Henry Ford

                  El Judío Internacional

 

INDICE

PRIMERA PARTE

 

I. Los judíos: carácter individual y actividad productiva de los mismos

II. Como se defiende Alemania contra los hebreos

 

III. Historia de los hebreos en los Estados Unidos de Norte América

IV. ¿Es real o imaginaria la cuestión del judaísmo?

 

V. ¿Arraigará en los Estados Unidos el antisemitismo?

 

VI. Abrase vía libre en las revistas la cuestión judía.

VII. Arthur Brisbane, defensor del judaísmo

 

VIII. ¿Existe un programa judaico universal determinado?

IX. Fundamentos históricos de la aspiración judía por la hegemonía universal X. Introducción a los "Protocolos judíos" o "de los sabios de Sión".

 

XI. Apreciación judía sobre la naturaleza humana del no-judío

XII. Requieren los "Protocolos Judíos" su cumplimiento en parte

XIII. Plan judío para socavar, mediante "ideas", la sociedad humana XIV. ¿Previeron los judíos la conflagración mundial?

 

XV. ¿Es idéntico el "Kahal" judío al actual soviet ruso?

 

XVI. Influencia de la cuestión judía sobre la agricultura XVII. ¿Predomina el judaísmo en el periodismo mundial?

 

XVIII. ¿Cómo se explica el poder político hebreo?

 

XIX. La U.R.S.S. (Rusia Comunista) hechura del Panjudaísmo XX. Un testimonio hebreo en favor del bolcheviquismo

 

SEGUNDA PARTE

 

Del prefacio personal del señor Henry Ford

 

I. Mixtifican los judíos en Estados Unidos su numero y poderío II. ¿Forman los judíos una Nación?

 

III. Judíos contra no-judíos en la alta finanza de Nueva York IV. La curva ascendente del poderío financiero hebreo

 

V. Baruch, el "Disraelí Norteamericano" y "Procónsul de Judá en Norte América"

 

VI. El predominio israelita en el teatro Norteamericano VII. El primer trust teatral israelita

 

VIII. El aspecto semita del problema cinematográfico

 

IX. La preponderancia semita en el mundo cinematográfico

 

X. Nueva York bajo el "Kahal" hebreo

 

XI. Critica de los "derechos hebreos"

XII. La orden universal de los "B'nai B'rith"

 

XIII. Como caracteriza Disraelí a los hebreos

 

XIV. El jefe de Estado que debió inclinarse ante el judío internacional XV. Historia de Bennett, editor periodístico independiente

XVI. El informe de Morgenthau sobre Polonia

 

XVII. Polonia encadenada con la conferencia de la paz

XVIII. Panorama presente de la "Cuestión Hebrea"

 

XIX. Intermedio literario: ¿que es el Jazz?

XX. Los viveros del bolcheviquismo en los Estados Unidos XXI. Confesiones de un superior de la orden de B'nai B'rith

XXII. Kuhn, Loeb y Cia., de Nueva York, y M. M. Warburg y Cia., de Hamburgo

 XXIII. La sed de oro norteamericana bajo el control financiero de los hebreos

 XXIV. La influencia hebrea en la vida intelectual norteamericana

XXV. Planes financieros de los hebreos internacional

              Primera parte

"Entre las más destacadas características de la raza hebrea, es preciso citar: acentuada aversión por toda labor física que implique fatiga; muy pronunciado espíritu de familia; instinto religioso innato y concepto en extremo elevado de la hermandad de tribu; ánimo esforzado, propio de profetas y de mártires, más bien que de adalides culturales y belicosos; extraordinaria aptitud para afrontar adversidades; excelente predisposición para el comercio; astucia y perspicacia para la especulación, particularmente en asuntos de dinero; una pasión de oriental por el lujo, el íntimo goce del poderío y de los placeres que ofrece una posición social elevada; bien equilibradas facultades intelectuales".

                I

 

LOS JUDÍOS: CARÁCTER INDIVIDUAL Y ACTIVIDAD PRODUCTIVA DE LOS MISMOS

Vivimos nuevamente en una época en que el judaísmo atrae la atención crítica del mundo entero. Su ingreso durante la Gran Guerra en lo más escogido de las esferas financieras, políticas y sociales fue tan general y evidente, que su posición, su poderío y sus fines fueron recibidos con acerba crítica, y en la mayoría de los casos causaron repulsión. No constituyen las persecuciones una novedad para el judío. En cambio, para su ética racial, es nueva esta exaltación. Cierto es que este pueblo sufre hace 2000 años los efectos de un instintivo antisemitismo de las demás razas, pero semejante aversión nunca llegó a ser consciente, ni pudo expresarse concreta ni claramente. Hoy, por el contrario, digámoslo así, esta sometido al microscopio de la observación científica, que nos hace conocer y comprender los verdaderos orígenes de su poderío, de su aislamiento y hasta de sus amarguras.

En Rusia se le responsabiliza del bolcheviquismo, acusación que, según de donde provenga, podrá considerarse fundada o infundada. Los norteamericanos, que fuimos testigos de la fanática elocuencia de los jóvenes judíos, apóstoles de una revolución social y económica, estamos en excelente posición para poder formar un claro juicio de lo que existiera real y verdadero en tales acusaciones. En Alemania se achaca al judío la derrota experimentada, y una amplísima literatura con innumerables pruebas detalladas impele, en verdad, a muy serias cavilaciones. En Gran Bretaña, se dice que el judío es el amo verdadero del mundo, que la raza hebrea constituye una supranacionalidad que vive entre y sobre los pueblos, los domina por el poder del oro, y acicatea fríamente un pueblo contra otro, en tanto se oculta cautelosamente entre bastidores. Por último, en Estados Unidos llama la atención la insistencia con que los judíos - los viejos por apego al dinero, por ambición los jóvenes - se infiltran en todas las organizaciones militares, y particularmente en los rubros dedicados a los negocios industriales y mercantiles derivados de la guerra, criticándose en especial el cinismo con que dichos judíos explotan en provecho propio los innúmeros conocimientos que lograron en su calidad de funcionarios del Estado.

La cuestión judaica, en una palabra, ha hecho su aparición en escena. Más, como ocurre en casos parecidos, en los que cuestiones de ventaja personal desempeñan cierto papel, aparecen también determinados esfuerzos para acallarla, insinuando la inconveniencia de exponerla en público. En cambio, la infalible experiencia prueba que todo problema escamoteado así, tarde o temprano torna a abrirse paso, y entonces en formas inconvenientes y hasta muchas veces peligrosas.

El judío constituye un enigma mundial. No obstante ser su masa pobre en absoluto, domina, empero, el mercado económico y financiero del mundo entero. Viviendo sin patria, ni gobierno, es decir, en la dispersión, demuestra, empero, una unidad nacional y una tenacidad no alcanzada por pueblo alguno. En la mayoría de los países, salvo restricciones, supo convertirse en el soberano efectivo, al amparo a veces de los patronos. Dicen antiguas profecías, que los judíos retornarán a su vieja patria, desde cuyo centro geográfico dominarán a la totalidad de los pueblos, no sin antes haber resistido el combinado al mundo de las naciones del mundo entero.

La del intercambio comercial es la profesión a la que contribuye el judío en mucha mayor proporción que ningún otro pueblo. No importa rebajarse a la compra de trapos viejos; la cuestión es comerciar. Desde la compraventa de ropa usada hasta el absoluto dominio del comercio mundial y de la Hacienda de los Estados, el judío siempre demostró las mejores aptitudes. Experimentando como ninguna otra raza aversión hacia toda labor física y productiva, sabe nivelar este defecto por una escala característica predisposición para el intercambio. El no-judío desarrolla su actividad en el terreno industrial o técnico, en tanto que el joven hebreo prefiere empezar su carrera como mozo, vendedor callejero o dependiente de comercio, por la relación que dichas profesiones guardan con el aspecto mercantil. De acuerdo a los datos de un censo prusiano, de 16.000 judíos, 12.000 eran mercaderes y 4000 manufactureros, mientras que de la población indígena renana sólo se dedicaba al intercambio comercial un 6%.

Un censo moderno arrojaría seguramente, como resultado, un muy considerable aumento en las carreras académicas y literarias, sin que se advirtiera, en cambio, un descenso en la participación de los judíos en las tareas mercantiles, y un aumento insignificante, o tal vez ninguno, en los oficios manufactureros. En Estados Unidos, casi todo el comercio mayorista, los "trusts" y los institutos bancarios, las riquezas del subsuelo y los principales productos de la agricultura, especialmente el tabaco, algodón y azúcar, están bajo el dominio absoluto de los financieros hebreos, o de sus agentes. También representan una vasta y todopoderosa fuerza, los periodistas judíos. "Gran número de fuertes almacenes se hallan en manos de empresas judías" – dice la Enciclopedia Judía, - aunque muchos de ellos, sino la mayoría, figuran bajo razones sociales no hebreas. Semitas son la mayoría y los más importantes propietarios urbanos, predominando asimismo en la vida teatral. Son los que dirigen también, y con total hegemonía toda la vida informativa del país. Aunque inferiores en número a cualquiera otra raza de las que viven entre nosotros, disponen, sin embargo, y diariamente, de una publicidad vastísima y siempre favorable a sus intereses. Esto no sería posible, sino fueran ellos mismos los que la regulan a su antojo. Werner Sombart en su libro Judaísmo y vida económica, dice que "si las cosas siguen desarrollándose en América en la misma forma que en esta última época, contrabalanceando las cifras de inmigración y aumento de las diversas nacionalidades, vemos en nuestra fantasía a los Estados Unidos dentro de cincuenta por cien años como un país poblado por negros, eslavos y judíos, entre cuya población los judíos, claro está, se habrán convertido en los dueños absolutos de toda la vida económica". Y tengamos en cuenta que Sombart es un sabio filosemita.

Se plantea, naturalmente, un interrogante: puesto que judío está realmente en posesión de tal dominio, ¿cómo lo alcanzó? Norteamérica es un país libre. Los judíos representan únicamente un 3% de la población total; contra 3 millones de judíos existen 97 millones de no-judíos. Ya que el judío tiene poderío, ¿es ello consecuencia de su propia superioridad intelectual, o de la inferioridad e indolencia de los no-judíos? Resultaría fácil decir que los judíos llegaron a América, probaron fortuna como los demás y evidenciaron facultades superiores en la lucha por el éxito. Más esta consecuencia no tomaría en consideración todo los hechos existentes. Antes de formular otra

respuesta mejor, es preciso fijar: concretos. El primero de hechos es, que no todos los judíos se hicieron ricos. Existe también gran número de hebreos pobres, aunque la mayor parte de ellos continúa en posición independiente. Si bien es cierto que son judíos los principales amos financieros del país, no es verdad que cada judío sea uno de los amos. El que estas dos categorías de judíos deban distinguirse claramente, se impone desde el momento en que se analiza críticamente los métodos, que, por una parte, los judíos ricos y por otra los pobres, utilizan para alcanzar el poderío. En segundo término, la solidaridad judía torna muy difícil la tarea de medir los éxitos judíos y los no judíos por el mismo rasero. Cuando se hicieron posibles fuertes concentraciones financieras en Norteamérica con activa ayuda de grandes capitales transoceánicos; cuando arribaron a Norteamérica inmigrantes sólidamente apoyados por el capitalismo hebreo europeo, no sería justo apreciar la prosperidad de dichos elementos desde los mismos puntos de vista de los que se podría juzgar la lucha económica de inmigrantes alemanes o polacos, que arribaron a estas playas sin más medios de vida que su afán de trabajo e inteligencia. Cierto es que muchos judíos llegaron a América sin otro apoyo que su propio valer, pero, ello no obstante, no es posible decir que el predominio ejercido por el capitalismo hebreo sobre los asuntos del país sea exclusiva consecuencia de la inteligencia de los judíos, sino que tal predominio no representa más que la ampliación territorial del predominio financiero judío existentes ya en ultramar. Este es el punto básico en que debe apoyarse todo intento de explicación. Se trata de una raza que durante su época esencialmente nacional, componíase de campesinos, cuya disposición típica fue más espiritual que materialista; pueblo más bien de pastores que de negociantes, pero cuya raza, desde que se viera huérfana de suelo patrio y de gobierno propiamente dicho, y luego de haberse visto siempre y por doquier expuesta a persecuciones, debe pues indudablemente considerarse como la oculta pero verdadera dominadora del mundo entero. ¿Cómo es posible que surja tal acusación? ¿Y por qué la misma se apoya, al parecer, sobre innúmeros y circunstanciados hechos?

Comencemos por el origen. Vivían los judíos durante el desarrollo de su carácter nacional bajo el imperio de una ley que tornaba imposibles tanto una riqueza como una pobreza excesivas. Los modernos reformadores organizan sobre el papel sistemas sociales inmejorables, harían bien echando una ojeada sobre el sistema social bajo el cual vivían los primitivos judíos. La ley mosaica al prohibir la usura, tornó imposible una aristocracia capitalista, que grandes financistas judíos la representan hoy justamente con la fácil y duradera fuente de ingresos que representan los intereses que imponen a sus deudores. Ni la usura, ni la especulación viéronse favorecidas por la antigua ley. No se practicaba usura con el suelo, pues la tierra se repartía entre el pueblo, y si bien un propietario podría perderla por su culpa, o por contratiempos, volvía la parcela, sin embargo, a la propiedad de la familia al cabo de 50 años. Empezaba cada vez una nueva época social, con el llamado año de gracia. Resultaba imposible bajo tal legislación, la formación de grandes feudos o de una casta de magnates financieros. El período de 50 años facilitaba la suficiente libertad para que la actividad personal pudiera manifestarse en la lucha por la vida.

De haber sido los judíos en la Palestina y bajo la ley mosaica, una nación conservadora, jamás hubieran podido adoptar las formas financieras que hoy la caracterizan. Jamás se enriqueció un judío a costa de otro judío, como tampoco hoy los judíos llegan a ser ricos en mutua competencia, sino a costa de los pueblos no judíos, entre los que moran. La ley mosaica permitía al judío traficar con los extraños, de acuerdo con determinados principios morales, mas no con su "prójimo" de raza judía. Su ley, llamada de extranjeros, especificaba: "prestarás al extranjero con usura; con tu prójimo no debes hacerlo".

Dispersos entre los demás pueblos, más sin mezclarse jamás íntimamente con ellos, y sin perder tampoco su marcadísima particularidad, tuvieron los judíos durante largos siglos las mejores oportunidades para poner en práctica dicha ley fundamental. Extraños en casa de extranjeros, que a veces se les mostraban cruelmente hostiles, con esta ley practicaban lo judíos un acto de justicia compensadora o penal. A pesar de ello, este solo hecho no hubiera bastado para explicar la superioridad judía en materia de fuerzas. La explicación deberá buscarse, más bien, en el judío mismo, en una fuerza suya propia, es su destreza y en su moralidad específica.

Desde sus comienzos, hallamos en la historia hebrea la tendencia de esta raza a erigirse como dueña de otros pueblos esclavizados. Aunque, al parecer, todas las profecías se dirigían a un despertar moral de toda la humanidad por Israel, a tal enunciado se opone manifiestamente, su tendencia dominadora. Esto es, al menos, lo que puede deducirse del tono en que se redactó el Antiguo Testamento. Según aquellas viejas historias, los judíos desobedecieron la orden divina de expulsar a los canaanitas, para que Israel no se contaminara con la perversión de aquel pueblo. Observando, sin embargo, la cantidad de fuerzas útiles que perderían con la expulsión de los canaanitas, optaron por hacerlos sus esclavos. "Y ocurrió que cuando Israel fortalecióse, convirtió a los canaanitas en sus tributarios, no expulsándolos". Esta desobediencia, que denota predilección por el dominio material, en vez de una hegemonía espiritual, marca el origen del que fue después perpetuo castigo y eterna angustia de los judíos.

La dispersión de los judíos desde hace 2500 años, entre el resto de la humanidad, modificó fundamentalmente el plan salvador asignado a Israel. Los directores espirituales del moderno judaísmo seguirán declarando hoy, que la misión judía entre los pueblos del mundo es de esencia espiritual, pero tal afirmación muy poco tiene de convincente ante la absoluta carencia de pruebas prácticas. En el transcurso de toda la era moderna considera Judá a los otros pueblos, sólo desde el punto de vista de la explotación de sus fuerzas vitales en su provecho material. Mas la profecía queda planteada, según la cual, aun en tierras extrañas, hostigado adonde encamine sus pasos, llegara para Israel el día en que su destierro termine en una Nueva Palestina y que Jerusalén, según cantaban los antiguos profetas, tornara a ser el centro moral del mundo.

Si el judío hubiese sido trabajador, cooperando en común con el resto de la humanidad, su dispersión seguramente no hubiese alcanzado tales proporciones. Pero como optó por hacerse mercader improductivo, su errante instinto le convirtió en aventurero a través de todas las tierras habitadas. Ya en épocas muy remotas, estuvieron los judíos en China. En Inglaterra hacen su aparición bajo los reyes sajones. Existían ya en América del Sur mercaderes judíos, cien años antes de la llegada de los Reverendos Padres peregrinos a Plymouth-Rock. Fueron judíos los que fundaron en 1492 la primera fábrica de Azúcar en Santo Tomás. En el Brasil ya estaban firmemente establecidos, cuando apenas existían en las costas del continente septentrional algunas míseras aldeas. Prueba su constante penetración el hecho de que el primer blanco nacido en Georgia fue un judío: Isaac Minis. La presencia de los judíos en todos los puntos del mundo habitado, y su innata coherencia nacional les conservaron como conjunto nacional entre los demás pueblos, cuyos agentes activos se agruparon por doquier.

Su ascenso a la posición de señores de las finanzas mundiales, tuvo como causa primordial otra predisposición: su habilidad para inventar constantemente nuevos métodos usurarios. En tanto, el judío no apareció en la lucha de competidores, solía desarrollarse el comercio en formas relativamente simples. Si buscáramos hoy en los orígenes de muchos de los métodos comerciales que facilitan y simplifican nuestro intercambio, indudablemente tropezaríamos con algún nombre judío. Muchos de los indispensables instrumentos de giro y crédito, fueron inventados por negociantes judíos, no solo para el trafico entre si, sino, mas bien, para alucinar a los no judíos, con que comerciaban. La letra de cambio más antigua, fue librada por un judío, Simón Rubens. La letra a la vista es un invento hebreo, así como el cheque "al portador".

Un interesantísimo capítulo de historia va ligado a este documento "al portador". Los enemigos de los hebreos les arrancaban muchas veces hasta el último centavo de sus riquezas, mas con sorprendente rapidez, estos volvían a rehacerse y eran ricos otra vez al poco tiempo. ¿Cómo es posible explicar este rápido alivio de una tan absoluta miseria? Es que su activo ocultábase sencillamente bajo la máscara de "al portador", y en esa forma, una parte de su propiedad podía siempre ser salvada. En las épocas en que admitíase el derecho del pirata de apresar todas las mercaderías consignadas a hebreos, estos se defendían mediante el ardid de hacer viajar las mismas sobre conocimientos que no especificaban el nombre del destinatario, sino que iban "a la orden".

La tendencia judía fue la de traficar de preferencia con mercaderías y no con personas. Antiguamente, todas las demandas ante la justicia eran de índole personal, pero el judío intuyó que las cosas le proporcionaban mas seguridad que las personas con las cuales traficaba, y supo conseguir que en adelante las demandas se hicieran contra las cosas. Además, este método ofrecíale la ventaja de permanecer mejor al margen. Resulta natural que dicho procedimiento introdujera en el comercio una nota de dureza, ya que se prefería traficar con cosas a negociar con personas, y esta dureza es la que perpetuóse hasta nuestros días.

Otra institución, que se generalizo, y que se oculta con eficacia el enorme poderío logrado por los judíos, es del mismo origen que los documentos al portador: la sutileza que permite aparecer a una empresa dominada por el capital hebreo bajo un nombre que no hace la mínima insinuación de tal influencia hebrea. (Sociedad anónima. Sociedad por acciones).

Es el judío el único y verdadero capitalista internacional. Pero en general no es su costumbre gritarlo a los cuatro vientos; prefiere utilizar a los Bancos y trusts no-judíos en calidad de agentes e instrumentos. La llamativa indicación de una "fachada" no-judía aparece con frecuencia unida con esa sugestiva manipulación.

Igualmente el invento de la Bolsa de valores es un producto del talento financiero judío. En Berlín, París, Londres, Francfort y Hamburgo los judíos ejercían una influencia total sobre las primeras bolsas, y Venecia y Génova en las viejas crónicas aparecen con el hombre de "ciudades judías", donde lograron efectuar las mayores transacciones comerciales y bancarias. El banco de Inglaterra se fundó por consejo y ayuda de judíos holandeses inmigrados. Los bancos de Amsterdam y Hamburgo deben su origen a la influencia hebrea en dichos centros.

Otro singular aspecto, relacionado con las persecuciones y correrías de los hebreos a través de Europa, es que adonde ellos iban marchaba el centro del tráfico mundial. Cuando vivían los judíos en España, estaba allí el centro mundial del oro. Con su expulsión perdió España su hegemonía financiera, que nunca volvería a recobrar. Los historiadores de la vida económica europea se esforzaron siempre por saber la razón del traslado de la preponderancia comercial de España, Portugal e Italia a los países del norte, Holanda, Inglaterra y Alemania, sin que ninguna de las razones aducidas haya logrado convencer. Pero si tenemos en cuenta que coincide tal transposición con la época de expulsión de los judíos de las naciones meridionales y su refugio en las del norte, y que con su arribo a esas regiones, comenzó allí el florecimiento comercial, sin interrupción hasta nuestros días, no parece difícil una explicación verosímil. Reprodújose siempre el hecho de que al irse los judíos, marche con ellos el mercado principal de los metales preciosos.

La difusión de los hebreos a través de Europa y de todo el mundo, durante la cual cada comunidad judía unióse con todas las demás por vínculos de sangre, de fe y de padecimientos, les concedió la posibilidad de manifestarse como internacionales, en una forma que ninguna otra raza, ni comunidad de comerciantes en aquella época hubiera podido hacerlo. No sólo se establecían en todas partes (lo mismo ocurre también con italianos o rusos), sino que, allí donde estuvieren, guardaban íntimo contacto. Se hallaban ya organizados antes que las demás comunidades internacionales, justamente por éste sistema nervioso de la mancomunidad de la sangre. A numerosos escritores de la edad media llamóles la atención el hecho de que los judíos solían estar enterados de los sucesos europeos, antes de que lo fueran los mismos gobiernos. Conocían también el ulterior desarrollo de los acontecimientos, comprendiendo de inmediato infinitamente mejor las condiciones y mutuas relaciones políticas, que los propios diplomáticos de carrera. Propalaban las informaciones interesantes de grupo a grupo, de nación a nación, preparando así,

por instinto, el fundamento de la información financiera moderna, información que les resultó de incalculable valor para sus transacciones especulativas. Los conocimientos anticipados constituyeron, indudablemente una ventaja extraordinaria, en una época en que las informaciones todavía eran escuetas, lentas e inseguras, y les puso en condiciones de tornarse indispensables como intermediarios de los empréstitos de los Estados, negocio que los judíos siempre fomentaron. El judío trato siempre de tener a los Estados por clientes. Los empréstitos se emitían con frecuencia, en presencia de miembros de unas mismas familias financieras en los distintos países. Fueron estas familias las que, integrando una especie de directorio internacional, barajaban a reyes contra reyes, gobiernos contra gobiernos, explotando con una absoluta falta de conciencia las rebeldías nacionales existentes o provocadas en su propio y exclusivo provecho.

Un reproche muchas veces repetido contra los financistas judíos modernos se basa precisamente en que prefieran ante todo este terreno para sus maquinaciones. Efectivamente, la mayoría de las críticas antisemitas no se dirigen contra el negociante particular judío con clientela privada. Millares de pequeños comercios judíos cuentan con nuestra general estima, y del mismo modo respetamos también a decenas de miles de hebreos particulares como vecinos nuestros. La crítica que con razón se dirige contra los financistas judíos no es pues originada únicamente por motivos raciales. Desgraciadamente esta aversión de raza, que como prejuicio conduce tan fácilmente a errores, deriva del hecho cierto de que en la cadena financiera internacional, que rodea al mundo entero, cada eslabón siempre corresponde a una cierta familia financiera judía, a un capitalista judío, o a un sistema bancario judío. Muchos pretenden ver en tal circunstancia una premeditada organización del poderío judaico para dominar a todos los otros pueblos del mundo, en tanto que hay quien lo explica tan sólo como el resultado de naturaleza y mutuas simpatías judías, o por el desarrollo natural del sistema familiar del comercio hebreo, que propende cada vez a abarcar más ramas en su actividad. Según las antiguas escrituras, crece Israel como la vid, que hace brotar siempre sarmientos nuevos, hundiendo cada vez más sus raíces; pero todo sigue formando parte de una misma planta.

La facilidad de los hebreos para negociar con los gobiernos halla también su explicación en las antiguas persecuciones, en cuyos dolorosos momentos el judío comprendió el inmenso poder del oro sobre los caracteres venales. Allí donde se dirigía, le perseguía como una maldición la creciente antipatía popular. Los judíos, como raza, no se hicieron jamás simpáticos, hecho que el más ferviente hebreo no negará, aunque se esfuerce por ofrecer una explicación satisfactoria. Tal vez alguno que otro judío, como particular, goce de nuestra estima, y hasta es posible que determinados rasgos del carácter judío, detenidamente estudiados, nos resulten simpáticos. Sin embargo, una de las cargas que soportan los judíos como raza, radica en la antipatía colectiva de los otros pueblos. Existe esta antipatía en nuestra eran moderna, en países civilizados y en condiciones que, al parecer, tornan imposible toda persecución.

El judío, en cambio, parece preocuparse muy poco de la amistad o enemistad de los demás pueblos, acaso por los fracasos de épocas pretéritas, o también, y con mayor verosimilitud, por suponerse hijos de una raza superior a todas las otras. Pero sea cual fuere el verdadero motivo, existe el hecho de que su tendencia principal se dirigió siempre a conquistar para sí reyes y nobleza. ¿Qué les importaba a los hebreos que los pueblos murmuraran contra ellos, en tanto los reyes y su corte fueran sus amigos? Así vimos existir siempre, hasta en las épocas más duras para ellos, un "judío de corte", que mediante sus préstamos y los grillos de la deuda, pudo penetrar a cada instante en la antecámara real. Fue siempre táctica judaica aquella del "camino recto al cuartel general". Jamás trato el judío de conciliarse con el pueblo ruso; buscó, en cambio, las simpatías de la corte imperial. Tampoco quiso nunca envolver en sus redes al Zar y a su Gobierno. En Inglaterra se reía el hebreo del pronunciado antisemitismo del pueblo inglés. ¿No tenía acaso, detrás suyo a toda la nobleza? ¿No apretaba en sus manos todos los hilos de la bolsa londinense? Dicha táctica de ir "derecho al cuartel general" explica perfectamente la omnipotente influencia que tiene el judaísmo sobre tantos gobiernos y la política de los pueblos. Semejante táctica pudo

desarrollarse con facilidad por la habilidad del judío de poder ofrecer en cualquier momento aquello que los Gobiernos precisaban. Cuando se trataba de un empréstito, intervenía al punto el judío de corte, facilitándolo con ayuda de hebreos de otras capitales o centros financieros. Si un gobierno quería saldar una deuda vencida, pero sin confiar el precioso metal a un convoy a través de terrenos peligrosos, también aparecía el judío, que se hacía cargo del asunto; extendía sencillamente un papel, y cualquier institución bancaria establecida en la otra capital pagaba el importe. Cuando por primera vez se proveía un ejército con pertrechos modernos, igualmente se encargaba de ello un judío que poseía el dinero suficiente y disponía también del sistema adecuado. Lograba, además, la satisfacción de convertirse en acreedor de toda una nación.

Esta táctica, que prestó a aquella raza servicios admirables hasta en las mayores adversidades, no ofrece hoy el menor indicio de modificación. Bien puede comprenderse que el judío, al notar la enorme influencia que su raza numéricamente tan insignificante ejerce actualmente sobre la mayoría de los gobiernos, considerando la desproporción entre el número y el poder de su pueblo, quisiera ver en tales hechos una fehaciente prueba de una superioridad racial.

Es preciso hacer presente también que se sigue acreditando la astucia judía en inventar de continuo nuevas formas comerciales, como asimismo la facilidad de amoldarse a situaciones distintas. Suelen ser judíos los primeros que en tierras extranjeras fundan sucursales bancarias a fin de asegurar a los representantes de la casa central todas las ventajas posibles, desde un comienzo. Durante la Guerra hablóse mucho de las "victorias pacíficas" que el gobierno alemán habría logrado, fundando en los estados unidos filiales o sucursales de negocios alemanes. Es innegable que existieron muchas sucursales alemanas en nuestro país; pero no hay que olvidar, por otra parte, que en la mayoría de los casos no se trataba de empresas alemanas, sino de relaciones hebreas. Los viejos comercios alemanes fueron demasiado conservadores para, ni siquiera en los Estados Unidos, adular a la clientela. Las casas judías, en cambio, no eran tan conservadoras, sino que vinieron a América y apresuraron los negocios. La competencia obligó a las buenas casas alemanas a hacer otro tanto. Pero en su origen, la idea fue judía, no alemana.

Otro método comercial moderno de origen directamente judío consiste en la fusión o consorcio de industrias afines. Cuando se adquiere, por ejemplo, una central eléctrica, se tiende a adquirir después la empresa tranviaria que consume la corriente de dicha central. La finalidad de esta política es, adueñarse de los beneficios en toda la línea, desde la producción de la corriente hasta el boleto del tranvía. Pero la causa fundamental estriba en aumentar el precio de la corriente para el tranvía mediante influencia en ambas empresas, y también poder establecer las tarifas para el público. Aquella empresa que se halla en contacto más directo con el consumidor, declara entonces que tiene que aumentar las tarifas porque sus propios gastos, aumentaron, ocultando, sin embargo, que dicho aumento fue ordenado por los sus mismos copropietarios, y no por circunstancias exteriores independientes.

Existe, actualmente, en el mundo, una potencia financiera central, que efectúa sus jugadas por doquier, de una manera admirablemente organizada, constituyendo el mundo su tablero y su postura el dominio mundial. Los pueblos modernos perdieron ya la confianza en la tesis de que las "condiciones económicas" tienen siempre la culpa de los sucesos desagradables. Bajo la careta de "crisis económicas" se ocultan fenómenos que no obedecen a ninguna ley natural, sino que provienen exclusivamente del crudo egoísmo de determinados elementos, que poseen la voluntad y el poder de esclavizar a la humanidad bajo su absoluto dominio.

Numerosos fenómenos pueden ser de carácter nacional; que también lo sea la vida económica de los pueblos, no lo cree nadie. Esa economía es internacional, y se advierte en el hecho de que en todo su vasto campo no existe competencia nacional alguna. Existen, en efecto, algunas casas bancarias independientes, mas no hay ningún banco importante que lo sea. Los grandes dirigentes, los contados individuos que abarcan todo el complicado plan de la jugada, tienen a su disposición numerosos institutos bancarios y trusts, poseyendo cada uno de ellos una determinada misión que cumplir y sin que entre ellos existen divergencias de opiniones. Ninguno trabará jamás el juego del otro ni habrá competencias serias entre los distintos factores del gran negocio mundial. Entre los principales bancos de cada país existe idéntica cooperación que entre los diversos negociados, por ejemplo, el servicio postal de cualquier Estado, pues todos son uniformemente dirigidos desde un núcleo central y hacia un mismo fin.

Antes de la gran guerra, adquirió Alemania enormes cantidades de algodón en los Estados Unidos, cargamentos fabulosos estaban listos para ser embarcados. Al estallar la guerra, y en una sola noche, transfirió el derecho de propiedad de nombres judíos hamburgueses a nombres judíos londinenses. Mientras se escriben estas líneas, se vende ese algodón en Inglaterra a un precio más bajo que rige actualmente en Norteamérica, por lo cual se rebajan también los precios norteamericanos. Cuando se hayan rebajado estos precios lo suficiente, será adquirido el algodón por personas previamente enteradas de la jugada, logrado lo cual volverán a subir. Entretanto, las mismas potencias que provocaron las oscilaciones, inexplicables al parecer, del mercado algodonero, han manumitido a la Alemania derrotada convirtiéndola en el jamelgo mundial. Determinados grupos aferran este algodón firmemente en sus garras, en parte lo prestan a Alemania para su elaboración, dejan un pequeño margen para pagar la mano de obra, y dañan a toda la humanidad con la burda mentira de que apenas existe algodón en el mundo entero. Al analizar hasta su origen, estos métodos inhumanos e inmorales, se hallará que todos los responsables tienen un carácter marcadamente común. ¿Es posible asombrarse de la importancia que adquiere el aserto que dice: "Esperad hasta que Norteamérica comience ocuparse seriamente de la cuestión judía"?

Es una incontrovertible verdad que la situación en que el mundo entero se encuentra actualmente, no puede razonarse únicamente desde el punto de vista económico, como tampoco debe atribuirse a la "falta de caridad del capital". Cierto es que el capital jamás se esforzó en hacer justicia a las exigencias del trabajo hasta ahora, habiendo llegado este último hasta los extremos límites de lo posible. Pero, ¿qué ventajas lograron uno y otro? El trabajo creyó hasta hoy que el capital era la negra nube que se cernía encima de él, y consiguió alejarla. Pero ocurrió que por encima de esta nube aparecía otra todavía más densa, que ni el capital ni el trabajo en sus enconadas luchas habían advertido. Esta nube no ha desaparecido hasta este momento.

Lo que suele llamarse en el mundo "capital" es por lo general dinero invertido en objetivos de producción. Obreros y empleados llaman "capitalista" erróneamente al "manager" o director de una empresa que les proporciona los medios de vida; estas personas no son capitalistas, sino que a su vez deben recurrir también al verdadero capitalista, para que les facilite los medios financieros para su obra. Es este capitalismo una potencia que actúa por encima del industrial y que le trata con mucha mayor dureza de lo que él mismo jamás se atrevería a tratar a sus obreros. Esta es una de las grandes tragedias de nuestra época: el "capital" y el "trabajo" luchan entre sí, cuando ni uno ni otro poseen los medios para reformar las condiciones bajo las que ambos sufren de modo intolerable, a menos que en mancomunada colaboración hallasen un medio para arrebatarles el poder a aquellos financistas, que no sólo crean tales condiciones, sino que las explotan a su paladar.

Existe un súper-capitalismo, basado exclusivamente en la ilusión de que el oro es la suprema felicidad. Existe también un súper-gobierno que, sin alianzas con ningún otro gobierno, actúa independientemente de todos ellos, haciendo pesar, no obstante, su dura mano sobre unos y otros. Existe, finalmente, una raza, parte ínfima de la humanidad, que jamás ni en parte alguna ha sido bien recibida y que, sin embargo, consiguió elevarse a un poderío tal, que ni las más soberbias razas hubiesen pretendido, ni siquiera Roma en los tiempos de su más espléndido poderío. Cada vez más, la humanidad toda, adquiere la convicción de que el problema obrero, el de los jornales, el de la reforma agraria y tantos otros, no podrán resolverse mientras la cuestión primordial de este poderío financiero internacional no haya sido resuelta.

Reza un antiquísimo proverbio: "Al vencedor, el botín". Y debemos creer hasta cierto punto en la verdad de este proverbio, cuando escasos miembros de una raza poco populosa y siempre despreciada lograron alcanzar tal preponderancia; o tienen que ser superhombres, contra los que no vale resistencia alguna, o son entes vulgares, a los que el resto de la humanidad, harto tolerante, permitió que llegasen a un grado injusto y malsano de predominio. Si los judíos no son superhombres, los no-judíos deberán reprocharse a sí mismos por lo ocurrido. Por lo tanto, debe encararse el asunto desde nuevos puntos de vista y analizar detenidamente las experiencias vividas en otros países.

 

II

 

COMO SE DEFIENDE ALEMANIA CONTRA LOS HEBREOS (1)

En constante progreso, la humanidad ocupase abiertamente de combatir enfermedades sobre las que antes creíase necesario extender el manto de la vergüenza y del silencio. No progresó todavía hasta este punto, la higiene política. La causa fundamental de la dolencia del cuerpo nacional alemán radica en la excesiva influencia judía. Si era ya esa la convicción de algunas claras inteligencias desde hace muchos años, ya es hora de que empiecen a darse cuenta de ellos las masas menos inteligentes. Lo cierto es que la vida política alemana toda gira en torno de tal idea, y ese hecho no es posible ocultarlo ya por mas tiempo. En opinión de todas las clases sociales, tanto la derrota luego del armisticio, como la revolución y sus consecuencias, bajo las que el pueblo sucumbe, son obra de la astucia y de un premeditado plan judío. Esto asevérase con toda precisión; se aducen un sinnúmero de pruebas efectivas, y se supone que oportunamente la Historia se encargará de completar la documentación.

El judío, en Alemania, es considerado solo como un huésped que, abusando de la tolerancia, pecó con su inclinación hasta el dominio. En efecto; no hay en el mundo mayor contraste que el existente entre la raza germana pura y la hebrea. Por esta razón no existe, ni puede existir mancomunidad entre ambas. El alemán no ve en el judío más que al huésped. En cambio, el judío, indignado por que no se le conceden todas las prerrogativas del indígena, alimenta un odio injusto contra el pueblo que le aloja. En otros países logro el judío mezclarse mas fácilmente con el pueblo indígena y acrecentar su poderío con menos trabas, mas en Alemania no le fue posible. El judío odia por esto al pueblo alemán y, precisamente, por esta misma razón, aquellos pueblos en que la influencia judía predominaba en mayor grado, demostraron durante la lamentable guerra mundial el más exacerbado odio contra Alemania. Fueron judíos los que predominaron casi exclusivamente en el enorme engranaje informativo mundial, que fabricó la "opinión pública" con respecto a Alemania. Los únicos que resultaron beneficiados con la Gran Guerra fueron en realidad los judíos.

Claro esta que no basta decirlo, es menester comprobarlo. Efectuemos un examen de los hechos. ¿Qué ocurrió luego de pasar Alemania del viejo a nuevo régimen? En el gabinete de los Seis, usurpador del puesto del Gobierno Imperial, predominaba en absoluto la influencia de los judíos Haase y Landsberg. Haase dirigía las relaciones exteriores, en lo cual fue secundado por el judío Kautsky, un checo que en 1918 ni siquiera poseía la ciudadanía alemana. El hebreo Schiffer ocupo el Ministerio de Hacienda, con su correligionario Benstein como subsecretario. En el Ministerio de la Gobernación mandaba el semita Preuss, con la ayuda de su amigo el judío Freund. El hebreo Fritz Max Cohen, ex corresponsal en Copenhague del diario pan-judío: "Frankfurter Zeitung", fue designado jefe omnipotente del servicio oficial de informaciones.

El gobierno prusiano era la segunda parte de esa constelación. Los hebreos Hirsch y Rosenfeld presidieron el gabinete, encargándose Rosenfeld del Ministerio de Gracia y Justicia, en tanto Hirsch desempeñaba la cartera de Gobernación. El judío Simon fue designado secretario de Estado en El Ministerio de Hacienda, cuyos funcionarios eran todos hebreos. El judío ruso Futran fue nombrado director de enseñanza, en colaboración con el hebreo Arndt. El cargo de director de Colonias, fue desempeñado por el judío Meyer-Gerhard, en tanto que el semita Kastenberg desarrollo sus actividades en calidad de director del negociado de Letras y Artes. La secretaria de Alimentación se puso en manos del judío Wurm, cooperando en el Ministerio de Fomento con los hebreos Dr. Hirsch y Dr. Stadthagen. El semita Cohen ocupo la presidencia del Consejo de Obreros y Soldados, nueva institución en que desempeñaban altos cargos los judíos Stern, Herz, Lowenberg, Frankel, Israelowitz, Laubenheim, Seligsohn, Katzenstein, Lauffenbeg, Heimann, Schlesinger, Merz y Weyl.

El judío Ernst fue designado jefe de la policía de Berlín, puesto que en Francfort ocupo el hebreo Sinzheimer, y en Essen el judío Lewy. El semita Eisner se nombro a si mismo en Munich Presidente del Estado de Baviera, designando su ministro de Hacienda al judío Jaffe. Industria, Comercio y Tráfico en Baviera estuvieron bajo las órdenes del hebreo Brentano. Sus correligionarios Talheimer y Herman ocuparon altos cargos en los Ministerios de Würtemberg, en tanto que el judío Fulda gobernaba en Hessen.

Dos delegado alemanes a la conferencia de la paz eran judíos, mientras que un tercero fue conocido incondicional instrumento del judaísmo. Abundaban, además, en la delegación alemana, judíos adjuntos y peritos, tales como Max Warburg, Dr. von Strauss, Merton, Oscar Oppenheimer, doctor Jaffe, Deutsch, Brentano, Bernstein, struck, Rathenau, Wassermann y Mendelsohn-Bartholdy.

La proporción de hebreos en las delegaciones de otros gobiernos en la conferencia de la paz, pudo comprobarse fácilmente, leyendo las crónicas de los periodistas no-judíos. Parece que solo a estos haya llamado la atención, en tanto que los corresponsales judíos prefirieron callar, seguramente por prudencia.

Nunca se había manifestado en Alemania la influencia judía tan acentuadamente como durante la guerra. Apareció con la resuelta certeza de un cañonazo, como si todo hubiese estado preparado de antemano. Los judíos alemanes no fueron durante la guerra patriotas alemanes. Aunque este hecho, en opinión de los países enemigos de Alemania, no puede considerarse precisamente como una falta, permite, empero, apreciar en su justo valor las vehementes protestas de absoluta lealtad de los israelitas hacia aquellos países en que casualmente viven. Por razones que trataremos mas adelante, afirman serios pensadores alemanes que es de todo punto imposible que un judío sea jamás patriota.

Es opinión general, que todos los hebreos arriba citados nunca hubiesen alcanzado aquellos cargos sin la revolución. Y la revolución, en cambio, no habría estallado sin que ellos mismos la hubieran preparado. Es verdad, también, que en Alemania no faltaron insuficiencias, mas estas el mismo pueblo alemán las hubiese podido rectificar, y seguramente lo habría hecho. Precisamente en este caso, las causas de estas insuficiencias que arruinaban la moral pública e imposibilitaban toda reforma, estaban bajo la influencia judía.

Dicha influencia, que por sobre toda otra causa es la culpable del desmoronamiento del Imperio alemán, puede resumirse en los tres siguientes grupos: 1º el bolcheviquismo, que se oculto bajo el manto de socialismo; 2º el capitalismo hebreo con su preponderancia en la prensa, y 3º el control judío de la alimentación del pueblo alemán, y el de toda su vida industrial. Existe todavía un cuarto grupo, "que apunta mas alto", pero los tres citados fueron los que obraron mas directamente sobre los sentidos populares y las masas.

Como es probable que tales conclusiones alemanas puedan ser puestas en tela de juicio por aquellos cuya opinión se fue formando bajo la influencia de la prensa judía, vamos a citar aquí un concepto del corresponsal del diario londinense "Globe", Mr. George Pitter-Wilson. Este observador expreso en abril de 1919 que "el bolcheviquismo significa la expropiación de todas las naciones cristianas, de modo que ningún capital quedara en manos cristianas, y que los judíos en conjunto ejercerán a su antojo el dominio del mundo". Ya en el transcurso del segundo año de la guerra, alemanes y judíos expresaban que era indispensable una derrota de Alemania para la emancipación del proletariado. El socialista Stroebel dijo: "Declaro con toda franqueza que la total victoria de Alemania no favorecería los intereses de la socialdemocracia". Por doquier se afirmaba que la elevación del proletariado seria casi imposible en Alemania vencedora. Estos breves ejemplos de entre los innumerables que podríamos traer a colación, no tienen por objeto volver a examinar toda la cuestión de la guerra; tienden solamente a demostrar que numerosos judíos de los llamados alemanes olvidaron sus deberes hacia el país cuya ciudadanía ostentaba, uniéndose con todos los otros hebreos enemigos, con objeto de preparar la caída de Alemania, Tal objeto, según veremos mas adelante, no fue, ni con mucho, el de liberar a Alemania del militarismo, sino el de precipitar a todo el pueblo germano en un estado caótico, que les permitiera adueñarse del poder. La prensa alemana, tímidamente al principio, abiertamente después, hacia suyas estas tendencias de los portavoces hebreos. El "Berliner Tageblatt" y la "Münchener Neuste Nachritten" fueron en el transcurso de la guerra órganos oficiosos o semioficiosos del gobierno alemán. El primero de estos diarios defiende estatualmente los intereses semitas en Alemania, en tanto que el segundo se muestra completamente bajo la influencia del judaísmo organizado. "Frankfurter Zeitung" es también genuinamente judío. De este periódico dependen innumerables hojas de mayor o menor importancia. Todas estas publicaciones no son sino ediciones alemanas de la prensa mundial judía antialemana, siendo su tendencia completamente la misma. Esta intima cooperación de la prensa de todas las naciones, que se denomina prensa universal, debería examinarse muy escrupulosamente desde este punto de vista para demostrar a toda la humanidad los secretos de cómo y con que oculto fin se prepara diariamente la formación de la opinión publica.

