrar de la faz de la tierra la memoria del herético Aj-en-Aton, resolvió acabar con cuantos restos se encontrasen en Amarna o en cualquier otro lugar relacionados con aquel personaje.

Se desmontaron templos, se arrasó lo que quedaba de la ciudad de Aton, se borraron inscripciones y, según proponía el egiptólogo británico Cyril Aldred, probablemente se habría acordado sacar la momia de Aj-en-Aton de su último lugar de descanso.

En el interior de la tumba que nos ocupa se habrían depositado probablemente al menos tres momias: la de Tiy, la Se-Menej-Ka-Ra y la de Aj-en-Aton.
Aldred propuso muy sólidamente que quizás los sacerdotes de Amón decidieran que la esposa de Amen-Hotep III debería descansar en el interior de la tumba de este rey en el Valle de los Monos.

En cuanto a Aj-en-Aton procederían a sacar su momia y probablemente la destruyesen. Esto equivalía a la aniquilación definitiva. La Nada en medio de la Nada.
En cuanto a la tercera momia, la de Se-Menej-Ka-Ra se habría consentido que permaneciera en la tumba, pero también sometieron a la memoria de este personaje a las ceremonias execratorias de pérdida de la identidad para toda la eternidad.

Borraron sus nombres allí donde se encontraron, y muy especialmente en el sarcófago que lo albergaba. Arrancaron su rostro de oro. Le condenaron a vagar, según sus creencias, para padecer sed, hambre y todas las fatigas imaginables en el Más Allá, sin posibilidad alguna de volver a recuperar la conciencia de sí mismo, convertido, así, en una especie de zombi espiritual. Un espíritu que vagaría errante para siempre sin consuelo ni alivio en su sufrimiento.

Los sacerdotes sacaron de la tumba el ajuar de la reina Tiy. Borraron los nombres y las imágenes de Aj-en-Aton de los paneles de la capilla de la reina. Arrancaron los úreos protectores de los vasos canopos donde se encontraban las vísceras momificadas de Se-Menej-Ka-Ra.

Dejaron tras de sí un cuidado desorden en la tumba y, después, salieron cerrando de nuevo los muros de entrada para concluir precintándolos con el sello de la necrópolis...y la oscuridad y el silencio volvieron a reinar en aquella tumba anónima del Valle de los Reyes.....

Si, como Reeves soñó, el cuerpo de Nefert-Ity se hallase aún en el Valle de los Reyes podríamos aventurar un final satisfactorio para el enigma, aunque siempre quedarían huecos por tapar y rincones por iluminar...

 

Anades en los marjales (Amarna). Museo Egipcio de El Cairo

AMARNA-LA CIUDAD MÁGICA DE ATÓN


Algo antes de las cinco de la mañana, los primeros resplandores del sol comenzaban a enrojecer el cielo, al otro lado del río. Había que a cruzar la corriente del Nilo desde la orilla occidental, en algún punto unos cinco kilómetros antes de llegar a Deir Mawass.

El lugar indicado para embarcar en el transbordador estaba marcado por un puesto de policía que también despertaba con los pájaros, los árboles y el río. Un campesino calentaba agua en un fogón de petróleo para preparar el té. En la otra orilla, una masa azulado rosada iba destacándose más allá de la corriente, espejo de plata bruñida en el que se reflejaban la luz irisada del amanecer.

Muy cerca se hallaba la antigua Ajet-Aton, la mágica ciudad del rey Aj-en-Aton.
Al llegar a la extensa planicie en la que antaño se había erigido la gran ciudad del sol, se hizo expreso el gran silencio de la emoción.

El nombre actual del lugar es Tell el Amarna, una llanura de dos kilómetros y medio de extensión a lo largo del Nilo, al norte de la población de Hagg Kandil. Su nombre procede de la tribu beduina de los Beni Amram que ha habitado, y habita aún, en aquellos parajes.

Entre las reverberaciones del aire, caliente ya por los primeros rayos del sol, que hacían vibrar la atmósfera al pie del suelo desértico, casi se podía percibir la imagen etérea de una ciudad blanca, inmensa, cuyo rectilíneo trazado contrastaba con la altura de los muros de sus blancas edificaciones. ¿En verdad la ciudad del Horizonte de Aton, seguía allí?.
 


                                                     Ajet-Aton de Amarna entre la leyenda y la búsqueda arqueológica

Los antiguos textos nos dicen que el rey Amen-Hotep IV, décimo soberano de la dinastía XVIII ( hacia el 1358-1341 a. de C.), había decidido construir en aquél lugar una ciudad real que sirviese de sede para el culto de su nuevo dios, el disco solar Aton en cuya realidad confluía todo lo que había sido, era, y sería en el futuro.

El lugar elegido se hallaba a medio camino entre Menfis y Tebas, las dos grandes capitales del norte y del sur, centros neurálgicos de la vida de Egipto.

Se trataba de un área dotada con una rica zona de cultivos en su parte oeste, al otro lado del Nilo, mientras que, en el este, una enorme llanura, espacio liso hábil, permitía la construcción de una ciudad de gran extensión.

Aquella región nunca había estado habitada antes; éste pudo haber sido uno de los motivos esenciales para su elección por el rey.

Aj-en-Aton declaró en las estelas erigidas para marcar los límites de su nueva ciudad que el territorio no pertenecía a ningún dios o diosa, y que el mismo Aton le había revelado el emplazamiento donde debería alzarla.

Las razones por las que Aj-en-Aton había decidido dar vida a aquélla nueva ciudad son sobradamente conocidas. Antes de fundarla, el rey llevaba el nombre de Amen-Hotep, que significa ‘el dios Amon está satisfecho’. Conocemos, por los documentos encontrados, la enorme resistencia que se produjo en la ciudad de Tebas contra su nueva religión. Así pues, en el quinto año de su reinado decidió abandonar la antigua capital de Tebas y fundar su nueva metrópoli.

No tenemos constancia como sucedieron los acontecimientos puntuales, pero sí se sabe que el rey renunció a su nombre de nacimiento, que él no había elegido e implicaba su sometimiento al dios Amon, su enemigo irreconciliable. Decidió que, en adelante, él sería Aj-en-Aton, nombre que significaba ‘El espíritu luminoso de Aton’, o según otras versiones ‘El que es útil a Aton’.

El resultado de su nueva voluntad fue la construcción de una ciudad completa, cuyos límites, en la época de mayor apogeo, abarcaron una extensión aproximada de 16 kilómetros a lo largo del río por 13 de ancho hasta la falda de las estribaciones de cadena arábiga. Ese era el sagrado recinto situado entre las catorce estelas de frontera con las que cerró mágicamente los límites de la ciudad.