Al estallar la guerra pasaron todos los víveres y material bélico a manos hebreas, des de cuyo instante empezó a evidenciarse tal falta de probidad que socavóse la confianza de los combatientes. Tal como los demás pueblos patrióticos también supo el alemán que toda guerra implica sacrificio y sufrimientos, y desde el primer día se mostró dispuesto a sobrellevarlos. Ahora, en cambio, comprendieron los alemanes que han sido explotados por una pandilla de judíos, que todo lo habían preparado para extraer enormes beneficios de la miseria general del pueblo germano. Allí donde era posible especular con las necesidades del pueblo, o que se presentase la oportunidad de obtener ganancias intermedias ya fuera en bancos, sociedades de guerra, empréstitos públicos, o en ministerios que hacían gigantescos pedidos de material bélico, aparecían los judíos. De pronto desaparecieron, para volver a ofrecerse más tarde con un fabuloso aumento de precios, artículos de consumo, de abundante existencia. Las sociedades de guerra fueron dominios judíos. Aquel que poseía dinero pudo adquirirlo todo, hasta tarjetas de racionamiento, con el las que el gobierno se esforzó en una labor sobrehumanas para repartir equitativamente los víveres entre toda la población. Los hebreos triplicaban los precios de aquellos artículos que compraban a espaldas de la distribución oficial, afluyendo así una abundante creada de oro a sus bolsillos. Debido a estas existencias ocultas, de que disponían los judíos, fallaron todos los cálculos y censos del gobierno. La moral pública inquietóse ante semejante fenómeno. Se formularon demandas y se iniciaron procesos, pero cuando los asuntos se fallaban, siendo judíos tanto los jueces como los inculpados, todo terminaba con un sobreseimiento casi general. Por el contrario, si el acusado el alemán, se le condenaba a multas, que también hubiesen debido imponerse a los demás. Estúdiese el país desde este punto de vista, escudríñese Alemania por doquier, escúchese la voz y la opinión públicas, y se oirán siempre en todas partes que éste abuso de su poder durante la guerra se grabó en el alemán alemana como impreso con un hierro candente.

Y en tanto que dichas influencias socavaban las masas populares, otras más elevadas, en sentido panjudío, pesaban sobre el gobierno de Bethmann Hollweg fueron, entre otros: el poderoso naviero Ballin; después Teodoro Wolf, redactor en jefe del "Berliner Tageblatt", y miembro de la prensa panjudia; von Gwinner, director del "Deutsche Bank", aliado por vínculos de parentesco con la importante empresa bancaria internacional de los semitas Séller; y Rathenau, representante de las grandes concentraciones industriales y financieras hebreas en Alemania. Formaban estos personajes el Cuartel General judío y ejercían su influencia sobre el gobierno, tal como los demás lo hacían con las masas populares.

El hebreo adinerado podía perfectamente comprarse la posición anhelada en la sociedad por encima de las capas sociales directamente interesadas por Alemania, mas, ¿cómo logro el judío pobre el reconocimiento que deseaba? Porque impulsaba a todos los judíos esta misma tendencia, que llevan en la sangre: el afán de dominación. Si se explica el sojuzgamiento de las clases elevadas por la riqueza judía, será un tanto difícil comprender la conquista de las masas populares por los hebreos, que no poseían más medios financieros que aquellos que en el momentáneo caos pudieran tener o haberse apoderado.

Se admite que el judío en esencia, no sea anarquista o destructor. Es, empero, el bolchevique mundial, y en especial el causante de la revolución en Alemania. Su anarquismo no es innato, sino que constituye para el un medio para alcanzar mayor objetivo. El hebreo rico no es anarquista, porque puede lograr su objeto por caminos más suaves, en tanto que el judío pobre no dispone de otros medios que los violentos para enriquecerse. Sin embargo judíos ricos y judíos pobres caminan del brazo largo trecho. No se quiebra entre ellos el vínculo de simpatía de raza, porque de triunfar la anarquía, ocupara el hebreo pobre su puesto junto al hermano rico, y si el movimiento fracasara, habrá abierto nuevos surcos, donde el hebreo rico pueda seguir desarrollando sus planes.

No podía el judío pobre franquear en Alemania la barrera del germanismo opuesta a sus propósitos, sino destruyéndola. En Rusia acaeció otro tanto. La estructura social alemana pudo mantener al judío en un plano de orden, dentro del cual pudiera causar el menor daño posible. Tal como la Naturaleza suele enquistar cuerpos extraños en el organismo, instintivamente operan las naciones con el judío. Empero, en la vida moderna, invento el judío un medio para usurpar el sitio ansiado: forzar las barreras en la tiniebla revolucionaria. Cuando se hundió Rusia, ¿Quién fue el primero en aparecer a la luz de los acontecimientos? ¡El hebreo Kerensky! Mas sus planes no fueron lo suficientemente radicales, razón por la cual le sucedió Trotzky, otro hebreo. Trotzky comprendía que en América el orden social estaba demasiado bien fundamentado, y por eso ataco en el punto más débil: Rusia, desde donde supone poder ir destruyéndolo todo en el mundo entero. Actualmente, en Rusia, hay un judío en cada comisario. Los cronistas de los sucesos rusos coinciden en la apreciación de que dicho país se halla en completa disolución. Tal vez sea así, pero no se refieren tales juicios a la situación de los hebreos en Rusia. De sus madrigueras irrumpen los rusos judíos como un ejército organizado, moviéndose en el desorden artificialmente producido, tal como si a cada uno de ellos le hubiese sido otorgado un puesto de antemano.

Otro tanto ocurrió en Alemania. Era preciso que la muralla del orden alemán fuese destruida, para que los hebreos pobres pudieran satisfacer sus ambiciones. Una vez abierta la brecha, irrumpirían por ella los judíos, ubicándose en todos los puestos del gobierno, para afirmarse así sobre el pueblo germano.

Se explica así por que los judíos fomentan en todas las naciones del mundo los movimientos rebeldes latentes. Sabemos que en Norteamérica los jóvenes judíos proclaman ideales que de realizarse hundirían al país. De primer intento aparece como blanco de sus ataques el "capitalismo", idéntico para ellos a la actual gobernación por los no-judíos. Los verdaderos capitalistas del mundo, los que lo son por y para el capital propiamente dicho, son en realidad propios judíos; y no podemos suponer que estos deseen combatir al capital. Por el contrario, lo que ellos ansían es el dominio único, sobre todos los capitales del mundo, y es innegable que hace largo tiempo van por buen camino para lograrlo.

Será entonces necesario, tanto para Alemania como en Rusia, distinguir claramente entre los métodos de los hebreos ricos y de los pobres; los unos se ocupan de sojuzgar los Gobiernos, y los otros de conquistarse las masas populares, pero ambos tienden a un mismo e idéntico fin.

No propenden los métodos de acción de las clases bajas judías solo a librarse de la repulsión racial, sino que ansían francamente el poder. Es esta voluntad de dominar la que caracteriza su espíritu. La convicción actual de Alemania a este respecto se expresa así: "La pasada revolución fue una evidente manifestación de la innata voluntad dominadora de los judíos; los partidos políticos, socialista, demócrata y progresista no son sino instrumentos de aquella idea. La llamada "dictadura del proletariado" es real y efectivamente la dictadura de los hebreos sobre el pueblo alemán, con ayuda y por intermedio del proletariado".

Tan súbitamente abrieron los alemanes los ojos, tan violentamente manifestóse esta reacción, que el judaísmo alemana no tuvo mas remedio que replegarse, cediendo como por encanto todo lo directamente en contacto con el pueblo germano y su administración, a individuos de sangre alemana, o por lo menos mestiza. Más no cedieron por esto también al mismo tiempo el poder. Lo que pueda ocurrir en lo futuro en Alemania, no es posible preverlo, pero no cabe duda que los alemanes sabrán dominar la situación, estudiando y utilizando los medios adecuados y eficaces que fueran necesarios. En cambio, el ulterior desarrollo en Rusia apenas si deja lugar a dudas. Cuando se cumpla el destino de ese país, lo contemplara horrorizado el mundo entero.

Puede resumirse como sigue la interpretación general de los alemanes y rusos:

Es el judaísmo la potencia mejor organizada del mundo, con métodos mucho más rígidos todavía que los del Imperio Británico. Integra un Estado, cuyos súbditos le obedecen incondicionalmente, allí donde vivan, sean pobres o ricos, y este Estado, injertado dentro de los demás Estados, se llama en Alemania "Pan-Judea" (All = Juda).

Predomina este Estado pan-judaico mediante el capitalismo y la prensa, o sea mediante dinero y difusión o propaganda.

Es Pan-Judea el único entre todos los Estados del mundo que ejerce realmente un dominio universal; todos los otros solo pueden y quieren ejercer un dominio nacional.

El principal propulsor del pan-judaísmo es su dominio de la prensa. Las producciones técnicas, científicas y literarias del moderno judaísmo son exclusivamente de índole periodística y se basan en la admirable facultad del hebreo para asimilarse a las ideas ajenas. Capital y periodismo se reúnen en el rubro "Prensa", que constituye el verdadero instrumento del predominio judío.

La administración del Estado Pan-Judío se halla admirablemente organizada. Su primitiva sede fue París, pero ahora ocupa el tercer lugar. En la pre-guerra Londres fue la primera y Nueva York la segunda capital del Pan-Judea. Es preciso esperar para cerciorarnos si Nueva York será la que derrote a Londres, pero la tendencia general marca el rumbo hacia Norteamérica.

Si Pan-Judea no se halla en situación de sostener en forma continua una fuerza armada de mar y tierra, otros Estados se encargan de tal servicio. Es hoy su escuadra la británica; consiste su tarea en rechazar todo ataque que pudiera dirigirse contra los intereses marítimos y económicos pan-judíos desde cualquier origen. Pan-Judea garantiza en cambio a Gran Bretaña el tranquilo desarrollo de su poderío político y territorial; Pan-Judea sojuzgo la Palestina al cetro británico. Allí donde existe un núcleo militar pan-judío, sin distinción de uniforme o bandera de combate, colabora siempre estrechamente con el poderío naval británico.

Encarga Pan-Judea la administración de las diversas "zonas de influencia" a gobiernos "indígenas", reservándose la inspección general sobre los mismos. No se opone el judaísmo a una distribución nacional permanente del resto del mundo no-israelita. Los hebreos no se unificaran jamás con otra nación, pues representan por si "la nación" que siempre fue y seguirá siendo inencontrable.

Puede Pan-Judea hacer la guerra y la paz, recurriendo en casos de resistencia a "soltar la jauría" de la anarquía, luego de la cual también puede, si lo desea, volver a restablecer el orden. En todo caso, hacer vibrar Pan-Judea la musculatura y el sistema nervioso de otros pueblos en la forma más conveniente a los intereses financieros de su propia raza.

Como Pan-Judea dispone a su guisa de las fuentes de información del mundo entero, esta siempre en condiciones de preparar la opinión publica mundial para sus más inmediatos fines. El mayor peligro esta en la forma como se "fabrican" las noticias y como se moldea el pensamiento de pueblos enteros en sentido pan-judaico. Mas cuando alguien descubre estas manipulaciones y llama la atención publica revelando la mano judía en estas jugadas, se provoca al punto un gran clamoreo en la prensa mundial sobre el infame "antisemitismo". La causa verdadera de toda persecución, originada siempre por una esclavitud previa de los pueblos por el dominio financiero hebreo, no llega a conocerse jamás en público.

Pan-Judea asienta sus legaciones "fantasmas" en Londres y Nueva York. Apagada su sed de venganza contra Alemania, trata de sojuzgar a otras naciones. Gran Bretaña ya esta entre sus garras. En Rusia lucha todavía por el poder, y los auspicios no son desalentadores. Los Estados Unidos, merced a su excesiva tolerancia con todas las razas, les brindan un campo favorable de experiencias. Cambia el escenario de la acción, pero el hebreo siempre sigue siendo el mismo a través de tierras y de siglos.

(1) Los datos del presente capítulo son aporte del doctor W. Liek, autor de la obra: “Participación del judaísmo en la derrota de Alemania”.

Parece a primera vista que sea precisamente la vida económica estadounidense la desarrollada con independencia de los judíos... A pesar de ello sigo opinando que los Estados Unidos (acaso mas que ningún otro país), están saturados del espíritu judío. Esto se advierte en muchos aspectos, especialmente por quienes se hallan en condiciones de formarse un juicio independiente.

En presencia de este hecho, ¿no esta tal vez justificada la opinión de que los Estados Unidos deben su existencia a los judíos? Y siendo así, queda mas justificada la afirmación de que fue justamente la influencia judía la que otorgo al país el sello que la caracteriza: el americano estadounidense.

Porque lo que comúnmente se llama "american", no es sino el espíritu semita destilado. (Werner Sombart. "Los judíos y la vida económica").

 

III

 

HISTORIA DE LOS HEBREOS EN LOS ESTADOS UNIDOS DE NORTE AMERICA

La historia de los hebreos en América empieza por Cristóbal Colón. El 2 de agosto de 1492, fueron expulsados de España más de trescientos mil judíos, acontecimiento que provocó en forma paulatina la decadencia del poderío ibero. Al día siguiente, Cristóbal Colon zarpaba en dirección a Poniente, marchando con el cierto número de judíos. Estos no eran, ni con mucho, fugitivos, ya que los planes del intrépido navegante hacia tiempo que interesaban a los judíos influyentes. El propio Colón declara que mantenía relaciones con judíos. El destinatario de la primera carta en que detalla su descubrimiento era un hebreo. Efectivamente, este gran acontecimiento, que dió otro mundo al mundo, se realizó merced a la influencia de judíos. La hermosa leyenda de que la reina Isabel con el valor de sus joyas proporcionara los medios para efectuar la expedición, no halla asidero ante una crítica seria. Ejercieron gran influencia en la Corte Real tres "guarros", o sea tres judíos secretos: Luis de Santángel, opulento comerciante valenciano, arrendatario de las contribuciones reales; su pariente Gabriel Sánchez, Tesorero Real, y un amigo común, el camerlán Juan Cabrero. Los tres describieron a la reina Isabel el tesoro real como totalmente agotado, instigando constantemente su fantasía con la brillante perspectiva que se le abriría descubriendo Colón las fabulosas riquezas Indias en beneficio de la corona de Castilla. Lograron así que la reina accediera a entregar sus joyas personales para equipar la expedición. Pero Santángel solicitó y obtuvo autorización para adelantar de su propio peculio el dinero necesario, unos 17.000 ducados, que equivalen, según el valor actual de la moneda, a unos 160.000 dólares, y es mas que probable que el préstamo excediera de los gastos realizados de la empresa.

Se tiene entendido que con Colón se embarcaron cinco judíos: Luis de Torres, en calidad de interprete; Marco, como cirujano; Bernal, de profesión medico; Alonso de la Calle, y Gabriel Sánchez. Los instrumentos astronómicos y los mapas marítimos provenían de judíos. Luis de Torres fue el primero en pisar tierra y el primero en intuir el empleo del tabaco. Establecióse en Cuba, y se le puede considerar como patriarca del presente absoluto dominio sobre la industria tabacalera mundial.

Los protectores del Colón, Luis de Santángel y Gabriel Sánchez, lograron grandes prerrogativas por su participación en la empresa. Colon, en cambio, cayo en desgracia debido a las intrigas de Bernal, su medico judío, recibiendo en recompensa injusticias y prisiones.

Desde un principio consideraron los judíos a América como un país de promisión. Su inmigración a la América del sur, especialmente al Brasil, empezó al punto y en masa. A raíz de su participación armada en un conflicto suscitado entre brasileños y holandeses, optaron muchos hebreos brasileños por emigrar hacia la colonia holandesa más septentrional, donde actualmente se encuentra Nueva York. Pedro Stuyvesant, gobernador holandés, se opuso a esa inmigración judía, exigiendo su expulsión. Pero los hebreos, al parecer, habían adoptado precauciones para que, aunque no fueran muy bien recibidos al menos se les admitiera, porque al revocarse la orden de expulsión extendida por Stuyvesant, citaron los directores de la Sociedad Colonial Holandesa como causa de la admisión de los hebreos los grandes capitales que estos habían invertido en “participaciones” de dicha sociedad. Sin embargo, vedóseles el desempeño de cargos públicos y el comercio minorista, lo que tuvo por consecuencia que se dedicaran a la exportación, en cuyo ramo y merced a sus múltiples relaciones europeas, consiguieron el monopolio al cabo de breve tiempo.

Tenemos con ello una de las tantas pruebas de la habilidad judía. Cualquier prohibición en un sentido les facilita magnificas ventajas en otro. Prohibiendo al hebreo comerciar con ropas nuevas, dedicóse al comercio de ropas usadas, con lo cual, efectivamente, creo las bases para el comercio tan magníficamente organizado de prendas de segunda mano. Al cerrársele el comercio minorista, se dedico afanosamente a las transacciones en gran escala, siendo el hebreo el fundador del gigantesco intercambio comercial entre los continentes. También fue judío el fundador del sistema de derecho de salvamento de los naufragios. En las ruinas mismas de la civilización busca y halla el judío su bienestar. Él fue quien enseñó a los otros pueblos como se vuelven a utilizar los harapos, como se limpian las plumas sucias, como se aprovechan las pieles de conejo. El hebreo siempre tuvo predilección por el comercio en pieles, que hoy domina todavía, y a el se deben las innumerables pieles ordinarias que con nombres rimbombantes pasan por preciosidades de gran valor. Por los judíos generalizóse en el comercio la idea de “volver como nuevo”. En los ropavejeros actuales, que recorren nuestras ciudades con su flauta en busca de hierro viejo, botellas vacías, papeles usados y trapos sucios, reconocemos los descendientes de aquellos hebreos que supieron convertir trastos viejos en objetos de valor.

Sin desearlo, el bien intencionado Pedro Stuyvesant obligo a los judíos a que convirtieran a Nueva York en puerto principal del continente norteamericano. Si durante la revolución norteamericana la mayoría de los hebreos huyeron de Nueva York a Filadelfia, regresaron casi todos a la primera oportunidad a Nueva York; su instinto les decía que esta población seria nuevamente su paraíso terrenal. Así ocurrió, en efecto; actualmente Nueva York es el principal centro del judaísmo mundial. Allí se halla la gran taquilla en que toda la importación y exportación norteamericana aforan al Tesoro nacional, donde todo el trabajo producido en la Unión rinden su tributo a los magnates financieros del país. Casi todos los edificios de Nueva York son de propiedad judía. Una lista de los propietarios urbanos ostenta escasos nombres no-judíos. ¡Cómo admirarnos, entonces, de que, en vista de este fabulosos ascenso de la riqueza y del poderío hebreo, los escritores de esa raza declaren que Norteamérica es la tierra de promisión prevista por los Profetas, y Nueva York una moderna Jerusalén! Algunos llegan mas lejos, glorificando las Montañas Rocallosas cual nuevo Monte Sión, y no sin fundamento, si tomamos en cuenta las propiedades hebreas en minerales y carbón allí radicadas.

Debátase actualmente el grandioso plan canalizador que de cada ciudad importante en las orillas de los grandes lagos, haría un puerto de mar, arrebatando a Nueva York la importancia que goza precisamente como punto final y de salida donde desembocan todas las grandes vías férreas. La razón más poderosa que se opone a este proyecto, tan beneficioso para la economía del país, consiste en que gran parte de la actual riqueza neoyorquina no es en realidad riqueza real, sino que enormes valores ficticios dependen únicamente del hecho de que Nueva York siga siendo Nueva York. De ocurrir algo que redujera Nueva York a una simple ciudad costera, cesando en su función de centro donde se ceban los grandes recaudadores de contribución extraoficial, desaparecería momentáneamente, gran parte de las riquezas hebreas que ya antes de la guerra fueron fabulosas. Lo que actualmente serán, no se atreverían quizá a decirlo los estadistas.

En el periodo de 50 años aumento la población judía en los Estados Unidos de 50.000 a mas de 3.300.000 almas. Viven en todo el imperio británico solo 300.000 judíos, y en Palestina no alcanzan a 100.000. El que el numero de hebreos en la Gran Bretaña no sea mayor que el citado, constituye una ventaja, porque ante el omnímodo poder que aquí ejercen en todos los ramos importantes de la vida publica, podrían los hebrea pobres, si aparecieran en mayor cantidad, considerar a Inglaterra, como otra Rusia. Una personalidad británica muy bien informada, dice que con cualquier motivo plausible, el antisemitismo podría estallar cualquier día, mas aun no tiene punto de salida para manifestarse contra los potentados, invulnerables por su enorme riqueza, que dominan en política y finanzas. Si bien es cierto que la causa verdadera del antisemitismo siempre se apoya en la intolerable usura de los hebreos internacionales ricos, cuya coherencia no se comprende a veces claramente, pero que instintivamente se siente, la verdad es que la víctima resulta ser siempre el hebreo pobre. Ya trataremos aparte el antisemitismo en el capitulo siguiente.

La comparación numérica de los hebreos en Gran Bretaña y en los Estados Unido se demuestra que el formidable poderío ejercido por los mismos como financieros internacionales no es consecuencia del número de su población, ni siquiera depende de ello. El hecho de congregarse en los judíos un gigantesco poderío mundial con un número insignificante de almas, queda en pie. En todo el mundo existen alrededor de catorce millones de judíos, o sea casi la población de Corea. Este cotejo entre el número de almas y la influencia mundial ejercida demuestra palpablemente la singularidad del problema.

En la época de George Washington vivían en los Estados Unidos unos 4.000 judíos, en su gran mayoría simples mercaderes. Casi todos simpatizaron con el Norte en la guerra civil, y Saym Salomón ayudo a las Colonias en un periodo crítico con toda su fortuna. Pero no por ello abandonaron ni un átomo de sus originalidades. No se dedican a oficios corrientes, ni a la agricultura. Jamás se esforzaron por fabricar objetos de uso diario, sino que trataron de comprar productos hechos, para comerciar con ellos como de costumbre.

En la actualidad parece que el judío se dispone a producir el mismo cooperativamente; pero, allí donde esto se manifiesta, es efecto de su instinto de comerciante, para extraer ganancias hasta de las distintas fases de la fabricación. La consecuencia lógica para el consumidor es, naturalmente, no una disminución en los precios, sino su encarecimiento. Es característico de toda empresa hebrea que las reformas y simplificaciones en el proceso de fabricación no resulten jamás en beneficio del consumidor, sino siempre con provecho exclusivo para la empresa. Las mercaderías que experimentaron las más bruscas e inexplicables oscilaciones de precios, fueron siempre aquellas en cuyos ramos de fabricación o intercambio poseen mayor influencia los hebreos.

Negocio, según la mentalidad judía, significa dinero. Lo que el judío hace después con este dinero, es algo muy distinto. En este modo de “hacer dinero” no deberá jamás manifestarse ningún motivo idealista. Sus ganancias no admiten nunca sentimentalismos de reforma social a efectos de mejorar la situación de sus colaboradores no-judíos.

No se basa este hecho exclusivamente en la crueldad del hebreo, sino más bien en la dureza del concepto que el mismo tiene del negocio. En el negocio se trata de objetos, no de personas. Cuando cae en la lucha un ser humano, podrá el hebreo condolerse de él; pero desde el momento en que también se trate de la casa de aquel ser, no existe para el hebreo sino el objeto negociable. De acuerdo con su mentalidad el judío no sabrá como relacionarse humanitariamente con dicho objeto y procederá por instinto en una forma, que llamaríamos “dura”. Pero el judío no admitiría en este caso el reproche de “dureza”, pues según su modo de ser y de pensar se trata únicamente del “negocio”.

Se explica así la existencia de las “estafas” o “potros” neoyorquinos. Cuando misericordiosas personas compadecen a los desdichados judíos tan vilmente explotados en estos talleres, no saben seguramente que los inventores y usufructuarios de dichas “estufas” son también judíos. Se enorgullece nuestro país de que nadie es perseguido por su raza, color, ni fe, sino que todo el mundo tiene el derecho a la libertad. Quien se haya ocupado en cambio detenidamente de estos asuntos, ha debido comprobar el hecho de que el único trato inhumano que los hebreos sufren en este país proviene exclusivamente de miembros de su misma raza, de sus agentes y patronos y, no obstante, ni el explotado ni el explotador ven en ello un sentimiento inhumano, sino que lo consideran simplemente como “negocio”. Explotados o explotadas viven en la esperanza de poseer también en su hora tal instrumento de explotación, lleno de pobres seres que trabajen para ellos. Su ansia ilimitada de vivir, y su inextinguible ambición por ascender en la escala social, hacen que cumplan con sus trabajos sin el mínimo sentimiento de ser objeto de explotación o iniquidad, que es siempre, al fin y al cabo lo más acerbo de la pobreza material. Prefiere el judío “reunir todas sus fuerzas para poder safarze de la miseria actual, en vez de reflexionar sobre la tristeza de su situación momentánea”. Se esfuerza siempre por mejorar.

Desde el punto de vista personal, todo esto es de estimar, mas observado desde el ángulo social, es peligroso. Resulto de ahí que hasta hace poco las clases bajas quedaron sin ayuda alguna, en tanto que las superiores no hallaron motivo alguno para crear mas ventajosas condiciones sociales. Débese reconocer la participación de grandes hombres de finanzas judíos en determinadas obras benéficas, mas su colaboración en reformas sociales es casi inexistente. Con un estimable sentido de conmiseración para con su personal, entregan a veces parte de sus propios beneficios para paliar aquella miseria que ellos crearon con sus métodos de hacer dinero. Pero jamás se les ocurrió pensar todavía en un cambio radical de los métodos con que amasaron sus riquezas, para disminuir y aun evitar completamente las causas de la miseria. Por lo menos, entre los numerosos judíos ricos “filántropos” no aparece ni uno que se haya esforzado en humanizar prácticamente nuestra vida industrial, reformando los métodos actuales y sus efectos sobre el proletariado.

Esto es desastroso, aunque comprensible, y sirve para explicar muchas cosas, que al hebreo le enrostran personas que no le conocen a fondo. El judío puede perfectamente despojarse hasta de gran parte de sus ganancias; pero salvo presión exterior, jamás se decidió a entregar nada de sus ingresos diarios, ni de sus riquezas acrecentadas. Y aunque el efecto social en ambos casos seria idéntico, hay que decir, empero, que su proceder antisocial no suele nacer generalmente de la dureza de corazón, sino más bien de su innata interpretación del “negocio” como juego de azar. Numerosos proyectos de reforma social parécenle al judío tan ilógicos como si un futbolista, por pura humanidad, quisiera apuntar un tanto al adversario.

El judío norteamericano no se “asimila” y ello debe hacerse constar, no como un reproche, sino como un hecho indiscutible. El judío, si quisiera, podría perfectamente convertirse en “yanqui”, pero no desea hacerlo. Si en Norteamérica, aparte de la inquietud provocada por sus enormes riquezas, existe en realidad un prejuicio contra el judío, es por su marcada separación del resto de los norteamericanos, nutriendo el recelo de que no desea pertenecer a la comunidad nacional. Esta es su ventaja, y hasta cierto punto podría verse en ello una agudeza de su criterio. Mas siendo así, no debería tomar precisamente el judío esta singularidad como pretexto para una de las mas graves actuaciones con que ataca en su totalidad a los pueblos no-judíos. Pero francamente seria preferible que hiciese suya la sentencia de otros judíos sinceros, que no aquella que dice: “La diferencia que existe es la que hay entre un judío norteamericano y un norteamericano judío. El judío norteamericano representa el papel de indígena, y se ve condenado a ser un parásito eternamente”.

El “ghetto” no es un producto norteamericano, sino un articulo de importación de los judíos, que siempre se separaron creando una comunidad acentuadamente distinta. A este respecto, la “Enciclopedia Judía” dice lo siguiente: “La organización societaria de los judíos en Norteamérica se distingue fundamentalmente muy poco de la de otros países. Sin coacción de ninguna especie, prefieren siempre los judíos vivir entre si en la intima vecindad. Esta originalidad subsiste hoy”.

Enumerar las ramas comerciales en manos de los judíos implicaría recopilar el comercio total del país, tanto de aquellas que sirven puramente las necesidades de la vida, como de las de lujo y bienestar. El teatro, como es de público dominio, se halla exclusivamente en manos judías. Desde el arte de los actores hasta la venta de las entradas, todo depende del judío. Se explica así el hecho de que en casi todas las obras teatrales actuales se encuentre alguno que otro objetivo publicitario y a veces hasta anuncios comerciales velados, que no provienen de los actores, sino de los autores teatrales al tanto del misterio.

La industria cinematográfica, la azucarera y tabacalera, un 50 por ciento o más de las carnicerías, mas del 60 por ciento de la industria del calzado, toda la confección para damas y caballeros, los instrumentos musicales, la joyería, el comercio de granos y el del algodón, la industria metalúrgica de Colorado, las agencias de transportes y de informaciones, el comercio de bebidas alcohólicas y las oficinas de prestamos, todos estos ramos, para citar únicamente algunos de importancia nacional e internacional, los dominan completamente los judíos en los Estados Unidos, solos o en combinación con judíos de otros países.

El pueblo norteamericano se extrañaría si viera alguna vez una galería de retratos de los comerciantes norteamericanos, que representan en el mundo la dignidad del comercio estadounidense. Casi todos ellos son hebreos. Estos comprenden perfectamente el valor moral que involucra la palabra “american”. Al arribar a un puerto de ultramar, al entrar a cualquier oficina que se llamen “Sociedad importadora norteamericana”, o “Compañía mercantil norteamericana”, o cosa parecida, se hallara casi siempre judíos cuya permanencia en Estados Unidos suele haber sido relativamente muy breve. Explica este hecho también la mala fama que gozan en el extranjero a veces los “métodos norteamericanos” en el comercio. Cuando 30 o 40 razas distintas desarrollan como “norteamericanos” sus métodos característicos en el comercio, no puede extrañar, que a veces el verdadero norteamericano de sangre le sea imposible reconocer tales métodos como propios. Por idéntica razón se quejan también los almacenes hace largos años, que la humanidad les juzgue por el comportamiento de los innumerables viajantes “alemanes” de raza judía que recorren el mundo.

No seria difícil reunir en crecido número ejemplos de prosperidad judía en Estados Unidos. Pero prosperidad, como justa recompensa de trabajo y actividad, no debe confundirse con dominio financiero. Una prosperidad tal como la que ostentan los judíos, puede adquirirla todo aquel que pague por ella el mismo precio que pagan los judíos, que por lo general y en cualquier circunstancia es un precio moral sumamente elevado, pero ninguna comunidad no-judía alcanzaría, en circunstancias similares la habilidad de obrar en mancomún en una especie de conspiración premeditada, ni tampoco la uniformidad del sentimiento máximo de raza que todo lo caracteriza entre judíos. A un no-judío no le interesa que otro de su raza triunfe o fracase; en cambio, para el judío, lo primordial siempre es que su vecino sea judío. Si se desea conocer un ejemplo de prosperidad colectiva hebrea, véase el de la sinagoga neoyorquina de Emanuel. En 1846 pudo reunir apenas 1.520 dólares para sus necesidades, en tanto que en 1868, luego de la revolución, pudo cobrar 708.775 dólares sólo por el alquiler de 231 bancos. El monopolio hebreo del ramo de bazar y prendas de vestir, uno de los resultados positivos de aquella misma revolución, puede considerarse como ejemplo de prosperidad hebrea y de dominio nacional e internacional.

Puede decirse que en todo cuanto el judío comprendió en los Estados Unidos fue afortunado, salvo en la agricultura. La explicación corriente hebrea de este fenómeno, es que la agricultura vulgar es harto simple para poder ocupar totalmente la complicada inteligencia del judío, por cuya razón, la agricultura le interesa poco para trabajar con éxito en ella. En las industrias lechera y ganadera, que han menester de un mayor espíritu comercial, los judíos lograron también éxito. Diversas regiones de los Estados Unidos efectuaron experimentos en varias oportunidades con colonias agrícolas judías, pero su historia es una ininterrumpida cadena de fracasos. Unos culpan de estos fracasos a la ignorancia hebrea en asuntos agrícolas, otros al hecho de que a la agricultura le falta elemento especulativo. Lo evidente es que los judíos cumplen menor en toda índole de trabajos no productivos que en la agricultura, fundamentalmente productiva. Los historiadores especializados de esta raza sostienen que el judío nunca fue labrador, sino que siempre relevó como mercader. Para probar tal aserto se indica precisamente Palestina, escogida como patria de los judíos, país que necesariamente hubo de ser el puente para el intercambio comercial entre la mitad oriental y la occidental del viejo mundo.

“Existe prácticamente la cuestión judía, allí donde residen judíos en numero apreciable. Donde no existiera aun, es impuesta por los hebreos en el transcurso de sus correrías. Es natural que vayamos a sitios en que no se nos persigue, mas una vez allí nuestra presencia provoca también persecuciones. El infausto judaísmo es el introductor actual en Inglaterra del antisemitismo, como ya lo introdujera en Norteamérica”.

 

(Theodor Herzl: “Un Estado Judío”)

 

IV

 

¿ES REAL O IMAGINARIA LA CUESTION DEL JUDAISMO?

 

La extremada susceptibilidad, tanto de los judíos como de los no-judíos al respecto, es la principal dificultad que se opone a la publicación de escritos sobre la cuestión judía. Existe algo así como la impresión general de que podría ser casi un delito pronunciar la sola palabra "judío" en público. Se trata de atenuar empleando eufemismos, tales como "hebreo" o "semita" – expuestos ambos a la doblez de la inexactitud, - y se aborda esta cuestión con remilgo tan grande como si estuviera realmente prohibida; hasta que se presenta algún judío que sin rodeos ni eufemismos llama las cosas por su nombre verdadero de "judío". Solo entonces existe vía libre y se puede hablar. Nada tiene la palabra de "judío" de epíteto tendencioso, sino que constituye un antiguo nombre propio con su concepto perfectamente definido en cada edad de la historia humana, tanto en la antigüedad como en el presente y en el porvenir.

Existe entre lo no-judíos una increíble escrupulosidad para tratar la cuestión judía en la esfera publica y preferirían conservarla en el impenetrable mundo de su ideología dejándola envuelta en misterioso silencio. Tal vez se dejen llevar por una vaga tolerancia heredada; pero nada parece más verosímil que la causa de semejante proceder emane de un sentimiento indefinido, de que este asunto debatido con franqueza pudiera acarrear inconvenientes para la propia persona.

Cuando se habla en público sobre la cuestión judía, suele hacerse en la flexible forma de diplomático, o de charla superficial; se citan ilustres nombres judíos en filosofía, medicina, literatura, música y del mundo de las finanzas, se alaba la gran energía, habilidad y espíritu de ahorro de la raza judía y cada cual se va a su casa en la creencia de haber oído algo muy interesante sobre asunto tan complicado. Pero nadie modifica nada con este proceder, ni el judío ni el no-judío, y el judío sigue siendo lo que es: un enigma en el mundo.

El sentir íntimo del no-judío al respecto se caracteriza por la voluntad de callar. "¿Por qué hablar del asunto?", se dice a menudo. Pero este modo de proceder demuestra de por si que existe en realidad un problema que todo el mundo evitaría con agrado si fuera posible. El pensador lógico comprende al punto por este hecho que hay algo problemático, cuya discusión o supresión no depende solamente de la buena voluntad de los caracteres pusilánimes.

¿Existe en Rusia una cuestión judía? Indiscutiblemente, y en forma evidentísima. ¿Requiere dicha cuestión ser resuelta en Rusia? Indudablemente; venga la solución de donde viniere, si aporta luz y saneamiento en estas horas de oscuridad.

La proporción entre la población judía y la rusa supera solo en un 1 por ciento la de ambas razas en los Estados Unidos. No es menos peligrosa en Rusia, que en nuestro país la mayoría de los judíos, solo que allí viven bajo ciertas restricciones que no existen aquí. Y, sin embargo, el espíritu judío les había procurado en Rusia una serie de poderes que aniquilo totalmente el espíritu ruso. También en Rumania, Rusia, Austria, Alemania, en todas partes donde la cuestión judía se presente como primordial, se observa siempre como causa principal del antisemitismo el impulso de dominación del espíritu judío.

Lo mismo en la Unión, la causa que agudiza la cuestión judía, radica en el hecho de que esta minoría de ciudadanos judíos – una ínfima inmigración de sólo un tres por ciento en un país de 110 millones de habitantes – logró en 50 años tal preponderancia que a ningún otro grupo de población, aún en decuplicada superioridad numérica, le hubiese sido posible lograr. Un 3 por ciento de otra nacionalidad cualquiera no se advertiría, por la sencilla razón de no hallarse en parte alguna un solo representante de dicha minoría, y mucho menos en las conferencias secretas del Consejo de los Cuatro en Versalles, o en el Tribunal Supremo de Justicia, o en la Casa Blanca, o en el mundo financiero; en una palabra, en ninguna parte donde radican verdaderamente poderes. En cambio, al judío le hallamos, no por casualidad, en una u otra parte de los referidos centros, sino inevitablemente en todos ellos. El judío posee la inteligencia, la energía, la sagacidad instintiva; mas también una procacidad sin limites, que en conjunto y como automáticamente le ubican siempre en primera fila. Lógica consecuencia, es que también la raza judía, más que ninguna otra, llame la atención del pueblo norteamericano.

Y es aquí donde empieza realmente la cuestión judía, con muy simples y claras determinaciones de hechos: ¿Por qué aspira el judío siempre e irresistiblemente a la ocupación de los más elevados cargos? ¿Qué es lo que le impulsa?, ¿Por qué se eleva hasta ellos?, ¿Qué es lo que hace allí? ¿Qué significa para la humanidad que los ocupe el judío? Tal es la cuestión judía en su origen verdadero. Desde aquí se amplia hacia otros horizontes. El que haya adquirido un cariz anti o filosemita, depende de la proporción de prejuicios que se empleen, y el que vaya cobrando una importancia que actúe en bien de la humanidad toda, depende del grado de prudencia e inteligencia que se invierta en su solución.

Aunque no intencionado, el uso del concepto "humanidad" en combinación con la palabra "judío" adquiere, por lo general, un doble sentido. Se cree a menudo que el judío debe ser tratado humanitariamente. Demasiado tiempo hace ya que el judío se habituó a reclamar humanidad exclusivamente para él. La humana sociedad tiene ahora perfectísimo derecho a exigir la tal pretensión unilateral para que cese en su inicua expoliación de la humanidad y deje de fundar todo su razonamiento exclusivamente en el punto de vista de su propio beneficio. El judío tiene el deber de cumplir la antigua profecía, según la cual todos los pueblos del mundo serian por él bienaventurados, debe obrar en este sentido, que hasta hoy no pudo cumplir debido a su absoluto exclusivismo.

No es posible admitir ya que el judío siga representando el papel de "receptor exclusivo" dentro de la humanidad; debe evidenciar aprecio hacia una sociedad humana, que va comprendiendo con angustia que es cruelmente explotada por los círculos poderosos de la raza judía hasta el extremo de poderse hablar de un colosal "progrom cristiano" producido por la miseria económica organizada sistemáticamente contra una humanidad casi inerme. Esta humanidad esta más desamparada contra las perfectamente organizadas iniquidades de los poderosos financieros judíos, que lo estuvieron los pequeños grupos de judíos rusos perseguidos por las vengadoras masas populares.

Desde un comienzo, estos artículos de fondo nuestros tropezaron con una casi infranqueable barrera de Correos, en Telégrafos hasta verbalmente. Toda publicación de esta índole es calificada de "difamación". Con tales artículos se perpetra un crimen brutal e imperdonable contra un pueblo inocente y digno de toda conmiseración. (Esto se cree al menos). Los membretes de los poderosos magnates que piden socorro, los medios financieros enormes de los que protestan, y el numero de miembros de aquellas sociedades cuyos presidentes exigen, desaforados, que todo lo dicho sea desmentido, se observan después. Y lo más infame es que siempre, luego de esta grita, se observa con el boicot (listas negras), cuya conminación basto en Norteamérica para que la cuestión judía no se discuta públicamente.

Pese a tales amenazas por su discusión pública y a la falsa maniobra de proclamar solo glorias legitimas o ensalzar todo lo referente a los judíos, la cuestión judía en Norteamérica no puede ocultarse ya por más tiempo. La cuestión es clara, y no se la puede tocar ni escamotear aun con la más hábil propaganda; tampoco se la puede reprimir, ni siquiera con las mas groseras amenazas. Los judíos en Estados Unidos servirán mejor a su causa y a todos sus correligionarios del mundo entero si acallaran de una vez el clamoreo del "antisemitismo", dando distinto tono a este lamentable gemido, muy propio de una desdichada víctima, cooperando a la solución de este grave problema, indicando con claridad lo que cada judío amante de su raza podría y debería hacer para solucionarla de una vez.

En los precedentes capítulos se ha ido empleando el concepto de "judío internacional". Esta expresión-concepto admite dos interpretaciones distintas; una de ellas es la de que el judío, habite donde habite, sigue siendo siempre judío, y otra la de que el judío ejerce un dominio internacional. El verdadero pulso propulsor del antisemitismo radica en esta última interpretación.

Este tipo judaico internacional que ansia el dominio de los pueblos, o que ya lo tiene y ejerce, significa para su raza un apéndice realmente pernicioso. Lo más desagradable en este judío internacional, visto desde el punto de vista del judío común, es justamente que sea también judío. Y lo extraño es que ese tipo no nace en parte alguna, sino sobre tronco judío. Pero no es el caso que entre los innumerables déspotas financieros del mundo entero se cuenten algunos judíos, sino que dichos déspotas sean exclusivamente judíos. Este tan elocuente hecho produce, naturalmente, un sentimiento fatal contra los demás judíos, que no pertenecen ni pertenecerán jamás a esa especie de dominadores internacionales, sino que siguen siendo, sencillamente, parte de la masa del pueblo judío. En el caso de que el dominio universal fuera ejercido por personalidades de distintas razas, como por ejemplo ocurre con el dominio de las artes blancas en Norteamérica, entonces los pocos judíos que se hallasen entre ellas, no podrían plantear un problema, que en caso de ser un problema tal dominio, este se limitaría a los hechos en si, sin interesar a las personas o a las razas. Pero puesto que el domino universal constituye un deliberado propósito solo realizable por judíos, con métodos bien diferentes a los de otros conquistadores en el mundo, es preciso e inevitable que el conflicto suscitado recaiga irremisiblemente sobre aquella raza.

Se complica con ello el asunto. Cuando a este núcleo de dominadores del mundo se les llama "judíos" – y siempre lo son – no es posible segregar dicho núcleo estrictamente y separarlo de los demás de su raza. El orientado lector podrá hacerlo, mas el judío, siempre inclinado a sentirse ofendido, no puede soportar un ataque dirigido "a las alturas", por relacionarlo inevitablemente consigo mismo. ¿Por qué, entonces, cuando se habla de esa clase de "más arriba", no se habla simplemente de financieros en general, en vez de decir "judíos"? Lógica nos parece la pregunta, pero no menos lógica es la respuesta: porque todos son judíos. No radica el problema en que en una extensa lista de personas eminentemente ricas se encuentren mas nombres no judíos que judíos. No se trata únicamente de personas ricas, muchas de ellas habiendo obtenido sus riquezas por igual sistema, sino que se trata solo de aquellas personas dominantes por sus riquezas, pues es indudable que ser rico y dominar por las riquezas son dos cosas diferentes. El judío dominador tiene, innegablemente, grandes riquezas; pero aparte de las mismas, tiene, además algo que es infinitamente más poderoso que todas sus riquezas.

El judío internacional, como lo demostramos, no domina en el mundo por su riqueza, sino porque posee en sumo grado ese espíritu mercantil e imperioso propio de su raza, y porque además puede apoyarse sobre la lealtad y solidaridad de la misma, cosa que no acaece en ninguna otra familia humana del globo terráqueo. Si se pretendiera conceder de pronto el dominio mundial actualmente ejercido por los judíos al conjunto de miembros de la familia humana más predilecta en cuestiones mercantiles, este mecanismo se desharía por el simple hecho de que los no judíos carecen de una cualidad netamente determinada, que – divina, o humana, innata o adquirida – el judío posee en sumo grado.

Inútil será decir que todo esto es negado por el judío moderno. No admite que el judío se diferencie del resto de los mortales salvo en su culto religioso. "Judío", dice, no es epíteto de una raza, sino que simplemente caracteriza a los creyentes de determinada confesión, tal como se habla de "prebisterianos", "católicos" o "luteranos". Esta interpretación se halla a menudo en artículos periodísticos, en los que los judíos protestan de que al delincuente de su raza condenado por cualquier delito se le designe como judío, aduciendo que de los otros criminales tampoco se hace constar la confesión religiosa; "¿Por qué hacerlo, entonces, con los judíos?" Exigir tolerancia religiosa siempre surte efecto, y conviene muchas veces además, distraer la atención publica de asuntos más importantes.

Ahora bien, si el judío se distinguiera del resto de la humanidad únicamente por su confesión religiosa, desde el punto de vista del contenido moral, y si en realidad radicara en esto la diferencia, la misma se eliminaría por el hecho de que la religión judía forma la base moral de las ulteriores confesiones cristianas.

Por otra parte, consta que de los judíos que habitan en países de habla inglesa, dos millones se dicen judíos por su raza y solo un millón declara su religión. ¿Serán por ellos los unos menos judíos que los otros? No admite el mundo tal diferencia, como tampoco los sabios etnógrafos. Un irlandés que abandona su credo, sigue siendo irlandés, como el judío sigue siempre siéndolo, aunque renuncie a su sinagoga. A esto responde el sentir general de judíos y no-judíos.

Otra consecuencia más grave aun se presentaría su fuera justo tal nuevo aserto de los judíos. Seria entonces inevitable explicar su afán de predominio, precisamente como resultado de sus creencias religiosas. Tendría que decirse, necesariamente, que los judíos deben su poder a su religión, y por lo tanto la crítica debería dirigirse hacia esa religión que proporciona riquezas terrenales y mundial dominio a sus creyentes. Pero apoya otro hecho la falsedad de tal aserto: el de que los judíos, que realmente ejercen el dominio mundial, no son precisamente religiosos. Nos demuestra la práctica que los más sinceros creyentes de la Ley Mosaica son, en su mayoría, los judíos más pobres. Cuando se quiera conocer la severidad mosaica, o sea la base de la moralidad del Antiguo Testamento, no se hallara entre los judíos poderosos, que unitarizaron su religión, tal como los cristianos unitarios judaizaron su cristianismo, sino entre los judíos miserables que viven en callejuelas, y que para santificar su fiesta semanal, sacrifican los beneficios de sus negocios del sábado. Su religión no les facilita a estos el dominio mundial; al contrario, hacen sacrificios personales para mantener incólumne su religión contra las modernas influencias.

Si fuera verdad que el judío no se distingue del resto de la humanidad más que por su religión propiamente dicha, toda la critica del judaísmo, solo significaría un farisaísmo intolerable. Más, al profundizar en este problema, se comprende al punto que el judío en nada se diferencia menos de la humanidad no-judía que por la religión. En efecto, entre las dos grandes ramas del cristianismo, existe una diferencia mayor que entre uno u otro de ellos por un lado, y el mosaísmo por otro.

En suma, y aunque lo siga negando el factor judío, el mundo seguirá considerando al judío como miembro de una raza distinta. Siempre defraudo la tenacidad de esta raza los numerosos intentos de exterminio realizados. Supo mantenerse plena de vitalidad y poderío, aplicando únicamente aquellas leyes naturales cuyo descuido bastardeo a tantos pueblos. Fue esta raza la que paso de la antigüedad a la era moderna, gracias a sus dos grandes valores psíquicos, monogamia y monoteísmo, presentándosenos en la actualidad como vestigio visible de una antigüedad de la que emana toda nuestra hacienda espiritual.

Y el judío seguirá destacándose siempre como parte de una raza, de una nacionalidad, de un pueblo propio. Cualquier contacto con ideologías extrañas, con costumbres de otros pueblos, no cambiara en absoluto este aspecto. Un judío sigue siendo siempre judío y mientras permanezca fiel a sus inatacables viejas tradiciones, seguirá siéndolo en el futuro. Tendrá siempre el derecho de suponer que pertenecer al judaísmo equivale a ser miembro de una raza superior.

Estos judíos dominadores internacionales están en la cima de su poderío – aparte de otras razone merced a ciertas particularidades del propio ser judío. Cada judío posee estas particularidades, aunque no en cantidad idéntica, así como todo inglés habla la lengua de Shakespeare aunque no sea un Shakespeare. De ahí la imposibilidad de comprender al judío internacional, sin juzgar críticamente las bases del carácter judío y su psicología.

Es posible prescindir del reproche más generalizado, de que el éxito judío proviene de la falta de honorabilidad judía. Es ilógico acusar al pueblo judío, como cualquier otro pueblo con generalidades tales. Nadie mejor que el judío esta enterado del reproche general, de que los usos mercantiles de los judíos son todos infernales. Indudablemente, en muchos casos puede existir cierta carencia de escrupulosidad, sin que llegue a ser informalidad punible. También es posible que la fama de que gozan siempre los judíos sobre este particular, provenga más que de su informalidad real de causas diferentes.

Una de estas posibles causas puede citarse desde ya. Como comerciante transaccionista o intermediario, es efectivamente, más hábil el judío que los nativos de otros pueblos. Se dice que existen otras razas tan hábiles en este sentido como el propio judío, pero entre ellas este no prospera. Esto permite que las razas mas lerdas para los negocios se crean con derecho a suponer que son harto vivaces, estableciéndose un recelo contra aquellas. El mundo entero desconfía del mas vivo, aunque tal viveza sea completamente inofensiva. El cerebro que piensa con menos rapidez, supone fácilmente que aquel que en una operación comercial pasa por tantos callejones lícitos, puede también ir fácilmente por senderos vedados y alimenta con facilidad la sospecha de que quien hizo por fin "negocio" lo logro con ardides no muy lícitos. Las personas pausadas, honorables, y que hablan y accionan con la mayor escrupulosidad, tendrán siempre sus recelos contra aquellas personas que saben extraer rápida ventaja de todas las circunstancias.

Tal como lo prueban las tradiciones históricas antiquísimas, fue siempre el judío un pueblo dedicado exclusivamente al intercambio. El judío se torno antipático por razones de negocio; mas no todas pueden explicarse por la opinión personal, ni por la inventiva de sus enemigos. Es conveniente recordar al respecto las persecuciones de que fueron víctimas los judíos en la antigua Inglaterra. En aquella época, el gremio de comerciantes tenia en Inglaterra costumbres muy honorables. Un comerciante honrado, por ejemplo, no podía nunca iniciar un negocio de por si, sino que debía esperar a que se le ofreciera. También el arreglo de las vidrieras con luces o colores, o la llamativa exposición de las mercaderías ante los ojos del público adquiriente, se consideraron métodos despreciables, tendientes únicamente a quitar la clientela al comerciante vecino. Se considero asimismo informal y desacostumbrado traficar al mismo tiempo con más de una clase de artículos. Si alguien se ocupaba de la venta de té, ¿no hubiera sido perfectamente natural que vendiera también cucharitas? Mas el solo anuncio de ello hubiera sublevado tan profundamente la opinión publica en aquellos tiempos, que el comerciante, tal vez hubiera puesto en peligro su negocio. Lo correcto para un comerciante de aquel entonces era dar a entender que solo muy difícilmente se apartaría del comercio de sus mercaderías habituales.

Es fácil imaginarse lo que ocurriría al introducirse el judío en esta maraña de viejas costumbres. Simplemente las destrozo. En aquellos tiempos las costumbres tenían un valor casi idéntico a las leyes divinas, y, por lo tanto, el judío debía ser considerado con su proceder como un perfecto ácrata. Se convirtió en un axioma que aquel que violara estos arcaicos hábitos comerciales, no se asustaba ante nada. El judío tenía prisa de vender cualquier cosa. Si un artículo no satisfacía al cliente, le ofrecía otro cualquiera que tuviera a mano. Las casas de comercio judías se transformaron en bazares, que a su vez, son predecesores de nuestros gigantescos y modernos almacenes. Con ello desapareció la antigua y sana costumbre inglesa de tener una tienda para cada índole de mercancías. El judío, siempre en pos del negocio, lo persiguió, lo derroto charlando, fue el inventor de la máxima de "grandes negocios con pocos beneficios"; fue también el que introdujo el sistema de negocios a plazos. Lo único que el judío jamás pudo tolerar, fueron la tranquilidad y la estabilidad. Únicamente la movilidad fue su anhelo. El judío es el padre del anuncio y las ventas en que la simple publicación de las señas de cualquier casa comercial hubiese despertado la sospecha en el publico de que el dueño de la misma necesitaba dinero con urgencia, que se hallaba al borde de la quiebra y que en su desesperación acudía hasta los mas dudosos medios de salvación a que jamás hubiese recurrido comerciante alguno con dignidad.

Es indudable que tal energía y vivacidad pudieran ser confundidas con mala fe. El comerciante británico honrado tuvo que suponer que el judío no procedía de buena fe. Este, en cambio, hizo su juego para apoderarse de los negocios, y lo consiguió maravillosamente.

A partir de entonces el judío siempre demostró idéntica habilidad. La facultad de atraer correntadas de oro hacia sus propias arcas, en particularidad instintiva. El establecimiento de un solo judío en un país cualquiera creo de inmediato la base para que pudieran establecerse también otros de su raza. No le hace que esto sea el natural desarrollo de unas aptitudes innatas o un plan consciente, fundado en la unidad y lealtad de raza; lo evidente es que en todo momento las factorías judías guardaban contacto entre si. A medida que crecían estas en riquezas, influencia y poderío, logrando relaciones con los gobiernos de los países en que se manifestaron, tuvo por fuerza que pasar el poderío principal al centro de la comunidad, sin que fuera óbice el que este estuviera temporalmente en España, en Holanda, o en Inglaterra. Inútil es inquirir si ocurría intencionadamente o no: lo cierto es que uniéronse con mayor firmeza con la que otras ramas comerciales pueden lograrlo, porque el engrudo de la unidad de raza, el lazo de fraternidad racial no puede ser tan firme, en ninguna nacionalidad, como lo es en la judía. Nunca coinciden los no-judíos en considerarse solidarios en su calidad de tales, ni se consideran obligados al prójimo porque este sea también no-judío. Aconteció así que se prestaron voluntariamente como agentes de los hebreos en tiempos y ocasiones en que a los judíos no les convenía mostrarse públicamente como dueños del negocio. Pero jamás estos substitutos fueron verdaderos competidores de los judíos en el terreno de la dominación económica del mundo.

De las diversas comunidades, afluyo al poderío a la comunidad central, donde se encontraban los principales banqueros y los grandes dirigentes de negocios. E inversamente, refluyeron a las comunidades órdenes y datos de inapreciable valor desde la central. Intuyese así fácilmente que en situación semejante un pueblo que demostrara aversión a los judíos, tuviera que sufrir su acción, en tanto que, por otro lado, un pueblo favoreciera a los judíos, extraía de ello ventajas. Consta, sin lugar a dudas, que los judíos hicieron sentir duramente su poder a pueblos contrarios a su insinuación.

Existió siempre y sigue aun hoy existiendo este sistema en proporciones más amplias. Hace cincuenta años que el negocio bancario internacional, exclusivamente dominado por los judíos como intercambistas universales, estuvo en su apogeo. Por doquier poseyó un supercontrol sobre todos los gobiernos y las finanzas de los Estados. Nació mas tarde algo nuevo: la industria. Esta adquirió proporciones y una importancia que ni los sabios profetas hubiesen podido pronosticar. A medida que la industria crecía en fuerza y poderío, convirtióse en un poderoso imán de dinero, que absorbió en su remolino las riquezas del mundo. Más no únicamente por el mero hecho de la posesión de riquezas, sino para hacer trabajar otra vez este dinero. Durante cierto tiempo actuaron estos nuevos métodos para producir y extraer utilidad de la producción, en vez de poseer y lograr luego de los intereses del capital prestado. Desencadenóse la guerra mundial, en cuya preparación tienen indudablemente gran parte de culpa aquellos intercambistas financieros y estas dos potencias, la industria y las finanzas, se enfrentan hoy en un duelo a vida o muerte y cuyo éxito decidirá quien deberá prevalecer en lo futuro: si el trabajo productivo o el capitalismo negativo. Esta importantísima decisión a adoptar es una de las causas por las cuales la cuestión judía aparece nuevamente en el terreno publico.

Que se lo haga constar y comprobarlo, no quiere decir que se reconozca la superioridad judía. Expresar que el judío es extremadamente feliz en sus éxitos y se le debe por ello aherrojar, seria algo sencillamente ridículo. Tampoco correspondería a la verdad de las cosas decir que toda la colaboración judía en el mundo fue nociva. Por el contrario, tal vez seria posible demostrar que hasta hoy ha sido favorable. Al éxito no es posible acusarlo ni condenarlo. Si se desea mezclar la moral en estos asuntos, solo podría ser con respecto al uso que se haga de un éxito logrado. La cuestión toda culmina, una vez hechos constar los antecedentes efectivos, en preguntarse si puede o debe seguir el judío procediendo en la misma forma que hasta ahora, o si es que existe para el una obligación para con la humanidad de hacer en lo sucesivo un uso muy distinto del poderío mundial una vez adquirido.

A tal objeto debemos organizar; en primer lugar organizar en forma tal, que el mundo tenga una prueba de la amplitud y fuerza de nuestro afán de libertad. Organizar, en segundo lugar, para que se conozcan y se aprovechen como es debido las fuentes de nuestro poderío...

Organizar, organizar, hasta que cada hebreo no pueda levantarse sino para ser tomado al punto en cuenta en nuestro bando o para que, consciente o inconscientemente, pueda contarse entre los extraños.

(D. Brandeis, juez en el Tribunal Supremo de los Estados Unidos, seg. "Sionismo").

V

 

¿ARRAIGARA EN LOS ESTADOS UNIDOS EL ANTISEMITISMO?

 

Cualquiera que tanto en los Estados Unidos como en cualquier otra parte intente tratar posiblemente la cuestión judía, tiene que contar con que se le tilde de antisemita, o, desdeñosamente, se le sindique como perseguidor de los judíos. Ni la masa popular, ni la prensa le ayudaran en lo mínimo. Las escasas personas que prestaron cierta atención al asunto, prefieren esperar para ver como se desenreda la madeja. Es posible que ni uno solo de los grandes periódicos norteamericanos, y con seguridad ninguna de esas grandes revistas basadas en anuncios ("magazines"), tendrá el coraje cívico de admitir que tal cuestión exista. La prensa en general se halla actualmente abierta de par en par para toda índole de enormes adulaciones de todo cuanto sea judío (pueden encontrarse ejemplos en todas partes), en tanto que la prensa hebrea que se publica en los Estados Unidos, se encarga de criticar y refutar todo lo no-judío.

El simple intento de que uno trate la cuestión judía en público, parece entrañar actualmente la suposición de un odio a muerte contra todo lo judío, sin que se establezca ninguna diferencia entre el redactor, el editor o el simple avisador de un diario. Parece ser este odio una idea fija, hereditaria entre los judíos. Ese proceder tiene por objeto llevar al ánimo de los no-judíos el convencimiento de que el mas pequeño comentario que no rebose bondad en presencia de todo lo judío, es siempre prejuicio y odio, que se caracterizan por mentiras, injurias y ofensas, e instigaciones al atentado personal. Se hallan estas palabras en cualquier artículo tomado al azar de la prensa judía.

Es posible distinguir perfectamente entre los judíos cuatro categorías diferentes. En primer termino, los guiados por la firme voluntad de conservar inmutable todo lo genuinamente judío en culto y costumbres, aun a costa de cualquier sacrificio en cuanto a sus simpatías y a su éxito personal. En segundo lugar aparecen aquellos capaces de sacrificar cualquier cosa en holocausto de una innata conservación del culto religioso mosaico, pero que no se incrustan a las tradicionales costumbres de la existencia particular judía. Luego están los que carecen en general de convicciones fijas, siendo oportunistas en todo y que se hallan siempre al lado del éxito momentáneo. Y existe finalmente un cuarto grupo de judíos, que creen y propagan la idea de que la sola solución del conflicto existente entre judíos y el resto de la humanidad, consiste en que la raza hebrea vaya perdiendo su personalidad, mezclándose con las otras razas humanas. Es esta última categoría la más débil numéricamente, como también la más antipática entre sus correligionarios y la más desdeñada.

Existen entre los no-judíos con respecto a esta cuestión solo dos grupos: uno que detesta al judío sin poder decir por que, y otro que ansia que se haga la luz en este asunto, reconociendo en la cuestión semita por los menos un problema. Los dos apenas se manifiestan, son conceptuados antisemitas.

Antisemitismo es un concepto que se utiliza con harta ligereza. Convendría reservarlo únicamente a aquellos que se dejan guiar por un prejuicio infundado. Si se aplica en cambio a todas aquellas personas que prudentemente desean discutir las peculiaridades judías y su predominio mundial, es denominación injusta, pues del mismo modo que se aplica en sentido de reproche, podría muy fácilmente trocarse en titulo honorífico y de estima.

El antisemitismo, sea cual fuere la forma en que se presente tiene por fuerza que cuajar en Norteamérica y hasta puede decirse que existe, no por cierto desde poco tiempo. Aunque se presente bajo otro nombre cualquiera, los norteamericanos no podrán variarlo en su esencia, como ocurrió ya con otras tantas ideologías, que en su viaje de circunvalación mundial llegaron hasta nosotros.

 

A

 

1.                   Es necesario poner de relieve lo que no es antisemitismo.

No estaba justamente en el reconocimiento de la existencia de una cuestión judía. Si fuera esto antisemitismo, podría decirse que la gran masa del pueblo norteamericano será con el tiempo antisemita, pues empieza a darse cuenta de la existencia de dicha cuestión, que cada día se impone mas por los hechos de la vida practica diaria. La cuestión existe. Se puede ocultarla temerosamente. Y hasta es posible negarla por cualquier razón inconfesable. Pero existe; y con el correr del tiempo nadie habrá que la pueda negar. Al fin, ni el medroso "¡callad!" de las gentes emotivas será suficiente para ocultarla. Pero reconocerla simplemente no significa iniciar una campaña de enemistad y de odio contra los judíos; quiere solo decir que se va manifestando cierta corriente de nuestra civilización, y que por fin logro importancia y fuerza tal, que la atención provocada se ve ante la perentoria necesidad de buscar conclusiones y de recabar noble solución, que sin repetir los errores del pasado, elimine desde ya todos los peligros que amenazar pudieren a la futura sociedad humana.

2. Tampoco constituye antisemitismo la discusión pública de la cuestión judía. Conviene su publicidad. La manera hasta hoy usada de debatir la cuestión judía, o aspectos de la misma, fue con frecuencia errónea en este país. Mas que en parte alguna se la trato en la prensa judía, pero sin lealtad y sin amplias miras. Las dos notas preponderantes, que con cansadora monotonía vuelven siempre a sonar en la prensa judía son: la cortedad de miras de los no-judíos y los prejuicios cristianos. Parece, en efecto, que estas dos condiciones son las predominantes y las que suelen observar los escritores judíos al investigar sus propias huestes. Con la mayor seriedad puede decirse que para los judíos constituye una gran ventaja el que la prensa genuinamente hebrea no este muy divulgada entre el publico no-judío, pues la sola propagación sistemática de dicha prensa entre los norteamericanos cristianos, seria capaz de provocar un movimiento general hostil hacia los judíos. Los autores judíos que escriben para los lectores judíos, ofrecen un material en extremo amplio para deducir la existencia de una conciencia arraigada del valer hebreo y de un sumo desprecio para las otras razas. Si bien es cierto que en tales escritos siempre se enaltece a Norteamérica, no se lo hace señalando al país que es patria de los norteamericanos, sino que se le ensalza como tierra de promisión y de bienestar para los judíos que en ella residen.

En la prensa diaria no se discutió hasta la fecha esta cuestión. Esto no puede sorprender ni es de vituperar. La prensa diaria únicamente se ocupa de "actualidades". Cuando en sus columnas son mencionados los judíos, existe para ellos un abundante surtido de tópicos fijos, que empiezan por regla general con una lista de hebreos históricamente celebres, y finaliza con una recomendación de convecinos judíos, cuyos avisos comerciales en la mayoría de los casos figuran en la parte correspondiente de aquella edición. En suma, que la discusión de la cuestión judía en nuestro país consiste en una tendenciosa critica de los no-judíos en la prensa no-judía. Un ensayo imparcial que debata el asunto fundándose siempre en hechos, no debe considerarse como antisemitismo, aun cuando determinadas y lógicas deducciones puedan disgustar a los judíos.

3. Tampoco es posible que signifique antisemitismo el hecho de que en un centro cultural exista la sospecha, expresada por personas dignas de crédito de que en el mundo se va notando mediante la existencia de un plan general destinado a dominar al globo entero, no ya mediante conquistas políticas, o hechos guerreros, o tratados diplomáticos, ni siquiera por medios económicos en sentido científico, sino por una secreta dominación del mecanismo bursátil y del intercambio mundial. No significa antisemitismo ni el decirlo, ni el aportar pruebas, y menos el apoyarlo con irrebatibles afirmaciones. Los propios judíos internacionales podrían mejor que nadie rebatir tal antisemitismo, mas no lo hacen. Lo mismo podrían hacer aquellos judíos, cuyos ideales abrazan imparcialmente la vida cultural de toda la humanidad, y no con exclusividad la de su propia raza, pero tampoco lo hacen. Tal vez algún día aparezca un profeta que siente la tesis de que las antiguas promesas formuladas al pueblo de Israel no pueden cumplirse precisamente por los métodos de Rothschild, ni que la profecía según la cual los pueblos todos serán bienaventurados en Israel se cumpla en forma que todos los demás pueblos del mundo se conviertan en tributarios de los hebreos. Pero en tanto no aparezca o se manifieste dicho estado de comprensión, en tanto la política judía siga siendo lo que es hasta hoy, no puede ser conceptuada antisemitismo aquello que propenda a precipitar el referido estado de opinión y hasta podríamos decir que se presta un inmenso servicio al pueblo israelita descubriendo los secretos planes de determinados medios o individuos influyentes de su raza.

B

 

Es indudable que en más de una oportunidad el antisemitismo inconsciente intranquilizó vastos sectores de la humanidad, enturbio puntos de vista y perdió su carácter racional, llegando a desvirtuar las intenciones de sus dirigentes. Pero lo más singular de este hecho, es que con semejantes procedimientos jamás se consiguió nada útil para aquellos que los utilizaban, ni aleccionaron nunca con provecho a los judíos contra quienes se dirigían.

Son múltiples los grados del antisemitismo y entre ellos destácanse los siguientes:

1. Existe un antisemitismo subconsciente e irrazonable que se evidencia por una franca aversión contra el judío como individuo, sin importar quien o como sea. Este antisemitismo se advierte con frecuencia en personas de todas las clases sociales, pero lo extraño es que abunde mas en aquellas que menos frecuentan o menor contacto mantienen con ellos. Nace muchas veces este sentimiento de aversión en la adolescencia de los no-judíos y se evidencia por una neta e instintiva antipatía por la palabra "judío"; acentuase mas su agresividad al aplicarse el vocablo a modo de insulto o para definir un acto deshonroso. No existe mas diferencia entre este insulto y otros referidos contra determinados no-judíos, a los que se desea ofender por sus actos inmorales en cualquier sentido, que el hecho de que al decir "judío" se abarca a toda una raza sin excepción y ofende a personas judías desconocidas sin referirse en concreto a un individuo contra el cual la antipatía tal vez este justificada. Esta generalización en la ofensa, es injusta.

La simpatía es un sentimiento independiente de nuestra voluntad; el sentimiento de aversión, en cambio, puede rectificarse. Llegara un momento en la vida de las personas ecuánimes en que advertirán que otra persona que les es instintivamente antipática, puede ser en el fondo tan buena o tal vez mejor que ellas mismas. El estado de aversión alterna en el flujo y reflujo de la atracción y la repulsión que pueda regir entre nosotros mismo y otras personas; pero sin llegar a concretarse la prueba de que la persona "no-grata" merezca tal aversión. En cambio, cuando a ese estado de aversión impreciso acumulanse pruebas del desvío al contacto social con la raza judía, la repulsión no puede atribuirse a prejuicios. Deben quedar al margen de nuestra afirmación, naturalmente, aquellas personas que aseveran que nada bueno en absoluto puede aguardarse de un judío. Esta exteriorizada propensión contra los judíos, suele ser la resultancia de causas diversas. Se puede no simpatizar con los judíos, sin ser esencialmente antisemita. No es un caso extraordinario, sino frecuente, el hecho de no experimentar satisfacción judíos intelectuales en el trato con sus correligionarios a no ser entre los de educación superior. Este hecho nos brinda la oportunidad de ocuparnos detenidamente de las peculiaridades y costumbres del israelita vulgar y de los rasgos de su comportamiento, con cuya crítica no hacemos sino repetir lo que los judíos de más elevada cultura predican al desgaire contra sus correligionarios. Dicha critica será aplazada para otro capitulo.

2. Puede caracterizarse por la enemistad y el odio el segundo grado del sentimiento antisemita.

Es preciso repetir que la aversión procedentemente analizada no es idéntica al odio, como tampoco es menester que se traduzca en enemistad. Muchos hay que no gustan del té con azúcar, sin que por ello detesten el azúcar. Sin embargo, se sabe que hay muchas personas que empiezan a ser antisemitas, porque el sentimiento de aversión ahondo en ellos hasta la prevención mas desconfiada y acaso también a raíz de dolorosas experiencias adquiridas en el trato con seres de la raza judía, no siendo menos de un millón los norteamericanos que en estos últimos años se convirtieron en antisemitas rabiosos justamente por haber tratado con comerciantes judíos. Tales sentimientos constituyen una desgracia para las personas que los experimentan, precisamente porque les impiden conocer y apreciar nítidamente los elementos que integran la cuestión judía utilizándolos con justicia y equidad. La enemistad nace por causa de la raza judía mas que por ninguna otra, siendo la razón de este fenómeno uno de los grandes misterios que jamás serán aclarados. En el carácter judío, tal como es presentado por la historia antigua y moderna, radica sin duda gran parte de la culpa de tal enemistad. Allí donde el judío llegue a establecer contacto con los pueblos de raza aria, que sin restricciones se entregan al desarrollo de sus facultades culturales y morales, despertara esa animosidad, por el mismo provocada. Este sino de los judíos preocupo siempre a los pensadores de todas las épocas. Algunos pretenden explicar el fenómeno bíblicamente, como resultado de la maldición de Jehová contra su pueblo predilecto por haber desobedecido la ley, con cuya maldición deseo utilizarlo como pueblo en el que se cumplan las profecías todas para ejemplo del resto de la humanidad. Si constituye este castigo parte de la herencia judaica, bueno será recordar asimismo aquí aquella frase de las Sagradas Escrituras, que dice: "¡Deberán sobrevenir rebeldías, más ¡ay de aquel por cuya culpa sobrevengan!".

3. En ciertas partes del mundo en distintas épocas, este sentimiento de odio provoco estallidos de sangriento fanatismo que, como todos los grandes dolores humanos causaron horror y consternación. Esa es la forma extrema en que se manifestó el antisemitismo, y cualquier intento de discutir en público la cuestión judía provoca la maliciosa sospecha de que se intenta la repetición de tales persecuciones. Estas, aunque imperdonables, puede, por otro lado, explicarse perfectamente. Los judíos las explicar como consecuencia de un fanatismo religioso, en tanto que los no-judíos ven en ellas la violenta repulsión de un yugo que los judíos les habían impuesto económicamente. Lo extraño es que en Rusia – para citar un país determinado, donde con mas frecuencia se repitieron las persecuciones – ocurrieran justamente en las regiones mas ricas del país, hasta el extremo que los judíos declararon públicamente que, si emigraban, volverían esas regiones a su estado de primitiva pobreza. Poco inteligente seria negar este hecho, en todo momento confirmado por viajeros plenos de indignación contra los rusos, por su comportamiento con los judíos, que visitaron aquel país (cuyos relatos se leen preferentemente en la prensa anglosajona), y que al retornar a su patria desvirtuaron estas crueldades y a veces hasta las disculparon. Observadores imparciales descubrieron también que algunas de dichas persecuciones fueron instigadas por los propios judíos, por lo que tampoco debe olvidarse que cualquier pequeñez dicha o cometida contra un solo judío encuentra en el periodismo mundial judaizado un eco exagerado, o, como vulgarmente se dice, "hinchan el globo". Un reportero conocidísimo como leal partidario de los judíos perseguidos en Rusia, vióse expuesto a los más recios ataques por parte de los judíos, cada vez que se vio precisado a hacer constar esta causa. Hasta la fecha es dificilísimo conseguir, sea donde sea, que los judíos admitan ni lo mínimo vituperable que se les objete. Puede acusarse a quien se quiera: ellos son siempre los inocentes. Esto tiene que desaparecer, si en realidad los judíos desean cooperar, o si pueden, en la obra que elimine de su carácter aquellos síntomas que pronostican siempre la animosidad de los demás pueblos. En otras oportunidades reducírase el odio ilimitado existente contra los judíos a una razón económica. Esto plantea el interrogante de si el judío habrá de destruir en si lo esencialmente judío, deshaciéndose de su peculiar predisposición para sus éxitos, antes de que pueda conquistarse las simpatías de los otros pueblos. La respuesta se reservara para ulteriores estudios.

En lo referente al prejuicio religioso, que siempre proclaman los judíos, es evidente que este, por lo menos en los Estados Unidos, no existe. Sin embargo los autores judíos lo enrostran tanto a los norteamericanos como a los rusos. El lector no-judío podrá darse fácilmente a si mismo la respuesta mas adecuada sobre este punto, examinando imparcialmente, si alguna vez en su vida experimento aversión contra los judíos a causa de su religión. En una logia masónica judía díjose poco ha (discurso propalado después por el periodismo judío) que si el azar se preguntara a cien no-judíos en la calle: ¿Qué es un judío?, responderían en su mayoría diciendo: "Un asesino de Cristo". Uno de los mas conocidos y repudiados rabinos de los Estados Unidos dijo recientemente en uno de sus sermones, que a los niños cristianos se les enseñaba a ver en todo judío un asesino del Señor. Dicho aserto es repetido en la plática privada. En presencia de esto, supongo que la mayoría de los no-judíos confesaran que tal concepto lo oyeron en nuestro país por vez primera en toda su vida. Esta afirmación judía carece sencillamente de sentido común. En prueba de ello interróguese a los veinte millones de escolares de los Estados Unidos y el Canadá, si se les enseña tal cosa. Sin duda alguna puede afirmarse que en ninguna confesión cristiana existe ninguna predisposición contra los judíos a causa de su religión. Por el contrario, se advierte infinidad de veces el vago sentir equivocado, como si tuviéramos que agradecer al pueblo de Judá, y hasta perdura el concepto falso de tener cierta parte en el credo mosaico. Las escuelas dominicales cristianas de todo el mundo enseñan durante seis meses del año las lecciones internacionales tomadas de los libros de Ruth, del primero y segundo libro de Samuel, y del de los Reyes, no transcurriendo año sin que se enseñe el Antiguo Testamento.

En presencia de estos hechos, deberían los rabinos judíos darse cuenta de que realmente existe mucha mas agudeza e intolerancia religiosa por parte de los judíos contra el cristianismo, que nunca será posible en la Iglesia cristiana contra el mosaísmo. Desaparecerá toda duda al respecto echando una mirada comparativa a la prensa eclesiástica cristiana y judía, respectivamente. Ningún autor cristiano se atrevería a agredir la religión judía, en tanto que una lectura de medio año de cualquier revista religiosa judía nos ofrecería multitud de agresiones y prejuicios contra la Iglesia de Cristo. Por otra parte, no puede concebirse mayor acritud que la que se profiere y ejerce contra un judío convertido al cristianismo. Adopta casi las formas de una especie de Santa Vema. Resulta, por ende que no es por sus creencias que se distingue el judío de los demás humanos, sino por otros motivos diferentes. Empero, cuando los judíos advierten alguna antipatía contra ellos, repiten siempre monótonamente los tres mismo razonamientos, de los cuales el primer y más importante es el religioso. Tal vez para ellos constituya un consuelo suponerse mártires de su fe, pero esto no corresponde a la verdad, y cualquier judío prudente debería saberlo. Debería darse cuenta además de que en los templos cristianos, donde se estudian y reconocen las antiguas profecías, existe por fuerza cierto interés fundado en el posible y posterior desarrollo del pueblo de Israel. No se olvidaron las promesas que se le hicieron, y hasta hay quienes creen que estas se cumplirán. El porvenir de los judíos esta íntimamente relacionado con el de nuestra tierra, y por lo menos la rama evangélica de la cristiandad, a la que característicamente persiguen los judíos con mayor odio, sigue creyendo todavía en un futuro resurgimiento de Israel. Si supiesen los judíos en su gran mayoría con cuanta comprensión y cariño nuestra Iglesia sigue estudiando sus antiguas profecías, creyéndose y esperándose que de parte de los judíos pueda aun venir la salvación de la humanidad, mirarían con distintos ojos a nuestra confesión. Comprenderían que la Iglesia cristiana no se cree medio adecuado para la conversión de los judíos, error del que emana tanta acritud, sino que estima que dicha conversión se efectuara por otros medios y en otras circunstancias muy diferentes, es decir, por los propio Mesías de los hebreos y no por el "olivo salvaje" de los paganos.

Se conoce una rara variedad de antisemitismo, que se ocupa de la cuestión religiosa, mas no en el sentido antes citado. Dicha variedad se compone de contadas personas con tendencias ateístas, que afirman que toda religión es una patraña judía, inventada solo con el objeto de sojuzgar el espíritu y el corazón humanos con sus enervantes supersticiones. Pero este punto de vista resulta harto extremista y por lo tanto sin importancia para una seria solución al asunto.

 

C

¿Cuál de estas formas adoptará, entonces, el antisemitismo en Norteamérica? En el supuesto probable de que ciertos signos sigan manifestándose, ¿qué formas adquirirá el sentimiento antagónico a los judíos? Por lo pronto no serán las persecuciones en masa. De estos la única que actualmente se puede apreciar es la de los mismos judíos contra cualquier persona o entidad que ose despertar la publica atención sobre el problema judío.

1. Llegara el antisemitismo a Norteamérica de acuerdo con la norma que exige que los movimientos espirituales y las grandes ideas recorran el mundo de Este a Oeste. Al Norte de la Palestina, donde habitaron los judíos el mayor espacio de tiempo y donde aun hoy viven muchos de ellos, se comprendió ya el antisemitismo y se agudiza cada vez más. Pero para arribar a la revolución careció de fuerza e intensidad. Un poco mas al Oeste, en Inglaterra, ya es más latente, pero debido al numero relativamente pequeño de masa judía pobre residente en las islas británicas, y dada la intima conexión de los potentados israelitas con las clases dominantes británicas, existe mas bien sentimentalmente, por instinto, que como un movimiento movilizado. No es tan caracterizado en los Estados Unidos, pero se advierte en forma de cierta intranquilidad, de duda mal definida, y en el antagonismo entre la tradicional liberalidad norteamericana y el respeto a los hechos escuetos una vez criticados.

Puesto que la cuestión va adquiriendo un carácter por momentos más urgente, las personas de clara visión deberían rechazar las temáticas protestas de los judíos, y tratar de que estas no arraiguen en otros países. Es un deber publico atacar este problema directamente en su base y preparar una formula ejemplar y admisible para todas las naciones civilizadas, proporcionando a los demás pueblos el material fundamental necesario, para que por si puedan un día demostrando claramente todas las circunstancias, en las que los pueblos lucharon hasta la fecha desamparados, por carecer tanto de voluntad, como de los medios adecuados para llegar hasta las raíces del problema.

2. Otro de los motivos por los cuales la cuestión judía empieza a conquistar terreno en Norteamérica, es el de la proyectada inmigración de grandes masas judías. Ya hoy en 1920 es preciso contar con una probable inmigración de un millón de judíos, con lo cual la población israelita llegaría a cuatro millones y medio de almas. Esto, empero, no significa solo una inmigración de personas, sino también de ideas. Ningún autor judío dijo aun concreta y claramente que idea tienen en realidad los judíos de los no-judíos, ni como piensan en verdad de los goyim. Existen en verdad, indicios de cuales serán esos sentimientos, pero acaso convendría no perder el tiempo en ensayos y combinaciones, siendo preferible que lo hiciese un judío. Lo probable es, empero, que el judío que así obrara se viese expulsado de su comunidad, si efectivamente cumplía tal tarea con veracidad, y basándose estrictamente en los hechos.

Los referidos inmigrantes, acaso con razón, ven en el no-judío su enemigo mortal, creyendo naturalmente que deben guiarse por este punto de vista. Pero no están ellos en realidad tan desamparados como parece. En Polonia, tan exhausta, donde según crónicas tendenciosas se les despojo de todo a los pobres judíos durante la guerra, aparecen todos los días centenares de judíos que abonan fácilmente importantes gastos de viaje. Pese a su proclamada miseria y total pobreza pueden emprender un largo y costoso viaje en comunidad. Los viajes en masa no son posibles en ningún otro pueblo más que al judío. De inmediato vemos que estos emigrantes no dependen en absoluto de la caridad. La nave de su vida se mantuvo perfectamente a flote en medio del huracán que desmantelo la de muchos otros pueblos; ellos lo saben y gozan con este feliz hecho. Sin embargo, llevan consigo idénticos sentimientos contra la mayoría de nuestro pueblo, que los que tenían contra los abandonados. Es posible que saluden alegremente la tierra norteamericana, pero contra el pueblo norteamericano conservaran sus ideas peculiares. No le hace que en las listas de inmigración figuren como polacos o rusos, en realidad son judíos, y muy consciente de ello, ya que pronto tal cosa se nota en la práctica.

Esto deberá producir sus efectos. No es, entonces, prejuicio racial el que nos preparemos para ello, recomendando a los mismos judíos norteamericanos que tengan en consideración estos hechos para colaborar en la solución del problema.

Toda idea dominante, triunfante en Europa, ha experimentado modificaciones al ser trasladada a Norteamérica. Tal aconteció con la idea de libertad, con la de las guerras y con la del sistema de gobierno. Y tal acontecerá irremisiblemente también con la idea del antisemitismo. El conjunto de la cuestión hallara aquí si centro, y aquí se resolverá en el caso de que procedamos con prudencia y sin temores. Un autor judío dijo poco ha: "Judaísmo significa hoy día judaísmo norteamericano...

Todos los antiguos centros judíos se desmoronaron durante la guerra y se transplantaron a Norteamérica". El problema judío trocase, pues, en una cuestión norteamericana, quiérase o no. ¿Qué desarrollo adquirirá? Depende en gran parte de lo que aquí se pueda hacer, antes de que el problema adquiera formas ásperas. El primer síntoma será probablemente una expresión de desagrado contra los éxitos económicos judíos, especialmente contra la correlación de métodos con que se alcanzaron. Observa nuestro pueblo la existencia de un pueblo dentro de otro en forma jamás advertida ni con los mormones, y no querrá admitirlo. Los mormones se retiraron, en tanto que Israel retorna a un nuevo Egipto para sojuzgarlo.

La segunda forma de antisemitismo que se acuse será indudablemente el sentimiento de aversión y su generalización. Tal vez en el fondo la mayoría profese la norma recta: mas no por ello actuara con la aconsejable prudencia. Una predisposición así, francamente admitida por judíos y no-judíos, puede, en perjuicio en ambas partes, adquirir formas agudísimas, porque ni el sustentador ni el objetivo de un prejuicio son susceptibles de asegurar la indispensable libertad espiritual que solo se basa en un perfecto equilibrio del alma.

Partiendo de estos fundamentos es posible contar con una sana influencia de la justicia. Cuando llegue la cuestión a este punto someterse globalmente el problema al fallo del justo criterio norteamericano. Su innata justicia le ayudo aun en casos que al principio provocaron la indignación del norteamericano. En nosotros la sentimentalidad es siempre de breve duración y deriva rápidamente hacia el criterio racional y el juicio moral. El espíritu norteamericano no descenderá jamás a guardar rencor contra individuos, sino que ahondara su criterio. Puede este hecho comprobarse en las relaciones entre la Gran Bretaña y los Estados Unidos de América. Es originalidad nuestra no reparar jamás en las personas, cuando se trata de cuestiones fundamentales.

Se procederá luego a un concienzudo examen de los hechos que pueden permanecer durante cierto tiempo fuera de la opinión publica, pero finalmente se dará con la clave del problema. Las raíces de todos estos enigmas saldrán a la luz, y morirán, como todas las raíces que se arrancan de las entrañas de la tierra. Será entonces tarea de los mismos judíos amoldarse a las nuevas condiciones de vida. No se trata de que deban perder su peculiaridad, de que dejen morir sus energías, no de que abandonen su pasado, sino que será preciso que encaucen todas estas facultades por más limpios canales. Solo así podrán justificar su afán de cierto predominio. Una raza que en la esfera de la vida material pudo conseguir lo que la judía consiguió – en cuya labor hasta se creyeron sus hijos espiritualmente mas adelantados que los de otros pueblos, - deberá cumplir su misión de una forma menos sospechosa y menos antisocial de lo que hasta el presente lo hizo.

No se llegara a la extirpación de los judíos, pero tampoco se les seguirá permitiendo que continúen sojuzgando a la humanidad bajo el yugo que tan hábilmente le han impuesto. Ellos son los usufructuarios de un sistema que tiene que modificarse radicalmente en si mismo. Para justificar en lo futuro su propia posición en el mundo, deberán modificarse a si mismos, encaminándose hacia fines mas elevados.

"Obligaremos a los gobiernos cristianos a que adopten medidas favorables a nuestro vasto plan ya cercano a su victorioso fin, en el sentido de que hagan pacientar la exaltación de la opinión publica, que nosotros, merced al periodismo omnipotente, ya tenemos efectivamente organizada. Con escasas excepciones, aquella se encuentra ya en nuestras manos".

(Tesis VII de "Protocolos de los Sabios de Sión")

 

VI

 

ÁBRESE VIA LIBRE EN LAS REVISTAS LA CUESTION JUDIA


 

Un egresado de una Facultad norteamericana efectúo hace años un viaje de negocios a Rusia. Era perito en un muy importante ramo de ciencias aplicadas, y además un observador en extremo escrupuloso. Arribo a Rusia con el deseo de estudiar el trato que daba el gobierno ruso a los judíos. Tres años vivió en Rusia; regreso después por un año a Norteamérica, y quedóse nuevamente casi otro tanto en Rusia. De regreso por segunda vez a la Unión, creyó oportuno ilustrar al pueblo norteamericano con respecto a la cuestión judía. Redacto un articulo muy detallado y lo envío al editor de una revista muy acreditada en los Estados Unidos. El editor llamóle a la redacción conferenciando con el durante dos días y quedando sumamente impresionado por todo cuanto oía; mas declaro que no podría publicar aquel articulo. Lo mismo se repitió después con otros diversos editores de grandes revistas, y no precisamente porque el viajero no hubiese acertado en sus estudios del asunto. Al contrario, todo cuanto aquel escribiera sobre otro tema lo publicarían con gusto. Lo que no era posible en absoluto es que se aceptase o imprimiese en Nueva York su sensato artículo sobre los judíos.

A pesar de todo logro penetrar finalmente la cuestión judía en una revista neoyorquina, pero más bien como casco de una granada arrojada desde el campo judío contra la cuestión judía, para, de ser posible, eliminar el problema y afirmar así la tesis de que dicha cuestión ni siquiera existe.

Raro fue que las grandes revistas (cuyos directores financieros seria interesante revelar) no admitieran sino justamente este único articulo sobre la cuestión judía. Pero aun así, el gran publico aprendió muchísimo con solo leer este único articulo, cuyo objeto básico era poner de relieve que la cuestión judía en realidad no existe.

El señor William Hard, en la edición de junio del Metropolitan, utilizo aquel artículo como mejor pudo y es indudable que las agencias telegráficas y los corresponsales internacionales, que tan atentamente velan por todo cuanto favorezca a los judíos, habrán felicitado efusivamente al editor del Metropolitan por su ayuda en aletargar al público.