Esta nueva urbe llegó a albergar una población de, entre, 20.000 y 50.000 habitantes.
Todas aquéllas almas parecían estar presentes todavía vagando por la gran llanura llena de luz, aunque vacía, sin embargo, como solo está vacío el desierto.

 


                                                                                                El trazado urbanístico de Amarna

A pesar de que la ciudad fue alzada en una franja del desierto absolutamente llana, los arqueólogos opinan que no debió haber ningún proyecto de diseño previo del conjunto antes de proceder a su edificación. El centro del desarrollo urbanístico fue, como era habitual en las ciudades egipcias, el área de los templos. En este caso, se estableció además una especial consideración a los palacios de la familia real y a los edificios administrativos, que dieron como resultado la creación de un marco urbano especial no conocido antes en la tradición arquitectónica egipcia..

El eje principal de la nueva ciudad consistía en una larga avenida, llamada en los textos ‘camino real’, que unía la parte central de la ciudad con el barrio norte.
Es muy claro que este ancho camino, una gran vía, estaba destinado a ser el cordón umbilical que uniría las dos partes más altas del área urbana, los extremos de la ciudad, cuya ubicación había venido condicionada por la topografía del lugar.

En este camino procesional se desarrollaron casi a diario, durante el reinado de Aj-en-Aton en su universo de Amarna, los esplendorosos desfiles del rey y su familia, subidos en su carro de electrum, resplandenciente como el mismo Disco solar para ser adorado por sus súbditos. El rey y la bella Nefert-Ity bendecían a su pueblo mientras los habitantes de la ciudad participaban de la arrobante contemplación del ‘Aton Viviente’. En la comitiva que seguía a la familia real se podía ver a los grandes funcionarios como el Visir Najt, el General Ra-Mose o el escultor Tut-Mes.

                                                                                                                       El barrio norte.

El área septentrional de la ciudad estaba construida alrededor de un enorme y sólido edificio, el Palacio de la Ribera Norte, que estaba protegido por una gran muralla de fortificación. Allí residía el monarca, era su morada privada.

De este modo el rey, totalmente separado y retirado del bullicio del resto de la ciudad, podía encontrar el místico contacto con su padre ‘El dios Ra Hor-Ajty, quien se regocija en el Horizonte en su nombre de luz solar que está en el (disco) Aton’.

Entre la muralla y el palacio había almacenes y otros edificios, los cuales pudieron haber sido los barracones del cuerpo de guardia del faraón. Al otro lado del camino se encontraban las residencias de algunos de los cortesanos de más alto rango en Palacio, los más cercanos al rey y su familia. Grandes villas con sus dependencias, graneros, jardines, viviendas para los servidores, cuadras y cuanto se pudiera esperar del más refinado confort.

Un gran edificio para la administración, construido en terrazas al final de las laderas de las colinas, cerraba por el norte esta barrio de la ciudad. En su interior se albergaba un enorme grupo de almacenes para guardar productos diversos; así se proveía a aquel distrito de cuanto pudiera necesitar, poniéndolo al resguardo de las escaseces y de eventuales faltas de aprovisionamiento.

En el camino hacia el centro de la ciudad se construyó un palacio, hoy llamado por los arqueólogos Palacio del Norte, residencia real independiente que miraba hacia el río. En su interior había amplios salones oficiales de recepción, dependencias privadas que constaban de un dormitorio y una sala de baño y un templo solar al aire libre con jardines y patios, cuyas paredes se adornaban con escenas de brillantes colores inspiradas en la naturaleza. Allí se guardaban animales y aves. Su dueña era, según todos los indicios la bella Hija Real Merit-Aton.

Pasado el palacio, el camino real atravesaba finalmente la primera de las zonas con gran concentración de edificios, el barrio norte, e iniciaba una suave ascensión hacia la meseta baja sobre la que se alzaba la ciudad central.

                                                                                                                        El barrio central.

La ciudad central se alzaba sobre una de estas altiplanicies, y estaba distribuida en torno al extremo del tramo principal del camino real .Allí se alzaba la gran masa de las viviendas de los habitantes de Amarna. La gran mayoría de los nobles, los representantes de la burguesía y los más humildes convivían de modo extraño en un entramado urbanístico que mezclaba todas las realidades sociales de la ciudad. Las casas de Amarna se desarrollaban hacia el interior de sí mismas. Se puede considerar que existía cierto concepto ‘igualitario’ entre las moradas ricas y las más modestas que solo se diferenciaban por el tamaño y la complejidad de la distribución.

La vivienda arquetípica era de planta cuadrada y en ella se distinguían claramente la parte pública de la privada. Una amplia sala central con columnata y una galería estaban dedicadas a recibir a los visitantes y a hacer la vida común de familia; bancos de ladrillo, braseros, mesas de ofrendas y amplios nichos para colocar las imágenes de los reyes o las estelas de culto al Aton amueblaban esta zona. Las dependencias privadas se desarrollaban en torno a la sala central. Los dormitorios, los cuartos de baños y las letrinas ocupaban esa zona de la casa.
 


                                                                                                                            El Gran Palacio.

El Gran Palacio se encontraba junto al extremo oeste de la ciudad y posiblemente alcanzaba toda la extensión del terreno actual hasta el río. Contenía una zona privada con acogedoras salas y patios, pintados de brillantes colores. Pero el eje del edificio en dirección norte-sur lo constituía un enorme patio en el que se habían incluido colosales estatuas de Aj-en-Aton; a su alrededor se alzaba un dédalo de salas, patios menores y otros monumentos.

Pórticos, rampas de acceso entre estancias, columnas, todo ello estaba construido con piedra de diferentes clases; este esplendor se completaba con pavimentos de alabastro traslúcido y, en otras ocasiones de barro seco sobre el que se habían insertado finas pinturas sobre estuco que, con sus brillantes colores y representaciones reflejaban un inigualable impulso de vida.

En el año decimoquinto del reinado este edificio, que parece que estaría dedicado a las recepciones y al despacho con los funcionarios de la administración, fue ampliado en su parte sur. Allí se construyó una sala posiblemente para realizar los ritos de la coronación de Se-Menej-Ka-Ra, sucesor y corregente de Aj-en-Aton que contenía 544 columnas de ladrillo mientras que sus paredes estaban decoradas con placas de cerámica vidriada esmaltada en diferentes y vivos colores.

El Gran palacio se encontraba comunicado con la Casa del faraón, una residencia más pequeña a la que se accedía por un puente que cruzaba sobre el camino real. Era el lugar de despacho del monarca y estaba dotado con un gran mirador, llamado ‘La Ventana de las Apariciones’; allí se realizaban magníficas ceremonias en las cuales eran recompensados los más fieles funcionarios y adeptos a la nueva religión quienes recibían del rey y su familia magníficos collares de oro y otras distinciones.



                                                                                                       El Gran Templo del dios Aton.

Contrapuestos al Palacio Real, albergando entre ellos la Casa del faraón , y al otro lado del camino real se hallaba la gran zona de los templos de la ciudad.

El más septentrional era el Gran Templo del dios Aton. Ocupaba una enorme superficie de 229 metros de ancho por 730 de longitud. Estaba orientado en dirección este-oeste. Se penetraba en él traspasando dos pilonos construidos con de ladrillo, tras los cuales se alcanzaba el interior de un edificio de dos construido con bloques de piedra, y que los textos llaman ‘Casa del Júbilo’.

Una sala hipóstila servía de acceso a una serie de patios construidos al aire libre que configuraban el segundo edificio que llevaba el nombre de ‘Guem-Aton’, el lugar donde el dios Aton residía. Allí se alzaban trescientas sesenta y cinco altares cuadrangulares construidos en piedra y destinados a recibir las ofrendas cada día del año.

Dentro del recinto del gran Templo de Aton existía otra dependencia que recogía en su centro un altar tronco-piramidal en cuya parte superior se alzaba una especie de dolmen erecto, pulido y con la punta redondeada, la llamada piedra Ben-Ben que evocaba el símbolo sagrado del sol existente en el templo de Heliópolis, en el norte de Egipto.

                                                                                                            El pequeño Templo de Aton

Pasada la Casa del faraón, en dirección al sur y siguiendo el camino real se alzaba otro templo de menores dimensiones dedicado al dios Aton, denominado ‘La Residencia del Aton’. Edificado junto a la Casa del faraón, se trataba de una réplica a menor escala del Gran Templo de Aton, quizás dedicado a la celebración de culto privado para el faraón y su familia y allegados. Con un muro perimetral dotado de regularmente de especie de torres, la entrada principal estaba protegida por dos pilonos. En el centro del primer patio había una gran plataforma de las llamadas ‘toldo’. Traspasados otros dos pilonos se accedía al santuario de piedra, semejante al del Gran Templo.

                                                                                                                              El Maru-Aton.

La ciudad tenía su límite final a la altura de la actual aldea de El-Hagg Kandil. A partir de aquella zona existía otro gran espacio urbano sin construir que alcanzaba hasta las estelas fronteras de la zona sur y que , seguramente, se había reservado para edificar otros edificios que se harían necesarios más adelante. Entre estos edificios aislados destaca el llamado ‘Maru-Aton’. Estructurado en dos grandes patios protegidos por grandes muros, contenía unos estanques de clara finalidad ritual, dada su escasa profundidad. A su alrededor había otros pabellones y un grupo de santuarios, en medio de unos hermosos jardines; dentro de los santuarios se alzaba un grupo de mesas de ofrendas situadas, a su vez, en una isla artificial rodeada por un foso poco hondo.

El resto de las edificaciones y zonas urbanas de la ciudad del Amarna consistían en algunas estructuras dispersas tales como otro edificio religioso, el llamado Templo Sur, junto a la actual Kom El-Nana, cuyo elemento central era una construcción de piedra, parcialmente rodeada por un jardín con árboles. Acogía en su interior una serie de construcciones destinadas a albergar diferentes servicios tales como una panadería y talleres destinados a fabricar diversos artículos.

Otras estructuras componían el conjunto de la gran ciudad del rey Aj-en-Aton. Al norte, entre el Gran Palacio privado y las escarpaduras de las colinas se había alzado una gran estructura de barro y adobe que se destinó a celebrar la Gran recepción llevada a cabo por el rey, a la muerte de su padre el gran Amen-Hotep III. Allí se dio cita toda la corte, para que el rey recibiese la pleitesía de todos los embajadores y representantes de los reyes y príncipes vasallos del mundo conocido.

La ciudad de los obreros se alzaba, como una especie de barriada aparte en la zona este de la ciudad. Se trataba de recinto cuadrado, de setenta metros de lado, con una sola calle de acceso en su parte sur, que contenía las viviendas destinadas a albergar los obreros que construyeron la gran ciudad y sus necrópolis. Una ciudad egipcia siempre tenía en su cercanía su necrópolis.

En Amarna el rey ordenó construir las tumbas para sus fieles y funcionarios excavando hipogeos en la ladera de la montaña oriental. Allí agrupada en dos concentraciones, la de la parte norte y la del extremo sur, se dispusieron las moradas de eternidad de los habitantes de la ciudad del Disco.

El rey y su familia se harían enterrar en una gran tumba excavada al final de un Uadi que hoy recibe el nombre de Darb El-Melek, en referencia al mismo faraón.
Allí seguiría reinando, según sus planes, durante toda la eternidad sobre su Horizonte de Aton en Amarna.

El sol comenzaba su declive al otro lado del Nilo. Era el momento en que todos los habitantes de la mágica ciudad de Amarna se retirarían a su moradas nocturnas. Era, también, el momento de concluir la visita de aquél extraño lugar y retornar a la realidad.
La noche acogió a los peregrinos de Egipto a la espera de otro amanecer por el oriente.

                                                                          

                                                                La conjura de Tiy, la Gran Esposa Real de Amen-Hotep III

Hasta no hace mucho tiempo se ha contemplado el periodo histórico de El Amarna como algo aislado, sin antecedentes ni, casi, consecuentes. En suma, como una suerte de “Seta de la Historia”. Sin embargo, el estudio en detalle de este especial momento de la historia de Egipto evidencia la existencia de una gran conjura. Hoy se puede seguir el plan urdido desde dentro de las estructuras de la familia reinante, planeado y ejecutado desde el corazón de la mismísima casa real para llevar a cabo lo que podría llamarse “golpe de Estado institucional”. Este conspiración político-religiosa dio paso a uno de los períodos más atractivos de la historia del antiguo Egipto: el amárnico, tiempo de herejía y turbulencias. Sin embargo, apenas fue un suspiro en la historia: se gestó, triunfó, llegó a su cénit y se desintegró en un lapso de tiempo de unos setenta y cinco años: hacia 1399-1325 a.C.