En primer término, el artículo hace constar la existencia real de una cuestión judía. El señor Hard dice que de ella platicase en los salones de Londres y París. No consta, empero, si el autor desea patentizar con ello la nulidad o escasa importancia del asunto, o tan solo sus vastas relaciones con aquellos círculos. Refiere además, que cierto documento relacionado con la cuestión judía círculo profusamente en determinados círculos oficiales de Washington. Reproduce una correspondencia cablegráfica sobre el asunto, publicada oportunamente por el diario neoyorquino World. No cabe duda que su articulo se publico demasiado pronto para poderse ocupar de la nota dedicada a aquel documento por el Times de Londres. De todos modos, para el lector interesado solo en hechos reales, le hizo constar que existe una cuestión judía, y no justamente entre la plebe, sino en aquellas esferas donde pesan con mayor intensidad las pruebas del poderío y del dominio judío. Y llegóse hasta a debatir en ellos la cuestión, cosa que el señor Hard hace constar expresamente. Si no ahonda más aun, diciéndonos que hasta se discute muy seriamente en los más elevados puestos y por personalidades de importancia nacional e internacional, explicaráse tal omisión probablemente por dos razones: o porque no lo sabe, o porque considera tal afirmación como contraproducente a la tendencia de su artículo.

Mas, sea por lo que fuere, lo cierto es que el señor Hard hizo constar que existe una cuestión judía, y que se la debate entre personas que por su posición se hallan en las mejores condiciones para juzgar el asunto.

Recibe el lector del artículo la impresión de que el judaísmo es una conjura, al afirmar el autor que, personalmente no cree en la misma. Puede esta aseveración aceptarse con desenfado, pues para el sentir no-judío no existe nada mas ridículo que la admisión de una conjura en masa, por la mera razón de que para el carácter no-judío tal conjura universal implica una imposibilidad. El señor Hard es no-judío, sabiendo por ende cuan imposible seria, aun por breve tiempo, cualquier conjura de cierto numero importante de individuos no-judíos, aunque aquella respondiera a los móviles mas nobles. Los seres de sangre no-judía no están hechos para semejantes conjuras, que se disolverían como el azúcar en el agua. Los no-judíos, ni en la masa de la sangre, ni en sus intereses, llevan los fundamentales imprescindible para una tan estrecha cooperación, como los judíos. El no-judío, solo por sus innatas cualidades, no puede concebir grandes conjuras, y tan es así, que sin tener pruebas irrefutables a la vista, ni siquiera creerá en la posibilidad de su existencia.

Intuiranse, entonces, las dificultades que el señor Hard halla en esto de las conjuras. Para poder redactar su artículo, se ve en la obligación de formular el asunto, como si en todas las ocasiones en que se discute la cuestión judía se la tratara desde el punto de vista de una conjura. Esta es su idea predominante, que se expresa en el epígrafe que reza: "Gran conjura contra los judíos".

Buscando hechos recopilados en el referido articulo del señor Hard, llegase a saber que existen ciertos documentos que encierran, según dice, los detalles de una conjura, y hasta el plan para una dominación mundial de los judíos. Esto es casi todo lo que el lector consigue saber de aquellos documentos, aparte de que el señor Hard los califica de "originalmente horribles". Es una lamentable falta en aquel artículo, porque el autor, si bien lo escribe para condenar ciertos documentos, no nos dice nada absolutamente acerca de su contenido. Las perversidades se desacreditan siempre por su misma maldad; mas estos documentos parecen no ofrecer personal del señor Hard. En cambio, las personas de criterio independiente, hubiesen preferido seguramente obtener una base crítica con la publicación total de aquellos documentos. Pero dejemos esto. Existe la constancia de que el señor Hard establece en público que dichos documentos de conjura existen.

El autor pasa luego a otra cosa y pretende demostrar, nombrando a determinados judíos que predominan en algunos remos especiales, que los hebreos en general no pueden tener nada que ver con el dominio mundial. La responsabilidad de lo concerniente a aquellos nombres hebreos la dejaremos a cargo del señor Hard. A nosotros solo nos interesa ver lo que es posible deducir de ello.

Trata el autor con especial cuidado de los asuntos rusos. Hasta parece, a veces, como si se quisiera equiparar la cuestión judía a la soviética en Rusia; y, sin embargo, esto no es cierto, y el señor Hard lo sabe perfectamente. Si bien es cierto que las dos cuestiones se relacionan muy íntimamente entre si, constituye, empero, una premeditada sutileza intentar construir primero artificiosamente tal identidad. De cualquier manera, los hechos citados por el señor Hard, aparte de las consecuencias que él extrae de los mismos, resultan bastante interesantes.

Fijémonos, entonces, primero en el caso de Rusia. El señor Hard dice que en el gobierno soviético hay un judío: Trotzky. Claro esta que existen otros en ese gobierno, pero el señor Hard habla exclusivamente del Gabinete. Tampoco cita a los comisarios, que parecen ser los verdaderos dueños de Rusia, ni a las tropas rojas, apoyo único del gobierno Lenin-Trotzky. Para el señor Hard solo existe el Gabinete. Con este mismo criterio no hubo en Hungría sino un solo judío en posición preponderante, mas este fue nada menos que Bela-Kuhn. Queda pendiente, sin embargo, la pregunta de por que, a pesar de existir solo estos dos judíos, todo el mundo estuvo y sigue convencidísimo de la preponderancia hebrea en el bolcheviquismo. Tan tonta opinión de todos los no-judíos seria infinitamente más quimérica de lo que es la idea de una conjura judía para el señor Hard. Si fueran imbéciles todos los no-judíos, ¿por qué no considerar sabios eminentes a todos los judíos?

De cualquier modo no peca de exagerado quien afirme que Trotzky ocupa el supremo poder, compartiéndolo únicamente con Lenin, y que Trotzky es judío. Esto no lo negó hasta hoy nadie, ni el propio Braunstein, apellido que fue de Trotzky cuando residía en St. Louis, Estados Unidos.

Más también los mencheviques, dice el señor Hard, son guiados por judíos. Trotzky al frente de los bolcheviques, en tanto que a la cabeza de los mencheviques, cuando estos todavía formaban la oposición contra aquellos, marchaban los Lieber, Martow y Dan: "todos judíos", dice Hard.

Hay, además, otro partido moderado entre esos dos extremos: los "cadetes", que según el señor Hard son o eran el mas fuerte partido burgués en Rusia. "Estos tienen actualmente su cuartel general en Paris. Su jefe es Vinaver, un judío".

Tales los hechos señalados por el señor Hard. Los judíos cuyos nombres cita, detentan la jefatura de las tres grandes agrupaciones políticas de Rusia. Ved ahora –exclama, - cuando desunidos se hallan los judíos. ¿Cómo es posible la existencia de una conjura entre personas, que mutuamente se combaten con tanto encarnizamiento? A cualquiera pudiera tal vez llamarle la atención el hecho de que sean siempre judíos los que perennemente predominan en todas las fases de la vida política rusa. Y ¿no justifica acaso este hecho la generalizada creencia de que los hebreos anhelan para si, en todas partes, el dominio absoluto?

Mas no terminan con esto las deducciones que el lector, ávido de hechos, pueda extraer del artículo del señor Hard. Este ocupase después de los asuntos en los Estados Unidos, señalando ciertos hechos en extremo interesantes. "Ahí esta Otto Kahn", dice. En efecto, a veces esta aquí Otto Kahn, mas otras se halla también en París, metido en asuntos internacionales sumamente importantes; en cambio, otras veces teje combinaciones en Londres entre el capital inglés y el yanqui, combinaciones todas que tienen numerosas relaciones con la vida política europea. El señor Kahn pasa por conservador, lo cual en diversos aspectos puede ser cierto. Toda persona es conservadora o no lo es, "según el cristal con que se le mira". Las personas más conservadoras de los Estados Unidos son en realidad las más radicales. Llegan sus lemas y sus métodos hasta las raíces de las cosas, y en su propio campo de acción son radicalísimas. Los hombres predominantes de la última convención republicana son denominados conservadores por aquellas personas cuyas miras se hallan limitadas por intereses económicos muy determinados, pero realmente son los más radicales de los radicales, y aparecen rojos en épocas rojas y blancos en épocas blancas. De conocerse los últimos planes del señor Kahn, y se descubriese la relación de todos estos planes e intenciones, habríamos de modificar, sin duda, el titulo con que se le debería conocer. Sea como fuere, por Hard sabemos, de cualquier modo, que "ahí esta Otto Kahn".

"Por otra parte – dice el señor Hard, - esta Rosa Pastor Stokes, y el señor Morris Hillquit". Estos, expresa Hard, son radicales. En contraposición a los mismos menciona los nombres de otros dos no-judíos, Eugenio. V Debs y Bill Haywood, como si fueran jefes mucho mas importantes que aquellos. Todo aquel que sigue los últimos acontecimientos políticos (y entre tales personas figuraba también hasta hace poco el señor Hard), tiene de esto una opinión muy distinta. Ni Debs ni Haywood crearon en toda su vida un partido tan poderoso como lo hicieron Rosa Stokes y Hillquit. A estos últimos deben Debs y Haywood su significación.

Cuando se examina las tendencias socialistas en los Estados Unidos, se tropieza al punto (le ocurre también al señor Hard) con nombres judíos. Y es por sus afirmaciones, precisamente, como llega el lector al convencimiento de que los dos grupos políticos de los Estados Unidos son dirigidos por judíos.

No terminó aún Hard, "Quien más que ninguna otra personalidad, mas que ningún otro jefe hace todo lo posible para mantener a los obreros norteamericanos apartados de radicalismos, es un hebreo: Samuel Gompers"" Apuntara el lector este hecho en su memoria, y sabrá que la masa obrera norteamericana sigue a un judío. En cambio la poderosa "confederación de obreros confeccionistas unidos, efectivamente grande y muy fuerte, es dirigida por un judío, Sidney Hillmann".

Es decir, que marchan aquí las cosas tal como en Rusia. Las dos tendencias de la vida política, y

dentro de ellas las fuerzas pujantes todas, están bajo el dominio judío. Este hecho tendrá que reconocerlo también el señor Hard, pese a la intención contraria de su artículo.

Y el partido moderado también, el "centro liberal", como lo denomina Hard, que reúne a todos los no extremistas, se presenta con los apellidos preponderantes de Brandeis, Mack y Felix Frankfuter, caballeros cuya actitud desde el armisticio proporcionaría material abundante para un interesantísimo capitulo.

Sinceramente cita Hard todavía otros dos nombres: el "barón de Günzburg, judío", un "empleado leal" de la Embajada rusa con el embajador Bajmeteff, representante del viejo régimen, algo modificado, en tanto que la agencia telegráfica rusa, cuyas informaciones se publican en infinidad de diarios norteamericanos, es dirigida por otro judío (así le califica Hard), cuyo nombre es conocidísimo por los hebreos de la prensa cotidiana: A. I. Sack.

Esta lista no es completa ni con mucho, pero no por ello deja de ser interesante. Según dicha lista, parece que los documentos, cuya ridiculez trato de demostrar Hard, van adquiriendo algo más de importancia. Y asimismo, se va imponiendo la sospecha de que si aquellos documentos no fueron examinados tan atentamente como era de desear, quizá haya sido porque los lectores, aparte de los detalles advertidos por Hard, habían descubierto y observado hechos mucho mas significativos y escandalosos totalmente confirmados por los documentos mismos. Los lectores que no han tenido la suerte de poder enterarse del total contenido de aquellos documentos, deben exigir que se satisfaga su natural interés.

No son los documentos los que crearon la cuestión judía. Si no existieran otros antecedentes, que nada tiene que ver con dichos documentos, ni el señor Hard hubiera escrito jamás su artículo ni el Metropolitan lo hubiese publicado.

El mérito del señor Hard es haber confirmado en un lugar insospechado que esta patente la cuestión judía, y que esta debe ser debatida. Quien mando redactar el artículo titulado "La gran conjuración de los judíos" por fuerza debió haber experimentado una imperiosa necesidad de hacerlo.

"¡Estáis perdiendo el tiempo en frases vanas! En tanto el periodismo del mundo entero no este en nuestras manos, será inútil todo cuanto hicierais. Es necesario que dominemos o por lo menos influyamos en la prensa universal, si ha de ser nuestra tarea la de alucinar y cautivar a los pueblos".

 

"Barón de Montefiore (1840)".

 

VII

 

ARTHUR BRISBANE, DEFENSOR DEL JUDAISMO

Debemos interrumpir nuevamente el examen de la cuestión judía contemporánea, para referirnos a la aparición de un editorial de más de dos columnas en el diario To Day (Hoy) del 20 de junio de 1920, perteneciente al consorcio Hearst, en que se ocupa de nuestro mismo asunto el periodista señor Arthur Brisbane. Sin que sea este periodista el más influyente de los Estados Unidos, es indudable que figura entre la docena de redactores mas leídos por el público. Y cuando trata el vidrioso asunto del judaísmo un escritor de su fuerza intelectual crítica, es indiscutible que este problema consigue un evidente relieve, y adquiere importancia y actualidad.

El señor Brisbane, sin embargo, no estudió este problema judío. En una conversación íntima confesaría, probablemente, que nada en absoluto sabe del mismo, aunque esa confesión no concordara con el tono de seguridad con que ha venido tratando la cuestión en público. Pero sabe, perfectamente, como periodista versado que es, la forma de abordar el asunto cuando la actualidad obliga a resolver problemas a ojos cerrados. En la actualidad, pueden los periodistas escribir en estilo amplidifuso, diciendo que en cada raza existen seres buenos y malos, que ha dado hombres eminentes o que desempeñaron importante papel en la historia. Estos puntos de vista proporcionan material suficiente para redactar un artículo de fondo sobre cualquier pueblo de la comunidad humana. No es preciso estudiar la esencia del asunto para redactar un artículo cuyo fin sea el lucimiento. Se ocupa la prensa en una serie de artículos de este o aquel asunto etnográfico, ya no se habla más de ello. Tal es el oficio de la prensa.

Puesto que el señor Brisbane vivió largo tiempo en Nueva York y mantuvo relaciones financieras con consorcios de nuestro país, dado que habrá visto y observado con gran lujo de detalles el régimen interno de los grandes trusts y bancos, y habíase rodeado de consejeros técnicos de raza judía, es indudable que ha de tener un criterio personal respecto a estos asunto. No corresponde, empero, al periodista, confesar públicamente sus ideas "personales" sobre las diversas razas que conviven en su patria. Un periódico tiene un muy restringido derecho para emprender ataques, como son contadas las ocasiones para suponerle justificado en una transgresión de aquel derecho.

Si el señor Brisbane tuvo oportunidad de escribir sobre la cuestión judía, era de suponer lo que habría de escribir. Lo que podría extrañar es que se viera precisado a escribir sobre esta cuestión. ¿Es que realmente le parecía una persecución contra los judíos el que se pretendiese aclarar el origen de las causas de su preponderancia en los Estados Unidos y en otras naciones? ¿O es que, con la perspicacia propia de un editor, presintió que se presentaba una oportunidad propicia que se presentaba una oportunidad propicia para llamar sobre su persona la atención y benevolencia del grupo más importante de Nueva York y de todo el país? O acaso – y ello entra perfectamente en el terreno de las posibilidades, - deseo soslayar el asunto hasta que ciertas directivas le invitaran a componer un articulo de fondo o que ciertos accionistas le indicasen sus especiales deseos? No se pretende con lo dicho presentar como sospechosos los motivos del señor Brisbane, sino que se trata de demostrar los finísimos hilos de que pende, a veces un artículo de fondo. Pero, vayamos a lo que interesa: ¿cree el señor Brisbane que, una vez publicado aquel artículo en la tan leída prensa del domingo, el asunto puede considerarse terminado o que tiene ya el problema una solución? Precisamente en esto radica lo más grave del periodismo cotidiano; cuando se lograr salir indemne de un artículo de fondo, el asunto queda terminado, por lo menos así lo consideran en general la mayor parte de los periodistas y editores de prensa.

Confiamos en que el señor Brisbane no considerara el asunto terminado, sino que insistirá sobre tema de tanta importancia y cooperará en la medida de lo posible a su definitiva solución, lo que con su extraordinario artículo no se ha conseguido. Hasta se le deslizaron errores, que luego de un estudio mas a fondo debería rectificar. "¿Qué hay de los fenicios?", inquiere. El mismo debería haber profundizado sobre este asunto antes de formular la pregunta. Si así lo hubiera hecho, no habría caído en el deplorable error de relacionar a fenicios y judíos. Un judío no haría nunca eso. En cambio, en un comentario periodístico de propaganda judía escrito para lectores no-judíos, esto es tolerado. Los fenicios seguramente jamás pensaron, ni poco ni mucho, que pudieran relacionarse tan íntimamente con los judíos, como nunca tampoco lo creyeron los judíos. Siempre se diferenciaron, entre otras cosas, en la muy fundamental de sus relaciones con el mar. Los fenicios no solamente construyeron barcos, sino que también los manejaron, en tanto que el judío prefirió siempre confiar más sus intereses que su persona a las embarcaciones. En otros aspectos, también fueron esenciales las diferencias entre ambos pueblos, acusándose muy hondas y marcadas. Al respecto debería Brisbane atenerse a la "Enciclopedia Judía". Ojalá vuelva a dedicarse de nuevo a estos estudios, ilustrando a sus lectores de lo que halle en libros judíos no impresos, divulgados únicamente en manuscritos. No se trata de una cuestión quimérica y propicia a numerosas interpretaciones como, por ejemplo, la de la redondez de nuestro planeta. La cuestión judía queda concretada y claramente planteada, y se solucionará.

El señor Brisbane se halla en condiciones de poder estudiar este problema por cuenta propia. Cuenta con gran estado mayor de colaboradores, y es de suponer que entre ellos se encuentren no-judíos de acrisolado carácter. Posee también una organización universal. Cambiados su léxico y sus ideas, lo que acaeció luego de haber ingresado en el mundo del "ganar dinero", llego a poseer también un conocimiento mas profundo de determinados grupos humanos de sus tendencias dominadoras. ¿Por qué no ataca con bríos todas estas cuestiones con carácter de problema mundial, buscando hechos en que apoyarse y tratando de hallar una solución?, tarea digna de un editor periodístico noble. Facilitaría a Norteamérica el poder aportar su parte de cooperación para que esta cuestión deje por fin de ser el fantasma que siempre fue. Todo cuanto se dice en este mundo de "amor al prójimo" y otros tópicos elegantes, pero superficiales, no puede resistir un examen crítico, pues se nos exige con ello que amemos a aquellos que con toda viveza y carencia de escrúpulos dedícanse a usurpar el dominio sobre nosotros. "¿Qué hay de reprochable en el judío?", pregunta Brisbane. Para formular esta primera pregunta es preciso hermanarla con otra: "¿Qué hay de reprochable en el no-judío?".

Tal como otros escritores no-judíos que se prestan a ser benévolos defensores de los judíos, el señor Brisbane tiene que admitir ciertos hechos que forman parte del mismo problema, cuya existencia se pretende negar.

"De cada dos nombres influyentes con que se tropieza en cualquier capital, uno es judío", dice el señor Brisbane, pero en su propia residencia este porcentaje es aun mucho mayor. "Los judíos, a pesar de que constituyen menos del uno por ciento de la población mundial, merced a su espíritu emprendedor, a su viveza y a sus conocimientos, obtiene un 50 por ciento de las utilidades comerciales del mundo entero", dice el señor Brisbane.

¿Significa algo esto para el señor Brisbane? ¿Pensó acaso alguna vez en el fin a que ello nos conducirá? ¿Puede este éxito librarse del reproche de alguna que otra de las cualidades que la humanidad, con derecho, desprecia por deshonestas? ¿Satisfáceles además del modo como este éxito, una vez adquirido, se explica? ¿Se halla en condiciones de demostrar que tal éxito se deba única y exclusivamente a las cualidades laudatorias por él citadas, con exclusión de toda cualidad detestable? ¿Puede aprovechar la lucha competidora del trust ferroviario de Harriman financieramente apoyado por los israelitas? ¿Ha oído decir jamás que el dinero judío se invierte en empresas ferroviarias sin tacha?

Seríanos posible facilitar al señor Brisbane los temas para innumerables artículos de fondo, que tanto para el como para sus lectores serian en extremo instructivos, solo en el caso de que la recopilación del material de hechos se confiara a personas imparciales. Uno de dichos artículos podría titularse: "Los judíos en la Conferencia de la Paz". Sus informadores debería hacer constar cuales fueron las personalidades preponderantes en los diversos puestos, quienes iban y venían con la mayor oficiosidad, a quienes les estaban abiertas siempre todas las puertas de los delegados de los gobiernos y de las Comisiones; que raza ofreció el mayor numero de secretorios privados de los grandes políticos; que raza monto la guardia en mayor numero, guardia con la cual era preciso tropezar para llegar hasta los personajes influyentes; cual fue la raza cuyos miembros trataron con ahínco en convertir la Conferencia de Paz en una serie ininterrumpida de bailes y fiestas copiosos banquetes, o cuales fueron los amigos particulares invitados con mayor frecuencia a comidas intimas alrededor de los miembros de la conferencia.

Si el señor Brisbane, con sus claras facultades de cronista, instruyera a su personal en tal sentido y publicara después todo cuanto sus reporteros le refirieran, escribiría una página de historia contemporánea, que en su notabilísima carrera de editor periodístico significaría un mérito indisentible.

Y hasta podría después publicar un segundo capítulo sobre la Conferencia de Paz con el titulo de "¿Cuál fue el programa triunfante en la Conferencia de Paz?" Tendrían sus agentes que dedicarse a descubrir el objeto y las intenciones con que los hebreos en tan gran número y con tan importantísimas personas arribaron a París, y la forma en que impusieron su programa. Deberían examinar especialmente si una letra sola de su programa se modifico o desecho. Necesitaría inquirir si los judíos, una vez logrado lo que ansiaban, no exigieron aun más, y si lo lograron también, aunque estos significara una escandalosa preferencia ante la comunidad de pueblos. El señor Brisbane se enteraría, probablemente que de todos los programas presentados a la Conferencia, sin exceptuar siquiera aquel en que la humanidad tan ingenuamente creyó, el único que se acepto sin la mínima dificultad fue el judío. De todo esto podría enterarse el señor Brisbane si se dedicara a averiguarlo. La cuestión radicaría solamente en saber que haría el con todo ese material, de tenerlo.

Sea cual fuere la dirección en que el señor Brisbane enfocara sus estudios, siempre y en todas partes ampliaría en forma considerable sus conocimientos acerca de nuestro país y de su coligación con la cuestión judía. ¿Sabe, por ejemplo, a quien pertenece efectivamente Alaska? Tal vez Brisbane, como la mayoría del publico (excepción hecha de algunos iniciados) supone que este territorio pertenece a los Estados Unidos. Nada de eso; Alaska pertenece con sus yacimientos auríferos, al judío, que será muy pronto dueño absoluto de todos los Estados Unidos de Norteamérica.

¿No se da cuenta Brisbane, desde el favorable punto de vista en que le coloca su elevada posición en el periodismo nacional, que en nuestra existencia económica se manifiestan elementos que ni el concepto de "trabajo", ni en el de "capital" están claramente especificados? ¿Sabe algo de una potencia que, sin ser ni capital ni trabajo propiamente dichos, tiene empero, sumo interés, y lo manifiesta eficazmente separando entre si el capital y el trabajo, excitando a este contra aquel, o viceversa? En sus estudios sobre nuestra vida económica y sobre el insoluble enigma que la envuelve, es imposible que el señor Brisbane no haya advertido algo que se manifiesta en secreto y en la tiniebla siempre. Descifrar este enigma es lo que haría honor a una gran empresa periodística.

¿Publicó el señor Brisbane alguna vez los nombres de las personas que dirigen el aprovisionamiento del azúcar en los Estados Unidos? ¿Las conoce? ¿Quiere conocerlas?

¿Esta enterado del negocio del algodón en nuestro país, del traspaso intencionado de propiedad de los terrenos algodoneros, y de las dificultades que adrede se promovieron en la producción de algodón, empezando por las abiertas amenazas de los Bancos, hasta llegar a la deformación de precios de los géneros y confecciones? Y al hurgar en estos asuntos, ¿se fijo alguna vez en los nombres de aquellos que los dirigen? ¿Le agradaría saber como se hacen estas jugadas y quienes las hacen? Podría descubrir y dar a conocer muy fácilmente todo esto al público, si instruyera al respecto a su culto estado mayor de colaboradores, peritos y publicistas. Si se siente lo bastante libre e independiente como para emprender tal tarea, lo sabrá mejor que nadie. Mas, acaso existan motivos de índole privada o de oportunidad para no hacerlo.

Pero existan o no, ignoramos los móviles que le podrían impedir estudiar a fondo este asunto, para formarse un juicio cabal. Esto no implicaría intolerancia. En cambio, tal como están las cosas actualmente, el señor Brisbane no se halla en condiciones de fallar ni a favor ni en contra. Por esta razón su ultima defensa de los judíos no constituye siquiera una defensa, puesto que asemeja mas bien una captación de voluntades.

Su principal alegato se dirige al parecer contra lo que el denomina prejuicio o propensión odiosa de razas. En efecto, si alguien, al entregarse al estudio de un problema económico cualquiera, temiera verse complicado en tan lamentable embrullo intelectual, lo abandonaría. Depende únicamente del método de averiguación, o del investigador el que resulten del estudio prejuicios u odios.

Sumamente mezquino seria, en cambio, para un intelectual pretender utilizar tal evasiva, ya que en beneficio propio ya en el de aquellos que se dejan confiadamente guiar desde hace mucho tiempo por su mérito intelectual.

Precisamente, odio y prejuicios se eliminara cuando se trata científicamente la cuestión judía. Es posible tener un prejuicio contra cosas que no se entienden, o es posible odiar lo que no se comprende. En cambio, el estudio de la cuestión judía, no solo procuraría conocimientos y juicios a los no-judíos, sino también a los judíos que los precisan con tanta urgencia como aquellos. Al conseguirse que el judío vea, comprenda y discuta ciertas cosas, desaparecerán la mayor parte de las asperezas de la cuestión. Despertar a los no judíos en lo concerniente a los detalles de este problema, constituye solo una mínima parte de la labor. Otra parte imprescindible estriba en hacer interesar a los propios judíos en los hechos reales de que se trata. El primer éxito deberá ser el de convertir a los no-judíos de simples defensores – y esto parcialmente en ambos sentidos – en jueces imparciales. La investigación descubriría errores por parte de judíos y de no-judíos; pero trazara el camino, para que la sabiduría y la prudencia puedan alzar la voz, porque, entonces, como en todo problema, necesaria será mucha sabiduría.

Más en este propósito de tolerancia ocultase un peligroso lazo. Existe la tolerancia, en primer término que se tolere la verdad. Actualmente se la falsea para evadir la realidad. La tolerancia no puede prevalecer en tanto no se obtenga una conformidad general con respecto a lo que se desee tolerar. Ignorancia, sujeción mental, acallamiento, no es tolerancia. Al judío jamás se le ha tolerado, propiamente hablando, por la sencilla razón de que nunca se le comprendió. Y el señor Brisbane no nos proporciona mejor conocimiento del pueblo judío, leyendo su ingenuo artículo, arrojando un puñado de nombres judíos en un mar de letras de molde. De él depende el dedicarse a fondo al estudio de este problema, sin que después lo utilice o no en sus publicaciones.

Desde el punto de vista periodístico es imposible informar diariamente a la opinión pública sin tropezar a cada instante con los judíos. La prensa elude el asunto hablando falsamente de rusos, lituanos, alemanes o ingleses. Constituye uno de los aspectos más falsos del problema este sistema de bastardear personas y nombres, que en realidad caractericen, y hechos concretos.

Debería el señor Brisbane estudiar este asunto, dando a la publicidad, de una vez en cuando sus observaciones, pues esta lo pondría en contacto con determinados sectores del judaísmo, que otro publicista, por muy voluntarioso que fuese, no llegaría nunca a conocer. Es indudable que le habrán colmado de elogios por su articulo; pero no cabe duda que habrá prestado mejor servicio informativo sin, por el contrario, hubiera recibido algunos millares de dicterios. Nada de lo que hasta ahora acaeció podría parangonarse con lo que seria el publicar uno solo de los hechos que un imparcial examen le hubiese dado a conocer.

Puesto que el señor Brisbane escribe a favor de los judíos suponemos que siga con interés lo que otros tengan que decir referente al mismo tema. Hallara entre sus lectores, ahora, más correspondencia de judíos, que la que antes recibiera. Mucho de esto se reflejara, probablemente en ulteriores artículos. Tarde o temprano todo investigador serio, todo periodista honesto, tropieza con una u otra huella, que le lleva a recapacitar sobre el poderío mundial judío. Nuestro diario, el Dearborn Independent, no hace sino sistemática y extensamente lo que el resto de la prensa hace en periodos incoherentes.

Sobre la publicidad norteamericana pesa un verdadero miedo a los judíos, un temor que se siente y cuyos motivos deberían atacarse. O mucho nos equivocamos, o también el señor Brisbane experimento ese temor, aunque es posible que no se haya dado cuenta de él. No es, en realidad, el temor de no hacer justicia a la raza judía – tal escrúpulo deberíamos sentirlo todos los que nos consideramos honestos – sino más bien algo que nos impulsa a no escribir sobre los hebreos puras alabanzas. Un leal sentido de independencia debería persuadir a todos los publicistas que el periodismo norteamericano se halla en la necesidad de restringir estas habituales alabanzas y pronunciarse en definitiva a favor de una critica fría e imparcial.

 

VIII

 

¿EXISTE UN PROGRAMA JUDAICO UNIVERSAL DETERMINADO?

 

En las disertaciones todas que exponen los publicistas judíos para explicar el creciente antisemitismo, se encuentran tres razones: prejuicios religiosos, envidia económica y aversión social. No interesa que los judíos lo sepan o no, más todo no-judío sabe muy bien que no existe tal prejuicio religioso. Envidia económica acaso exista en tanto los universales éxitos de los judíos llamen demasiado la atención publica. Determinados publicistas judíos tratan de desviar esta atención exponiendo la tesis de que en la alta finanza no existe una preponderancia judía, mas en este sacrificio por su pueblo, indudablemente se exceden. La finanza del mundo entero obedece completamente a los judíos, cuyas decisiones y planes son para nosotros leyes irrecusables. Mas la preponderancia financiera de un pueblo no seria por si sola, razón suficiente para citarla ante el juicio popular. Si este pueblo es en realidad mas apto e inteligente, mas diligente y tenaz que nosotros, si tiene cualidades de que como miembros de una raza inferior y poro diligente carecemos, esto no constituye un derecho para exigir de aquel que nos rinda estímulos del antisemitismo, pero no es suficiente para explicar la existencia misma de esta cuestión, salvo en el sentido de que las causas secretas de la superioridad financiera de los judíos constituyan parte del todo del problema. Y en lo referente a la aversión social, puede asegurarse que existen en el mundo, sin duda, muchos mas no-judíos antipáticos que judíos simpáticos pueda haber.

No existe un solo publicista judío que mencione los motivos políticos de la cuestión, y si alguno los roza, es solo para limitarlos y localizarlos. No es cuestión aquí del patriotismo local de los judíos, aunque también del mismo se duda con fundamento en muchos países. De este "patriotismo" se habla en Inglaterra, Francia, Alemania, Polonia, Rusia, Rumania, y hasta oímos hablar horrores de él en los mismos Estados Unidos. Se han publicado libros, escrito crónicas profusamente repartidas, se combinaron estadísticas con habilidad suma, para probar que los judíos cumplieron lealmente con sus deberes de ciudadanos en aquellos países en que casualmente vivían. Empero, queda en pie el hecho de que, pese a estos intentos sumamente activos y bien documentados, la opinión se mantiene contraria y sigue siendo más fuerte cada día. Aquellos hebreos que cumplieron en los ejércitos lealmente con sus deberes y evidenciaron su cariño y entusiasmo, no pueden borrar la pésima impresión que como oficiales, soldados y civiles dejaron otros que no los cumplieron.

Pero en realidad no se trata de este aspecto cuando se menciona el elemento político de la cuestión judía. Es fácil comprender que los judíos amen menos a las naciones en que viven que a aquellas que ellos forman. La historia hebrea es la de una peregrinación a través de todas las naciones del globo. Si consideramos únicamente a los hebreos contemporáneos, veremos que no existe raza alguna que habite tantos lugares de nuestro planeta como la suya. Poseen, pues, un sentido mundial mas nítido que ningún otro pueblo, porque el mundo fue su eterno sendero. Es preciso eximir al judío de culpa, al no sentir tanto cariño por la tierra en que vive como los naturales. El hebreo es siempre ciudadano del mundo, bajo cualquier bandera puede portarse correctamente en lo referente a ciudadanía política, pero es inevitable que tenga un concepto distinto del valor nacional de una bandera que el súbdito que no reconoce mas que una bandera única como suya.

Consiste el elemento político de la cuestión judía en el hecho de que los hebreos constituyen una nación dentro de las demás naciones. Especialmente en Norteamérica lo niegan algunos de sus publicistas, pero el espíritu judío desmintió siempre el celo extremado de estos paladines de su causa. No se intuye claramente el por que de la originalidad en negar este hecho con tanta insistencia. Cuando llegue el pueblo de Israel al convencimiento de que su misión universal no puede cumplirse valiéndose del Becerro de Oro, se admitirá probablemente su ciudadanía mundial con respecto a la Humanidad, y también su insuperable solidaridad con respecto a su propia raza, como factor poderoso y meritorio para crear una unidad humana que precisamente ahora, debido a las circunstancias, es del todo imposible. No se reprocha tanto a los judíos el hecho en si, de que formen una nación dentro de otras naciones, sino más bien el abuso que hacen de este inevitable estado de cosas. Pueblos y judíos intentaron repetidas veces llegar a una fusión, pero el Destino parece haberles condenado a perpetua heterogeneidad. Tanto los judíos como los pueblos no-judíos deberían amoldarse a este hecho fatal.

Teodoro Herzl, uno de los más eminentes intelectuales judíos, fue acaso uno de los más modernos en amplitud de miras para una explicación filosófica del carácter judío. Jamás cupo para él la más pequeña duda de que existe una nación judía, y proclamó su existencia por doquier. "Somos un pueblo, una nación", dijo, reconociendo francamente también que lo que él denominó cuestión judía es en efecto un problema político. Dice entre otras cosas en el prefacio de su obra El Estado Judío: "Comprendo muy bien que el antisemitismo representa un movimiento en extremo complicado, que existen en él elementos de agitación populachera, de vulgar envidia mercantil, de prejuicios heredados, de intolerancia religiosa, mas también de defensa propia muy justificada. Opino que la cuestión judía no es ni social ni religiosa, aunque adopte a veces estas formas. Es una cuestión política mundial, que se trate e investigue solidariamente por todas las naciones civilizadas del mundo".

Afirmo Herzl no sólo que forman los judíos una nación, sino que en contestación a una pregunta del comandante Evans Gordon ante la Comisión Imperial Británica de Inmigración extranjera, declaró en agosto de 1902: "Le explicaré mi concepto de la esencia de una nación, y usted podrá agregarle el adjetivo de "judía". A mi juicio una nación representa un núcleo histórico de personas en visible cohesión y unidas por un enemigo común. Eso es, a mi entender una nación. Si agrega usted la palabra "judía", comprenderá lo que yo entiendo por "nación judía". Explicando la forma de manifestarse de esta nación judía con respecto a los otros pueblos Herzl escribió lo siguiente: "Cuando nos hundamos los judíos seremos proletarios revolucionarios, los suboficiales de los partidos revolucionarios. Al elevarnos nosotros, también subirá el inmarcesible poder del dinero".

Este concepto, con seguridad el mas verídico, pues es el que mas profundamente arraiga en el modo de sentir judío, es admitido también por el Señor Eustace Percy, y fue reproducido por la revista canadiense Jewish Chronicle (La Crónica Judía), cuyos párrafos merecen leerse con la debida atención:

"El liberalismo y el nacionalismo abrieron con el sonido de sus trompetas las puertas del ghetto, ofreciendo a los hebreos la igualdad de derechos de ciudadanía. El judío, al ingresar en el mundo occidental, advirtió su poderío y su esplendor, que aprovechó y gozó, puso sus manos en los centros nerviosos de su civilización, le guió, dio dirección y sojuzgó... para declinar después el honor. Por lo demás, y esto es significativo, la Europa nacional y liberal, la del régimen científico de gobierno y de igualdad democrática, es mas tolerante con nosotros que los represores y perseguidores del antiguo despotismo. Empero, ante la consolidación progresiva de las naciones occidentales no será posible contar por más tiempo con una tolerancia sin límites... No quedan al judío en un mundo de Estados territoriales perfectamente organizados, más que dos fórmulas: o derribar los pilares de todos los sistemas nacionales de los Estados o crease su propio Estado nacional. Radica en esta posibilidad de elección la explicación del bolcheviquismo judío y la del sionismo, entre cuyos dos extremos los judíos orientales parecen aun hesitar".

Existe en Europa oriental la sensación de que crecen el bolcheviquismo y el sionismo juntos, del mismo modo que la influencia judía, durante todo el siglo XIX, confundió y entrevero las ideas republicanas y las socialistas, hasta la revolución de los Jóvenes Turcos, y esto no porque le importe al judío la paz positiva de la ideología radical, ni porque le interese participar de un nacionalismo o democracia no judías, sino por su odio innato contra cualquier sistema de gobierno no-judío".

Esto es verdad y así lo reconocerán llanamente pensadores judíos decididos. El judío es contrario a todo orden social no-judío. Siempre que pueda desenvolverse libremente, será republicano frente a la monarquía, y en la República será socialista, y ante el socialismo será comunista.

Causas de este proceder disolvente: En primer término su absoluta falta de sentido socializante, pues es el judío un autócrata encarnizado. Será buena la Democracia para los gregarios de la humanidad, mas el judío seguirá siempre formando cierta aristocracia en uno u otro sentido. Democracia es un tópico que esgrimen agitadores judíos para elevarse ellos mismos a un nivel superior a aquel en que se suponen subyugados. No bien han conseguido este nivel, despliegan de inmediato sus métodos para lograr determinadas preferencias, como si fueran estas de derecho natural, y como demostración de ello quedara la Conferencia de Paz, que constituye uno de los ejemplos más terriblemente característicos. Los judíos forman actualmente la única nación cuyas preferencias extraordinarias y especiales están basadas por el Tratado de Paz Universal. Mas de esto trataremos detenidamente en su oportunidad.

Salvo algunos escasísimos publicistas judíos, que no ejercen ningún dominio en la ideología judía y que son tolerados con el solo objeto de influenciar falsamente sobre la opinión publica no-judía, nadie osará negar que los elementos disolventes social y económicamente, en todo el mundo, no solo son dirigidos, sino también pagados por intereses judíos. Pudo mantenerse este hecho durante largo tiempo oculto, merced a la persistente negativa de los judíos y a la falta absoluta de información veraz por parte de aquellos órganos de publicidad de los que podían y debían esperar los pueblos su ilustración. Hoy, van aclarándose los hechos. Las palabras de Herzl demuestran una profunda verdad: "cuando nos hundamos los judíos, seremos proletarios revolucionarios, los suboficiales de los partidos revolucionarios". Se publicaron estas palabras por vez primera en 1896, es decir, muchos años ha.

Manifestanse ahora estas tendencias en dos sentidos: uno tendiente a destruir todos los Estados no judíos del mundo, y otro que propende a erigir un Estado nacional judío en la Palestina. Este ultimo plan cuenta con la más amplia simpatía del mundo no-judío, pero no con la de la totalidad del pueblo judío, ni siquiera con la de su mayoría. El partido sionista hace mucho ruido en torno suyo, pero en realidad no es sino una insignificante minoría. Apenas si se le puede considerar un movimiento colonizador demasiado ambicioso.

En cambio, sirve de bastidor visible sumamente útil para urgir detrás de él otros planes ocultos. Los judíos internacionales, los verdaderos señores de los poderes políticos y financieros del mundo, pueden reunirse en cualquier parte y en cualquier momento, sea en épocas de guerra o de paz, proclamando simplemente que no pretenden otra cosa que pensar y debatir los medios más convenientes para repatriar a los judíos dispersos a su antigua Palestina, con lo cual desvían con toda facilidad la sospecha de que puedan reunirse con otros y muy distintos fines. Así, los hebreos de las naciones aliadas, tal como de los imperios centrales, celebraron conferencias sin la menor molestia. En una de las conferencias sionistas – la sexta, celebrada en 1903 – predijóse con absoluta certeza la ultima guerra mundial, su desarrollo y su fin, especificándose asimismo claramente el punto de vista judío con respecto a la paz que se pactara.

Significa esto que aun cuando existe un nacionalismo judío, no es su plan definitivo el localizarlo en el Estado territorial de la Palestina. Los propios judíos se niegan en absoluto a emigrar de los territorios de los países no-judíos, se hará por razones fundamentalmente distintas, y no por idealismo sionistas.

El señor Donald A. Cameron, último cónsul general británico en Alejandría, hombre que simpatiza con el sionismo, y muchas veces citado en la prensa judía, dice a este respecto: "Los inmigrantes hebreos en la Palestina se cansarán muy pronto de cobrarse mutuamente solo un 3 % de interés,

por lo que sus hijos partirán pronto hacia Egipto, por mar o por tierra, para percibir el 10 %... El judío en la Palestina sólo, por sí mismo se aniquilaría él y destrozaría su propio Estado". Es indudable que el momento para una inmigración, y menos las causas fundamentales para ella, aun no ha llegado.

El aspecto político de la cuestión judía, que hoy preocupa sin duda a tres grandes naciones (Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos), tiene que habérselas con cuestiones de organización nacional judía. ¿Debe esta esperar hasta conseguir su propio Estado en Palestina? O ¿es que representa ya un Estado organizado? ¿Conoce el pueblo judío de la existencia de tal Estado? ¿Opone frente a los países no-judíos su propia política exterior? ¿Posee una Administración que oriente y guíe esta política exterior? Ese Estado judío, si es que existe, ¿tiene un jefe de Estado visible o invisible? ¿Un Gobierno? Y si algo existen de todo ello, ¿quién lo sabe?

La primera respuesta instintiva de todo no-judío a todas estas preguntas seria un categórico "no". Es de no-judío contestar instintivamente. Puesto que el no-judío jamás fue educado en un clima de misterios, ni en una comunidad invisible, arriba voluntariamente a la conclusión de que ni siquiera puede existir la cuestión judía, aunque para ello no pueda aducir mas razonamiento que el de que tales ocurrencias nunca cruzaron su camino, ni las vio jamás en la realidad.

Las anteriores preguntas, empero, requieren un análisis con razonamientos accesibles a todo entendimiento. De no admitirse una consciente colaboración de los judíos, el poderío que conquistaron y la política seguida por ellos no podrían resultar simplemente de una resolución adoptada, sino producidos por una común predisposición de un carácter que se manifiesta en todos ellos paralelamente. Puede decirse por ejemplo: puesto que su espíritu aventurero indujo al inglés a hacerse a la mar, llego a ser el gran colonizador del mundo, es que se diera cabal cuenta de ello, ni que resolviera hacerse gran colonizador, sino que la innata particularidad de su carácter le indujo a tomar este camino. ¿Es, empero, suficiente explicación para razonar sobre el desarrollo del imperio británico?

Es indudable que su innata predisposición les obliga a hacer allí adonde llegan lo que a nuestros ojos tan particularmente les distingue. Mas, ¿explica esto las estrechas relaciones que unen estos entre si a los judíos de todos los países, su conferencias internacionales, su extraña visión profética, con respecto a sucesos extraordinarios – que con aniquiladora violencia se abaten sobre los demás pueblos – ni el modo tan escrupulosamente preparado, por el que en un momento dado se congregan en París para discutir sobre un programa mundial, a lo cual acceden todas las demás naciones?

Primero, unos pocos, después las cancillerías secretas de los gobiernos, luego los mas ilustrados elementos de los pueblos, y actualmente y poco a poco, también, las masas populares han ido sospechando que los judíos no solo forman una nación muy netamente distinta de todas las demás, cuya nacionalidad raramente les es vedado abandonar, pese a los muchos medios utilizados para ello por propios y extraños, sino que forman también un Estado, con un sentido nacionalista en extremo pronunciado, y que colaboran en intima unión, conscientemente, para su mutua protección y para fines comunes. No debemos olvidar la definición de Teodoro Herzl, según la cual el pueblo hebreo se considera unificado en la idea de un enemigo común, y preguntémonos si no es acaso todo el mundo no-judío, ese enemigo común. ¿Y puede este pueblo, sintiéndose netamente tal, permanecer desorganizado frente a este hecho? Esto concordaría muy mal con la reconocida astucia de la raza. Cuando observamos como los judíos, no solo en los Estados Unidos, sino en todos los demás países, están unidos entre si por las mas diversas organizaciones, que las constituyeron tan habilidosamente que entre judíos y no judíos cunde la confianza mas completa en ellas, no es obvio suponer que lo que haya realizado efectivamente también entre los países todos del mundo entero.