Amen-Hotep III. Museo de Arte Egipcio de Luxor

 


                                                                                                                        Días de esplendor

El Imperio Nuevo egipcio (1543-1080 a. C) conoció uno de los más brillantes momentos de la historia de aquélla civilización. La dinastía XVIII (1543-1292 a. C) fue, sin ningún género de dudas, la más importante de cuantas forman parte de aquel período. Sus reyes heredaron un país que había superado una gran guerra de liberación nacional frente a los invasores hicsos, gracias a la tutela y protección del gran dios Amón de Tebas.

La admirable combinación de madurez cultural y nuevas influencias asiáticas y mediterráneas, que en aquellos momentos florecieron de un modo especial, habían dado como resultado el nacimiento dentro de Egipto de un proceso civilizador sin parangón. Las actividades cultural, artística y económica, desarrolladas durante los primeros decenios de este período habían tenido su principal apoyo en dos pilares fundamentales: el poder religioso del dios Amón y las campañas militares llevadas a cabo por los soberanos guerreros de esta dinastía fuera de las fronteras de Egipto para crear zonas de seguridad, comercio y vasallaje. La actividad militar alcanzó su máximo desarrollo en el reinado de Thutmosis III (hacia 1479-1424 a.C).

Sin embargo, durante los reinados de sus sucesores, Amen-Hotep II y Thutmosis IV, el número de las expediciones militares exteriores fue decreciendo a media que se fueron asegurando los intereses egipcios en sus zonas de influencia. Los tratados de paz sustituyeron a los enfrentamientos bélicos. Comenzaron a establecerse alianzas de familia por medio de matrimonios del faraón con las hijas de los reyes de los principales estados que rodeaban al valle del Nilo.

La paz, la amplitud territorial, el progreso y la riqueza de Egipto llegaron a su cenit durante el reinado de Amen-Hotep III (hacia 1387-1348 a. C).

No había sido fácil: el rey era un niño cuando falleció su padre, Tutmosis IV, pero el país se mantuvo en paz y fue ejemplar la estabilidad política, gracias a los pactos establecidos entre las fuerzas solares del Atón y las del todo poderoso sacerdocio del dios Amón, dominador de Tebas.

Hasta ese momento, los reyes de la dinastía que habían precedido en el trono a Amen-Hotep III, habían oscilado en su relación con los poderes religiosos desde la sumisión a la tutela del dios Amón de Tebas, hasta la franca hostilidad y distanciamiento de este dios y de su clero amparándose en los antiguos cultos solares egipcios. Ese distanciamiento era ya palpable en época de Tutmosis IV y aumentaría durante el reinado de Amen-Hotep III. En este contexto se produjo el enfrentamiento entre los dos grandes poderes del momento: el del clero tebano de Amón y el de la casa real.


                                                                                                           Un príncipe casi desahuciado

Amen-Hotep III, hijo y sucesor de Thutmosis IV, fue el noveno faraón de la XVIII dinastía. Estaba casado con Tiy, hija de Tuia, que llevó el título de Ornamento real, lo que implicaba una posible relación familiar con Thutmosis IV. Tiy, pues, quizá fue hija biológica de ese soberano y, por tanto, medio-hermana de su futuro esposo, Amen-Hotep III.

Oficialmente, sin embargo, los padres de la reina Tiy fueron la noble dama Tuia y Yuia, general de los carros del faraón. Este, según todas las evidencias, era de ascendencia extranjera, mientras que Tuia pertenecía a la nobleza del Egipto medio. Estas especiales características en los representantes de la dinastía debieron influir notablemente en las relaciones familiares y en la personalidad del futuro heredero del trono.

Amen-Hotep III y Tiy, primera gran esposa real, fueron los padres del príncipe Amen-Hotep, cuya fecha de nacimiento se ignora. De su niñez se conoce sólo un documento donde se le cita como príncipe: un tapón de jarra que lleva la inscripción “Dyeda (grasa) del dominio del Hijo Real Verdadero Amen-Hotep”. No es raro: las fuentes egipcias no solían ocuparse de vicisitudes de los príncipes reales antes de que alcanzaran la condición de herederos al trono. Es posible que naciera en el palacio real que entonces existía en las cercanías del actual Medinet Abu Ghurob. Otros opinan que nació en el palacio real de Malkata, en la orilla occidental de la ciudad de Tebas.

Es de suponer, a partir de las muchas imágenes que se han conservado de este personaje, que reinó como Amen-Hotep IV y, al final, como Aj-en-Atón, que fue un niño enfermizo y débil. Se ha supuesto que padecía el síndrome de Frölich, trastorno endocrino que altera las características sexuales de los individuos. Recientes investigaciones suponen, sin embargo, que la enfermedad congénita que delatan sus imágenes sería el síndrome de Marfan, lo que explicaría que sus descendientes también padecieran los mismo problemas deformantes tal como muestra en la iconografía de la familia real de Amarna.

Parece más lógico asumir la hipótesis de una tara física que la de una simple moda de representación estética para explicar el anormal aspecto físico de Aj-en-Atón. Así pues, y habida cuenta que la tasa de mortalidad infantil en el Egipto faraónico era muy elevada, la supervivencia de este príncipe debió de estar siempre en peligro. En cualquier caso, no era un asunto de estado relevante, pues el enfermizo príncipe Amen-Hotep no estaba destinado a ocupar el trono. En los planes de sucesión, el heredero era el príncipe Thutmosis, posiblemente fruto de la unión de Amen-Hotep III con Kilu-Hepa, hija del rey de Mitanni. La primogenitura de Thutmosis, junto con la poderosa influencia que los pactos de familia con Mitanni tenían en aquel momento, eran razones sobradas para que este príncipe fuese el llamado a ocupar el trono de Egipto.

Sin embargo, existe un detalle desconcertante: los nombres impuestos a los príncipes. Durante la dinastía XVIII, Thutmosis fue el patronímico tradicionalmente otorgado a los príncipes reales hijos de mujer que no era la primera gran esposa real. Amen-Hotep, por el contrario, parece haber sido el nombre impuesto a los príncipes que, por su ascendencia materna o por otras circunstancias, estaban destinados de antemano a la sucesión del trono.

Es curioso que, en este caso, se modificó la regla tradicional: el varón primogénito, aparentemente destinado a suceder a Amen-Hotep III, no era hijo de Tiy, la primera gran esposa, en tanto que el segundo hijo varón de Amen-Hotep III, a pesar de llevar el nombre de su padre y de ser hijo de la primera esposa real, no estaba destinado a ocupar el trono de Egipto.

                                                                                                                      ¿Crimen de Estado?

Tiy, no debía encontrarse especialmente feliz, dado que no había podido dar al rey el primer hijo varón, aunque de ella había nacido la princesa real Sat-Amón, la primogénita de los hijos reales. El príncipe Thutmosis estorbaba sus planes... hasta que falleció. Esa muerte debió acontecer en torno al año 26 del reinado de su padre.
Muerto su hermano mayor, Amen-Hotep se convirtió en heredero del trono.

Por entonces, no se sabe si antes o después de esos acontecimientos, Amen-Hotep fue instruido en la ciudad santa de Heliópolis acerca de las antiquísimas doctrinas solares que hacían del dios Atum-Ra el creador del mundo. A la muerte de Thutmosis es probable que su hermanastro heredase todas las funciones y cargos que habían pertenecido al príncipe muerto.

Basándose en estas consideraciones se supone que Amen-Hotep habría ocupado también el puesto de Sumo Sacerdote del clero del dios Ptah de Menfis, lo que le otorgaba el título de “El más grande de los artesanos”, que le responsabilizaba del diseño o supervisión de trabajos artísticos de todo tipo. Durante su estancia en Heliópolis debió estar bajo la tutela de un cortesano de toda confianza, como era tradicional; éste pudo haber sido un tal May, escriba Superior de las Tropas e Inspector jefe del ganado del Templo de Ra.

Es obvio, por todo ello, que la muerte de Thutmosis desvió absolutamente la trayectoria de los acontecimientos políticos y religiosos de Egipto. El partido de la ortodoxia del dios Amon se quedó sin representante frente a los designios de la reina Tiy y su familia.


Amarna


                                                                                                                       Atón se impone

Las investigaciones más recientes dejan claro que el acceso al trono del príncipe Amen-Hotep tuvo lugar en pleno incremento de la influencia de los cultos solares que habían comenzado a introducirse durante los dos reinados anteriores y estaban incidiendo profundamente sobre la situación religiosa. Amen-Hotep III y su entorno familiar habían otorgado, ya a partir de una iniciativa de su padres, un predominio al culto solar, en detrimento de los intereses del clero tebano del dios Amón.

Se estaban imponiendo, también, como política de Estado las ideas de universalidad y asimilación del rey con el propio dios Amón-Ra. Esta teología del poder, recogida en unas inscripciones existentes en la cara este del tercer pílono del templo de Karnak y denominada doctrina del Amón imperial, aumentó progresivamente durante el segundo decenio del reinado de Amen-Hotep III. Pero dentro de esa deificación faraónica, se constata la creciente importancia del Atón (o Disco Solar), como objeto de culto. Por ejemplo, el texto del escarabeo conmemorativo del undécimo año de Amen-Hotep III, consigna que “... Su Majestad celebró el Festival de la apertura de los lagos en el tercer mes de Ajet... (cuando) Su Majestad paseaba dentro de la barca solar Atón Resplandece”.

Para referirse a Amen-Hotep III, las inscripciones hablan de Neb-Maat-Ra: “El Disco (Atón) Solar Resplandeciente”. Incluso en el templo de Luxor, el rey se hacía llamar “Soberano como Atón, duradero como Atón es duradero, corredor veloz como Atón.” Esta divinización de Amen-Hotep III alcanzó su punto culminante con motivo de la celebración de su primera Fiesta Jubilar en el año 30 del reinado. A partir de ella se convirtió, definitivamente, en una nueva y poderosa divinidad: “el Atón Resplandeciente” o en “El Gran Atón Viviente, el que está en la Fiesta Sed”.

Esa era la situación cuando accedió al trono de Egipto Amen-Hotep IV, como corregente junto a su padre. No debía tener más de quince o dieciséis años cuando fue coronado en Hermonthis, la llamada “On del Sur”, ciudad solar del Alto Egipto, tal como parece indicar el contenido de su titulatura real: “Aquel que lleva puesta las Coronas en On del Sur” , que hace referencia a tal acontecimiento. En Hermonthis se rendía culto a Montu, dios guerrero tebano, que tenía en su conformación teológica grandes implicaciones solares. Obviamente, fue utilizado por la casa real en el desarrollo de su estrategia de aislamiento del dios Amón y de su clero.

La artífice de la conspiración parece haber sido la reina Tiy, que había infiltrado a sus parientes en todas las esferas del poder civil y religioso. Así logró que se designara a su hermano Aanen, que ya era Sumo Sacerdote del dios Montu, para ocupar el cargo de Segundo Sacerdote del dios Amón. Fue precisamente este Aanen el encargado de dirigir los oficios religiosos de la coronación de Amen-Hotep IV, en el templo del dios
Montu. Todo quedaba en la familia.

Al tiempo, su labor política respecto a Amon debió estar en abierta oposición a los intereses del clero de este dios, tanto que sería cesado en tales funciones sacerdotales muy poco después... La confrontación interna por el poder religioso y político hacía saltar chispas.

                                                                                                                     El poder absoluto

Con la coronación de su hijo, la conspiración en la que Tiy parecía mover los hilos (probablemente también otros poderes coordinaban sus movimientos desde las sombras) estaba a punto de lograr sus objetivos. No es demasiado complicado suponer como se había ido tejiendo silenciosa y lentamente el entramado de la revolución religiosa que, finalmente, estallaría de forma incontrolada.

Su desarrollo obedeció a un proyecto lógico y perfectamente coherente. Thutmosis IV, abuelo de Aj-en-Atón, había sido elegido por el dios solar Ra-Hor-Ajty para reinar, según el mismo declara en las inscripciones de sus monumentos. En consecuencia, su hijo Amen-Hotep III, procedía de la sangre de un elegido del dios sol y se convertía en el disco solar resplandeciente. En virtud de tal principio, podía divinizarse a sí mismo como imagen del sol. A su vez, su hijo y sucesor, el futuro Amen-Hotep IV -Aj-en-Atón, sería el hijo en la tierra del propio disco solar resplandeciente hecho hombre y, además, su Sumo Sacerdote.

Es seguro que la persona o personas que concibieron este diseño de estrategia político-religiosa para alcanzar el poder absoluto poseían una mentalidad divorciada con la tradición egipcia... Debe recordarse que por las venas de la reina Tiy corría sangre extranjera.

                                                                                                                   Jubileo antagónico

Con motivo del trigésimo aniversario del reinado de Amen-Hotep III, el clero de Amón decidió organizar la celebración de la primera fiesta jubilar del rey, su primer Heb-Sed. Con esa fiesta, dentro de la mejor tradición faraónica, se regeneraría mágicamente el poder y la vitalidad del viejo rey, para seguir rigiendo las Dos Tierras.