De cualquier modo, en la revista American Hebrew (El Judío Norteamericano), del 25 de junio de 1920, escribe Hermann Bernstein lo siguiente: "Hace aproximadamente un año me presento un alto funcionario del Ministerio de Justicia una copia del manuscrito titulado El peligro Judío, original del profesor ruso Nilus, requiriendo mi opinión acerca de dicho documento. M manifestó que el manuscrito era la traducción inglesa de un libro ruso publicado en 1905, y que más tarde fue prohibido, que probablemente contenía unos "Protocolos" de los "sabios de Sión", y que se suponía fue leído por el doctor Herzl en una reunión secreta del Congreso Sionista de Basilea. Opinaba mi amigo que el autor de la obra era probablemente el doctor Herzl... Varios senadores norteamericanos, que habían leído el manuscrito, denotaron consternación al ver que hacia tantos años ya se hubiera trazado un plan por los judíos, que ahor4a iba a realizarse y que el bolcheviquismo se venia preparando desde hace años por los judíos, en su intento de destrucción mundial".

Citamos esto a fin de demostrar que un alto funcionario del Ministerio de Justicia de los Estados Unidos presentó ese manuscrito al hebreo Bernstein, exponiéndole su propia opinión personal diciendo que "el autor de la obra era probablemente el doctor Herzl", y que varios senadores norteamericanos denotaban consternación al hallar una coincidencia perfecta entre unas proposiciones formuladas en círculos sionistas en 1905, con los sucesos reales del año de 1920.

Debe llamar tanto más la atención el hecho por cuanto participo en el un funcionario de un gobierno, que hoy esta en manos o bajo la influencia de intereses judíos. Es probable que aquel funcionario, al conocerse este detalle, haya sido declarado cesante en sus funciones. Pero idéntica probabilidad tiene el hecho de que las investigaciones conducentes, fuesen cuales fuesen las órdenes impartidas y obedecidas, no hayan arribado a nada práctico.

Cierto es que el gobierno de los Estados Unidos llegó con bastante retraso en este asunto. Le tomaron la delantera cuatro potencias mundiales, y una de ellas hace largos años. Se entrego una copia de los Protocolos al Museo Británico, con sello de recepción de ese Instituto, fechado el 10 de agosto de 1906. Datan probablemente los apuntes del año 1896, en que pronuncio Teodoro Herzl las palabras arriba citadas. El primer congreso sionista reunióse en 1897 en Basilea.

El documento publicóse recientemente en Inglaterra en circunstancias que atrajeron la atención pública, pese al título poco feliz que se le dio. Fué la firma Eyre y Spottiswoode, imprenta oficial del gobierno británico, la editora de la obra, lo cual equivale a que en otro país lo publicara la Casa de la Moneda. Ante el escándalo de la prensa judaica, el Times de Londres declaro, haciendo la critica de la obra, que todos los contraataques de los judíos fueron "insuficientes".

Hizo constar el Times, y otro tanto probablemente ocurrido aquí, que los defensores judíos omitían el textual contenido de los Protocolos, atacando en cambio su clandestinidad, y al enjuiciar el texto lo hacían bajo la siempre repetida formula de que "es obra de un criminal, etcétera".

Estos Protocolos, no firmados por el autor, en su mayor parte en forma de manuscritos, dificultosamente copiados a mano, sin apoyo de autoridad alguna, escrupulosamente estudiados en las cancillerías secretas de los gobiernos, entre cuyos altos funcionarios circulaba de mano en mano, siguen dando señales de vida, aumentando constantemente en importancia y pujante convicción, gracias a la claridad y poderes de persuasión de su contenido. ¡Qué obra más admirable, si es de un criminal o de un loco! La única prueba fehaciente de su legitimidad la lleva en sí misma la obra, y en esta fuerza comprobativa interior, como también dice el Times, debería concentrarse toda la atención publica. Mas aquí es donde justamente se inicia la maniobra desviatoria de los judíos.

Nos obligan irresistiblemente estos Protocolos a repetir las preguntas: ¿Poseen los judíos un sistema organizado de dominio mundial? ¿Cuál es su política? ¿Cómo se la pone en práctica? Estas preguntas hallan respuesta en los Protocolos. Sea quien fuese el autor, hay que dejar constancia de que poseía profundos conocimientos de psicología humana, de Historia y de alta política, que extrañan, pero que también infunden pavor contra quienes van dirigidos. Ni un demente, ni un criminal internacional podría ser nunca el autor de esta obra, sino que con mayor probabilidad debe serlo un individuo de clara inteligencia y dominado por un fanático amor hacia su pueblo y hacia su fue, si es que realmente fue solo uno el autor de estas múltiples sentencias. Refleja esta obra una realidad por demás terrible para poder ser una ficción fantástica; sus ideas están basadas demasiado en realidades para poder ser elucubraciones, y su conocimiento es harto profundo para que pueda emanar de un engaño.

Se fundan los ataques hebreos contra la obra, especialmente en el hecho de que provenga el libro de Rusia. Esto no es verdad. Llegó hasta nosotros pasando por Rusia. Los Protocolos estaban incluidos de un libro editado en 1905 por el profesor ruso Nilus, el cual trató de ampliar los Protocolos a raíz de los acontecimientos que en aquel entonces tuvieron por teatro a Rusia. Esta forma de publicación y sus comentarios otorgaron al libro el carácter de ruso, que hábilmente aprovecharon los portavoces hebreos en Inglaterra y Estados Unidos, desde la vieja propaganda judía en países anglosajones había, desde largo tiempo, logrado inculcar a nuestros pueblos una idea muy particular con respecto a todo lo referente a Rusia y su pueblo. Uno de los burdos engaños con que se falseo la opinión pública mundial es lo que dijeron y escribieron los agentes judíos sobre el carácter del legítimo pueblo ruso. La suposición de que los Protocolos sean de origen ruso no tiene otro objetivo que el de tornarlos inverosímiles.

La estructura interna de los Protocolos demuestra nítidamente que estos no fueron escritos por un autor ruso ni siquiera que se redactaron en idioma ruso, ni bajo la influencia de acontecimientos rusos, y si únicamente hallaron primero su camino en Rusia, donde por primera vez se publicaron. Fueron estos conocidos en forma de manuscritos por los diplomáticos de todo el mundo. Allí donde el poder judío fue lo suficientemente fuerte, los suprimió hasta por los más violentos medios.

Empero, su dilatada experiencia invita a reflexionar. La explican los portavoces judíos diciendo que los Protocolos excitan al antisemitismo, y que con tal fin se les conserva. Pero resulta ahora que en Estados Unidos no existía un antisemitismo tan vasto, ni tan profundo, que se hubiese podido ampliar y ahondar con los Protocolos. La divulgación de esta en Norteamérica, solo puede explicarse por el hecho de que vienen a arrojar viva luz sobre los acontecimientos ya observados, concediéndoles mayor importancia, acontecimientos que son a su vez tan importantes y característicos que vuelven a proporcionar una importancia mayor a estos documentos indocumentados de por si. Las mentiras burdas no suelen tener larga vida. Los Protocolos penetraron ahora en lugares muchos mas elevados que nunca, y por fin obligaron a precisar puntos de vista frente a ellos.

Estos Protocolos no serian más valiosos ni más interesantes, porque llevasen el nombre de Herzl como autor. Su anónima clandestinidad no menoscaba su valor en la misma proporción que la omisión de una rubrica podría desvalorar una obra artística de reconocido mérito. Es preferible que la fuente de que los Protocolos brotaron quede ignorada. Aun cuando se supiese exactamente que alrededor del año 1896, en Francia o en Suiza, un núcleo de judíos internacionales reunido en conferencia hubiese trazado un programa de dominio mundial, fácil seria demostrar que dicho programa no fue sino un simple capricho, salvo que hubiera sido cimentado y apoyado por considerables esfuerzos para su realización. De que los Protocolos constituyen un programa, lo dicen los propios Protocolos. Pero ¿qué seria al fin de cuantas más valioso para su manifestación exterior: una, seis, veinte firmas rubricadas, o durante 27 años una ininterrumpida cadena de insólitos esfuerzos para realizar aquel programa?

De interés primordial para nosotros, no se trata de si un "criminal o loco" redactó aquel programa, sino de que este, una vez redactado, hallara los medios conducentes para realizarse, por lo menos

en sus puntos esenciales. El documento, en si, es relativamente de pequeña importancia; en cambio, la situación total, y las circunstancias sobre las cuales llama el documento la atención mundial, son en conjunto y en sus consecuencias, de la mas grande importancia para el mundo civilizado.

"Constituímos una nación, un pueblo... Cuando nos hundamos los judíos, seremos proletarios revolucionarios, seremos suboficiales de los partidos revolucionarios. Al elevarnos nosotros, también subirá el inmarcesible poder del dinero judío..."

 

Teodoro Herzl: "Un Estado judío"

 

IX

 

FUNDAMENTOS HISTORICOS DE LA ASPIRACION JUDIA POR LA HEGEMONIA

UNIVERSAL

Al comenzarse la publicación de estos artículos, quedo roto el encanto que hasta ese momento rodeara en este país la cuestión judía y la del plan de lucha por la hegemonía mundial. Ahora es posible pronunciar la palabra "judío" en discusiones serias, sin temor o recelo de ninguna índole. Esto parecía ser un privilegio exclusivo de los publicistas judíos, que, claro esta, utilizaban la palabra únicamente en el sentido de propaganda filosemita perfectamente estudiada. Se podrá, sin cuidado, eliminar determinados párrafos de las obras de Shakespeare en las escuelas públicas, por desagradar a los judíos. Pueden asimismo exigir que se retire de la Biblioteca de Boston un magnifico cuadro de Sargent, porque representa una sinagoga en ruinas. Mas cuando del lado no-judío se advierte la más mínima insinuación de que el no-judío ha notado la existencia del israelita, levantase inmediata y estrepitosamente el reproche del prejuicio.

Fue un efecto para ello prohibir una libre discusión, que halla raro paralelo en la historia de nuestro país. Se prohibió en un banquete, la palabra "judío" cuando se relacionaba con las costumbres comerciales de ciertos banqueros judíos. Otro comensal hebreo preguntó luego si al orador le parecía muy "norteamericano" estigmatizar de tal modo a otra raza. El aludido repuso secamente: "Si, señor", conquistándose el aplauso unánime de la concurrencia. En aquel Estado de la Unión, la libertad de los comerciantes había sido vanamente coartada por aquella ley no escrita, según la cual los judíos jamás deben señalarse como tales.

Hace un año, nadie hubiese podido predecir que un gran diario, como lo es el Chicago Tribune, consideraría buena política publicar en primera pagina y en primera columna, un articulo de fondo, refrendado por la firma editorial, que tratara del plan judío por la hegemonía mundial, y en cuyo titulo apareciera en grandes caracteres la palabra "judío", que sin eufemismos se repetía en el resto del texto. Por lo general se procede como cierto diario del Este norteamericano al tratar de este mismo asunto, que siempre, cuando aparecía el concepto "judío internacional", lo modificaba consecuentemente en "financista".

Chicago Tribune publicó, pues, en fecha 19 de junio de 1920, en primera página y en primera columna, una crónica cablegráfica de su corresponsal especial John Clayton, bajo el titulo de "Trotzky lleva a los radicales judíos al poder mundial. El bolcheviquismo es solo un medio para sus fines", cuyo primer párrafo decía: "En el transcurso de los dos últimos años los oficiales del servicio de informaciones y los miembros de los diversos servicios secretos de los Aliados, recopilaron datos sobre un movimiento revolucionario mundial, ajeno al bolcheviquismo. Al principio las informaciones confundieron estas dos ideas, pero últimamente se fueron desenredando los múltiples hilos del misterio".

Como dijimos en otro lugar, también pertenece a estas organizaciones nuestro servicio de informaciones, aun cuando es de suponer que merced a las influencias judías sobre nuestro gobierno no se estudiaban estos asuntos con igual celo y persistencia como se haría en otros casos. Sabemos de cualquier modo, y de origen judío, por no citar otros, que nuestro Ministerio de Justicia interesóse profundamente durante cierto tiempo por estos asuntos y que hasta llego a iniciar investigaciones.

Lo notable del informe anterior es que varios altos funcionarios de la Entente mostraron sumo interés en el asunto durante dos años, y este sistema no deben olvidarlo los que siempre dicen que toda la cuestión se debe a intrigas alemanas. Al primer síntoma de cuestión judía en Norteamérica, se contestó al punto por los judíos, que afirmaron se trataba de un articulo de importación alemana, y que la ola antisemita que inundara entonces Alemania para evitar a la nación las excesivas influencias revolucionarias judías no era artimaña germana para culpar a los hebreos de su derrota en la guerra. Justamente los rabinos norteamericanos predican ahora que toda guerra fue siempre seguida de violentos "ataques" contra los judíos. Lo cierto e innegable es que cada nueva contienda va abriendo los ojos de los pueblos sobre la paz y la guerra, y debemos suponer que este hecho merece una explicación un poco mas seria que la del simple prejuicio. Por otra parte, según lo demuestra aquel artículo del Tribune, apoyado por todas las observaciones imparciales, ahora no presenta siquiera con caracteres graves, sino que, precisamente "los servicios secretos de los Aliados" fueron los más activos que se mostraron en la emergencia.

Distingue el segundo párrafo del artículo entre el bolcheviquismo y la aspiración hebrea por la hegemonía mundial, expresando que "el bolcheviquismo aspira a la subversión de la sociedad actual y a la confraternidad internacional de los obreros como dueña del mundo. Anhela el segundo movimiento de una hegemonía mundial de una sola raza. De acuerdo con lo que pudieron averiguar los agentes de los gobiernos británico, francés y norteamericano; los cabecillas de este movimientos son judíos radicales".

Constan también en la crónica los hechos siguientes: "Existe en las filas del comunismo un grupo des este segundo partido, mas sin conformarse. El comunismo es para sus portavoces solamente una cuestión secundaria”. (Trae esto a la memoria las palabras de lord Eustace Perey, reproducidas en la revista canadiense Jewish Chronicle: "No porque le interese al judío la faz positiva de la ideología radical, ni porque le importe participar de un nacionalismo o democracia no-judías; sino por su odio innato contra cualquier sistema de gobierno no-judío"). "Se hallan dispuestos a aprovechar para sus fines la relación islamita, el odio de los imperios centrales contra Gran Bretaña, las intenciones del Japón en la India y las competencias comerciales entre Norteamérica y Gran Bretaña".

"Como debe serlo todo movimiento revolucionario, también este es genuinamente antianglosajón". "Esta en cada país casi terminada la organización de la revolución mundial radical-judía". "Las tendencias de este partido judío-radical no ponen de relieve ningún fondo altruista, sino que ansían exclusivamente el libertinaje de su propia raza".

Es innegable que estos hechos son un tanto intranquilizadores. De haberse publicado en cualquier folleto anónimo, el lector medianamente serio los despreciaría por absurdos: ¡tan ingenuo es el ciudadano común frente a las ocultas influencias que actúan sobre su existencia y que van formando su destino! Más publicados en un gran diario acreditado, habrán de ser apreciados desde distintos puntos de vista. Tampoco conformóse el Tribune con aquel único artículo, sino que con fecha 21 de junio de 1920 apareció otro editorial titulado "Cataclismo mundial". De inmediato saltaba a la vista que este segundo artículo tenia por objeto evitar posibles equívocos surgidos del primero; se decía en el que "la participación judía en este momento ansiaba una hegemonía mundial de razas". Añadía a continuación que en tanto los judíos de otros países por razones naturales tal vez coadyuvaban a este cataclismo mundial, "los de Inglaterra y Norteamérica eran sanos legitimistas y representantes conservadores de las tradiciones nacionales". Perfectamente, si fuese cierto. Mas esta afirmación podría apenas hacerse para diez de cada mil judíos particularmente hablando. Es innegable que no puede ser aplicada esta afirmación a todos aquellos elementos internacionales que mueven los hilos invisibles de los gobiernos todos, y que durante estos últimos seis trágicos años se ocuparon de los asuntos mundiales en una forma tan inequívoca, que de una vez por todas tiene que aclararse. Fatalmente, todos los judíos ingleses y yanquis habrán de aguantar una época de intranquilidades que el mundo gustosamente les ahorraría, pero que parece inevitable, en tanto no se haya dicho la verdad desnuda y, sobre todo, en tanto la gran masa de los hebreos no se haya separada radicalmente de aquellos elementos que gozan hasta ahora de su mas intima veneración.

Vale la pena que se estudie el efecto que causo la publicación de la pretendida hegemonía mundial judía, tanto sobre judíos como sobre no-judíos. Los publicistas hebreos comenzaron por negar en absoluto este intento: todo era falso, todo embustes, todo inventado por los enemigos de los judíos para provocar odios y matanzas. Mas a medida que se van acumulando pruebas, se modifica el noto de su criterio. Bien... Admitiendo que algo de eso sea cierto, "¿podría extrañar que los pobres judíos oprimidos, llevados por sus sufrimientos casi a la demencia, soñaran en derrotar a sus enemigos, ocupando los cargos gubernamentales?"

En presencia de este hecho diría tal vez el no-judío: "Perfectamente, mas se trata aquí de judíos rusos, que a nosotros nada nos importan. Los judíos norteamericanos son intachables, y jamás conspiraran de esta manera". Pero si penetrara el no-judío un poco mas en el fondo de las cosas, tendría que admitir la existencia de cierto movimiento revolucionario mundial, que conmueve ya a nuestro país, y cuyos espíritus dirigentes son judíos revolucionarios. Arribando a este punto, o bien se mostrara la tendencia de admitir la teoría de que todo este movimiento, de acuerdo con su origen, agitación, forma de propaganda tendencia es realmente judío, o deberá admitirse la teoría de que se trata, en efecto, de un movimiento mundial, pero que este es judío únicamente por casualidad. Tanto en judíos como en no-judíos, la impresión final será, empero, de que existe algo que corresponde a las primitivas afirmaciones. Así dice, por ejemplo, Christian Science Monitor, cuya importancia como revista nadie pondrá en duda, dedicando un articulo de fondo a la cuestión: "Seria, sin embargo, un error fatal suponer que el peligro judío no existe, con tal de que se le diera otro nombre y otra atmósfera. También y según uno de los mas elogiados libros del Antiguo Testamento, podría llamársele "el horror de la noche", porque a sabiendas o inconscientemente, el profesor Nilus quiere decir lo mismo que comprende el salmista bajo la potencia de lo espiritualmente malo. En otros termino: para todo el que comprende el signo de los tiempos, es un hecho innegable la existencia de una organización secreta e internacionalmente política que trabaja incesantemente mediante su central psicología, en tanto la Humanidad, que debería hallarse despierta, esta en un sopor profundo". Recomienda el Monitor que se eviten los prejuicios, pero que no se desprecien las leyes de la lógica. Esto está perfectamente hecho y corresponde al deseo de cualquier persona ecuánime que se haya propuesto estudiar este grave asunto. Pero nace con mucha frecuencia la dificultad de un desprecio de los hechos, que no desean razonar lógicamente. Puede afirmarse con certeza que en la mayoría de los casos existen prejuicios en contra y pese a los hechos, pero que no son motivados por estos. Es preciso evitar ante todo dos prejuicios, cuando quiere uno dedicarse a estos estudios. Consiste el primero en creer que el programa para la hegemonía mundial judía, si existe, es de origen reciente. Al mencionarse tal programa, suelen suponer los no-judíos que este se publicó la semana última, o el año anterior, o por lo menos en nuestra edad moderna. No es necesario que sea precisamente así, y aun menos tratándose de asuntos judíos. Es evidente que si tal programa hubiera de confeccionarse en la actualidad, debería tener, por fuerza, un carácter completamente distinto del que lleva el que a la vista tenemos. Existe un programa moderno, pero no puede compararse ni en volumen ni en profundidad con el ya existente desde hace mucho tiempo. Las constituciones completas de gobiernos invisibles no son el resultado de reuniones secretas, sino que representan la acumulación del trabajo espiritual y la quintaesencia de experiencias modernas seculares. Por otra parte, por muy propensa que sea una generación moderna a despreciar tales planes, representa solamente una poderosa razón el hecho de que estos existen ya desde hace siglos en forma de viejo y secreto ideal de raza, para una respetuosa tolerancia y hasta para su realización por otra parte de la actual generación. Ninguna idea arraiga mas profundamente en la raza judía que la que ellos forman una nación privilegiada, y de que su porvenir será mas prospero de lo que ha sido su pasado. Una parte considerable de la humanidad cristiana acepta esta tesis y hasta puede ser cierta, pero, en un Universo moral, no puede manifestarse con métodos como los que fueron empleados y se siguen empleando.

Mas al citar la antigüedad de la idea del Pueblo privilegiado, solo se desea facilitar el razonamiento de que no seria obvio que entre los numerosos programas que se han ido formando en torno de esta idea para su realización práctica, también existiera uno en cuya preparación hayan colaborado las más claras inteligencias de Israel con lo mejor de su intelecto y corazón, a fin de asegurar se éxito. Que tal plan exista lo creyeron muchos sabios que penetraron profundamente en las relaciones secretas del mundo, y el que dicho plan haya sido ensayado con diversas sayas, por decirlo así, en mas de un escenario nacional, antes de su definitiva función en el teatro mundial, es convicción y creencia de personas cuya inteligencia no puede discutirse tampoco.

Tal vez fuese posible que tuviéramos aquí que ocuparnos de un asunto del que los judíos actuales y hasta los más importantes internacionalistas no son responsables originalmente. Acaso formen parte de su vieja herencia mosaica. Si se tratara de una creación moderna, cabe la suposición de que desaparecería con la misma rapidez con que apareció.

Otro prejuicio que se debe evitar es creer que cada judío con quien se tropiece conoce la existencia de este programa. La idea básica del triunfo final de Israel es familiar a cada hebreo que no haya perdido el contacto con su pueblo, mas en detalle ignora los planes trazados para la realización de este triunfo. El hebreo corriente no entra en las combinaciones del núcleo secreto, salvo en casos muy excepcionales. Se comprenderá en cambio que la realización del triunfo final no contaría a judío alguno y si efectivamente los medios utilizados fueran un tanto violentos, no vería cada judío en ello sino una recompensa muy pequeña por los sufrimientos que, en opinión de todos los hebreos, ha hecho padecer en largos siglos a los hijos de David en mundo no-judío.

Eliminados estos dos prejuicios, se llega a la inevitable conclusión de que si existe en la actualidad tal programa judío para conseguir la hegemonía mundial, este por fuerza debe existir a sabiendas y con la activa ayuda de determinado numero de individuos, y que estos deben tener una dirección oficial. Arribando a esta conclusión, los investigadores quedaran, sin duda, sin poder seguir adelante. La idea de un soberano judío resulta demasiado ridícula para la mente de quien no esta en constante contacto con la cuestión primordial Y, sin embargo, no existe raza alguna que soporte más voluntariosa la autocracia que la judía, ninguna que ansíe y respete el poderío mas que ella. Únicamente su compresión del valor del poderío explica el extraño desarrollo de todas sus manifestaciones. Es el judío cazador de fortunas, por la simple razón de que hasta hoy el dinero es lo único que conoce, porque le ofrece medios para forjarse cierto poderío. Los judíos que lograron determinada preponderancia por medios distintos, son relativamente pocos. No es esto una tesis antisemita; un célebre médico judío inglés expresa lo mismo diciendo: "Los restantes medios para lograr prerrogativas sociales les están prohibidas. Y cuando sabe que la fortuna le asegura títulos, estima e influencias ¿se le puede reprochar su deseo de amasar riquezas para adquirir con ellas una posición social y hasta la sociedad entera, que se inclina tan inicuamente ante el Becerro de Oro?

No se opone el judío a los reyes propiamente dichos, sino a aquellas formas de Estado que rechazan un rey judío. El autócrata futuro será un monarca judío sentado en el trono de David; coinciden en este detalle todas las antiguas profecías y los documentos del plan de hegemonía mundial.

Ahora bien: ¿existe en el mundo, actualmente, este rey? Y si así no fuera, ¿existen, por lo menos, personas susceptibles de elegirlo? Desde los tiempos anteriores a la Era cristiana no existe oficialmente un rey de los judíos, mas desde el siglo XI consideráronse los "príncipes del destierro" como soberanos de los judíos dispersos entre los pueblos del mundo. Se llamaron, y así se llaman hoy, los "exilarcas". Estaban en su séquito los sabios de Israel, que integraban la Corte y dieron las leyes a su pueblo. Vivían, según las necesidades de la época y las circunstancias, en naciones cristianas o musulmanas. Si finalizo este cargo con el postrer exilarca públicamente conocido, o si solamente desapareció de la superficie histórica, si abandonóse del todo, o si sigue existiendo bajo otra forma, todo ello son interrogantes abiertos. Es conocido el hecho de que existen magistrados de una justicia universal judía. La existencia de organizaciones mundiales, es decir, organizaciones dentro de la comunidad en extremo firme del pueblo judío, es tan conocido como el hecho de que existe total uniformidad en el mundo entero para determinadas manifestaciones de su carácter general. Nada hay en la posición o en la ideología del judío moderno que oponerse pudiera a la suposición de la existencia de un exilarca judío en la actualidad, sino que, por el contrario, semejante idea debe ser para ellos un valioso consuelo.

Dice al respecto la "Enciclopedia Judía": "Lo extraño es que los exilarcas se mencionan aun en las Ordenanzas del Sábado del ritual asquenasio (oriental)... Los obreros del ritual sefardita (occidental) no mantuvieron esta institución caduca, como no aparece tampoco en la mayoría de las sinagogas reformadas del siglo XIX".

¿Existe actualmente un Sanedrín judío, o sea una corporación gubernativa o consultiva integrada por judíos, que ejerce la suprema inspección sobre los miembros de su pueblo disperso en el mundo entero? El antiguo Sanedrín hebreo, fue una institución en extremo interesante. Su origen y constitución se ignora. Componíase de 71 miembros, incluido el presidente, y desempeñaba las funciones de un senado político. No es posible encontrar fuente alguna, de la que tomara el Sanedrín su autoridad gubernativa. Nunca fue una corporación elegida, ni democrática, ni ostento la representación de nadie. Rechazaba toda responsabilidad frente a su pueblo. Fue genuinamente judío en todos estos detalles. El Sanedrín era designado por el soberano o el sacerdote, no para representar los intereses del pueblo, sino para ayudar al soberano en sus tareas administrativas. Se reunía por orden especial, o en permanencia designando continuamente a sus miembros. Parece haber sido su constitución igual al conocido sistema por el cual una aristocracia, con menoscabo del desarrollo político del pueblo suele mantenerse en el poder. Dice al respecto la "Enciclopedia Judía": "El Sanedrín, absolutamente aristocrático en su carácter, tomó probablemente su autoridad de si mismo, integrándose con los miembros de las familias mas influyentes de la aristocracia y del clero".

Fue secundada esta corporación por otra parecida, que administraba los intereses religiosos populares. Se reclutan sus miembros al parecer, entre clases más relacionadas con la masa del pueblo,

Ejercía el Sanedrín su poder gubernativo no solo sobre los hebreos residentes en la Palestina, sino también sobre los dispersos por toda la Tierra. En su calidad de Senado con poderes inmediatamente políticos, ceso con el derrumbamiento del Estado judío en el año 70 de la Era cristiana, mas no faltan indicios de su subsistencia como corporación consultiva, hasta el siglo IV de nuestra era.

En el año 1806, y para responder a ciertas preguntas relacionadas con el judaísmo, reuníase por orden de Napoleón una asamblea de notables judíos franceses. Esta, a su vez, convoco el Sanedrín, para conseguir el beneplácito de la comunidad hebrea del mundo entero a las respuestas dadas a Napoleón. Reunióse este Sanedrín el 9 de febrero de 1807 en París, y siguió las antiguas normas, estando integrado por judíos residentes en toda Europa, para conceder la máxima autoridad y el peso del judaísmo mundial a los convenios que concertarse pudieren con Napoleón.

Luego de publicadas sus decisiones el Sanedrín de 1807 declaro que se identificaba totalmente con el Sanedrín antiguo y que era "una asamblea legal revestida del necesario poder para decretar ordenanzas que favorecieran el bienestar del pueblo de Israel".

Radica la importancia de estos hechos en que todo cuanto hagan los jefes actuales del judaísmo para mantener la política y la constitución de Israel, no significa nada nuevo ni puntos de vistas contemporáneos, como tampoco puede ser prueba de un programa moderno. En vista de la estrecha mancomunidad del pueblo hebreo, seria perfectamente natural que el antiguo Sanedrín existiera aun. Parece haber reunido este antiguo Sanedrín una jerarquía suprema, integrada por diez miembros que se distinguían especialmente en dignidad ante los demás miembros, y seria perfectamente natural que se agruparan hoy los jefes del judaísmo en juntas separadas, según los países de residencia y los objetivos especiales de cada grupo.

Se reúnen todos los años los judíos más influyentes de todos los países en asamblea universal; acusan las convocatorias un poder autoritario propio, sin miramientos de ninguna índole. Jueces de las mas altas categorías en los Tribunales Supremos de diversos países, financistas internacionales, oradores hebreos del "liberalismo", que son escuchados y apreciados también por elementos no-judíos, estrategas políticos pertenecientes a todos los partidos del mundo entero, reúnense donde se les ocurre, y de los temas de sus debates solo publican aquello que consideran conveniente. No es de suponer que todos cuantos participan de estas asambleas sean también miembros del más secreto núcleo central. La lista de dichos delegados suele contener docenas de nombres que nadie desearía mezclar con los lord Reading (Isaacs), o del juez Brandeis. Cuando se reúne el moderno Sanedrín (y lo más natural del mundo seria que lo hiciera), es dentro del más serio circulo de personas que también gozan de la aprobación de la aristocracia financiera, intelectual y potencial judías.

Existe el mecanismo de un súpergobierno mundial judío, listo para ser puesto en marcha. Todo hebreo esta persuadido de que posee la mejor religión, la mejor moral, las mejores costumbres sociales, el mejor método de educación y el mejor ideal de gobierno. No necesita salirse del circulo de lo que considera lo mejor, cuando desea hacer algo para favorecer el bienestar, o realizar algún programa relativo al resto de la humanidad.

De este viejo mecanismo, del que el judío se sirve en todas sus manifestaciones, solo se dejan ver algunas piezas. Existen reuniones parciales de las principales cabezas en el terrero de la finanza, de la política o del intelecto. A estas reuniones se les concede a veces publicidad. Otras se efectúan en cualquier capital del mundo y sin exteriorizar su objeto; arriban a determinada población, discuten y se van.

Resta aun por averiguar la existencia de un soberano universalmente reconocido. Más de ningún modo es posible dudar de la existencia de una política que podría denominarse "de asuntos exteriores", vale decir, de ciertos puntos de vista de un plan activo relacionado con la humanidad no-judía. El hebreo se siente siempre como viviendo dentro de un mundo de enemigos, mas se considera también al mismo tiempo, miembro de un pueblo, de un único pueblo. Debe, por ende, frente al resto del mundo, ejercer una política exterior. Necesariamente tiene que ocuparse de los asuntos universales, que, por otra parte, no puede hacer sino reflexionando sobre el ulterior desarrollo de los mismos, reflexión de su parte que por fuerza tiene que inducirle a intentar influenciarlo en su favor.

El invisible gobierno judío, su posición frente al resto de la humanidad no-judía, y su política a seguir en el porvenir, no son, por tanto, tan absurdos como pudiera parecer en principio. Al contrario, dada la tan extraordinaria posición del judaísmo, todo resulta perfectamente natural. No se su posición mundial realmente a propósito para que dormiten confiadamente, sino que hasta los obliga a crear organizaciones protectoras contra eventuales posibilidades, y un plan que fuerce tales posibilidades en un sentido favorable a su raza. Que se suponga la existencia de un Sanedrín, es decir, de una corporación mundial que comprenda a los hebreos más influyentes de todas las naciones, la del exilarca, o sea el jefe reconocido del Sanedrín como precursor misterioso del futuro autócrata mundial y hasta que se crea en un programa mundial (como lleva sistemáticamente todo gobierno su política exterior), nada tiene de irracional ni de inverosímil. Esas instituciones son resultado lógico del conjunto de hechos. Mas es asimismo natural que no todos los judíos, individualmente las conozcan. El Sanedrín siempre fue una aristocracia, y los púlpitos que no saben nada de todo esto, acaso digan la verdad. En lo que el judío internacional puede apoyarse firmemente, es en la probabilidad de que cada ser judío posee las necesarias cualidades para guiar a su raza por caminos de influencia y poderío. Por poco que conozca la masa a los jefes judíos en sus pormenores y su plan mundial, lo cierto es que contempla con gran estima y con confianza absoluta a aquellas personas que, de existir, deben realizar prácticamente tal plan.

Dice al respecto la tesis 24 del programa de los "Sabios de Sión": Tratare ahora de la forma y manera, como las raíces de la casa de David deben penetrar hasta las más profundas capas de la tierra. Esta dinastía, hasta la fecha, confirió a nuestros sabios, educadores y guías de todo saber humano, el poder destinado a dominar los asuntos del mundo entero".

Y esto admitido como cierto, significaría (tal como sigue diciendo el programa), que si el soberano mundial no existe todavía, la dinastía, sin embargo, o sea la estirpe de David, señala a los Sabios de Sión la tarea de preparar su advenimiento. Dícese además de estos sabios, que no solo preparan la senda a los futuros conductores del destino de Israel, sino que forjan o influencian el pensamiento humano para que sea favorable a sus planes. Aunque el programa en si permanezca oculto, su ejecución o los efectos de su ejecución no podrán quedarlo. Por esta razón seguramente será factible recoger en el mundo exterior aquellos hilos, que retrospectivamente seguidos hasta sus puntos de origen, descubrirían un plan, cuyo contenido con relación al resto de la humanidad, bueno o malo, merece ser conocido lo mas ampliamente posible.

X

 

INTRODUCCION A LOS "PROTOCOLOS JUDIOS" O "DE LOS SABIOS DE SION"

 

Todo aquel que se preocupa por la teoría de la hegemonía mundial israelita, sabe que la manifestación actual de dicha hegemonía en el mundo práctico se compendia en 24 tesis, conocidas bajo el título de los Protocolos de los Sabios de Sión, que llamaron mucho la atención en Europa, siendo hasta hace poco la causa de un vivo movimiento en la opinión publica británica, en tanto que en Estados Unidos solo se debatieron muy limitadamente. Son los documentos por los cuales hace un año el Ministerio de Justicia ordenó hacer investigaciones y que fueron publicados en Gran Bretaña por la casa editora oficial Eyre & Spottiswoode.

No se sabe quien fue el primero en dar a estos documentos el título de los "Sabios de Sión". Sin mutilaciones de importancia, podría eliminarse de ellos todo vestigio que delate su origen hebreo, conservando empero, los principales puntos de un programa para el sojuzgamiento del mundo, de tan amplísimo alcance como el orbe no viera hasta ahora. Y, no obstante semejante eliminación de toda advertencia de origen hebreo introduciría a los Protocolos una serie de contradicciones, que en su forma actual no existen. El objetivo ultimo descubierto en los Protocolos consiste en zapar todo orden humano, toda Constitución de Estados para entronizar un nuevo poderío mundial en forma de despotismo ilimitado. Tal plan es improbable que saliera de una clase reinante, investida ya de plena autoridad y en el poder, sino más bien de anarquistas. Más éstos no desean la monarquía como forma de gobierno de un Estado por ellos ansiado. Es posible imaginar más bien a los autores de la obra como una organización de revolucionarios parecida a la de aquellos francéses que reconocían al famoso duque de Orleáns por jefe. Estos revolucionarios desaparecieron, mas el programa recopilado en los Protocolos se realiza constantemente, no solamente en Francia, sino también en toda Europa, y muy particularmente en Estados Unidos de América.

En la forma actual de la obra, que seguramente es la original, no se descubre contradicción alguna. La advertencia de su fuente judía, parece ser esencial para la unidad de toda la obra. Si estos Protocolos fueran realmente una patraña, como lo quieren hacer creer sus impugnadores judíos, no cabe duda de que los falsarios hubiesen tratado de acentuar el origen judío tan forzosamente, que al propio tiempo su hubiese descubierto la intención antisemita. Pero debe hacerse constar que la palabra "judío" sólo aparece dos veces en toda la obra. Sólo luego de haber penetrado mucho mas profundamente en la materia de lo que la superficialidad del lector común suele hacer ante semejantes lecturas, se comprende el plan para la entronización de un soberano mundial, y solo entonces se va también comprendiendo de qué estirpe ha de ser este.

En cambio, la obra en su totalidad no deja la mínima duda con respecto al pueblo, contra el cual va dirigido el diabólico plan. No niega el concepto de aristocracia, ni el de capital, ni tampoco el de gobierno en su esencia, sino que hay muy detalladas disposiciones previstas para utilizar la aristocracia, el capital, ni tampoco el de gobierno en su esencia, sino que hay muy detalladas disposiciones previstas para utilizar la aristocracia, el capital y la autoridad gubernativa en la definitiva realización. El plan todo va dirigido contra el pueblo del mundo, llamado generalmente "infiel". Esta repetida denominación de los "infieles" elimina cualquier duda con respecto al objeto de los documentos. La mayor parte de las corruptoras disposiciones "liberales" tienden a conquistar a las masas populares como tropa auxiliar, y esto en forma de que estas, al tiempo de ser sistemáticamente degeneradas y ofuscadas, se troquen en ciegos instrumentos de sus seductores. Los movimientos de la plebe de carácter "liberal", deben ser apoyados; todas las teorías disolventes en materia de religión, economía, política y vida hogareña han de difundirse y cultivarse para socavar las comunidades humanas de modo tal, que al realizarse después el plan definitivo, los pueblos ni siquiera lo adviertan, y estén ya completamente sojuzgados, al hacerse patente lo falso de todas estas teorías.

La frase más común en los documentos no es la de afirmar: "nosotros los hebreos haremos esto o lo de mas allá", sino que se dice: "Los infieles llegaran a pensar o hacer esto o aquello". Salvo en muy contados casos en las últimas tesis, el único concepto distintivo de razas es la palabra "infieles". Dice, por ejemplo, en este sentido la primera tesis. "Las cualidades valiosas del pueblo, o sean: honorabilidad y lealtad, constituyen también vicios en política porque con mayor seguridad y certeza que el enemigo, llevan a la ruina. Estas cualidades son características en la política de los infieles. Nosotros no debemos guiarnos por ellas"; "sobre las ruinas de la hereditaria nobleza de los infieles, erigimos la aristocracia de nuestras clases intelectuales, en especial la aristocracia del dinero. Hemos basado los fundamentos de esta nueva aristocracia sobre los de la riqueza que dominamos, y sobre las ciencias guiadas por nuestros sabios". Dicen también: "Obtendremos mediante la violencia aumentos de salarios y jornales, que no serán de provecho alguno para los obreros, pues provocaremos al mismo tiempo un mayor aumento de precios en todo lo necesario a la vida, afirmando, empero, que esto es la consecuencia de una crisis de la agricultura y la ganadería. Zaparemos también, artificial y hondamente las raíces de la producción industrial, inculcando al obrero ideas ácratas y seduciéndole mediante el abuso del alcohol. Simultáneamente adoptaremos medidas para desterrar a los infieles". (Un falsario con tendencias antisemitas hubiese podido, tal vez, escribir estas cosas en estos últimos cinco años. Mas las palabras citadas fueron impresas hace ya 17 años, tal como lo demuestra la copia que se halla desde el año 1906 en el Museo Británico de Londres, habiendo circulado estos Protocolos en Rusia desde largos años antes).

Después el texto citado sigue diciendo: "Para que no sea comprendida prematuramente por los infieles, la situación real y verdadera, la ocultaremos bajo el manto de aparentes esfuerzos en favor de las clases trabajadoras, propagando vastas ideas sociales, cuyas teorías discutiránse apasionadamente".

Demuestran estos párrafos el estilo de los Protocolos en lo que se refiere a los partidos políticos. "Nosotros" quiere decir siempre los autores, en tanto que "los infieles" son aquellos sobre quienes se escribe. Observase esto con suma claridad en la tesis 14, donde se dice: "En esta disparidad del modo de sentir y de juzgar entre los infieles y nosotros, queda nítidamente visible el sello de nuestra elección como pueblo privilegiado, como a seres humanos más perfectos ante los infieles, que solo tienen un espíritu instintivo, animal. Ellos observan, mas carecen de reflexión; si algo inventan, son siempre objetos materiales. Surge de todo ello inequívocamente, que la Naturaleza nos destino a dominar y conducir al mundo". Esto fue desde los más remotos tiempos y para definir claramente los dos grandes sectores que forman la humanidad, afirmaremos que todo no-judío debe ser considerado infiel.

La utilización del concepto "judío" en los Protocolos puede caracterizarse citando párrafos del capitulo 8, que dicen: "Mientras no podamos, sin peligro, encomendar los puestos gubernativos de mayor responsabilidad a nuestros hermanos judíos, los confiaremos a individuos cuyo pasado y cuyo carácter sean de índole tal, que entre ellos y su pueblo medie un abismo".

La costumbre de hacer avanzar "frentes de infieles" para ocultar las señales del predominio hebreo, se estila en la actualidad ampliamente en el mundo de las finanzas. Los serios adelantos que se lograron desde la fecha en que se escribieron aquellas palabras, nos lo demuestra un incidente ocurrido durante la convención de San Francisco, donde el apellido hebreo Brandeis fue citado para la candidatura a la Presidencia. Existen razones para suponer que la opinión pública se vaya habituando cada vez mas a ver desempeñados los mas altos puestos administrativos por judíos. En realidad, seria este un paso muy pequeño desde donde ahora ejercen su influencia. No hay, en efecto, departamento oficial alguno de la Presidencia en el que los hebreos no cooperen y decidan en secreto. El desempeño oficial del cargo de Presidente no se les hace necesario para acrecentar su poderío, sino a lo sumo para favorecer determinados objetivos, que corren paralelos con los planes esbozados en los mencionados Protocolos.

Otro punto, que choca al atento lector de la obra, es que dichos documentos carecen por completo de todo indicio de exhortación. No sirven a ningún objetivo de propaganda, ni se esfuerzan en absoluto incitando el amor propio o la energía de aquellos para quienes fueron redactados. Son áridos y fríos como un expediente judicial, y tan sobrios como un formulario estadístico. No existe retórica alguna, no frases hechas como la de "¡hermanos, ¡levantémonos!", ni clamoreo histérico como el de "¡abajo los infieles!". Si fueron los Protocolos redactados por judíos, y a judíos confiados o si contienen principios del plan mundial judío, también es cierto que de ningún modo fueron destinados para demagogos, sino para iniciados, cuidadosamente preparados, de las más elevadas categorías.

Inquirieron ciertos defensores de los judíos: "¿Es imaginable que si tal plan mundial existiera lo publicaran?". Según todo lo hace suponer, los Protocolos fueron dados a conocer solo verbalmente por sus autores. En su forma actual son apuntes que uno de los concurrentes hiciera de un discurso pronunciado, unos detallados y otros muy breves. Desde que los Protocolos fueron conocidos, se ha afirmado siempre que representan reseñas que fueron entregadas a interesados hebreos, residentes probablemente en suiza o Francia. El intento de presentarlos como de origen ruso puede negarse en absoluto, no únicamente por su ideología, sino también por coincidencias cronológicas y por detalles gramaticales.

El contexto todo apoya la suposición de que originariamente fueron impartidas unas lecciones a estudiantes, exponiéndolo, a salta a la vista su primordial objetivo, no de hacerse aceptar como plan, sino más bien el de desarrollar explicaciones acerca de un plan que ya esta en vías de realización. El texto carece de toda exhortación para armar esfuerzos o para emitir juicios; dice claramente, por el contrario que no se desean discusiones ni juicios. ("En tanto predicamos

libertades a los infieles, mantendráse a nuestro pueblo y a nuestros delegados en absoluta obediencia". "El proyecto de ley administrativa deber emanar de un cerebro único... por ello, si bien tenemos que enterarnos del plan de acción, es nuestro deber no discutirlo, a fin de no destruir su carácter unitario... La obra inspirada por nuestro jefe no debe, entonces ser presentada a la masa, que la aniquilaría, ni siquiera a un ilimitado numero").

Si se observaran los Protocolos en su contenido manifiesto, se hace evidente que el plan esbozado en estos apuntes en la época en que se les dio lectura, no constituyo nada nuevo, pues nada apoya el supuesto de su origen moderno. Es su tono casi el de un legado religioso que se hubiera transmitido por personas dignas de confianza, y de generación en generación. No se descubre en ellos ningún síntoma de una ideología moderna, ni entusiasmo juvenil, sino la apacible seguridad de hechos maduros y contrastados por el tiempo, y una política aprobada en prolongadas épocas de experiencia practica. Por otra parte, se hace en dos oportunidades referencia a su gran antigüedad de origen, expresándose en el primer Protocolo: "Ya en épocas lejanas fuimos los primeros en arrojar a las masas la falsa simiente de "libertad, igualdad y fraternidad". Se repitieron estas palabras, desde entonces, infinidad de veces por los loros electoreros; de todos los lados se agruparon en torno de este cebo, aniquilando así el bienestar de la humanidad y la verdadera libertad individual. Los infieles que se conceptúan inteligentes y racionales, no intuían el doble sentido de esas palabras, no advertían la mutua contradicción que envuelven, ni notaron que en la Naturaleza no existe igualdad..."