En la misma fecha la familia real decretó la celebración de otro festival Sed, éste dedicado por el rey corregente, Amen-Hotep IV, a su nuevo dios y padre, el Atón viviente. Esta fiesta Sed era de una naturaleza especial, puesto que Amen-Hotep IV no había llegado, obviamente, al término de los treinta años en el trono que tradicionalmente se necesitaban para proceder a dicha celebración. Coincidiendo ella se acordó inscribir el nombre del nuevo dios Atón en un cartucho real: “El Viviente Ra Horus de los Horizontes que se regocija en el horizonte en su nombre de luz (Shu) que está en el disco (solar), el Viviente, el Grande, Aquél que está en Jubileo, el Señor del Cielo y de la Tierra”.

Dichas ceremonias se celebraron en la zona este del templo Karnak y en alguna otra edificación construida al efecto en las cercanías de aquél lugar. Con este motivo se ordenaron impuestos extraordinarios a todos los cultos y templos de Egipto para pagar los gastos de las fiestas.

Así pues, al mismo tiempo que viejo el rey era rejuvenecido y renovado por el oficial “sistema amoniano” para seguir reinando bajo la protección del dios tebano, la reina Tiy, su hijo y el resto de sus familiares y allegados organizaron una ceremonia paralela para consagrar al anciano rey como el propio dios Atón viviente, para sustraer al soberano del influjo de los sacerdotes del dios Amón.

El viejo Amen-Hotep III debía estar plenamente de acuerdo porque después de la celebración de este jubileo gustó autonombrarse como “Iten Tchehen” (El disco solar resplandeciente). El sería un dios y, por tanto, no necesitaría de la ayuda divina de ningún otro.

La confirmación de esta idea la proporcionó el hallazgo, a finales de enero de 1989, de una magnífica escultura de cuarcita roja en el ángulo sudoeste del patio solar del templo de Luxor. La estatua, datable en el primer jubileo del rey, muestra a Amen-Hotep III viviente y bajo el aspecto de dios solar Ra-Hor-Ajty-Atum. Es decir, al faraón convertido en el propio dios Ra.

A pesar de que el texto inscrito en la estatua está dirigido a honrar al dios Amón-Ra, puesto que fue elaborada, para alzarse en su templo de Luxor, todas sus características evidencian muy claramente la identificación del soberano con el dios solar en cada uno de sus diferentes aspectos teológicos.

La coexistencia de los dos mundos antagónicos, el de la reforma solar propiciada por la reina Tiy y su hijo Amen-Hotep IV, y el tradicional del dios Amón, que pujaban por obtener el monopolio del poder religioso de Egipto, no podría sostenerse por mucho más tiempo.

                                                                                                         La consumación del golpe

Los conjurados ya estaban preparados para asestar el golpe de gracia a la estructura del poder amoniano. Para ello debían deshacerse de los servidores de Amen-Hotep III que se contaran entre los seguidores del dios tebano. En primer término había que eliminar al hombre clave: Amen-Hotep, hijo de Hapu, eminencia gris de aquel reinado, que representaba el poder de Amón frente a los designios de Tiy y su familia.

El día 26 del primer mes de la estación Ajet (inundación) del año 31 del rey (hacia finales de nuestro mes de agosto del años 1357 a.C), cuando aún no habían transcurrido tres meses desde el Jubileo de Amen-Hotep III, una trágica noticia sacudió Tebas y todo Egipto: el sabio Amen-Hotep, hijo de Hapu, ojos y oídos del faraón, corazón latiente de la Tierra Negra, había muerto.

Desaparecido el sabio Amen-Hotep hijo de Hapu, el país del Nilo iba a cambiar de rumbo. Con él serían enterrados los poderes del clero de Amó y las posibilidades de impedir la ruptura entre el clero amoniano y la Casa Real, ya largamente anunciada. El propio rey debió asistir a las honras fúnebres de su leal consejero. Se sabe que presidió personalmente el solemne acto de dictar el decreto fundacional del templo funerario de
Amen-Hotep.

Nada mas morir Amen-Hotep comenzaron las persecuciones de algunos altos funcionarios de la corte. A partir de ese momento fueron cesados en sus puestos una serie de nobles cortesanos que habían estado unidos al viejo gobernante y que habían participado en la celebración del Festival Sed del faraón. Uno de ellos fue el visir del Sur, Ra-Mose.

Probablemente, ambos personajes estaban unidos por lazos de parentesco. La destitución de Ra-Mose debió producirse durante los mismos funerales de Amen-Hotep hijo de Hapu. De hecho, ya no era visir cuando se otorgó el decreto de la fundación funeraria de su protector y amigo. Su muerte debió producirse inmediatamente después.

Del estado de ejecución de su tumba en Gurnah (TT 55) se deduce que hubo de habilitarse rápidamente para su enterramiento, a pesar de estar sin concluir.

Otro importante personaje, también llamado Amen-Hotep, mayordomo del rey en Menfis, fue el siguiente en ser cesado en sus cargos. Era medio hermano de Ra-Mose. Se sabe que su hijo Ipy ocupaba sus puestos en la corte antes de que concluyera en el año 31, por tanto, debió fallecer casualmente entre los años 30 y 31 del reinado del faraón.

Durante la celebración del segundo y tercer jubileos de Amen-Hotep III, en los años 34 y 37 de su reinado, se sucedieron nuevas y terribles persecuciones de nobles tebanos. Sus tumbas fueron asaltadas, borrándose donde fueron hallados los nombres de los dioses Amón, Mut ,su esposa, y Jonsu, el hijo de ambos.

En el año 36 del reinado parece que el viejo Amen-Hotep III se encontraba muy enfermo y ya apartado de todo en sus aposentos, bajo la vigilancia de su esposa, la reina Tiy. Se le envió una imagen de la diosa Ishtar de Nínive con pretendidas propiedades curativas que no pudo obrar milagro alguno contra la verdaderas causas del mal que le aquejaba.

Amen-Hotep III murió, probablemente al inicio de su año 39 de reinado, coincidiendo con el duodécimo año del de su hijo, que ya para entonces había cambiado de nombre y se llamaba Aj-en-Atón “El espíritu luminoso de Atón”.

La conspiración había triunfado. La familia de Tiy, de evidente origen extranjero, se había instalado en el trono de Egipto. Desde esta atalaya había colocado a sus miembros en los más importantes puestos de la realeza, el clero, el ejército y la administración, llevando a cabo una auténtica purga en las estructuras de poder del dios Amón, a quien la dinastía debía las victorias sobre los extranjeros y su propia grandeza.

De esa manera se sustrajo al faraón del poder tutelar del dios y de su clero, poniendo el destino de la tierra de Egipto en manos de gentes ajenas al mundo egipcio.

Las consecuencias de la maniobra política descrita están a la vista: Tiy hizo casar a su hijo, Amen-Hotep IV - Aj-en-Atón con su sobrina Nefert-ity, que era, hija de otro hermano de la reina, el Padre Divino Ay. Este proceloso personaje pudo haber estado implicando en el posible asesinato del joven rey Tut-Anj-Amón, sucesor de los monarcas heréticos, y se apropió sin legitimidad alguna del trono de Egipto. El circulo estaba cerrado.

Se hizo necesaria la intervención de un general, el futuro faraón Hor-em-Heb, para restaurar el orden vulnerado de Egipto.

Como puede verse, ninguna cosa nueva bajo el sol.
 

 

LA CIUDAD DEL HORIZONTE

 

El reinado de Aj-en-Aton comenzó en el ejercicio de una probable corregencia con su padre, Amen-Hotep III. Los especialistas se dividen a propósito de si ésta fue larga o corta, o si, realmente, la misma nunca se produjo.

Se ha hablado de un ‘periodo tebano’ de Amen-Hotep IV, refiriéndose al lapso de los primeros cinco años de su reinado, por contraposición al periodo de tiempo del mismo que se desarrolló en la ciudad del Amarna, computable a partir del año sexto hasta el décimoséptimo, último del reinado respecto del que se han hallado datos del reinado de Aj-en-Aton.Hoy parece que sería más acertado empezar a hablar simplemente del periodo anterior a la fundación de la ciudad del Horizonte del Disco, Ajet-Aton, en Amarna.

Con independencia de la solución que se quiera dar a esta importante cuestión histórica es un hecho que, durante los cinco primeros años en el trono, Aj-en-Aton, entonces Amen-Hotep IV, estableció un programa de reinado que, pensando en la instauración de los cultos solares por encima de los demás existentes en Egipto, supuso el encumbramiento, sobre las demás divinidades, del dios Ra Hor-Ajty y, después, del dios Aton.

                                                                                                           Las obras en Tebas

La primera gran obra ordenada en su reinado fue la construcción de un templo para el dios Ra Hor-Ajty en el mismo recinto del dios Amón en Karnak. El comienzo de las operaciones constructivas nos es conocido a partir de una inscripción existente en las canteras del Guebel El-Silsila, fechada en el año 1. Allí, Amen-Hotep IV, aunque aparece haciendo ofrendas al dios Amon, lleva ya el título de ‘Primer Profeta de Hor-Ajty que se alza en el cielo en su nombre de Shu (luz solar) que está en el Disco (Aton).’

Por otra parte, la primera representación conocida del disco solar con los brazos consta en un bloque existente en el Museo de Berlín, y probablemente procedente del templo que el rey comenzó a construir en Karnak a favor del dios Ra-Hor-Ajty, pero que no concluyó.

La otra representación, casi de la misma época, hacia el año 2 del reinado, se encuentra en la TT 55 de Ramose. Allí, en la mitad norte del muro oeste de la capilla están representados Amen-Hotep IV y Nefert-Ity en la Ventana de las Apariciones del Guemet-Pa-Iten de Karnak. Esta representación muestra parte del conjunto de templos que, a favor del nuevo dios solar, hizo construir el soberano en Tebas.

El ambiente religioso y político de las celebraciones del primer festival Sed de su padre, Amen-Hotep III, en su año 30 de reinado, facilitó el camino para los cambios religiosos previstos. La celebración del Jubileo de Aton del año dos supuso la puesta en marcha de un gran proceso constructivo en Tebas.

En efecto, poco después del inicio del reinado se ordenó construir al Este de Karnak un monumento decididamente diferente al templo de Ra Hor-Ajty: El Guemet-Pa-Iten.
En primer término se decidió la construcción del Guemet-pa-Iten, (‘El lugar donde se halla el Disco’) antecedente de la arquitectura religiosa de la futura ciudad de El Amarna.

En la zona de Luxor se han identificado, no menos de ocho templos dedicados o relacionados con el culto atoniano. Además del Guemet-Pa-Iten se conocen el Hut Ben-Ben, el Rudi Menu, el Teni Menu, el Hay-em-Ajet y el Maru Septentrional de Aton.

El periodo en el que la corte de Amen-Hotep IV residió en esta gran capital del Sur de Egipto, vio el desarrollo de un proyecto teológico que, finalmente no prosperó, lo cual conocemos por el texto de la estela de Fundación de la nueva ciudad del Disco en la zona del Amarna.

                                                                 Los proyectos arquitectónicos religiosos de Aj-en-Aton

El planteamiento de la orientación política asumida por el nuevo soberano era sutil y, a la vez, muy efectiva.

Como consecuencia de las ceremonias jubilares celebradas para Amen-Hotep III en Menfis, Malkata, Soleb y otros lugares de Egipto, la naturaleza humana del viejo monarca se transformaría hipostáticamente. Convertido en el dios Aton viviente, su hijo, el Primer Profeta de Ra Hor-Ajty, celebraría un Jubileo en honor de la nueva deidad y lo haría en el recién construido Guemet-pa-Iten.

La documentación de que disponemos deja entrever que Amen-Hotep IV concibió durante estos primeros años de reinado una tesis teológica, todavía por desentrañar completamente, que parece mostrar la voluntad de extender el nuevo culto solar por todo Egipto. En realidad, todo parece indicar que el rey había pensado que, tanto Menfis, en el norte, como Tebas, en el sur, serían, dada su condición de magnas urbes con una muy antigua tradición, las capitales religiosas de su nuevo dios.

Hasta el presente, esta idea se veía con cierta precaución dado que solo se conocían los datos de varias inscripciones, documentadas en diversos objetos hallados en la zona tebana. Tal, una silla perteneciente al obrero de Deir El Medina, Najy, que perteneció a la antigua colección Mansur y cuyo paradero hoy es desconocido. En la misma el personaje utiliza el título de ‘el Servidor en el Lugar de la Verdad sobre el occidente de Ajet-Aton, Najy’. Resulta evidente que, el Ajet-Aton al que la inscripción se refiere es Tebas, puesto que la ciudad obrera de Deir El Medina se encuentra en la orilla occidental de dicha ciudad, hoy Luxor.