La segunda referencia a la edad original de los Protocolos, se halla en la sección 13, donde se expresa: "Las tareas políticas no incumben a aquellos que desde hace largos siglos prefijaron y condujeron nuestra política". ¿No seria posible que se refiriera esto a un Sanedrín judío secreto, que dentro de determinada jerarquía se herede de generación en generación?

Es preciso recopilar: los referidos autores y jefes no pueden ser de una casta hoy reinante, porque el contenido total de los Protocolos se muestra directamente hostil a los intereses de semejantes castas. En modo alguno puede referirse a ningún grupo nacional-aristocrático, verbigracia el de los "junkers" (agrarios feudales) germanos, porque el método propiciado privaría completamente a tal grupo de toda su preponderancia, sino que estos Protocolos pueden solo concernir a un pueblo que no posee un gobierno propiamente dicho, que lo puede ganar todo, pero sin exponerse a perder nada, y que puede mantenerse firme aun dentro de un mundo en ruinas. No responde a estas premisas sino raza única.

Compréndese, además, por el tono de los Protocolos, que el orador o redactor no ansiaba honores personales, destacándose el documento por su carencia absoluta de toda ambición individual. Todos los planes, objetivos y esperanzas, son enfocados hacia idéntica meta: el porvenir de Israel.

Parece que este porvenir solo puede realizarse mediante la destrucción científica de determinadas ideas primordiales de los no-judíos. Tratan los Protocolos de lo que a este respecto esta hecho, de lo que queda aun por realizar. Jamás se llego a conocer nada igual en cuanto a prolijidad de detalles, a amplísima proyección; ni a honda comprensión de las intimas fuentes de todo proceder humano. Son verdaderamente terribles en su comprensión de los secretos de la vida, y aparte de terribles, temibles por la nítida conciencia de su superioridad. Efectivamente, los Protocolos merecerían el juicio que ciertos publicistas hebreos quisieron adjudicarles recientemente, de que son obra de un inspirado demente, a no ser que lo que se halla esbozado en sus distintas tesis no llevara también perceptiblemente el sello de grandes anhelos y hechos de nuestra vida actual.

Es justa la crítica que provocan estos Protocolos en el no-judío. No es posible contradecir ningún criterio sobre la mentalidad y volubilidad no-judías. Aun los más ilustres pensadores no-judíos no se dejaron engañar, considerando causas del progreso lo que hasta medianías intelectuales conceptuaron los medios más perversos de una propaganda engañosa.

Cierto es que de vez en cuando, alguno que otro pensador alzo la voz aseverando que tal ciencia no es realmente ciencia alguna; que las denominadas leyes económicas, lo mismo las de los conservadores que las de los radicales, nada tienen que ver con las leyes humanas, sino que constituyen artificiales sutilezas. Algún meticuloso observador ha notado también a veces que el actual exceso de diversiones e incontinencias no corresponde en realidad a las necesidades interiores de los pueblos sino que fueron sistemáticamente inducidos a ellas desde el exterior. Comprendieron también algunos que más de la mitad de lo que se suele llamar la "opinión publica" es en realidad asentimiento pagado y pura ficción, que nada tiene que ver con la espiritualidad publica del pueblo. Si de esta manera y solo raras veces se había desenredado alguno que otro hilo (las masas no se enteraron jamás), siempre falto, sin embargo, la tenacidad en la averiguación y la necesaria cooperación de los investigadores para poder seguir estos hilos hasta su verdadero origen. La principal explicación de la impresión que causaron los Protocolos en el transcurso de los primeros decenios sobre numerosos estadistas gobernantes, es que por ellos se intuye de donde emana toda la mixtificación, y a que carro están ellos mismos uncidos. Conceden estos Protocolos un hilo conductor a través del laberinto contemporáneo, y ahora es ya de que los lleguen a conocer los pueblos.

Nada importa que se conceda a dichos Protocolos fuerza probativa, en lo referente a la cuestión judía o no. Lo evidente es que son un insuperable libro de texto para aprender la forma y modo como se manejan las masas populares, cual un rebaño de ovejas, merced a influencias que ellas no conciben. Puede sostenerse casi con absoluta certeza que una vez que sean conocidas las ideas fundamentales de los Protocolos entre las clases populares, y entendidas por los pueblos, la critica que hasta hoy se ejerce en la mentalidad no-judía, perderá su valor.

En capítulos ulteriores examinaremos, mas detenidamente los citados documentos, contestándose los interrogantes que a base de su texto pudieran plantearse. Pero se impone antes una pregunta: ¿será posible que sea llevado hasta su total realización el programa contenido en los Protocolos?

Este programa se está ya realizando con pleno éxito. Muchos de sus capítulos principales se consolidaron en hechos reales. Empero, no es preciso que esto cause horror o espanto, pues nuestra más certera arma contra este demoníaco plan, tanto en sus partes ya realizadas como en las teóricas todavía, consiste en la más absoluta y amplia publicidad. Debe concederse a los pueblos el derecho de conocerlos. Se basa el método recomendado en los Protocolos en excitar a los pueblos, en alarmarlos, en despertar sus pasiones. El espíritu opuesto a los mismos desea ilustrar a los pueblos, la ilustración aleja los prejuicios. El lograr esto responde tanto al interés judío, como al no-judío. Los escritores hebreos se imaginan con frecuencia que los prejuicios existen solo de una parte. Deberían propagarse ampliamente los Protocolos entre el propio pueblo judío, evitando así incidentes susceptibles de desacreditar su mismo nombre.

"Concluyendo este programa de nuestra Acción presente y futura daré lectura a los principios de nuestras teorías". - Tesis 16.

"En todo cuanto hasta ahora dije, me esforcé en indicar a conciencia el secreto de acontecimientos pretéritos y futuros, como asimismo los importantes acontecimientos del cercano porvenir al que nos vamos aproximando dentro de una marejada de grandes crisis, anticipando principios ocultos de nuestras futuras relaciones con los infieles, y los de nuestras operaciones financieras". - Tesis 22

 

XI

 

APRECIACION JUDIA SOBRE LA NATURALEZA HUMANA DEL NO-JUDIO

Los Protocolos, que a sí mismos se denominan esbozo del plan mundial judío, comportan cuatro partes principales. Se distinguen estas menos por la subdivisión exterior de los documentos, que por su estructura de la ideología. Todavía existe una quinta parte, cuyo tema todo lo encierra; este tema esta incluido en todas las tesis y solo de una vez en cuando se le da forma especial. Las cuatro principales partes representan gruesos troncos, de los que van brotando otras muchas ramas.

Analizase en ellos en primer término la apreciación judía de la naturaleza humana, entendiéndose esta como la esencia pura de todo este humano. Un plan como el incluido en estos Protocolos jamás habría podido concebirse por una mentalidad que no se hubiese desde un principio basado en la verosimilitud de su posible realización sobre un claro juicio de la vileza y ruindad de la naturaleza humana, tal como el carácter no judío se define en todas estas tesis.

En segundo término se detalla aquello que verificóse para la realización del plan.

Aparece en el tercer grupo de ideas una instrucción completa de los métodos a utilizar para cumplir el programa, y más adelante, aunque en otra parte no se les nombrara en especial, estos métodos descubrirían ya de por sí todo el bajo desprecio hacia la naturaleza humana, en que se basa el plan.

Enumeran en cuarto término los Protocolos, uno por uno, los éxitos principales ya logrados en la fecha de la redacción de los documentos. Otros propósitos, que entonces solo eran un anhelo, se realizaron entretanto, pues no debe olvidarse que entre 1905 y nuestros días transcurrió suficiente tiempo para mover múltiples influencias y lograr muchos objetivos. Tal como lo demuestra el segundo párrafo del lema que encabeza el presente capitulo, supo perfectamente el autor de los documentos que ocurrirían acontecimientos dentro de una marejada de grandes crisis; conocimiento este que se comprueba en otras fuentes hebreas al margen de los Protocolos.

En el supuesto de que nuestra obra se desarrollara a la manera de una investigación procesal de la cuestión hebrea, el presente capitulo debe tratar de captarse la voluntad del lector enumerando primeramente una serie de hechos que apoyen por sí mismos nuestras afirmaciones. Empero, si empezamos con la observación de los juicios hebreos acerca de la naturaleza humana, se hace así en favor del interés del lector, particularmente del no-judío, que instintivamente se opone a que exista tal apreciación. Conocemos de otras variadas fuentes el juicio que el judío se forma acerca de la naturaleza humana, juicio que coincide perfectamente con el emitido en estos Protocolos, en tanto que fue siempre autosugestión de los no-judíos suponer que la vida humana se basa únicamente en la dignidad y en la nobleza. Observando la cuestión desde cualquier punto de vista, no cabe duda apenas de que la apreciación judía es la más justa. Y que el profundo desprecio que se desprende de los Protocolos judíos, si bien es en extremo amargo para el orgullo y la vanidad humanas, no resulta empero equivocado.

Rebuscando aquellos párrafos en los que esta apreciación se refleja, se halla una motivación filosófica completa casi del raciocinio y de las cualidades humanas. Dice la primera tesis, por ejemplo: "Es preciso saber que existen muchas mas personas con instintos malos, que buenos. Por lo tanto, los mejores resultados para dominarlas no se obtienen por argumentaciones académicas, sino mediante el terror y la violencia".

"Cada cual ansia el poder, cada cual desearía, de ser ello posible, declararse dictador, y muy pocos son los que solo para conseguir sus propósitos no sacrificarían sin titubear los bienes de los demás. El hombre en su masa, vale decir, las masas populares, dejase guiar por pasiones harto frívolas; por opiniones, costumbres, tradiciones e instintivos impulsos, y se inclina a disidencias de partido, detalle este que es la absoluta negación de todo sentido social, aun cuando se basen aquellas en fundamentos completamente racionales. Depende toda decisión de las masas de una mayoría casuística o dirigida, que debido a su ignorancia de las energías más profundas, y ocultas de la vida política no la conducen sino a determinaciones estúpidas, y que tienen a su vez por resultado la anarquía y el caos. Cuando se desee proyectar un plan de acción racional, es preciso tener en cuenta la vileza, versatilidad y volubilidad de las masas... Es necesario tener presente que la fuerza de las masas es ciega, irracional y perversa, mas siempre dispuesta a escuchar a derechas o a izquierdas... Se nos facilito nuestro triunfo porque en nuestras relaciones con las para nosotros indispensables masas, rozamos siempre las cuerdas mas sensibles del alma humana, es decir, hicimos vibrar el egoísmo, la codicia y las pasiones insaciables siempre de los hombres. Cada una de estas debilidades humanas en si basta para paralizar cualquier móvil de nobleza, y para poner la voluntad del pueblo a la disposición de aquellos que sepan mejor captar sus energías".

Se formula en la quinta tesis en la siguiente forma una observación exacta de la naturaleza humana: "En todas las épocas, lo mismo los pueblos que los individuos, tomaron siempre palabras por hechos, sintiéndose satisfechos con lo que se les prometiera sin preocuparse de que ulteriormente las promesas se cumplieran. Por lo tanto, nosotros iremos organizando instituciones ficticias, que evidencien aparatosamente su "amor al progreso". Dícese en la tesis 11: "De nada se ocuparan cuando les prometamos devolverles todas las libertades perdidas, una vez que este derrotados los enemigos de la paz y todos los partidos hayan hecho las paces. ¿Será preciso advertir la eternidad que aguardaran? ¿A que ideamos todo este programa, inculcando sus ideas en los cerebros de los infieles - sin permitirles la posibilidad de observar el reverso, - sino con el objeto de lograr por calculo y azar lo que a nuestra dispersa raza seriale imposible alcanzar en línea recta?".

Debe observarse también mas adelante la muy sutil apreciación que se hace de los miembros de las sociedades secretas. Servirá el juicio sobre ellos emitido en los Protocolos para evidenciar lo fácil que es utilizar dichas sociedades secretas para los fines hebreos. "Por lo general son los ambiciosos, los que desean hacer carrera, en una palabra, los seres sin carácter, que ingresan con mayor facilidad en las sociedades secretas, y nos resultara fácil guiar por su conducto el mecanismo de nuestra proyectada maquinaria gubernativa". (Los restantes juicios acerca de este asunto los omitimos, porque se ocupan de una sociedad secreta en extremo importante, cuya enunciación en el presente contexto podría inducir a errores, y que reservamos para su detallada observación en otro capitulo). No obstante, para los miembros de estas sociedades será de especial interés ver como les juzgan los Protocolos judíos, para que puedan confrontar estas afirmaciones con los hechos reales de su vida de afiliados. "Esos infieles (expresan los Protocolos) ingresan en las logias por curiosidad, o con la esperanza de mediar así socialmente... Nosotros les procuraremos ese éxito aprovechando en esa forma su presunción, bajo los efectos de la sugestión, ni con cuanta facilidad se les desanima por la mínima contrariedad, faltando, por ejemplo, el acostumbrado aplauso, ni hasta que extremo de bajeza se degradan para volverlo a obtener. Son tan dados los infieles a sacrificar sus ideales por éxitos exteriores, como lo son nuestros hombres a despreciar tales éxitos, solo al objeto de realizar nuestros planes. Nos facilitan estos conocimientos psicológicos la tarea de dominar a los infieles".

Estos son unos pocos párrafos en los que se permite conocer la apreciación del carácter humano o sea del no-judío, mas aunque no se hubiese pronunciado tan directamente, podría fácilmente deducirse de varios ejemplos contenidos en el programa, con cuya ayuda se pretende quebrar la unidad y energía de los no-judíos.

Se trata de un procedimiento de descomposición. Divídase a un pueblo en partidos políticos, o confesiones, o sectas religiosas, bajo los más seductores y fantásticos ideales, y se lograran dos objetos. Se encontrara siempre un grupo de personas que acepta una idea lanzada al azar, y los distintos grupos se hostigaran. No una sola, sino muchas ideas son las que es preciso lanzar, entre las que no debe existir punto alguno de concordancia. No consiste el objeto en que concentren los hombres su espíritu sobre una cosa, sino en que se ocupen de los mas variados asuntos, y desde los más diversos puntos de vista, en forma tal que no pueda haber paz ni concordia entre ellos. Es resultado de tal sistema el que se originen una general discordia y agitadas perturbaciones, que, después de todo, es el efecto deseado.

Cuando se haya quebrado así la solidaridad de la sociedad no-judía (esta denominación es perfectamente admisible, puesto que la sociedad humana es en su mayoría no-judía), puede avanzarse la firme cuña de otra idea, no alcanzable por la perturbación general, hasta la sede del poder. Es sabido que un disciplinado grupo de veinte policías o soldados se impone fácilmente a una muchedumbre desordenada de miles de personas. Del mismo modo la minoría indicada en este plan puede fácilmente dominar a cualquier nación, a un mundo entero descompuesto en mil partículas contrarias, siendo mucho más fuerte esta minoría que cualquiera de aquellas partes. "Divide et impera" constituye el lema de estos Protocolos.

En extremo fácil resulta la descomposición de la sociedad humana sobre la base de la apreciación del ser humano, documentada en esta obra, siendo su característica tomar palabras por hechos. Nadie puede dudar de ello si se observa la larga serie espiritual de sueños, ideas y teorías que conmovieron siempre a la humanidad. Tanto mayor será la aceptación de una teoría, y tantos mas sus partidarios cuanto mas fantástica y llamativa la misma sea. Realmente, como expresan los Protocolos, los hombres no se preocupan por el origen, ni por las consecuencias de las teorías que aceptan. El espíritu inclinase siempre a considerar la apariencia de cualquier teoría nueva por su esencia. Por esto apareció siempre como un nuevo descubrimiento la experiencia basada sobre el experimento y practico frente a una teoría.

Lanzóse una teoría tras otra sobre las masas, y finalmente, se reconoció cada una de ellas como prácticamente imposible, desechándoselas. Mas el efecto fue siempre el deseado por el programa, resultando que merced al abandono de una teoría quedaba la sociedad mas quebrantada que antes, mas desamparada frente a sus enemigos, y más desconfiada en cuanto a sus verdaderos prohombres. Con infalible seguridad, toda comunidad es víctima de quien le promete la felicidad que ansia, pero al derrumbarse el castillo de naipes queda más debilitada que nunca. No existe, pues, una verdadera opinión publica. Por doquier hay desconfianza y disensiones. Mas se observara en medio de todo este embrollo, aunque poco visible, un determinado grupo que no cae en tales disidencias, sino que, muy al contrario y justamente al amparo de todo aquel embrollo, logra todo lo que anhela. Deducirase de los protocolos, que la mayor parte de las teorías disolventes en boga son de origen judío, y que el solo grupo humano inquebrantado y que sabe adonde va, prosiguiendo su marcha, sin importarle un ápice la suerte de la humanidad, es el grupo judío.

La más desastrosa teoría es aquella que pone en íntimo contacto y armonía las ideas modernas con las catástrofes que de ellas emanan, diciendo que "todo son señales del progreso", pues si realmente lo son, será de un progreso que lleva al abismo. No es posible señalar un progreso efectivo en el hecho de que nosotros, allí donde nuestros antepasados utilizaban molinos de viento o hidráulicos, empleemos motores eléctricos. La señal de un verdadero progreso seria la respuesta a estas preguntas: ¿que influencia ejercen sobre nosotros esas ruedas? ¿Fue mejor o peor que la actual, la sociedad de la época de los molinos de viento? ¿Ha sido mas uniforme en costumbres y moral? ¿Poseía mas estima ante la ley y forjaba caracteres mas elevados?

La moderna teoría fermentativa, de acuerdo con la cual de todas estas intranquilidades, modificaciones y transmutaciones de valores se ha de desarrollar una humanidad más perfecta, no puede apoyarse en hecho visible alguno. El objeto manifiesto de dicha teoría es el de querer dar a algo indudablemente malo el carácter bueno. Emanan de la misma fuente las teorías que originan la descomposición. Toda nuestra ciencia nacional-económica, tanto la conservadora como la radical, ya sobre base capitalista o anárquica, es de origen judío. También encuentra esta afirmación de los Protocolos su comprobación en la práctica de los hechos.

Y se consigue todo esto por medio de palabras, no de hechos. Los mercachifles de la charlatanería mundial, aquellos que en su proceder frente al mundo, y fuera de la comunidad de su pueblo, hace pasar palabras por hechos, son innegablemente ese grupo de judíos, los judíos internacionales, de los que este libro trata, cuya sabiduría del mundo y cuyos métodos están recopilados en los Protocolos de los "Sabios de Sión".

Los párrafos siguientes servirán de ejemplo. Expresase en la primera tesis: "Libertad política es una idea, no un hecho. Es necesario saber emplear esta idea cuando se precisa un cebo eficaz para iniciar la ayuda de la gente para su propio partido, al iniciar este la tarea de desalojar del poder a otro partido. Se facilitara grandemente esta tarea cuando el adversario lleva el contagio del morbo de la "libertad", o sea del denominado liberalismo, en holocausto de cuyas ideas entrega voluntariamente algo de su poder".

Dice la quinta tesis: "Para dominar la opinión publica, es menester, ante todo, marearla con la discusión de muchas ideas contrapuestas y discutidas en los mas divergentes puntos de vista para que se pierdan los infieles en el laberinto arribando finalmente a la conclusión de que lo mejor será no tener opinión política alguna, pues la comprensión de asuntos políticos no es dada a las masas, sino con exclusividad al soberano que las gobierna. Este es el primer secreto. Consiste el segundo en aumentar y redoblar los desengaños de los hombres en sus costumbres y modo de vivir, hasta el extremo de que ya nadie halle firme apoyo en el caos, y de que las gentes pierdan toda facilidad de enterarse mutuamente. Nos servirá esta previdencia para crear disensiones en todos los partidos, disolver toda unidad de energías que se nos puedan oponer, y paralizar toda iniciativa personal, que de cualquier manera podría ponerse en nuestro camino".

Expresa otro párrafo del Protocolo número 13: "... y buscamos el aplauso, no tanto para nuestras acciones como para las palabras que formulemos en uno u otro debate. Declaramos siempre en público que en todas nuestras disposiciones nos guían únicamente la esperanza y la certeza de que servimos con ellas al bien publico. Para lograr en particular que personas especialmente activas se ocupen de asunto políticos, plantearemos nuevos problemas que, al parecer, se relacionan con el bien público, por ejemplo, problemas económicos. Con estos ¡que se mareen cuanto quieran! Les sugerimos bajo esta condición, la idea de que estos nuevos problemas también tienen importancia política". (Desearíamos que el lector, al recorrer estos detalles, haga recorrer también su memoria hacia hechos pasados y presentes, para ver si halla algo correspondiente en su propio desarrollo intelectual o real...) A fin de impedir que prosigan los infieles una idea lógicamente hasta su fin, desviaremos su atención sobre diversiones, juegos, deportes, lujos y casas públicas. Estos placeres hará que desistan de ocuparse de cuestiones serias, por las que, en caso contrario, tendríamos que luchar con ellos. Mientras los hombres se vayan desacostumbrando de pensar por cuenta propia, se entregaran cada vez más a nosotros, porque seremos nosotros los únicos que les ofreceremos siempre ideas nuevas. Claro es que será necesario obrar siempre por intermedio de personas cuyas relaciones con nosotros no se sospechen. Se pronuncia en este mismo Protocolo con la claridad necesaria al objeto a que sirve la divulgación de teorías "liberales", cuyos portavoces son las autores, poetas, rabinos y las sociedades e influencias hebreas, diciéndose: "El papel que desempeñan las ilusos liberales terminara muy pronto, cuando nuestro verdadero gobierno se haya encargado del poder. Hasta ese momento nos prestarán valiosos servicios. Por tal razón seguiremos también en lo futuro dirigiendo la ideología de los infieles sobre todo los líos de nuevas teorías fantásticas y, al parecer progresistas. Lo necesario es que lograremos en grado sumo, atrofiar los cerebros de los infieles con la palabra progreso..."

Lo real es, entonces, que tenemos ante nosotros un programa completo en plena realización y que dicho programa se basa en enervar, complicar y rebajar el estado de ánimo de la humanidad. Esto, para un ser libre de preocupaciones, seria casi imposible de admitir, si no nos demostrara la experiencia que ante nuestros propios ojos se van desplegando para su cumplimiento fuertes energías, cuyos poseedores gozan entre nosotros de gran estima, y que pueden, muy fácilmente, ser reconocidos.

Hace poco una importante revista intento comprobar la imposibilidad de la existencia de un programa mundial entre el judaísmo internacional, con el argumento de que militan prohombres hebreos en todos los partidos de la vida publica. Hebreos aparecen a la cabeza del movimiento capitalista, y hebreos al frente del anticapitalismo obrero, y hebreos en las cúspides de organizaciones, para las que aquellos partidos carecen aun de la necesaria violencia. Al frente de la justicia inglesa, tanto como en la de la Rusia soviética, hay hebreos. ¿Cómo afirmar su mutua unidad de conceptos, representando ideas tan contradictorias?

Se deja constancia de esta unidad general y de la mancomunidad de la intención en la totalidad del plan en la tesis 9, donde se expresa: "Hombres de todas las tendencias y opiniones están a nuestro servicio, tanto partidarios de la idea monárquica como demócratas, socialistas, comunistas, sindicalistas y otros. Somos nosotros los que les colocamos en su puesto. Socava cada uno de ellos a su manera hasta el último resto de autoridad, tratando de modificar todo orden existente. Todos los gobiernos fueron debilitados por tales luchas. Más nosotros no les dejaremos en paz ni sosiego hasta que hayan plenamente reconocido nuestro súpergobierno.

El efecto de estas "ideas" esta ilustrado en el décimo Protocolo, donde se dice: "Desde que inculcamos el veneno del liberalismo en las organizaciones gubernativas, modificóse fundamentalmente su cariz".

Consiste la idea fundamental de los Protocolos frente al mundo en la posibilidad de poder utilizar una idea como eficacísimo veneno. Los autores de dichos Protocolos no creen en nada; ni en el liberalismo, ni en la democracia, sino que fraguan métodos de como se debe propagar constantemente tal idea, para con su ayuda anular la sociedad humana, dividirla en partidos antagónicos y destruir la potencialidad de ideas fundamentales mancomunadas en un montón de contradictorias opiniones. Para ello el veneno de una "idea" es el arma predilecta.

Alcanza hasta a la familia y su educación el plan de utilizar ideas en esta forma destructora, y se afirma: "Por medio de principios y teorías educativas, que en nuestra propia opinión resultan evidentemente falsas, pero que, no obstante, hemos lanzado, equivocamos, atolondramos y perturbamos la juventud de los infieles". (Tesis 9). Y expresase con respecto a la vida familiar: "Cuando hayamos inculcado a cada individuo el orgullo de su propia importancia, destruiremos entre los infieles la santa influencia de la vida hogareña y su importancia educativa". (Tesis 10).

Y se dice en un párrafo, cuya lectura podría suministrar mucho material de reflexión al lector estudioso: "Hasta tanto madure el tiempo, dejadles que se diviertan... Desempeñen entonces entre ellos su importante papel todas esas teorías malsanas, que nosotros les indujimos a tomar por científicas. A tal fin nos esforzaremos mediante nuestra prensa en despertar en ellos una ciega fe en estas teorías... Recordad los éxitos que nosotros hemos hecho alcanzar a las teorías del darwinismo, del marxismo y de la filosofía de Nietzsche. Ha de constarnos con claridad absoluta su desmoralizador efecto sobre el espíritu de los infieles". (Tesis 2)

Se deduce de cada línea de los Protocolos, el hecho de que al leerse estos documentos, la descomposición de la sociedad no-judía estaba haciendo evidentes progresos. Es preciso recordar que los Protocolos no pretendían aplauso ni ayuda a un plan propuesto a discusión, sino que fríamente anotan y hacen constar los progresos logrados a raíz de un programa que se estuvo ya realizando "siglos ha" y "desde hace largo tiempo". Contienen así una larga serie de éxitos ya conseguidos, como también muchas otras perspectivas sobre éxitos a alcanzar. La destrucción de la sociedad humana, mas o menos el año 1896 o cuando se hayan leído estos documentos, estuvo verdaderamente en un estado de satisfactoria realización.

Es preciso tener presente que en modo alguno presentase como objetivo primordial el de aniquilar a los no-judíos, sino solo el de sojuzgarles, primero al invisible súpergobierno citado en los Protocolos, y después a la suprema voluntad de aquel a quien designarían como presidente mundial o autócrata universal los poderes invisibles. Para ello es necesario dominar a los no-judíos, primero espiritualmente y luego económicamente. En parte alguna indica que la humanidad no-judía seria despojada de la vida por aquellos que se denominan judíos, sino solamente de su independencia.

El punto hasta el cual había progresado ya la descomposición de la sociedad humana, en la época en que fueron leídos estos documentos, se comprueba por el texto de la tesis 5, donde se expresa: "Una coalición mundial de los infieles podría, tal vez, competir con nosotros, mas estamos contra tal riesgo por la arraigada discordia entre ellos. Excitado por espacio de siglos el odio religioso y político, creamos una profunda divergencia entre sus intereses personales y nacionales".

Esto es completamente cierto, en lo que concierne a las luchas entre los no judíos y dentro del mundo cristiano. Aun en nuestro propio pueblo vimos como esta "divergencia entre los intereses personales y nacionales" se basa sobre un "odio religioso y de raza". Pero ¿quien habría sospechado la existencia de una fuente común para todo ello? Y ¿quien (pues resulta todavía más extraño) hubiese advertido que un hombre o un grupo de personas se hubiera dedicado a semejante tarea? Pero hay constancia escrita de ello en los Protocolos: "nosotros creamos esta divergencia; nosotros nos protegemos así contra una coalición de los infieles contra nosotros". No importa que los citados Protocolos sean o no de origen judío, que representen o no intereses judíos, mas conste que así esta realmente la actual constitución de la humanidad no-judía.

Hasta se intenta conseguir otra descomposición más irreparable, y existen indicios de que tal plan esta en pleno desarrollo. Los soviets nos ofrecen un ejemplo de como una baja capa social no-judía es guiada por sus portavoces judíos contra otra más elevada capa social no-judía. En el primer protocolo, donde descríbense los efectos de un sistema económico basado en la especulación, se dice al respecto que "tal forma de demencia económica... creo una sociedad y seguirá creándola, que se presenta carente de ideales, fría y son corazón. Una sociedad así, completamente desviada de toda verdadera política y religión, será impelida exclusivamente por la sed de oro... Entonces y no justamente por amor al bien, ni tampoco por avaricia, sino solamente por odio contra las "clases privilegiadas", las clases bajas de los infieles nos seguirán en la lucha contra nuestros rivales, o sea contra los infieles de las clases elevadas... Nos seguirán los infieles de las capas intelectuales".

Suponiendo que tal lucha estallara hoy, los jefes de los revolucionarios no-judíos contra el orden social no-judío serian, sin duda, judíos. Hoy mismo estos judíos ocupan las jefaturas principales, y no solamente en Rusia, sino también en los Estados Unidos y en los demás países.

"Mediante la actual alteración de toda autoridad se mantendrá nuestro poder más inatacable que ningún otro, por ser invisible mientras se haya fortalecido en grado tal, que ardid alguno lo pueda socavar". - Tesis 1.

"Es preciso para nuestro objetivo que las guerras, dentro de lo posible, no impliquen ganancias territoriales para nadie, con lo cual adoptan un carácter económico... Semejante manipulación de los asuntos supeditara ambos partidos al control de nuestros agentes internacionales con sus miles de ojos, cuyo horizonte no quedara limitado por fronteras naturales. Nuestras leyes internacionales anularan las mas estrechas legislaciones nacionales, gobernando a los gobiernos, tal como estos gobiernan a sus pueblos". - Tesis 1.

 

XII

 

REQUIEREN LOS "PROTOCOLOS JUDIOS" SU CUMPLIMIENTO EN PARTE

Únicamente por simple curiosidad literaria ejercerían estos denominados "Protocolos de los Sabios de Sión" una mágica atracción por la lúgubre perfección del plan que contienen para dominar al mundo entero. Mas en todos los conceptos ellos mismos refutan la antítesis de que sean un simple producto literario; reclaman imperiosamente estos documentos ser reconocidos como política seria, demostrando su real carácter en un hilo continuo que los atraviesa. Además de los proyectos para el futuro, hacen constar lo que se logro y lo que queda aun por hacer. Cuando al revistar la situación internacional, se observa tanto la actualidad particular como la gran línea directiva que indican dichos Protocolos, no es de extrañar que poco a poco el sentimiento de curiosidad frente a un raro producto de la literatura contemporánea vaya cediendo a una sensación de supremo interés, que fácilmente puede trocarse incluso en un sentimiento profundamente sentimental.

Mencionando algunos párrafos demostraremos el actual estado de realización, que las tendencias de dichos documentos consiguieron. A fin de llamar la atención del lector sobre lo esencial, subrayaremos las palabras-claves.

En el 9º protocolo se lee lo siguiente: "No existen obstáculos a nuestro frente. Nuestro súpergobierno posee una tan firme posición supralegal que es posible adjudicársele ya la potente y fuerte denominación de "dictadura". En toda conciencia puedo decir, que hoy somos nosotros los legisladores. Nosotros creamos juzgados y jurisdicciones. Nosotros dominamos con voluntad inquebrantable, porque tenemos en nuestras manos los restos de un partido fuerte otrora, pero hoy vasallo nuestro".

Dícese en el capitulo 8º: "Colmaremos las filas de nuestro gobierno con numerosos financieros. La economía nacional es la principal ciencia enseñada por los judíos. Nos rodearemos también de una brillante corte de banqueros, industriales, capitalistas y especialmente de millonarios, pues en realidad y en ultimo resorte todo se decide por la fuerza del dinero".

Son estas pretensiones tal vez demasiado elevadas; mas corresponden cabalmente a los hechos reales. Tal como lo indica el citado párrafo del 8º protocolo, el elemento judío aspira a la preponderancia en la enseñanza nacional económica política, y en efecto, la realidad nos demuestra su éxito. Son los principales autores de aquellas seudo-ciencias que inducen a las masas a perseguir objetivos económicos irrealizables, como son los autores principales de esa literatura "popular", que mantiene a las diversas clases sociales en la ilusión de que las teorías económicas son leyes económicas. La idea, la teoría (como medio para la descomposición social), la manejan tanto los hebreos académicos como los bolcheviques. Cuando llegue a ser esto comprendido en sus detalles, se modificara, probablemente la pública opinión referente a la importancia de las doctrinas académicas y radicales.

Tal como se desprende del citado párrafo del 9º protocolo, el poderío mundial hebreo va formando actualmente una especie de súpergobierno. Consta este mismo concepto en los documentos judíos, y no existe otro más característico. Ninguna nación puede lograr sus anhelos, pero la hegemonía mundial judía los alcanza, aunque salten francamente sus pretensiones por encima de la igualdad de derechos frente a las naciones no-judías. "Nosotros somos los legisladores" dicen los Protocolos, y, en efecto, las influencias judías participan en mayor grado en las legislaciones nacionales e internacionales de lo que pueda sospechar la masa de legos. En estos últimos diez años, el predominio internacional judío, o sea el grupo de judíos internacionales, gobernó al mundo entero. Y más aun: fueron lo bastante poderosos como para evitar la promulgación de leyes saludables, y allí donde un proyecto de ley se votara, siendo proclamado ley, se interpreto merced a estas influencias judías en forma tal, que, en efecto, se torno ineficaz para su objetivo proyectado. Podría esto comprobarse con infinidad de hechos.

 

Los métodos con los cuales se consigue todo esto, estaban ya previstos en el programa, pero esbozado solo en los protocolos. "Nosotros creamos juzgados" dícese allí, en tanto que en otro lugar se habla de "nuestros jueces". Un juzgado o tribunal puramente judío efectúa semanalmente sus sesiones en un edificio público de Nueva York, y otros juzgados, en provecho y beneficio de ese mismo pueblo, cuya existencia niegan sus portavoces, se halla en formación por doquier. En ciertos Estados europeos ya esta realizando el plan sionista, de acuerdo con el cual los judíos dentro de aquellos mismos Estados, cuya protección reclaman. Allí donde los judíos pueden actuar libremente, se obtiene siempre no su "americanización" o "anglificación", ni otra nacionalización cualquiera, sino solamente su incondicional aferramiento al judaísmo exclusivo.

Observando después las pretensiones contenidas en los Protocolos, nos enteramos en la 7º tesis: "Nosotros procuramos desde largo tiempo que el clero de los infieles, que en todo caso mucho podría impedir, caiga en descrédito, con lo cual resulta infructuosa su misión. Su influencia sobre los pueblos disminuye día a día".

"Por doquier se proclama la libertad de conciencia, por lo que es solo cuestión de tiempo, que se hunda definitivamente la religión cristiana. Con las otras religiones nos entenderemos con mayor facilidad aun, pero la resolución en definitiva todavía no esta madura".

Esto tendrá cierto interés para aquellos sacerdotes que con los rabinos judíos tratan de conseguir cierta mancomunidad espiritual. Aparece necesariamente en tal unión, Jesucristo, como bondadoso, pero absolutamente mal comprendido profeta judío. En caso de que se realizara tal unión, dejaría, por fuerza, la religión cristiana de existir como forma sui generis religiosa. La mas fanática enemistad religiosa, según lo que en el protocolo se habla de este particular, se dirige contra la Iglesia católicorromana en general y contra el Vaticano en especial.

Un párrafo típico de este Protocolo reclama para la raza hebrea una especial habilidad en el arte de ultrajar, diciendo: "Nuestro periodismo criticara acerbamente todos los asuntos de Estado y de la Iglesia, como también la ineptitud de los infieles en general. En tales campañas utilizara siempre conceptos denigrantes que rocen la injuria, arte en el cual nuestra raza alcanzo siempre cierta maestría excepcional".

Expresa el 5º Protocolo: "Se reduce al mínimo, bajo nuestra influencia, la racional aplicación de las leyes. La reverencia ante las leyes es zapada por la interpretación "liberal", que nosotros implantamos. Los juzgados o tribunales deciden según nuestra voluntad, aun en los casos más importantes, donde se trata de fundamentales cuestiones de jurisdicción o política. La Administración de los infieles las comprende desde puntos de vista, que nosotros les imponemos mediante nuestros agentes, que al parecer nada tienen que ver con nosotros, por insinuaciones en la prensa, o por otros muchos conductos. Nosotros, en suma, sembramos la discordia y el rencor en la sociedad de los infieles".

Dice el Protocolo 17: "En los países denominados progresistas hemos creado una literatura malsana, obscena y amoral. Una vez escalado el poder, la dejaremos subsistir durante cierto tiempo, para que se destaque con mayor claridad la diferencia entre esta y las publicaciones que después iniciaremos".

En lo referente a la denominación de la prensa, exprésase en el Protocolo 12: "La hemos conseguido actualmente hasta tal extremo, que la prensa mundial recibe las noticias exclusivamente nuestras, publicando solamente aquello que nosotros permitamos". Este asunto se trata asimismo en el 7º Protocolo, donde se dice: "Obliguemos a los gobiernos de los infieles a aceptar disposiciones que favorezcan nuestro plan ampliamente trazado, y que se acerca ya a su realización. Deberán tolerar y soportar la presión de la opinión pública, influenciada artificiosamente por nosotros y que con ayuda de la prensa, llamada "gran potencia", ha sido organizada. Salvo contadas y poco importantes publicaciones, esta prensa se encuentra en nuestras manos".

Resume el Protocolo 12 todo esto en la siguiente forma: "Nosotros hemos logrado dominar la mentalidad de la sociedad infiel, hasta tal punto, que todo el mundo contempla los acontecimientos del mundo a través de los cristales que nosotros les ponemos ante los ojos. No existe gobierno alguno, que pueda levantar una barrera contra nuestra intromisión en los mal llamados por los infieles "secretos de Estado"; ¿cómo entonces, no se presentaran las cosas, cuando nosotros, en la persona de nuestro soberano, seamos los dueños reconocidos del mundo entero?

La nación judía es, verdaderamente, la única que conoce los secretos de todas las otras naciones. Ninguna nación puede guardar cierto tiempo el mínimo secreto, que se refiera a otra nación cualquiera, pero tampoco ninguna conoce los secretos de las otras que se refieran a ella misma. Seria exagerado afirmar que los judíos internacionales posean absolutamente todos estos conocimientos. Muchos son de escaso valor, y la posesión de dichos conocimientos no aumentaría su poderío. Lo esencial es el hecho de que los hebreos tienen acceso a todos los secretos de Estado, y que pueden saber todo lo que deseen saber. Esto podrían atestiguarlo muchos legajos, y ¡cuantos archiveros de actas secretas podrían hablar si así lo quisieran! La única diplomacia secreta es aquella que confía los llamados secretos a contadas personas, pertenecientes a una determinada raza. El superficial mar rizado de la diplomacia, la presunción que trasunta las memorias de ancianos joviales, que se llaman estadistas, todos esos convenios y conferencias con títulos retumbantes, como si verdaderamente significaran algo, todo es juego de niños comparado con la diplomacia de Judá y con su inimitable arte de sonsacar el saber y el pensar más íntimos de cada núcleo imperante. En estos hechos no son una excepción los Estados Unidos, y acaso no haya un segundo gobierno que este tan incondicionalmente al servicio del judío internacional, como el nuestro de hoy. Esta hegemonía fue alcanzada por el judío en el transcurso de estos últimos cinco o seis años.

Resulta del Protocolo 11, que los judíos consideran su dispersión en el mundo entero como una suerte y una ventaja según la voluntad de Dios, pues así el plan de su hegemonía mundial se realizara mucho mejor. "Dios nos concedió a nosotros, a su pueblo predilecto, la dispersión como una bendición, siendo esta, que al mundo le pareció ser nuestra debilidad, nuestra fuerza mayor. Ella nos lleva hasta el umbral del dominio de la tierra habitada".

Parecen tan exorbitantes los propósitos reflejados en el texto del Protocolo 9º, que puede apenas suponerse que tales palabras puedan jamás llegar a traducirse en hechos. Realmente existe un punto donde coinciden palabras y realidad: "A fin de no destruir antes de hora las instituciones de los infieles, hemos puesto nuestra mano sobre ellas en forma decisiva, descomponiendo sus resortes. Otrora estaban exacta y cabalmente ordenadas, pero nosotros las hemos reemplazado por una administración "liberalmente" desorganizada y partidista. Hemos conquistado influencia sobre justicia, leyes electorales, prensa, libertad personal, y especialmente en la educación y cultura, pilares maestros de toda existencia humana libre. Por medio de métodos educativos teóricos y prácticos, que reconocemos como falsos, pero que hemos inspirado, desorientamos, atrofiamos y desmoralizamos a la mocedad infiel. De las legislaturas vigentes sin modificaciones propiamente dichas, solo por mixtificación en su interpretación contradictoria, nosotros creamos una obra verdaderamente abrumadora en sus efectos".

Es sabido que aunque la atmósfera no estuviere tan cargada de teorías de "libertad" y de proclamaciones de "derechos", como en la actualidad, se esta verificando un constante aniquilamiento de las "libertades personales". En vez de libertad social se sojuzgan los pueblos mediante innumerables frases socialistas bajo una tutela oficial antes nunca conocida. La "higiene publica" proporciona un pretexto. Apenas si pueden hoy los niños jugar libremente, si no es bajo la inspección de guardianes oficiales, entre los cuales se destaca la existencia de numerosos judíos. Las calles no son libres como antaño, y leyes de toda índole mutilan las más inocentes libertades populares. Una tendencia de unificación maquinal, basada en una teoría sumamente "sabia", vase desplegando en nuestra existencia privada y pública, y lo raro es que siempre que el investigador llega hasta el centro ordenador de estas tendencias molestas al bienestar publico, encuentra, al fin, al judío en el puesto decisivo. Se apartan los niños de su natural "centro social", o sea del hogar familiar, y van hacia otros "centros" (nos referimos aquí a niños no-judíos; a nadie se le permitiría inmiscuirse en la educación de niños judíos), se alejan de sus tutores propios, de su casa paterna, iglesia y escuela, y se entregan a "centros", "enseñanzas científicas", y otras instituciones "bajo dirección idónea"; sistema que habitúa al niño a no confiarse a la comunidad natural, sino a aguardarlo todo del "Estado". Estos preparativos corresponden todos, perfectamente, al plan mundial hebreo, para dominar a los otros pueblos. Si no se hiciera todo en consciente consecuencia del programa mundial judío, seria en extremo interesante saber por que el material viviente de todos estos experimentos se integra, precisamente, con niños no-judíos, quedando, en cambio, la dirección en manos de judíos.

No se guardan, en parte alguna, con más severidad que en Norteamérica las libertades judías. El no-judío se las compone como puede con sus conciudadanos, en tanto que cada comunidad judía tiene sus protectores, que de distintos modos y maneras, entre los que, y no en último lugar, esgrimiendo la amenaza política y comercial, saben darse la necesaria importancia. Un no-judío con sentido social jamás obtendría gratitud por preocuparse de la vida y educación de niños judíos: en cambio, la comunidad existente en toda población lo arregla automáticamente. Son las hebreas las más secretas de las escuelas municipales, al extremo que, a veces hasta sus sedes son desconocidas por los Municipios de las grandes poblaciones. Se ocupa con preferencia el judío de influenciar la mentalidad no-judía, haciendo lo posible por prescribir a los no-judíos, lo que especialmente tengan que pensar acerca del judío. Sin el mínimo escrúpulo, va influenciando la ideología no judía de tal forma, que paulatinamente y con grandes rodeos, va sirviendo al fin y al cabo a los intereses generales judíos. Este celo y perseverancia, que deben llamar poderosamente la atención a quien lo haya observado alguna vez, no son mas que manifestaciones naturales de la convicción de todo judío, de que es miembro de una raza privilegiada con facultades para educar a las razas inferiores, punto de vista desde el cual juzga al resto de la humanidad.

Es de origen judío toda influencia que hoy conduce a nuestra juventud a ligerezas y libertinaje. Fueron nuestros jóvenes los inventores de esos "vestidos deportivos", que arrojan tan lamentables resultados que el publicista serio se ven en la necesidad de llamar la atención sobre ello. Esa moda proviene de la confección judía, donde no predomina el arte, ni deciden ciertamente los escrúpulos morales. La película cinematográfica es indudablemente una combinación sumamente interesante del desarrollo del arte fotográfico con el escenario; más ¿quien es el responsable de su degeneración, quien la trocó, para millones de personas, en peligro moral tan serio, que mereció la más general desaprobación? ¿Quiénes son los empresarios de los teatros de variedades, bailes públicos y demás diversiones modernas enervantes de todo el mundo? A esos jóvenes y muchachos engalanadas, con su exterior vulgar y su carencia absoluta de responsabilidad, se les podrá aplicar, desde sus torpes atavíos y sus falsas alhajas, hasta sus ideas enfermizas y vanas esperanzas, una misma y común etiqueta que diga: "Hecho, seducido y explotado por judíos". Así ilustra la realidad y de lúgubre manera aquella citada tesis que dice: "Nosotros desorientamos, atrofiamos y desmoralizamos la mocedad de los infieles por medio de métodos educativos teóricos y prácticos, que reconocemos falsos, pero que inspiramos felizmente".

"Sus principios y métodos" no requieren necesariamente amplias, ni siquiera modestas facultades intelectuales. El joven que frecuenta el cinematógrafo, asimila sus "métodos y teorías" tal como el niño que escuche al preceptor "liberal" (que ejerce así su "control sobre el pueblo") sobre como interpreta la "libertad sexual". No proviene la desmoralización inherente a estos "métodos y teorías", de la familia o iglesia no-judías, ni de su profesión, en la que predomina el elemento no-judío, sino solamente de teorías, influencias y profesiones, en las que prima el judío. Seria posible prolongar esta lista de reproches, mas preferimos reducirla solo a lo que los ojos honestos puedan ir comprobando en la práctica. Hay que fijarse también en que precisamente no es la juventud judía la víctima de tales teorías, sino la no-judía. Si también una fracción de aquella se va contagiando con esos venenos sociales, nada significa en comparación con la enorme destrucción moral lograda entre la juventud no-judía. Es muy significativo que ni aquellos judíos consigan enormes riquezas con este proceso enervante, ni tampoco sus hijos o hijas sean víctimas de este sistema. Atraviesa la juventud judía esos peligros pura y orgullosamente.

Muchos padres, madres y jóvenes de sentido común, muchos miles de profesores y publicistas condenaron el lujo. Los financistas, que vieron como el pueblo ganaba y tiraba el dinero, protestaron contra este sistema. Numerosos economistas comprendieron la insensatez de que las industrias del lujo consumieran materiales y existencias necesarias para el desarrollo normal de industrias útiles, viendo que gran cantidad de personas fabricaban fruslerías, en vez de fundir aceros, en tanto que otras, confeccionaban baratijas cuando habría sido preferible que labraran tierras. Advirtieron que se malgastaban materiales en objetos que únicamente se fabricaban para la venta, mas no para el uso, substrayéndose en esa forma materias a aquellas industrias que dan a la humanidad objetos necesarios; todo observador de esta costumbre de trabajar en fruslerías y lujos, levanto su voz contra ella. Pero según surge de los protocolos judíos, dichos economistas partieron siempre de un punto de vista falso. Aun cuando los pueblos cristianos adquirían el mal llamado lujo, no lo había ideado, sino que hasta pronto se cansaban de él. Empero, la riada de estas incontables nimiedades sigue corriendo, cada vez mas, tras las inútiles novedades que llueven sobre el publico, se extienden ostentosamente ante sus ojos (inconscientes payasos las pasean por las calles para demostrar lo que "es moda"), se anuncian en textos y grabados y cinematógrafos, y los artistas de teatro las ponen "de moda": ejerce esto una coacción que jamás se invirtió en un objeto verdaderamente meritorio.

¿Cómo explicar todo esto? ¿Cuál es la potencia, cuya larga experiencia y consciente tendencia proporciona los medios para tergiversar el gusto de los pueblos, y para obligarles a despilfarrar en desmoralizadoras nimiedades la mayor parte de sus ganancias? ¿A que viene ese lujo forzado y esas extravagancias? ¿Cómo fue posible, antes de la aparición de los artículos de lujo y de la oportunidad para una vida extravagante, que todo estuviese cuidadosamente preparado para llamar la atención sobre esta forma de vivir, y para despertar la codicia de vivirla?

Si frente a todas estas sutilezas, los pueblos no-judíos razonaran un poco, continuando sus averiguaciones hasta su origen, hasta los usufructuarios de las enormes ganancias extraídas de aquellas, si persiguieran críticamente este amplio movimiento, que inunda el mercado mundial de cosas inútiles tan caras, desmoralizando con ellas al mundo no-judío en sentido financiero, económico y social; en una palabra, si pudiera comprender que los intereses financieros judíos no solo están ligados íntimamente con los bajos instintos del ser humano, sino que los despiertan y cultivan a plena conciencia, entonces, los intereses financieros hebreos no solo cesarían de una vez para siempre en este escandaloso derroche de materiales, trabajos, haciendas no judías e inteligencias judías y no-judías, sino que concluiría con la inutilidad del pueblo de Israel en este mundo.

Dijimos que son víctimas los pueblos no-judíos de este comercio artificiosamente cultivado de objetos de lujo inútiles. ¿Se vio una sola vez que los judíos hayan sido víctimas de tales nimiedades? Cierto es que se visten llamativamente, mas hay que convenir en que precio y valor coinciden. Ostentan enormes brillantes, pero son de buena ley. El judío jamás es víctima de otro judío. Los lujos estrambóticos y las "diversiones" son para la plebe. El judío sabe perfectamente con que se ceba, y conoce exactamente el valor de todos estos medios.

Lo mas lamentable de todo ello no es la perdida de valores financieros, ni tampoco el atentado contra el buen gusto, sino el innegable hecho de que las masas no-judías caen en estas redes voluntaria y gustosamente. Aguantan el cambio de moda, como si este fuera tan inevitable como la llegada de la primavera, toleran también este repetido atentado contra sus entradas, como si se tratara de las contribuciones mas necesarias y naturales del mundo. Las masas que suponen que representan algún papel de estos asuntos, siendo así que el único que juegan es el de pagar, y pagar cuando la "ultima moda" deja atrás a la penúltima. Existen personas que saben ya con dos años de anticipación lo que serán las tonterías de la moda y demás torpezas populares. ¡Nada tiene de asombroso, puesto que son ellos los que las preparan! Esto no es mas que negocio, si bien sumamente desmoralizador para la mayoría no-judía, pero lucrativo para la minoría judía.

Ilustra claramente este maremagnum el 6º Protocolo, que es un extracto de consideraciones acerca de los planes, según los cuales, el interés natural de los pueblos puede desviar los asuntos políticos hacia los económicos; como la industria puede tornarse insegura e informal en su modo de proceder, mediante la infiltración de negocios especulativos, y como, finalmente, se mantiene a los pueblos perplejos y desamparados. El lujo tiene que ser el arma que se esgrima a tal fin. "Para zapar la vida comercial de los infieles - dice dicho Protocolo - incitaremos, como estimulo a la especulación, un vehemente deseo de lujo". Y se dice en el Protocolo 1º: "No le permitiremos a nuestro pueblo llegar a esto. Los infieles se hallan pervertidos por el alcohol"; siendo extraña coincidencia que también los enormes ingresos por bebidas alcohólicas vayan a parar a los bolsillos hebreos, lo que queda demostrado con la historia del trust del whisky en los Estados Unidos. Contemplado desde el punto de vista histórico, en todo el movimiento prohibicionista se presenta como gigantesca lucha de capital no-judío contra el capital judío, en la que la mayoría no-judía obtuvo la victoria final.

Juego, diversiones, bailes, modas baratas, brillantes de imitación, esto y los demás negocios que, merced a cierta presión invisible, ejercida sobre los pueblos, florecieron, lográndose por unas baratijas altos precios que consumieron de inmediato todo aumento de salario, no se desarrollo mas que bajo dirección de judíos.

Tal vez no participen a conciencia en esta desmoralización profunda de los pueblos y sea su única preocupación tan solo la de enriquecerse pronto. Acaso se sorprendan a veces, al comparar a los ingenuos infieles con sus sabios prohombres judíos, tan perspicaces en negocios, tan prudentes en asuntos financieros. Mas sea como fuere, el hecho es que tenemos a la vista el esbozo de un plan según el cual los pueblos no-judíos han de hundirse en forma sistemática tanto material como moralmente. Y por otro lado vemos como día a día este mismo plan se va realizando por completo, y en su mayor parte, bajo la inspección de una raza determinada.

XIII

 

PLAN JUDIO PARA SOCAVAR MEDIANTE "IDEAS" LA SOCIEDAD HUMANA

Podría el lector profundizando los anteriores capítulos, haberse formado una idea exacta de los métodos que emplean los protocolos para aniquilar a la sociedad humana. Precisamente dichos métodos deben conocerse con exactitud, si se desea comprender el significado de las corrientes y contra corrientes que enmarañan en forma tan inicua los asuntos contemporáneos. Todos aquellos que se sientan abrumados y atolondrados por estas numerosas razones y teorías contradictorias, hallarán la llave para apreciar aquéllas razones y el verdadero valor de las teorías al comprender que, justamente, el embrollo y el aturdimiento fueron los efectos que se buscaban. La incertidumbre, irresolución, desesperanza y el temor, el ansia con que se acoge toda nueva promesa y toda solución ofrecida: todas estas situaciones de ánimo deben producirse, dicen los protocolos. El estado general del mundo comprueba la eficacia de tan calculado programa.

Tal método requiere tiempo, y, efectivamente, los protocolos dicen que para conseguirlo se ha precisado mucho tiempo, siglos. El que llegué a las profundidades del problema descubriría ya en el siglo primero de nuestra era, indicios de este programa de los protocolos judíos pronto 1900 y más años han sido necesarios para conseguir el estado actual de esclavitud de Europa que en ciertos países se presenta en forma suave, en otros violenta y en todos bajo un aspecto económico, en tanto que en Norteamérica, el mismo programa requirió para iguales efectos, sólo 50 años. Mal comprendidas ideas del liberalismo, confusas ideas de tolerancia, salidas todas ellas de fuentes europeas enturbiadas, mediante estos protocolos, se transplantaron a América, y aquí tuvo lugar - bajo el manto de un liberalismo ciego, falsos, inocente, y de una tolerancia igualmente irracional, en unión con los modos lo hicimos medios de una formación ad hoc de la opinión pública - un esclavitud tal de nuestras instituciones todas y de nuestra vida pública, que los observadores europeos están estupefactos. Ciertos investigadores europeos de la cuestión judía, a los que los herederos suelen estigmatizar con el epíteto de "antisemitas", dedujeron sus conclusiones no de las observaciones hechas en Europa, sino del rápido y bien visible desarrollo de los asuntos norteamericanos.

Están en Norteamérica el centro de energías judío y los cabezas principales de su programa mundial. La gran palanca, cuyo poder actuó sobre la conferencia de paz de Versalles, para mejor reforzar el predominio judío sobre Europa, fue la potencialidad de los estados unidos, únicamente utilizada para apoyar la ya existente presión hebrea en Europa. Más esta combinación de fuerzas no concluye con la conferencia de Versalles.

El método íntegro de los protocolos puede resumirse en esta sola palabra: "descomposición". Destrucción de todo lo hecho, creación de un interregno prolongado y desesperado, durante el cual suprime ese todo intento de renovación; un cansancio paulatino de la opinión y de las esperanzas colectivas hasta que aquellos que se mantuvieron fuera del caos tiendan la mano para tomar el poder: ¡ahí está el método!

Cuando se compara el juicio emitido en los Protocolos judíos sobre la naturaleza humana con la afirmación hebrea de un cumplimiento ya adelantado del programa mundial, se destacan ciertos puntos de esta propaganda destructiva, más no todos. Algunos detalles de estos métodos serán tratados en el presente capitulo y en otros, otras intenciones de mayor alcance.

El primer ataque hebreo va dirigido contra las opiniones colectivas, es decir, contra grupos de ideales, que a base de su innata coincidencia reúnen masas de seres humanos en una unidad política, religiosa, social o de raza. Estas, a veces, se llaman "principios", y también "ideales". Pero sea cual fuere su nombre, son invisibles lazos de unidad, son la fe común y la energía unificadora en comunidad, basadas en la concordia y la lealtad.

Afirman los Protocolos que contra estas fuerzas espirituales se dirigió el primer ataque, y a ello responde la propaganda hebrea en el mundo entero, tratando de alterar las opiniones colectivas. "Alterar", propiamente dicho, nada significa en si de detestable ni de deshonroso. Consiste la gran influencia de toda herejía, de toda protesta contra las ideas caducas, en el atractivo que ejercen siempre las ideas nuevas en el pensamiento y en la voluntad. La explicación de la razón por la cual arraigan en nuestra época estas ideas fundamentalmente falsas, radica en el hecho de que las verdades ficticias suelen presentarse apodícticas, rectilíneas, entusiasmando a las gentes, y pareciendo buenas y veraces. Al actuar estos falsos ideales durante largo tiempo, se va descubriendo paulatinamente su falsedad en forma de hechos y circunstancias destructoras y desmoralizadoras. Aquel que estudie el desarrollo de la idea de libertad, tal como manifestóse en la historia de Rusia, desde su punto filosófico de origen (creado también por un judío) hasta su final actual (también por un judío), podrá darse cuenta cabal de este proceso.

Aseveran los Protocolos que les es imposible a los no-judíos descubrir sus intenciones, pues las ideas seductoras se lanzaron tan consciente y persistentemente entre ellos, que se destruyo su facultad intelectual casi por completo. Por suerte cada no-judío esta perfectamente en condiciones de comprobar en sí mismo, la certeza de tal aserto. Cuando reflexione seriamente sobre las ideas que predominan en él y en especial sobre las que giran en torno del centro de gravitación denominado "democracia", advertirá que su intelecto se halla dominado por innumerables ideologías, de cuyo origen o de cuyo valor intrínseco nunca se dio cuenta exacta. Cuando siga reflexionando sobre estas ideas y halle que son irrealizables, probablemente dirá que "todavía estamos un tanto atrasados en nuestro desarrollo o evolución de progreso". Mas si observa la forma y manera como otros mas adelantados realizan prácticamente esas ideas, se asustara en extremo. Lo que se llama allí "progreso", resulta en realidad un retroceso, o sea una forma determinada de la descomposición. Y, no obstante todo esto, cada idea en si misma era "buena, racional, excelente y humanitaria". Avanzando un poco más, advertirá el no-judío que estas ideas suelen divulgarse por el mundo con más persistencia que ninguna otra. Y, finalmente, comprenderá también quienes son siempre los profetas de tales ideas.

Tal como lo confiesan explícitamente los Protocolos, se conquisto la primera victoria sobre el sentido común público, por medio del efecto destructor de las ideas que se agrupan en torno del concepto "democracia". De donde resulta que la idea es el arma esgrimida. Y para que sirva de arma debe necesariamente oponerse diametralmente la idea a la dirección de la vida humana, e imprescindiblemente deberá contener una teoría irreconciliable con los hechos de la vida practica. Por otra parte, idea alguna de índole antinatural, puede tener esperanzas de arraigar o tener influencia en las masas, salvo que se presente al intelecto humano como "racional", excelente e inspirada". La verdad, en cambio, muchas veces aparece al primer golpe de vista como irracional, opresora y mala. Pero jamás deja de tener esta eterna ventaja: la de ser la verdad, y todo cuanto sobre ella se edifique, nunca podrá sucumbir envuelto en confusiones.

Este primer paso, aun cuando no otorga "todavía el poder sobre la opinión publica, conduce, empero, hacia ello. Es necesario fijarse en que la inoculación del veneno del "liberalismo", según los Protocolos, aparece en lugar preferente, y únicamente después vienen las palabras: "para alcanzar el dominio sobre la opinión publica, hay que perturbarla, en primer termino". La verdad es siempre una e inmutable por lo cual no podrá perturbarse jamás. Mas el liberalismo falso y gritón que se sembró, y que bajo el cultivo hebreo madura en Norteamérica con mayor rapidez que lo hiciera en Europa, se deja fácilmente embrollar, provocando confusiones por doquier, precisamente por no ser la verdad. Constituye un error, y este se presta en mil formas distintas. Tómese un pueblo, un partido, un municipio, una organización cualquiera, arrojando allí el "veneno del liberalismo", y se lo podrá disgregar en tantas partículas como miembros tiene, produciendo, tan solo, pequeñas desviaciones de la idea original. Teodoro Herzl, el judío puro, un hombre de horizonte político mucho más amplio que el de todos los estadistas juntos, y cuyo programa coincidía cabalmente con el de estos Protocolos, ya sabia esto de muchos años, al declarar que el Estado Sionista o Estado Judío, sobrevendría antes de que pudiera hacerlo el Estado Socialista, porque supo los millares de subdivisiones que debía producir el "liberalismo", implantarlo por el y sus antecesores.

El metódico desarrollo del que fueron víctimas todos los pueblos no judíos, pero jamás los judíos (¡jamás los judíos!), es el siguiente: en primer termino se inventa un "vasto, grandioso" ideal. El vocablo "magnanimidad" aparece invariablemente en cada protesta hebrea contra cualquier referencia publica del nombre judío y de su plan mundial, diciendo siempre: "le habíamos considerado a usted magnánimo como para no sospechar tal cosa de los judíos", o "a fulano de tal lo suponemos lo bastante magnánimo para no proferir tales absurdos", o "creímos siempre que tal o cual diario o revista obraría con suficiente magnanimidad para no admitir tal literatura". Constituye esta norma una especie de clave para el estado intelectual que deberían tener los no-judíos, estado de tolerancia imbécil, pleno de fraseología sin sentido en torno de la "libertad" que acciona como un espasmódico sobre la mente y el sentimiento, deja pasar bajo su amplio manto toda índole de pensamientos y hechos inconfesables. La hoquedad en la frase, la charla demagógica, es una de las mas terribles armas del judaísmo (véase lo que se dijo en el 5º Protocolo; "en todas las edades confundieron siempre los hombres, las palabras por los hechos"), y con singular franqueza declaran los Protocolos que estas frases no tienen en realidad valor intrínseco.

Nada contribuyo tanto a producir esta "magnanimidad", o sea en suma un estado de ánimo cuya superficiabilidad deja notar francamente su carencia de fondo, como la idea del "liberalismo" siempre predicada por los judíos a los no-judíos, pero por la que ellos no se guían jamás. Necesitamos, por fuerza, una nueva forma de entregarnos a las realidades de la vida, a los hechos tales como son, y que nos coloque en condiciones de resistir esas frases de "magnanimidad", mostrando en cambio una sana y verídica "intolerancia contra todo, menos contra la verdad. Son mentiras los conceptos de "magnánimo" o "egoísta", respectivamente, en el sentido corriente actual. El individuo liberal debería poseer más creencias, una fe más profunda y más amplia para merecer este titulo. Pero, por lo general, no cree en nada: en realidad no es liberal, y por lo consiguiente libre en su modo de sentir. Al buscarse la fe, se lo debe hacer entre personas buenas, y estas generalmente son las difamadas por el hebreo como egoístas de criterio. La propaganda judía, en consonancia con los Protocolos de Sión, ataca a las personas que fundaron su fe y la estructura de su vida sobre un fundamento forme, ha menester de personas "magnánimas", cuya existencia se deslice fácilmente por la superficie y de esta forma se pongan fácilmente al servicio de su oculto plan. Esta categoría de personas interpreta naturalmente su "magnanimidad" como señal de superioridad intelectual e independencia de espíritu.

Veamos las consecuencias que nace de esto. El hombre, de acuerdo con su constitución moral no puede en modo alguno prescindir de tener alguna creencia. Puede ocurrir que durante cierto tiempo crea hasta en su propia "magnanimidad", y bajo la presión social que se ejerza a favor de esta disposición mental (o mejor dicho, carencia de dirección intelectual), entregarse voluntariamente a ella por un espacio de tiempo relativamente breve. Pero, al fin y al cabo, dicha mentalidad harto superficial, para poder satisfacer una tendencia de vida profunda y seria. Por tal razón el hombre debe tener fe, por fuerza, en algo. Como prueba de lo dicho, adviértase la innegable fuerza atractiva de las creencias negativas, a las que se acogen tan tenazmente, precisamente aquellas personas que suponen no creer en nada. Pocas personas infinitamente libres e independientes, penetran en aquellos vedados, que de algún modo rozan con el judaísmo, y son estas las que son conceptuadas de inmediato como egoístas. Otras consideran más cómodo cultivar aquellos terrenos cruzados de caminos llanos, y que no representan contradicciones en la filosofía de la vida, ni tampoco el temor de verse considerados como "intolerantes". En una palabra: concentran sus energías todas en la vida exterior, tal como se expresa en un Protocolo: "para despistar las ideas y la atención de los infieles, es preciso encaminar su interés hacia la industria y el comercio".

Asombra observar por doquier una multitud realmente seducida por dedicar su vida toda solo a estas cosas de segundo y tercer orden, en tanto que miran, tímidos y recelosos, las cuestiones fundamentales de la vida, que en realidad predominan en la humanidad, y de cuya solución también depende su propio destino. Justamente esta desviación de las cosas hacia lo materialista es la que, tanto a los Protocolos sionistas como a los portavoces hebreos, ofrece siempre el mejor punto de ataque. "Magnanimidad" en el sentido corriente no significa otra cosa que despreciar abiertamente las verdaderas cuestiones vitales, descendiendo con rapidez suma a un modo de sentir puramente materialista. En esos bajos círculos del concepto de la vida, es donde impera la discordia que predomina tan fatalmente en el mundo.

Ocurre en primer termino la ruina de las clases superiores en industria y comercio, de acuerdo con el Protocolo que dice: "Para destruir en forma definitiva y mediante la "libertad" a la sociedad de los infieles, es preciso colocar la industria sobre una base especulativa". Consideramos inútil explicar lo que esto significa. Es sencillamente una degradación de toda empresa honrada hasta trocarla en un medio inicuo para hacer dinero, y en una maniobra para encaminar toda utilidad honrosa o no, hacia el bolsillo de los especuladores. Vale decir que el elevado arte de dirigir una empresa mercantil se prostituye, degenerando en rapiña y teniendo por consecuencia una desmoralización en los patronos y una peligrosa inquietud entre los obreros. Pero significa aun más: la descomposición de la sociedad no-judía, y no solo una divergencia entre el capital y el trabajo, sino también una disgregación de los no-judíos en todos los campos de la producción. Empresarios y fabricantes no-judíos no son en Norteamérica los "capitalistas" propiamente dichos, sino que la mayoría de entre ellos deben tomar préstamo el dinero con que trabajan, siendo así que el único capitalista verdadero es el judío; mejor dicho, el judío internacional.

Con el capital hebreo amordazando a los industriales por uno de los extremos del proceso fabril no-judío y con los agitadores, demagogos y revolucionarios semitas en el otro extremo, agitando la fusta o la antorcha ante el obrero, nos encontramos en una situación que a los inventores internacionales del plan destructor contenido en los Protocolos sionistas ha de llenarles, sin duda, de satisfacción.

"Deberíamos temer las fuerzas reunidas de la inteligencia de los infieles con las energías de las masas obreras, mas hemos adoptado contra este posible peligro, todas las precauciones necesarias, levantando entre estas dos fuentes de energía una barrera de mutua enemistad. Resulta que la fuerza ciega de las masas sigue siendo nuestro punto de apoyo. Nosotros y solamente nosotros seremos sus capitanes. Claro es que utilizaremos aquellas energías para efectivizar nuestros planes". (Protocolo 9º)

La prueba de que los hebreos están en realidad sumamente satisfechos, radica en el hecho innegable de que no solo no hacen nada absolutamente para mejorar la actual situación, sino que, por lo visto, hasta se esfuerzan para empeorarla. Conocen a fondo el método de provocar una escasez artificial de productos, y por lo tanto un alza de precios, que tanto durante la revolución francesa, como ahora en Rusia, y también en Alemania durante la guerra, se empleo sistemáticamente. En nuestro país se van advirtiendo también estos indicios.

Artificiosos problemas sociales, como alimento espiritual, y frívolas diversiones en los momentos de ocio: tales son los métodos hebreos con respecto a los infieles, y bajo esta consigna ha de completarse la obra caracterizada por el lema que dice: "dividir para reinar". "A fin de desviar las inteligencias demasiado despiertas de la cosa publica y de los asuntos políticos, nosotros inventaremos nuevos problemas que al parecer se liguen con aquellos, o sea problemas sociales". (Protocolo 13).

¿No será inevitable que se vaya formando así un abismo entre la forma de discurrir de las masas, que se ocupan exclusivamente de problemas económicos, y la de los partidos que tratan de ocuparse solo de cuestiones políticas? ¿Y no es cierto que los judíos ocupan en ambos conceptos posiciones destacadas, o sea: en la política para que siga reaccionaria, y entre los obreros para mantenerlos en un estado radical, ahondando cada vez más este abismo? ¿Y no es cierto también que existe esta divergencia exclusivamente entre los no-judíos? La verdad es que entre los judíos existe, y ello porque la sociedad carcomida es la no-judía, en tanto que los elementos destructores son judíos.

Véase también este texto: "Nosotros introdujimos en las Constituciones derechos populares equívocos, que no pueden realizarse. Estos llamados "derechos del pueblo" existen únicamente en teoría, pero jamás se dejan traducir a la práctica... No aprovechan mucho mas los proletarios de estas Constituciones, que el mendigo de las migajas que caen de nuestras mesas, y esto es como pago por haber dado su voto a nuestros agentes, coadyuvando a la realización de nuestros proyectos. Son los derechos republicanos para el pobre un escarnio amargo, puesto que el yugo de su tarea diaria le impide hacer uso de ellos. Al propio tiempo se le arrebata la esperanza de una ganancia segura y duradera por el hecho de que siempre esta pendiente de huelgas o lock-outs, que organizan, o por los patronos o por sus mismos camaradas de trabajo" (Protocolo 3). La referencia a las huelgas pierde todo cuanto pudiera tener de enigmático para aquel que en nuestro país haya estudiado las distintas formas de huelgas. "Nosotros lograremos por la fuerza aumentos de jornales, que al mismo tiempo provocaremos un alza de precios para todos los productos esenciales a la vida so pretexto de que esto es una lógica consecuencia de la agricultura y la ganadería. Socavaremos también profunda y artificiosamente las fuentes de la producción de mercaderías por medio de seducción al obrero al ideal anarquista" (Protocolo 6). Y, finalmente: "Nos presentaremos como libertadores de las clases obreras, llegados solo para librarles del yugo que las oprime y trataremos que ingresen en nuestro ejercito de socialistas, anarquistas y comunistas, al cual, también bajo pretexto de la idea de una confraternización internacional,

prestaremos nuestra ayuda" (Protocolo 3º). Como se ve, aparece nuevamente la "magnanimidad". Recuérdese también en esta combinación de ideas, aquellas palabras de sir Eustace Percy, que muchos judíos hacen suyas: "No porque se preocupe el judío del lado positivo de los principios radicales, no porque quiera participar en un nacionalismo o democracia no-judíos, sino porque ningún gobierno no-judío le inspira otro sentimiento que odio".

El autor de El judío conquistador, expresa: "El judío es demócrata en sus sentimientos, mas no según su naturaleza. Al proclamar la confraternidad universal, solo desea conseguir con ello que se le abran las puertas sociales, ante él cerradas aun en muchos terrenos. No porque ansíe una igualdad, sino por querer predominar en el mundo social, tal como lo hace ya en otras esferas. Es indudable que muchos judíos honestos niegan esta diferencia; pero solo lo harán porque personalmente vivieron tanto tiempo dentro de la atmósfera occidental, que perdieron el instinto de lo que se prepara en el fondo de sus hermanos de raza orientales".

Por lo tanto, no es muy difícil comprender el desarrollo de las ideas hebreas del liberalismo, desde su origen hasta sus últimas manifestaciones en la existencia de los pueblos no-judíos. El desorden anhelado es evidente. El desorden es lo que caracteriza hoy en día a todas las manifestaciones de la vida de los no-judíos. No saben ya a que atenerse, ni en que creer. Se les presenta primero una serie de hechos y luego otra, primero una explicación, una segunda después. Circulan innumerables explicaciones que nada explican sino que únicamente enredan y enturbian las cuestiones. Los gobiernos parecen encadenados, y cuando intentan aclarar los asuntos, se ven inmediatamente atenazados por ocultas resistencias. Esta situación de los gobiernos ha sido también prevista en los Protocolos.

Se unen a todo esto los ataques contra la natural sed humana de religión. También tendrá que caer esta última barrera, antes de que la violencia y el latrocinio puedan desplegarse libre y descaradamente. Dice el cuarto Protocolo, para ir preparando esta situación deseada: "Por esta razón nosotros deberemos socavar la fe de los infieles, eliminando de su corazón hasta las fundamentales ideas de Dios y del alma, que reemplazaremos con cálculos matemáticos y pensamientos materialistas. Cuando nosotros privábamos a las masas de su fe en Dios, la autoridad quedo enlodada, y al quedar transformada en propiedad pública, fuimos nosotros los que nos apoderamos de ella" (Protocolos 5º).

“Hace mucho tiempo ya que nosotros desacreditamos al clero de los infieles” (Protocolo 17)

"Cuando seamos los amos, declararemos falsa toda religión que no sea la nuestra, que proclama a un Dios, con el que va unido el destino de nuestro pueblo por ser su predilecto, y por el cual queda enlazado nuestro destino con el del mundo. Por tal razón deberemos aniquilar a las demás religiones. Si por dicha acción apareciera en forma pasajera el ateísmo, esto no perturbaría a la larga, nuestros objetivos". (Protocolos 14). ¿Será esto suficiente motivo de seria reflexión para los "magnánimos"?

Notable es la consecuencia de que este programa religioso realizóse prácticamente en Rusia, donde Trotzky (tal como lo publicara clamorosamente la prensa judaizada yanqui) pasa por a-religioso, y donde comisarios hebreos, respondiendo a rusos moribundos, que suplican asistencia espiritual, dicen: "Al Todopoderoso le destronamos". Miss Catalina Dokoochiew declaro en el Comité de Socorro para los judíos orientales, que las iglesias cristianas fueron horrorosamente profanadas por los bolcheviques, pero que "las sinagogas permanecieron intactas y no se les causa daño alguno".

Todas estas formas de ataque, cuyo fin tiende a la destrucción de los centros naturales de la existencia intelectual de los no-judíos, y a su reemplazo por otros centros de índole malsana y destructora, son eficazmente secundadas con la propaganda del lujo, una de las más enervantes influencias que existen. Empieza por la comodidad y, pasando por la relajación y el afeminamiento, lleva a la degeneración física, intelectual y moral. Siendo en un comienzo seductor, termina en pasiones debilitantes que provocan la ruina total de las energías sanas y fuertes de la vida. Constituiría un tema especial el estudio y fuertes de la vida. Constituiría un tema especial el estudio de las mutuas relaciones entre el lujo y la desmoralización, y el resultado seria que la causa fundamental de ambas apariencias converge en una y misma fuerza.

Si constituye el desorden el fin inmediato logrado por todas estas influencias esbozadas, se considera este, empero, solo como preparativo para un estado de cosas todavía mucho más triste y desesperado; es este la extenuación total. Claramente se comprende lo que esto significa. La extenuación constituye un ataque mortal a la vitalidad del organismo colectivo de un país. Los últimos sucesos políticos lo demuestran nítidamente, y nadie se preocupa ya de ello. Los partidos políticos, aunque publican grandes proclamas, prometiendo sus candidatos el cielo y la tierra a sus electores, en la practica nadie se preocupa después de realizar a sus electores, en la practica nadie se preocupa después de realizar tales programas. Comenzó esta extenuación con la conflagración mundial y sus excitaciones. La Paz, con su universal perturbación, la corono y completo. Los pueblos no creen ya en nada, ni alientan esperanza alguna. Esta perdida toda confianza y casi podríamos decir que con ella desaparecieron la audacia y el espíritu de empresa. El derrumbe de todas las iniciativas, que falsamente se denominaron "movimientos populares", fue tan rotundo y completo, que la mayor parte de los hombres hasta perdieron toda esperanza en la eficacia de futuros movimientos populares.

Expresan a este respecto los Protocolos: "Extenuación general mediante discordias, animosidades, hambre, propagación de epidemias y empobrecimiento, hasta que los infieles no vean mas salvación que nuestras riquezas y soliciten en su ayuda nuestro dinero y nuestro poder" (Protocolo 10). "Merced a estos medios extenuaremos y debilitaremos a tal punto a los infieles, que tendrán que ofrecernos la autoridad internacional. Absorberemos con su ayuda todas las fuerzas dominantes aun en el mundo, formando así su Súpergobierno. Habremos de conducir en tal forma la educación de la sociedad de los infieles, que por debilidad y abatimiento abandonaran toda empresa que implique osadía" (Protocolo 5º).

Nunca estuvieron los judíos debilitados ni exhaustos. Jamás se enfrentaron a un "imposible". Esto es una inequívoca señal para aquellos que conocen perfectamente el hilo rojo que atraviesa nuestra vida. Lo inseguro, el constante vagar bajo influencias cuyo origen se ignora y cuya finalidad permanece oculta, enerva y extenúa el espíritu. Esto es lo que hacen los no-judíos, y padecen desde hace siglos. Los demás, con cabal conocimiento de lo que sucede, no sucumbieron a esta extenuación. Las mismas persecuciones pueden sobrellevarse cuando se sabe por que se soportan, y los hebreos supieron en todas las edades perfectamente cuanto y por que coincidieron estas con sus propios planes. Los no-judíos padecieron mas con las persecuciones de los judíos, que estos mismos; porque al concluir dichas persecuciones siguieron andando los no-judíos en las tinieblas, tal como lo hicieron antes; en tanto que los judíos volvieron a emprender su camino prefijado hacia el fin, en el que inflexiblemente creen, según dicen y afirman hasta aquellas personas que tuvieron oportunidad de penetrar mas profundamente en los asuntos judíos. Acaso estas personas también estén contaminadas de la extenuación general antes citada. Pero sea como fuere, la revolución necesaria para librar al mundo del yugo judío, seria tan cruel como lo son los métodos judíos para dominar al mundo que no lo es. Mucho son los que dudan de que los no-judíos tengan las energías suficientes para defenderse; tal vez no las posean. Pero que sepan al menos quienes son sus verdugos.

 

XIV

 

¿PREVIERON LOS JUDIOS LA CONFLAGRACION MUNDIAL?

 

Antes de iniciar un concienzudo estudio de las conexiones interior y exterior existentes entre el programa escrito de los Protocolos de los Sabios de Sión y la realidad de las cosas, tal como puede esta verificarse en la vida de los pueblos, debemos fijar nuestra atención de los pormenores que en la época en que se redactaron dichos Protocolos quedaban aún reservados al porvenir. No debemos olvidar que lo que en 1896 o en 1906, pertenecía aún al futuro, hoy puede ya pertenecer al pasado, y que lo que eran proyectos en aquel entonces, pueden ser ya hoy hechos consumados. Recordemos estas palabras del Protocolo 22: "He tratado de descubrir cuidadosamente los secretos de sucesos pasados y por venir, así como el importante desarrollo del futuro próximo, al cual nos vamos aproximando en una marejada de angustiosas crisis". Algunos de esos "sucesos importantes" ya se realizaron, proyectando una luz vivísima sobre las cuestiones que iremos tratando aquí.

Una prueba documental, grabada en la memoria de todos, la brinda la Gran Guerra. La critica hebrea ejercida contra nuestra presente campaña publicista, trato de levantar gran clamoreo por el hecho de que en uno de nuestro capítulos anteriores nos ocupábamos del antisemitismo actualmente en preponderancia en Alemania, e intento confundir al publico con el torpe aserto de que esta obra nuestra no era mas que una sagaz propaganda germana de post-guerra. En cambio es verdad que una serie de artículos que se ocupan de la cuestión hebrea en los diferentes países tuvo que abandonarse de repente, a fin de informar primordialmente al pueblo norteamericano sobre lo esencial de dicha cuestión. Es Alemania actualmente, y quizá con la única excepción de los Estados Unidos de Norteamérica, el país que en mayor grado se halla interior y exteriormente bajo la influencia hebrea, aserto que puede ahora apoyarse en pruebas mucho mas convincentes que las del capitulo segundo de esta obra. (Y debemos dejar constancia que aquellas pruebas fueron primeramente impugnadas por los portavoces judíos; pero después han sido admitidas). A partir de entonces consiguió la opinión publica en Alemania que los hebreos individualmente se alejaran de la mayoría de los cargos públicos. El pueblo alemán esforzóse en lo posible para reintegrar la Administración del país a manos alemanas. Pero ¿se libro con ello Alemania de los judíos? ¡En modo alguno! Porque las raíces de la dominación hebrea están mucho más amplia y mas hondamente ramificadas de lo que puede significar el ejercicio publico de diversos cargos de poder político y administrativo. Su decisiva influencia sobre las grandes industrias, las finanzas y el porvenir político de Alemania no cambio en nada absolutamente, persistiendo todavía hoy inquebrantada.

Citar a Alemania aquí en relación con la cuestión, obedece a razones muy particulares. Sabemos que allí surgió la voz de "anexiones", y ello en una época en que toda la actividad guerrera y la opinión pública germanas estaban completamente bajo la influencia judía. "Anexiones", fue el grito que de repente oyóse en todas partes del mundo, en tanto que en los Estados Unidos de Norteamérica, país que en aquel entonces ni siquiera soñaba en una participación en la contienda, surgía la contravoz de "sin anexiones". Así convirtióse este asunto en una cuestión mundial. Poco tardóse en lograr de una manera sorprendente que los pueblos olvidaran casi completamente los ríos de sangre, los usureros de la guerra y los demás acontecimientos, debatiendo únicamente un asunto que, por su naturaleza, hubiese pertenecido al termino y no al comienzo de la guerra, es decir: la cuestión de las "anexiones". Cuando se sabe quienes han sido los que decidieron en Alemania la formulación de los anhelos políticos, y quienes fueron en esa época los decisivos consejeros de la política exterior de los Estados Unidos, se presenta esta contraseña, formulada bajo el concepto de "anexiones", en extremo interesante para el mundo entero, pero no con absoluta claridad aun.

No se adquiere esta comprensión absoluta sino leyendo los Protocolos sionistas, cuyo texto data del año 1896, y que solamente ahora se van conociendo al darles mayor publicidad. La fecha última posible de su redacción es la del año 1905, también sin ningún género de duda.

La segunda tesis es la que se ocupa de la guerra, expresando al principio: "Es imprescindible para nuestros objetivos, dentro de lo posible, que las guerras no impliquen ganancias territoriales para nadie. En esta forma las guerras se desvían hacia un punto de vista económico, y los pueblos en lucha reconocerán nuestro predominio en la medida en que nosotros les brindemos nuestra ayuda".

¿Quien hubiera pensado en la época comprendida entre los años 1896 y 1905, que en futuras guerras podría darse la contraseña de "sin anexiones"? ¿Alguien de entre nosotros? ¿Algún estadista o político? Nos consta que los Estados Mayores de los diversos países se ocupaban de los planes y operaciones a realizar en una posible guerra futura. Nos consta también que los estadistas responsables se esforzaban en hallar el máximo equilibrio posible de intereses, para evitar conflagraciones. ¿Quién, con su claro programa de "sin anexiones", enturbió la vista de todos?

Poseemos por suerte incontrastables pruebas judías que nos dan la respuesta a las anteriores preguntas. Publicó la revista American Jewish News (Noticias judeoamericanas), con fecha 19 de septiembre de 1919, el artículo de fondo titulado: "Cuando hablan los profetas", firmando por Litman Rosenthal.

"Hace muchos años que Nordau profetizo la declaración de Balfour, referente al Estado independiente judío en la Palestina". "Litman Rosenthal, su intimo amigo, refiere esto en una de sus brillantes crónicas."

Dice el autor al respecto en la pagina 464 de su obra: "Un sábado, al siguiente día de finalizar el sexto congreso sionista, el doctor Herzl me invito telefónicamente a visitarle". Fija este detalle la fecha de lo ocurrido, teniendo en cuenta que el sexto congreso sionista efectuóse en agosto de 1903, en Basilea (Suiza). Prosigue después: "Al penetrar en la antesala del hotel, halle a la madre de Herzl, que me recibió con su proverbial afabilidad, preguntándome si la agitación entre los sionistas rusos se había aplacado entretanto, un poco".

"¿Por que precisamente la de los sionistas rusos, señora?", inquirí; "¿por que le interesa a usted justamente el estado de animo de estos? ¿Porque mi hijo se ocupa con preferencia de los sionistas rusos?", me respondió la dama; "en ellos ve Herzl la quintaesencia, la vitalidad principal del pueblo hebreo".

Con motivo de este sexto congreso sionista de Basilea, el gobierno británico ("Herzl y sus agentes siguieron en contacto con el gobierno inglés", dice la Enciclopedia Judía, tomo XII, Pág. 678) había ofrecido a los hebreos una colonia en Uganda (África oriental). Herzl sintióse dispuesto a aceptarla, no en sustitución de la Palestina, sino más bien como un paso en el camino a tal fin. Constituyo este detalle el tema principal de la conferencia realizada en el hotel de Basilea entre Herzl y Litman Rosenthal. Según la crónica ya citada, Herzl dijo a Rosenthal: "Hay una diferencia entre el objetivo final y los caminos que hacia él conducen".

De repente entró Max Nordau, que en la última conferencia de Londres parece haber sido designado sucesor de Herzl, con lo cual termino la conversación con Rosenthal. Lea ahora el lector con detenimiento la parte del principal relato de Rosenthal:

"Aproximadamente un mes después llegue a Francia en viaje de negocios. De paso para Lyón me detuve en París, donde, como siempre, visite a nuestros amigos sionistas. Me dijo uno de ellos que aquella misma noche, disertaría el señor Nordau sobre el sexto congreso sionista de Basilea. Claro es que interrumpí el viaje para concurrir a la reunión y oír el relato de Nordau. Al entrar en la sala, la hallamos colmada y se aguardaba con impaciencia al gran maestro Nordau, cuya aparición fue saludada con una nutrida salva de aplausos. Nordau, sin atender a las aclamaciones, inicio al pronto su discurso diciendo: "Todos vosotros estáis aquí por un interrogante que golpea vuestros corazones, y que se formula en vuestros labios y, efectivamente, la pregunta es magna y de vital importancia. Yo os daré la respuesta. Lo que os preguntáis es lo siguiente: ¿cómo pude yo, uno de los autores del plan de Basilea, pronunciarme en favor de la oferta británica referente a Uganda? ¿Cómo podríamos traicionar Herzl y yo nuestro ideal palestiniano? - porque, indudablemente, vosotros creéis que nosotros lo hemos traicionado y olvidado.- Pero oíd lo que tengo que deciros. Hable en favor de Uganda luego de reflexionar larga y detenidamente. Con plena conciencia de lo que hacia, aconseje al congreso discutir y aceptar la proposición británica hecha a la nación judía por intermedio del congreso sionista. Y mis razones... pero en lugar de ellas prefiero referiros a guisa de alegoría, una historieta política.

"Voy a referirme a una época casi olvidada ya, a aquella época en que las potencias europeas resolvieron enviar una escuadra contra el fuerte de Sebastopol. En aquella época Italia, el reino unido de Italia, aun no existía. Italia no era, en realidad, sino aquel insignificante principado de Cerdeña, en tanto que la Italia grande, unificada y libre, fue solo un sueño, un anhelo ardiente, un lejano ideal para todo buen patriota. Los dirigentes políticos sardos, que deseaban y luchaban por la gran Italia, fueron los tres grandes héroes populares: Garibaldi, Mazzini y Cavour.

"Las potencias europeas también invitaron a Cerdeña a participar en la expedición contra Sebastopol, enviando también una escuadra para el bloqueo de aquella plaza fuerte. Provoco esta proposición cierta discordia entre los jefes. Garibaldi y Mazzini, que no quisieron enviarla en ayuda de Francia y Gran Bretaña, dijeron: "Nuestro programa, la obra a la que nos consagramos, es solo la Italia grande unificada. ¿Que puede interesarnos a nosotros Sebastopol? Sebastopol nada es para nosotros, y debemos concentrar todas nuestras fuerzas en nuestro programa inicial, de modo que podamos realizar nuestro ideal lo antes posible" Pero Cavour, entonces el estadista más eminente, hábil y de mayor inteligencia del país, empeñóse en que se participara con la escuadra en el bloqueo de Sebastopol, en lo que, por fin, se impuso. Acaso os interese saber que la mano derecha de Cavour, su íntimo amigo y consejero, su secretario, Hartum, fué hebreo, y que en los círculos opositores al gobierno, se hablaba con indignación de la traición judía. Y en una asamblea de patriotas italianos clámose contra el consejero Hartum, exigiéndole que aclarara y defendiera su traidor proceder político. Y Hartum dijo: "Nuestro sueño, nuestra lucha, nuestro ideal, un ideal que ya pagamos con sangre y lágrimas, con preocupaciones y desesperanzas, con la vida de nuestros hijos y el mortal horror de nuestras madres, nuestro único anhelo y objeto en una Italia libre y unida. Todos los medios son sagrados, si conducen a este grande y glorioso fin. Cavour sabe muy bien que después de las luchas frente a Sebastopol, tarde o temprano, reuniráse una conferencia de paz, y que en dicha conferencia participaran todas las potencias que antes participaron en el bloqueo. Cierto es que Cerdeña no tiene un interés inmediato es la expedición contra Sebastopol, pero si ahora participamos en la lucha, mas tarde estaremos representados en la conferencia de paz con los mismos derechos que las demás potencias europeas, y será en esta conferencia donde proclamara Cavour la Italia libre e independiente.