Otros datos referidos al Horizonte del Disco o Ajet-Aton en Tebas se han hallado en varios altares procedentes de Karnak, siendo documentados por el gran egiptólogo que fue Labib Habachi.

Sin embargo, en febrero del año 2001, la misión egipcio-holandesa patrocinada por el Departamento de Egiptología de la Universidad de Leyden y el Museo Nacional de Antigüedades de la misma capital holandesa, cuyos Directores de Campo eran el Profesor Maarten J. Raven y el Dr. René Van Walsem descubrieron, al explorar una pequeña zona situada justo al Sur de la tumba de Hor-em-Heb, en Sakara, un gran hallazgo que cambiaría las concepciones hasta el momento existentes en cuanto a la estructura político-religiosa de los primeros años del reinado de Amen-hotep IV.

                                                                                                         La tumba de Mery Neith

Si nos aproximamos dejando a nuestras espaldas la cara Sur de la pirámide escalonada de Dyeser, cruzando la calzada del rey Unas, detrás de una pequeña colina, llegaremos al lugar donde Raven y Van Walsem encontraron la tumba de un personaje llamado Mery-Aten. La existencia de dicha tumba era ya conocida a través de los fragmentos de relieves existentes en distintos museos que provenían de ella, pero se había perdido su localización exacta en el desierto de Sakara.

En los alrededores del lugar donde se hizo el descubrimiento, sólo había galerías subterráneas excavadas durante la Dinastía II, (hacia el 2800 a.C.), es decir, mucho más antiguas que la tumba descubierta. De hecho, todos los indicios apuntaban, en opinión de los arqueólogos, a que la tumba en cuestión sería un antiguo pozo funerario de época del Imperio Antiguo, reutilizado por nuestro personaje.

Lo sorprendente del hallazgo, aparte del nombre del dueño, es que, tanto los muros que rodeaban la entrada a la tumba, (hechos con ladrillo crudo y cubiertos con planchas de piedra caliza que contenían escenas de Mery-Aten y su familia adorando al disco solar), como las paredes de la cámara funeraria, (excavada al final de un pozo de 6 metros de profundidad, recubierta de planchas de calcita egipcia, con imágenes funerarias de ofrendas a favor de Mery-Aten y otras escenas de la vida cotidiana), están decorados con la iconografía y estilo típicos de la época de El Amarna.

Todo indicaba que la tumba, podría datarse dentro de los cinco primeros años del reinado, antes de que Aj-en-Aton abandonase Tebas para fundar su nueva capital. Así parece deducirse del estilo típico de transición, desde el inicio del reinado hasta la época amárnica, que muestran los relieves de la tumba.

Investigaciones posteriores han permitido deducir que el propietario fue originalmente un sacerdote de la diosa Neith, por lo que su nombre original fue el de Mery-Neith. Cuando se produjeron los cambios religiosos a favor del nuevo culto de Atón, Mery-Neith cambió su nombre por el de Mery-Aten.

Sin embargo, los investigadores opinan que Mery-Aten, que llevó el título de Gran sacerdote de Atón, nunca concluyó su tumba ni fue enterrado en ella. De hecho, se esperaba haber encontrado otra tumba suya en la necrópolis de la ciudad de Amarna.

La circunstancia de no haberse encontrado ningún resto de la momia, ha inducido a los excavadores a pensar que, o bien el dueño debió marchar a la nueva ciudad de El Amarna con su señor Aj-en-Aton, dejando abandonada su tumba en Sakara o, al término de la herejía amarniense, fue obligado a renegar del culto a Atón, siendo perseguido por ello.
De hecho, en uno de los relieves, se ha encontrado la imagen del disco solar Atón destruida probablemente al término del periodo amarniense por los restauradores de los cultos tradicionales.

                                                                           El grupo escultórico de Mery-Neith y su esposa.

Grupo escultórico que representa a Mery-Neith y su esposa Luy


Otro hallazgo interesantísimo encontrado en la tumba es un grupo escultórico que representa a Mery-Neith y su esposa Luy. Esculpida en un magnífico estilo, datable en el período final de la dinastía XVIII, representa a nuestro personaje y a su esposa, conservando gran parte de su policromía original. Hoy resulta ser una pieza maestra entre las muchas que se exhiben en el Museo Egipcio de El Cairo.

Lo más notorio del monumento se desprende de la inscripción dorsal, en la parte que se refiere a Mery-Neith. Allí se puede leer uno de los títulos que llevó nuestro personaje: ‘Escriba del templo de Atón, en el Ajet-Aton en Menfis’.

Esta evidencia documental viene a confirmar la idea expuesta más arriba de que, durante los primeros años del reinado de Amen-Hotep IV, se establecieron, al menos, dos Horizontes del Disco (Ajet-Aten), en Egipto; uno, en la orilla Este de la ciudad de Tebas; otro, en algún punto no conocido hasta ahora de la ciudad de Menfis. En dichos Horizontes del Disco se construyeron templos solares al dios Atón.

Con el cambio de su nombre, por parte de Amen-Hotep IV, para adoptar el de Aj-en-Aton, lo que sucedió durante el año 5 de su reinado, y con la decisión de abandonar Tebas y fundar una nueva ciudad en el lugar hoy conocido como El Amarna, se produjo el establecimiento del Ajet-Aten, por excelencia, el 'Horizonte del Disco en Amarna'.

Consta que hubo más templos dedicados al culto del dios Aton en Heliópolis, Luxor, Ashmunein, Assuán y Nubia. ¿Pudiera haber existido un Ajet-Aten en cada una de esas localidades?. Parece lógico pensar que así fuera, puesto que tal nombre haría referencia a un punto cardinal, no importa de qué ciudad, el Este del Horizonte, elevado a categoría teológica, por ser el lugar por donde, todas las mañanas, salía el Disco solar.

Producida la ruptura, Aj-en-Aton fundaría 'la ciudad del Horizonte del Disco' (Ajet-Aten) en El Amarna. Mientras tanto, los templos de Atón en las demás localidades de Egipto, probablemente seguirían funcionando, incluso después de la restauración de los antiguos dioses por Tut-Anj-Amon y Hor-em-Heb.

El papel preponderante de Menfis durante el periodo de El Amarna va quedando, día a día, más claro gracias a los descubrimientos realizados en las diferentes necrópolis del Imperio Nuevo en Sakara, basta recordar el hallazgo de la tumba de Aper-El en la zona del Bubasteion.

Todo ello nos obliga a reconsiderar muchos de los términos generalmente aceptados a la hora de estudiar este apasionante periodo de la historia de Egipto.