"Así nuestro sueño, por el que sufrimos y morimos, por fin convertiráse en grandiosa y feliz realidad. Y si me preguntáis ahora nuevamente lo que Cerdeña tenga que ver con Sebastopol, os diré las siguientes palabras: que son los peldaños de una escalera: Cavour, Cerdeña, bloqueo de Sebastopol, conferencia de paz, proclamación de una Italia libre unificada".

La concurrencia pasmóse bajo la fascinación del discurso en verdad poético y brillante de Nordau, cuyo elegante y armonioso francés, encantó a quienes le escucharon. Detúvose el orador durante breves segundos en su discurso, en tanto el público, enajenado por la brillantez de su perorata, le aplaudía frenéticamente. Nordau solicitó silencio para seguir diciendo: "ahora, pues, la grande y progresista potencia mundial que es Gran Bretaña, luego de las matanzas de Kichinef y en señal de su simpatía por nuestro pobre pueblo, ofreció a la nación hebrea por intermedio del congreso sionista, la colonia independiente de Uganda. Cierto es que Uganda está en África y África no es la Palestina, ni lo será nunca, citando aquí las propias palabras de Herzl. Pero Herzl saben muy bien que para la causa del sionismo nada hay tan valioso como mantener relaciones políticas amistosas con una potencia como Gran Bretaña, tanto más valiosas, cuanto que el interés primordial de Gran Bretaña se concentra en oriente. En parte alguna del mundo se estima tanto un precedente como en Gran Bretaña, y resulta así de suma importancia el recibir una colonia de manos de Gran

Bretaña, para crear en esa forma un precedente en favor nuestro. Tarde o temprano preciso será resolver la cuestión de oriente y esta involucra en sí la de la Palestina. Gran Bretaña, que dirigió una nota diplomática formal al congreso sionista - sujetó este a su vez al programa de Basilea, - Gran Bretaña, pues, lleva la voz cantante y decisiva en la solución de la cuestión oriental, y Herzl comprendió que su obligación era mantener valiosas relaciones con esta gran potencia progresista.

Herzl sabe que nos hallamos frente a una inmensa conflagración mundial. Tal vez muy pronto se convocará una especie de congreso mundial y Gran Bretaña, la grande, libre y poderosa Britania, proseguirá entonces la obra, que inició con su magnánima oferta dirigida al sexto congreso sionista. Y si me preguntáis ahora lo que tenga que ver Israel con Uganda, os repetiré las palabras del gran estadista de Cerdeña, aplicadas ahora a nuestro caso y en nuestro sentido. Os diré las palabras siguientes, como si os mostrara los peldaños de una escalera que lleva cada vez más hacia arriba:

Herzl, el congreso sionista, la proposición británica de Uganda, la futura guerra mundial, la conferencia de paz, donde con la ayuda de Gran Bretaña se creará una Palestina libre y judía".

"Cayeron estas palabras sobre nosotros como imponente trueno; todos temblábamos de asombro y veneración, como ante una visión. Y repercutían en mis oídos las palabras de nuestro gran hermano Achad Haam, que había juzgado el discurso de Nordau pronunciado en el primer congreso sionista, diciendo: "tengo la sensación de que nos ha hablado uno de los grandes profetas antiguos, que está voz descendió de las libres montañas de Judea, y nuestros corazones ardían al oír sus palabras tan llenas de milagros, sabidurías y visiones".

Lo más raro de todo este relato es que semejante artículo pudiera imprimirse. Mas téngase en cuenta que no se imprimió sino después de la declaración Balfour acerca de la Palestina y seguramente no se hubiese impreso jamás, si los judíos no estuviesen en la creencia de que gran parte de su plan estaba ya realizado. El hebreo no se descubre nunca hasta que cree haber ganado la jugada, después se abandona. A los hebreos sólo en 1903 se les descubrió el programa "de la escalera" con sus peldaños: guerra mundial futura, conferencia de paz, la Palestina judía. Al suponer que habían llegado al peldaño más alto, dejaron que se hablase públicamente del asunto.

Algo muy parecido nos lo ofrece también la tragedia del zar de Rusia. Al conocerse en Norteamérica su destronamiento, provocó este suceso gran júbilo en Nueva York, y un personaje no judíos de universal renombre pronunció un discurso, en el cual enalteció a un hebreo de gran autoridad nacional (Jacobo Schiff, jefe de la mayor casa bancaria norteamericana de Kuhn, Loeb y Cia., recientemente fallecido), por haber preparado la caída del emperador con el dinero facilitado por el, y con el que durante la guerra ruso japonesa propagáronse ideas subversivas entre los prisioneros rusos en el Japón. Este hecho no llegó conocerse sino luego de haberse ganado la jugada. No deberá tampoco olvidarse que los que representaron el último acto de este cruento drama, los asesinos de Nicolás Romanof, de su esposa, de sus jóvenes hijas y de su hijito enfermo, fueron "cinco diputados soviéticos, todos ellos judíos". Lo que había comenzado con ayuda de un financista norteamericano, terminó sangrientamente con los diputados bolcheviques hebreos.

¿Previeron, entonces, los judíos internacionales en 1903, la conflagración mundial? Ofrece para ello el relato de Rosenthal sólo la fracción de una prueba. Y ¿únicamente la previeron? Más valdría que así fuese; pero existen también hechos que demuestran que hasta la prepararon.

Rogamos por lo pronto al lector que retenga en su memoria dos frases características de la citada obra de Rosenthal: "acaso os interese saber que la mano derecha de Cavour, su íntimo amigo y consejero, su secretario Hartum, fue hebreo". Así habla hasta el mismo judío. Si el Dearborn Independent u otro diario o revista neoyorquina o de Chicago repasase la lista de los secretarios de los poderosos de este mundo apuntando detrás del apellido respectivo: "su secretario: un judío", es seguro que la liga ante difamatoria hebrea publicaría grandes circulares de protesta. Según los judíos, no debe permitirse a los no judíos aquello mismo que a ellos le es tolerado. Si escribiera alguien sobre la personalidad política de Hartum, tendría que designarla como "italiana".

Los secretarios hebreos, de los que antes de la guerra, en el transcurso de la misma, y en la conferencia de paz, existía un muy importante número, ¿fueron de menor talento que aquel Hartum? ¿No había Hartums en Francia, en Gran Bretaña, en Alemania, y hasta el Rusia (en los Estados Unidos consta que existían muchos), que conocieron a la perfección el "programa de la escalera"? Y Max Nordau, que en 1903 lo conoció en sus detalles, ¿lo había olvidado en 1914 y 1918? Nosotros, de todos modos, sabemos que los judíos reunidos en su congreso de Basilea en 1903 previeron la "guerra" mundial futura. ¿Cómo pudieron saber que se convertiría en una conflagración mundial? Sabemos también que los protocolos, acaso ya en 1896, pero seguro en 1905, habían previsto la política de dos puntos "sin anexiones".

Estalló la guerra mundial. Y apareció la frase de "sin anexiones". Lo que se presentaba como un futuro en aquellos Protocolos sionistas, es ya para nosotros un pasado. Se hallan en los protocolos los dos siguientes conceptos: "hemos" y "haremos". Cuando el año actual el oculto jefe del gran mundial dirija la palabra en cualquier parte a sus oyentes iniciados, deberá utilizar en muchas partes el término de "hemos", donde su colega de 1896 aún dijera "haremos". Muchos proyectos de esa fecha ya se cumplieron.

"Cuando convenga nos presentaremos como libertadores de las clases obreras", lo cual ya se hizo y se sigue haciendo. "Nosotros canalizáremos el interés de los infieles hacia la industria y el comercio", lo cual también se realizó ya. "Nosotros crearemos una administración sólidamente centralizada, para reunir todas las energías nacionales en nuestras manos". Esto hoy es un hecho en casi todos los estados. "Nosotros estaremos del lado liberal de todas las organizaciones o movimientos políticos por medio de nuestros oradores". Así es, en efecto. "Nosotros lograremos por la fuerza el aumento de jornales". ¡Logrado! "Al mismo tiempo provocaremos un alza de precios para todas las necesidades de la vida". ¡Cabal! "Socavaremos también los fundamentos de la producción, inculcando a los obreros ideas anarquizantes". ¡La prueba es evidente!

Expresa el 7º Protocolo: "Para evidenciar la esclavitud de los gobiernos europeos, nosotros demostraremos nuestro dominio efectivo mediante crímenes y violencias, es decir, por un gobierno terrorista". Aquel que se fije en Rusia, observando en cambio el proceder de los estadistas responsables de Gran Bretaña, Francia, Italia y demás naciones europeas frente a los Soviets; quien se dé cuenta cabal de la "esclavitud" efectiva de esos gobiernos bajo el yugo de ciertos asuntos, que tanto mas se embrollan cuanto mayor interés se demuestre por ellos; y quien finalmente reflexione sobre Europa extenuada con una herida mortal abierta, cuya cicatrización se impide intencionadamente, no podrán menos que decir que también aquella sangrienta profecía se realizo ya.

“No tienden precisamente nuestros planes a derribar de una vez todas las instituciones existentes. Solamente se modificara su aplicación, adaptándose toda su acción en el sentido de nuestros proyectos”. Esto también verifocóse.

“Ensillaremos a la prensa, tomando las bridas”. ¡Conseguido! En los Estados Unidos, tal como en otros países, estas bridas se toman hoy muy cortas, y de ello infinidad de editores pueden dar explicaciones si quieren.

“Cuando alguien pretendiera escribir en contra nuestra, no habrá quien le publique sus artículos”. Estos, en gran parte es, asimismo, un hecho, y lo es absolutamente en la prensa periódica, que hoy representa solo un negocio.

“Como estimulo a la especulación, despertaremos en loa infieles la sed del lujo y de las extravagancias en su modo de vivir”, lo cual, efectivamente, se comprueba mas cada vez.

“Anularemos toda resistencia a nuestros proyectos tomando la precaución de complicar en conflictos bélicos a cualquiera que ose oponérsenos. Si se da el caso de que todas las naciones vecinas se unan en común resistencia contra nosotros, provocaremos una conflagración mundial” (Protocolo 7). La palabra empleada en el original de “conflagración” o “guerra” mundial es idéntica a la utilizada por los sionistas Nordau y Rosenthal. “Herzl sabe – dijo Nordau en 1903, - que nos encontramos ante un posible sacudimiento del mundo entero”.

“En toda Europa, mediante múltiples relaciones en otros continentes, provocaremos inquietudes, discordias y mutua enemistad”, lo cual también es hoy una triste realidad. “Esto ofrece para nosotros doble ventaja, porque con tal método alcanzaremos la estima de todas las naciones, pues supondrán que tenemos realmente el suficiente poder para causar el desorden, y también para volver a entronizar el orden”. Es indudablemente cierto.

El orador del congreso de 1896 dijo una gran verdad cuando hablo de “los importantes acontecimientos a los que nos vamos aproximando en una marejada de fuerte crisis”. No solo se llevo a la práctica la teoría de “sin anexiones” en la medida prevista por los Protocolos, sino que al propio tiempo y en correlación maduraron también muchos otros planes. Es una cosa el lema “sin anexiones” como formula ética de una voluntad política; pero es otra muy distinta la formula “sin anexiones” a fin de que “de esta forma las guerras se transformen en asuntos económicos, y que las naciones aprecien el poderío demuestra superioridad, de acuerdo con la ayuda que les prestemos”. Supuso el mundo no-judío en el lema “sin anexiones la expresión de una ética política, en tanto que el programa, que utilizo esta ética solo como medio adecuado a sus fines prácticos, quedo completamente en secreto.

Este capitulo deberá proseguirse. Por ahora, se impone la pregunta de si al cumplirse el programa contenido en estos Protocolos judíos en tantísimos detalles, otro nuevo Protocolo, vale decir, una especie de prolongación de aquella escalera, no se haya, tal vez, inventado y comunicado por los sabios ancianos a los iniciados, y si debe esperar el mundo nuevas revelaciones. Seria probable que el conocimiento actual de los planes secretos hebreos conduzca a un despertar de los pueblos, con lo cual fracasaría por fuerza todo el programa hasta ahora en vigor, quedando también imposibilitada la redacción de otros similares. Mas Judea marcha precedida siempre por una rutilante estrella.

 

XV

 

¿ES IDENTICO EL “KAHAL” JUDIO AL ACTUAL SOVIET RUSO?

 

No es el soviet tampoco una institución rusa, sino judía. No representa tampoco un invento moderno de los actuales hebreos en Rusia, ni una nueva idea política de Lenin o de Trotzky, sino que es de arcaico origen judío, una forma de organización que, luego de la conquista de la Palestina por los romanos, adoptaron los hebreos para seguir manteniendo su peculiar vida racial y nacional.

 

El moderno bolcheviquismo, reconocido hoy como simple envoltura exterior de un golpe de Estado, larga y detenidamente planeado, con el objeto de asegurar el predominio de una determinada raza, adopto de inmediato la forma administrativa de los soviets, por la sencilla razón de que los hebreos de todas las nacionalidades que cooperaron en la implantación del bolcheviquismo en Rusia, están desde siempre educados bajo la forma y estructura del soviet.

 

Se cita el soviet en los Protocolos con su viejo nombre judío de “kahal”. La tesis 17 expresa: “Ya en estos días están obligados nuestros hermanos a denunciar a los apostatas que resisten al kahal, a su propia familia u otra persona cualquiera. Al advenimiento de nuestro reino, todos los súbditos tendrán que servir igualmente al Estado”.


 

Quien conozca algo de la vida actual de los judíos sabe muy bien lo que significan tales denuncias por apostasía. La dureza de las persecuciones a que se expone un israelita convertido al cristianismo, o el hijo o la hija de una familia ortodoxa que contraiga matrimonio con un no judío, no tiene comparación posible dentro del resto de la humanidad. En fecha reciente, una joven judía, que habita uno de nuestros Estados del Oeste, contrajo enlace con un editor periodista de sangre no-judía. Apenas comunico su intención se la considero apostata. De haber muerto de la muerte más infamante, de haberse dado a la profesión más deshonrosa, no hubiesen podido exteriorizarse los sentimientos por su decisión, en más denigrante forma de la que en este caso ocurrió. Celebráronse por ella unas lúgubres exequias, y el día de sus bodas se la considero muerta para su pueblo.

 

Nada tiene este caso de excepcional, pudiendo verse una de las más impresionantes descripciones en la vida del gran filósofo hebreo Spinoza, a quien los judíos modernos desearían de buena gana proclamar como la flor y nata de su pueblo. Sus estudios le llevaron a dudar de muchos de los dogmas rabínicos, de aquellos “preceptos humanos” citados en los Evangelios. Como Spinoza gozo de gran fama entre judíos y no-judíos, se intento contra él el medio tan común del soborno. Deberían sentirse escrúpulos al emplear la frase de “el medio del soborno tan común entre los judíos”, si no respondiera estrictamente a la verdad. No es nuestra intención difamar por malicia, pero la Historia de los hebreos, escrita por hebreos, brinda una masa probatoria de que el soborno constituye el arma predilecta y más usual de los judíos, y lo que ahora se va conociendo al respecto prueba que todo sigue siendo igual. Un publicista israelita, Jacobo Israel de Haan, abogado holandés, hizo constar poco ha, que la debilidad de la prensa árabe hacia el soborno ofrecía fundadas esperanzas de que la agitación indígena contra los hebreos de la Palestina pronto cesaría. Dice el citado autor: “Existe entre los árabes indígenas vivísima agitación contra los que ellos denominan el peligro sionista. Pero los árabes, y en especial los diarios indígenas, se muestran muy accesibles al soborno. Por esta debilidad a la larga perderán la lucha contra nosotros”.

 

Así, ofreciósele también al joven Spinoza la suma de mil florines anuales si ocultaba sus convicciones, asistiendo de vez en cuando al culto en la sinagoga. Spinoza rechazo aquello indignado, decidiendo ganarse la vida pulimentando lentes para instrumentos ópticos. Se le excomulgo a raíz de esto. Se nos refiere en la siguiente forma el ceremonial de este procedimiento: “Llego por fin el día de la excomunión, reuniéndose enorme multitud para presenciar el lúgubre acto. Comenzó el mismo encendiéndose silenciosa y ceremoniosamente una serie de cirios negros, y abriéndose el área sacra que guarda los libros de la Ley mosaica. Avivóse en esta forma la fantasía de los creyentes, para mayor horror de la escena. El gran rabino, otrora amigo y preceptor, ahora el más cruel enemigo del reo, tuvo que ejecutar sentencia. Permaneció en pie conmovido por el dolor, pero inflexible. El pueblo lo observaba con gran expectación. Desde lo alto, con melancólica voz, entonaba el cantor las palabras de execración, en tanto que desde otro lado se mezclaban con estas maldiciones los penetrantes sones de una trompeta. Y se inclinaban los cirios negros cayendo el esperma derretido, gota a gota, en un gran recipiente lleno de sangre”. (Lewes: Historia biográfica de la Filosofía). Pronuncióse esta formula execratoria:

 

“Por resolución de los ángeles y los santos, te excomulgamos, Baruch de Spinoza, te maldecimos y te desterramos, con la aprobación de los Ancianos y de esta Sacra Comunidad, ante los Libros Sagrados; por los 613 preceptos en ellos escritos, por el anatema con que maldijo Josué a Jericó, con la maldición pronunciada por Elisa sobre los párvulos, y por todas las excomuniones escritas en los libros. Execrado seas de día, y también de noche. Execrado seas despierto y también en sueños; execrado al entrar, y execrado al salir. Que no te perdone el Señor. Se enciendan en adelante el furor y la ira divina contra este hombre y le impongan todas las maldiciones escritas en los libros de la Ley. Borre el señor su nombre debajo del Sol, y le destierre por su delito de todas las tribus de Israel con todas las maldiciones escritas en los libros de la Ley. Y ordenamos nosotros que nadie le preste favor alguno, ni viva con el bajo un mismo techo, ni se le aproxime a menos de cuatro codos, ni que lea ningún escrito por el redactado”. (Pollock: Vida de Spinoza).


 

 

Proferidas estas retumbantes palabras, sumergiéronse de pronto todas las ardientes velas en la sangre, y de todas las gargantas broto un fulminante grito de odio y maldición. Y en las densas tinieblas bajo solemnes execraciones todos dijeron: “¡Amen, amen!” (J. K. Hosmer: Los judíos).

 

Poseemos así una ilustración para el capitulo “delaciones”. Con claridad meridiana aparece la enorme presión que moralmente oprime a los judíos que intenten sublevarse públicamente contra las ideas antisociales de su pueblo, aunque por temor a los terribles e inminentes castigos no se atreven.

 

La delación, tal como ordena la tesis 17 de los Protocolos, es preciso aplicarla contra todo aquel que se resista contra el “kahal”, o sea el antiguo sistema soviético de los judíos.

 

Luego de aniquilado el Estado judío por los romanos, mantuvieron los hebreos en la persona de su patriarca un centro espiritual y político, y una vez dispersados los israelitas por el mundo entero, este centro nacional siguió existiendo en la persona del “Príncipe del destierro”, o sea del exilarca, cuyo cargo suponemos existe aun hoy, y que según la creencia de muchos es actualmente ejercido por un personaje hebreo-americano. Pese a todas las afirmaciones contradictorias, los hebreos nunca dejaron de ser un pueblo, o mejor dicho, un grupo conscientemente compacto sobre la base de su raza común, visiblemente diferente de todos los demás pueblos, y con fines e ideales puramente judíos, es decir, de judíos para judíos y opuestos a toda la humanidad. Que realmente formen una nación dentro de otras naciones, sus voceros más responsables y sus mas sesudos pensadores no solo no lo niegan, sino que hasta lo puntualizan especialmente, hallándose así en absoluta concordancia con todos los hechos perceptibles. El hebreo desea vivir diferenciado de los otros pueblos, esforzándose en obedecer únicamente sus propias leyes y costumbres. Consiguieron los judíos en Nueva York, establecer su propio juzgado que entiende en sus asuntos particulares y de acuerdo con su peculiar legislación. Y corresponde esta exactamente a los principios del soviet o kahal.

 

Ya lo dice la “Enciclopedia judía”; la “comunidad”, la “asamblea” o “Kahal” fue siempre, y desde el siglo primero de nuestra era hasta la fecha, el centro de la vida publica hebrea. Otro tanto ocurrió ya en tiempos del destierro babilónico. Finalmente se manifestó oficial y públicamente este kahal en la conferencia de Versalles, donde los hebreos, de acuerdo con su programa mundial (el único que con pleno éxito y ninguna modificación triunfo en la conferencia), se aseguraron el derecho de su kahal para sus asuntos administrativos y culturales todos, prerrogativa esta que añadióse a derechos ya existentes hasta en países donde hasta entonces el predominio se les había limitado. La cuestión polaca es genuinamente judía, y el fracaso de Paderewsky como gobernante fue solo consecuencia de su posición bajo influencias hebreas. La de Rumania es también puramente judía, y todos los súbditos rumanos hablan de Norteamérica como del “Estado judío”, por haberse impuesto por sus políticos de la formidable presión ejercida sobre su patria por los judíos de Estados Unidos. Se ejerció esta presión sobre asuntos realmente vitales para Rumania y obligo a dicho país a firmar tratados tan humillantes o más que las condiciones impuestas a Serbia por el Imperio Austro-Húngaro, y de las cuales surgió la guerra mundial. Es visible la cuestión judía por encima de todas las causas que provocaron la guerra, como lo fue también sobre todos los obstáculos contra una paz posible.

 

Bajo el kahal, o el antiguo soviet, vivían los hebreos para si, gobernándose a si mismos en forma de relaciones con el gobierno oficial del país en que residían, solo por intermedio de sus superiores. Se caracterizaba esta forma como un comunismo mucho más agudizado de lo que jamás se presentara, salvo en Rusia. Educación, higiene, impuestos, asuntos familiares; todo quedo sujeto a la ilimitada voluntad de unos cuantos hombres que integraban el gobierno. Esta autoridad, tampoco limitabase temporalmente (lo cual debe también suponerse del actual poder teocrático de los rabinos), y recogíase muchas veces el cargo hereditariamente. La propiedad fue común, lo cual,


 

empero, no impidió que los jefes se enriquecieran. Dichos kahales o soviets existían en Roma, en Francia, Holanda, Alemania, Austria, Rusia, Dinamarca, Italia, Rumania, Turquía e Inglaterra. En los Estados Unidos desarrollóse este sistema en conexión con la sinagoga y otras organizaciones secretas nacionales e internacionales.

 

Representa el kahal la forma tradicional de la constitución política judía durante la diáspora de los hebreos. Se manifiesta su carácter internacional en las autoridades más elevadas, y que se aplicaron a medida que los judíos se dispersaban por el mundo. Cita la Enciclopedia judía al “Consejo de tres tierras”, “Consejo de cuatro tierras”, “Consejo de cinco tierras” que en tiempos pretéritos formaban un lazo internacional. Pero se hace muy difícil averiguar en todos estos relatos, lo que de todo ello vale actualmente. El ultimo Congreso sionista, efectuado en Londres, donde, sin duda se arreglaron muchos asuntos relativos a los judíos residentes en el mundo entero (si bien esto no se dijo jamás públicamente), podría perfectamente llamarse el “Consejo de 35 tierras”, puesto que concurrieron delegados de las mas lejanas comarcas, tales como Laponia, África del Sur, Persia y Nueva Zelanda. El objeto de congregar a las autoridades judías universales fue el de unificar al pueblo hebreo, y relatos sobre congresos similares existen de todos los siglos pasados.

 

El soviet ruso no es, entonces, nada nuevo. Representa, simplemente, una forma de gobierno brutalmente impuesta a la Rusia no-judía por los judíos rusos revolucionarios, en cuya forma gubernativa el pueblo hebreo esta ya educado desde las primeras épocas de su contacto con la humanidad. Una Rusia soviética hubiese sido completamente imposible, salvo que un 90 por ciento de los comisarios fueron judíos. Otro tanto hubiera sucedido en Hungría, de no ser judío Bela-Kuhn, “el príncipe rojo”, y con él, dieciocho de sus veinticuatro comisarios. Representan los judíos el único pueblo perfectamente adiestrado en la instauración y administración de un kahal soviético.

 

Una noticia de la United Press de fecha 12 de agosto de 1920, caracteriza el parentesco interno del sistema soviético con la estructura espiritual de los hebreos. Esta información hablando de las ciudades y aldeas polacas ocupadas por el ejercito invasor rojo, dice: “Afirmase que las comunidades locales hebreas forman ya administraciones soviéticas y comunistas”. Es perfectamente natural, pero ello esta en flagrante contradicción con lo que se dice constantemente en la gran prensa respecto a los sufrimientos que padecen los pobres hebreos bajo el régimen soviético, y referente a su abominación de los rojos. Pero debe tener presente que la mayor parte de lo que leemos en la llamada gran presa, es artimaña pura y simplemente judía contrastando abiertamente con lo que nos vienen refiriendo testigos presenciales. Un miembro del “Comité de Socorros” norteamericano refiere que dicho socorro se imposibilita a menudo en Polonia, porque los propietarios de casas judíos, exigen alquileres exorbitantes para las necesarias oficinas y depósitos. Otro miembro expresa que a pesar de haberse decuplicado las tarifas ferroviarias en los distritos dominados del hambre, los trenes más lujosos y recargados con las más altas tarifas son utilizados preferentemente por hebreos. De su viaje a través de Hungría, relata dicho caballero que “los húngaros ya no tiene dinero, pero si los judíos”.

 

“Es que los judíos norteamericanos aborrecen a Trotzky y al sistema soviético”, se oye replicar a veces. ¿Será cierto? En la página 9 de la revista norteamericana Mundo judío, de fecha 30 de julio de 1920, se publica una carta con la firma de la señora Samuela Rush. Reza su epígrafe: “¿Nos avergonzamos verdaderamente de Trotzky?”, y algunos párrafos entresacados de la misma, expresan lo siguiente:

 

“Poco ha escuche quejas de editores hebreos, de que recaiga sobre el israelita la fama de radical. Es cierto: muchos hebreos son radicales. Cierto es que algunos jefes de los radicales son judíos. Pero antes de llorar sobre esta degeneración de la raza, reflexionemos un poco: Trotzky mismo nos fue siempre presentado como una persona ilustrada con profundos estudios sobre finanzas internacionales, como poderosos y autorizado jefe y pensador, que seguramente pasara a la historia como uno de los grandes de nuestra nación... Muy pocos de entre nosotros dudan todavía


 

de que detrás de las tonterías que se vienen publicando acerca de Rusia esta la gran verdad de que Rusia se halla en ese estado de desequilibrio que siempre acompaña una reconstitución. Detrás del aparente desorden se oculta un plan, y de la catástrofe resurgirá el orden. No será un país de utopía, pero un gobierno tan bueno como el de los idealistas indudablemente inteligentísimos, que en la nueva Rusia van trabajando, puede formarlo con ayuda del material humano naturalmente defectuosos de que disponen. Y es León Trotzky uno de los jefes. ¿Es que realmente debemos avergonzarnos de Trotzky?”.

 

Es evidente que por lo menos la firmante no se avergüenza de Trotzky.

 

Debe también conocerse lo concerniente al juez Harry Fischer, de Chicago. Mientras el señor Fischer percibió su sueldo del Estado por su cargo de juez, recorrió el mundo al servicio del Comité Judío de Socorros... Luego de haberse marchado vario de rumbo, llegando finalmente a Rusia. En varias entrevistas expresó que se le permitió entrar en Rusia con la condición de no ocuparse de cuestiones políticas. Parece que no se le impuso tal condición al regresar a los Estados Unidos, porque abiertamente actuó en nuestro país como propagandista de una política de relaciones comerciales ilimitadas con el gobierno soviético ruso. Según el diario Tribune, de Chicago, dice en resumen este juez: “Debemos abandonar a Rusia a sí misma, mas las relaciones comerciales con los soviets tendríamos que reanudarlas. El gobierno comunista esta firmemente arraigado. Mientras que solamente existen unos 700.000 miembros del partido comunista, los campesinos apoyan con sus 100.000.000 de almas el régimen de Lenin”. Entre los proyectos soviéticos apoyados por los casi cien millones de campesinos, se destaca, también el siguiente, de especial interés por el hecho de que el juez Fischer también ostenta la investidura de magistrado moralista dentro del Juzgado Moral de Chicago:

 

“Hace cierto tiempo se publicó la noticia de que las mujeres rusas habían sido declaradas propiedad nacional. Esto no es verdad; pero la facilidad con que es posible contraer matrimonio y divorciarse, favorece un cambio rapidísimo. Todo el que desea casarse, se presenta ante la autoridad competente y asienta su nombre en el registro matrimonial. Es pues, muy grande el estimulo de casarse. Cuando dos personas necesitan con urgencia alimentos y ropas, convienen a veces en casarse durante un día. Vuelven juntas al siguiente a los registros civiles y esta vez sus nombres simplemente se inscriben en los libros de divorcios. Eso es cuanto hace falta para casarse y divorciarse. Y obtienen así una buena comida”.

 

El juez Harry Fischer, de vuelta del extranjero al servicio del Comité judío de Socorros, parece ser que no es tampoco de los que se avergüenzan de Trotzky.

 

Máximo Pine, durante años secretario del comercio hebreo de Nueva York, estuvo también en la Rusia soviética como “representante obrero”. Pudo también referir muchas aventuras de los soviets, y entre otras la rara contradicción de que a los hebreos en Rusia, aun cuando no son comunizantes, les va admirablemente bien.

 

Escuchamos, pues, a tres personas distintas, pertenecientes a muy diversas capas sociales, pero cada una de ellas alienta una natural simpatía por el kahal, o sea el soviet, cierta admiración por sus métodos, y una abierta benevolencia hacia sus jefes. Porque el comunismo es la forma más perfecta de un despotismo absoluto, y precisamente aquellas costumbres matrimoniales están en completo acuerdo con los Protocolos sionistas, en que se dice: “Destruiremos la influencia hogareña y familiar entre los infieles”. Puede ponerse en duda que los kahals o soviets judíos-rusos consigan o no la absoluta destrucción de la vida familiar rusa. La debilidad fundamental del sistema soviético es idéntica a la de los Protocolos, o sea, una inaudita depravación moral, que como un cáncer va creciendo, hasta que junto con el organismo que ataca, muere por fin ella misma.

 

Desde el punto de vista de los Protocolos sionistas, Rusia no representa aun el Estado judío, pero si


 

un Estado no-judío conquistado por fuerzas judías. Se citan en los protocolos tres grados del procedimiento. Consiste el primero en la secreta destrucción de la comunidad racial mediante la divulgación de ideas seductoras y disolventes, en cuya labor recúrrese también a elementos no-judíos. Cuando estas ideas han surtido suficiente efecto para destruir a la sociedad, provocando una crisis, aparecen (como ocurrió en Alemania) repentinamente en la superficie aquellas fuerzas que accionaban antes en secreto, toman las riendas y dirigen la revuelta. Esto ocurrió en Alemania inmediatamente después de la derrota consecutiva al armisticio, pero los alemanes ya hacia tiempo que habían conocido la decisiva influencia de los judíos en todos los altos cargos del Imperio, y no paso así mucho tiempo sin que los hebreos hubieran de desaparecer nuevamente de todos estos cargos públicos. En Rusia también se echaron los judíos de inmediato sobre el poder político y administrativo, y lograron mantenerse en él. Empezó este proceso con la presión ejercida por Kerensky, alias Kirbis, sobre el zar, para que este abdicara, y sigue manifestándose bajo Trotzky, alias Braunstein, cuyos ejércitos rojos rodean la garganta de Europa.

 

Mas la conquista de un país, como se intento en Alemania, y se logro en Rusia, no es aun el objetivo final, según los Protocolos; representa únicamente el principio de su desarrollo públicamente visible. Tiende el kahal-soviet a la total destrucción de la sociedad no-judía, al aniquilamiento completo de toda cooperación y unión, a entronizar un despotismo absoluto, reglamentando exactísima y detalladamente hasta el más pequeño distrito, y lograr así volverse a levantar. Semejante proceder también comprende, naturalmente, la descomposición de la vida industrial, así como el reclutamiento de los no-judíos en el ejercito, y, desde luego, una general disolución de toda moral y de todo orden. Tal es el programa de los Protocolos en su consecuencia última, antes de empezar siquiera con la reconstitución con la cual se transformara el respectivo país en un Estado judío. No se vio aun en el mundo esta última fase, ni se pretende en Rusia hasta ahora. Si despierta el pueblo ruso del atolondramiento en que cayó, tampoco podrá ofrecérsenos allí. Aunque pregonen voces hebreas que Rusia, Estado soviético, esta bien fundamentada, será Rusia la que habrá de pronunciar la palabra decisiva, y Rusia todavía no hablo. Estremécese hoy el mundo entero ante el despertar futuro de la verdadera Rusia, ante la perspectiva de la terrible venganza que sobre los soviets habrá de tomar.

 

Durante la revolución francesa, el programa convenido en los Protocolos sionistas vio muy próximo su cumplimiento, pero lo aniquilo la depravación moral. En Rusia dio este programa un paso mas hacia su victoria, pero también sucumbirá ante la negación de las leyes morales. La cuestión judía debátase en la actualidad prácticamente en Polonia y Rusia, y las fuerzas judías reciben su apoyo principal desde los Estados Unidos. Nada tiene de extraño, entonces, que los pequeños Estados de la Europa Orienta, en su heroica lucha contra el pulpo judío, tilden a Norteamérica de “Judea”.

 

“Demostraremos nuestro omnipotente poder en un Estado”, expresan los Protocolos. “Para poner en evidencia la esclavitud de los gobiernos europeos infieles, probaremos a uno de ellos nuestro poder mediante la violencia, o con un gobierno terrorista”. (Protocolo 7).

 

Las potencias europeas, una después de otra, se vieron obligadas a retirar sus tropas de Rusia. Uno después de otro, los ministros europeos se dejaron atar las manos frente al problema ruso. Y el mundo entero vióse obligado a presenciar, impasible, la violación de Polonia, al osar resistir al poderío hebreo. Rusia tuvo que pagar extraordinariamente caro el intento de independizarse de los judíos, y ahora le toca el turno a Polonia. Este incendio, tal como lo esperan los judíos rusos, y con ellos muchos judíos de aquí, llegara a inflamar el mundo.

 

Si quisieran los judíos, omnipotentes en el mundo, que se librara Rusia, si desearan que se extinguiera la llama voraz y que terminara la participación de los judíos en los movimientos revolucionarios del globo entero, lo podría lograr en menos de una semana. Lo que presenciamos actualmente en el mundo se hace por voluntad y con plena conciencia de los poderes internacionales judíos. En apariencia no existen indicios de hacer retroceder un movimiento que


 

arraiga preponderantemente en los círculos judíos norteamericanos. Esto responde al plan en el punto que expresa: “demostraremos nuestro poderío en un Estado”, y así se hará. Más este “demostrar tiene dos caras: si bien demuestra el poder, descubre al propio tiempo al pueblo que lo ejerce, y es muy posible, al fin y al cabo, que este deseara no haberlo anhelado jamás, ni conseguido, ni utilizado.

 

El que desee comprobar la exactitud del juicio del carácter humano, tal como se refleja este en los Protocolos judíos, que estudie un poco el efecto del bolcheviquismo ejercido sobre si mismo. Es innegable que en todas las capas del pueblo norteamericano no-judío existe cierta especie de admiración por el gran golpe de Lenin y Trotzky, asestado sobre fundamento tan macizo. Su osadía, su aptitud para sostenerse frente a tantas energías contrarias, encontraron involuntariamente cierta aprobación. Conviene con ello comparar el párrafo del Protocolo 10 que expresa: “Sienten las masas cierta simpatía y estima especiales por el genio político violento, exclamando ante todos los hechos audaces: “infame, pero hábil”, “un burdo engaño, pero bien hecho”, “insolente, mas grandioso”. Nosotros contamos con el reclutamiento de todos los pueblos para fundamentar nuestra gran obra. Ante todo debemos asegurarnos los servicios de agentes valientes y audaces, que aparten todos los obstáculos de nuestro camino. Cuando demos nuestro golpe de Estado, diremos al pueblo: “Todo fue mal, todos sufrimos las causas de vuestros sufrimientos, como ser el nacionalismo, las fronteras y las diferencias monetarias. Claro es que podéis juzgarnos como queráis, pero seria injusto si lo hicierais antes de darnos la oportunidad de demostraros lo que queremos y podemos”.

 

Nada de torpe tiene esta idea, y de acuerdo con ella se procedió siempre, y con éxito. Pero por fuerza habrá de manifestarse también un efecto contrario. Los verdaderos causantes, y las reales intenciones del movimiento, que se ocultan detrás del bolcheviquismo, aparecerán inmediatamente. Entonces, como un solo hombre, la humanidad entera, triturara este plan mundial en el preciso instante en que parezca hallarse ante la victoria definitiva.

 

El sistema de kahal soviético ruso será precisamente el que proyectara una luz mucho mas clara sobre el plan mundial judío, como ningún otro intento podría hacerlo. Cinco generaciones fueron viendo y juzgando la revolución francesa bajo la errónea y engañosa luminosidad que muy hábilmente se le supo dar. Se sabe hoy que aquella revolución no fue obra del pueblo francés, sino el crimen de una minoría que pretendió imponer a la fuerza a ese pueblo, el mismo plan que aquí nos ocupa. Y fue precisamente el pueblo el que derribo la Revolución, mal llamada Francesa. Pero a partir de entonces, como resultado de esa rebelión planeada por una minoría perfectamente organizada. Francia no pudo ya librarse jamás del yugo de un dominio hebreo.

 

No pasara la revolución rusa a la historia con el mismo romántico clamoreo, porque ya sabe el mundo lo que existe de real y verdadero en ella. Se sabrá, también, muy pronto, con que dinero y con que directivas espirituales se planeo y realizo, y de que continente provino el principal impulso. La rebelión rusa es de origen racista, no político, ni económico. Bajo su socialismo mentido, y sus frases hueras de “confraternidad universal” ocultase el plan exactísimamente trazado de un anhelo por el predominio mundial de determinada raza, que nada tiene de rusa, sino que tiende a hollar todo razonamiento sano y los comunes intereses de la Humanidad civilizada.

 

XVI

 

INFLUENCIA DE LA CUESTION JUDIA SOBRE LA AGRICULTURA

 

La usura ejercida por los judíos con los solares es conocida por todo el mundo; pero no es en absoluto su único programa "territorial". A raíz de la especulación hebrea con la propiedad inmueble, modificóse fundamentalmente el carácter de muchas poblaciones norteamericanas en estos últimos quince años, y en algunas ciudades del Oeste se llego a la comprobación que la reciente alza usuraria de los alquileres fue obra en gran parte de los propietarios judíos. El


 

gobernador de uno de nuestros más importantes Estados se opuso a un proyectado decreto para la regulación de los alquileres. Fue apoyada su resistencia por una presión sumamente intensa que ejercióse sobre él por los más poderosos intereses hebreos, tanto de su propio distrito como de los Estados vecinos. Pero finalmente se decidió a firmar y ordenar la ejecución del decreto, y esto sobre la base de sus personales investigaciones y otras efectuadas por sus colaboradores. En centenares de casos se comprobó la práctica general entre los propietarios israelitas de traspasar la respectiva propiedad sucesivamente a todos los miembros de la familia, originando cada traspaso una correspondiente alza de los alquileres. Los ojos del público se van abriendo, en lo referente a la cuestión judía, de manera diferente. El caso citado torno vidente a un gobernador de Estado.

 

Empero, no constituye esto una particularidad exclusiva de los propietarios judíos, sino que también propietarios no-judíos recurrieron a la misma artimaña. Pero la propiedad de fincas constituye en realidad un dominio judío. El judío es el verdadero propietario del suelo norteamericano. Esto podrían confirmarlo todos los aparceros e inquilinos de casas de Estados Unidos, con excepción del Oeste. Indudablemente que la propiedad de fincas propiamente dicha no es reprochable en tanto no se manifestó en un sentido antisocial o antinorteamericano. Pero es aquí donde radica el mal. Muchos de los más antiguos y sagrados lugares del americanismo, situados en el Este del país, perdieron totalmente su carácter original por la invasión, no de "extranjeros", sino de judíos.

 

Cuanto más en detalle vamos conociendo esta invasión, mas debemos desconfiar de las cifras que los hebreos publican sobre la población judía en los Estados Unidos.

 

¿Quién sabía, hasta hoy, que la única nacionalidad a la que el gobierno de los Estados Unidos no puede dirigir preguntas sobre estadísticas de inmigración ni de ingresos, es la judía?

 

¿Quién sabía, hasta hoy, que el gobierno de los Estados Unidos, cuando desea saber algo referente a los judíos, tiene que recurrir a estadísticas que, a su vez, reciben sus datos exclusivamente de esos mismos judíos?

 

Cuando declara una nación (como lo hace la judía), que no constituye una nación propiamente dicha, ni tiene estadísticas nacionales propias que, a pedido pudiera ponerse a disposición del gobierno del país en que vive, ¿por qué, entonces, se trata a si mismo como nación distinta y lleva registros propios?

 

Los judíos de los Estados Unidos, tal como los residentes en todos los Estados europeos, constituyen en realidad una nación propia, con su propio gobierno, su propia política y su propia diplomacia reconocida. Y el gobierno de los Estados Unidos se relaciona con el gobierno judío en Norteamérica por intermedio de judíos elegidos. Sobre este punto no puede existir ninguna duda.

 

Un somero estudio de la rápida modificación de ciudades yanquis en todas las latitudes del país, lleva al convencimiento de que las estadísticas formadas por judíos y destinadas a la información de los no-judíos, desfiguran completamente los hechos. Aumenta la convicción al saber que las estadísticas hebreas destinadas a su propio uso difieren considerablemente de las destinadas al uso del resto de la humanidad.

 

La predilección de los hebreos por la propiedad inmueble tiene su explicación en la tendencia judía a la especulación en gran escala, por vergonzoso y despreciable que esto sea. No puede reprobarse al judío por hacerse propietario de fincas, ni por lo que llegue a ser el propietario más importante; tampoco debemos condenarle mas acerbamente que a sus cómplices no judíos por haber hecho abuso criminal de este negocio. Pero constituye en cambio, un punto genuinamente norteamericano, evitar que las ciudades, que se les enseña a nuestra juventud como cuna de nuestra libertad y baluarte del americanismo, se transformen financiera y políticamente en ciudades semitas, ni en focos del bolcheviquismo mundial.


 

 

Hasta hace poco tiempo, el judío de Norteamérica, no se preocupo del territorio rural, lo cual es característico en él, ya que el hebreo no es agricultor por naturaleza. Importantes sumas se invirtieron para educarle y encariñarle con la agricultura, pero el trabajo productivo nunca agradó al judío, ni hoy le interesa. Estima únicamente aquella propiedad que encierra oro en sus minas, o que devenga rentas. Un terreno productor de papas o cereales, nunca tiene atractivos para el judío.

 

Cierto es que en países como Polonia o Rumania la cuestión rural identificóse casi siempre con la cuestión judía: mas ninguna ley restrictiva contra la compra de terrenos por semitas fue capaz de impedir la inicua explotación de provincias enteras por usureros judíos. Y no es precisamente la predilección de los hebreos por el arriendo de fincas, sino que también prefirieron subarrendarlas a los demás. Con tapujos y por intermedio de testaferros no-judíos supieron siempre adueñarse del país, dominando en esa forma a los habitantes, y creando las condiciones de vida que a ellos les conviniera sin escrúpulo alguno. Es este, entonces, el verdadero aspecto de la cuestión judía en aquellos países. La compra de terrenos no comporta para ellos cultivar la tierra, sino que constituye un medio para adueñarse de la principal fuente de riqueza en los países preferentemente agrícolas, y de apartar subrepticiamente a la masa popular a sus dueños naturales.

 

En naciones donde existe una aristocracia espiritual innata, en la que reconoce sus conductores, la masa popular, persiguió siempre el plan judío la doble finalidad de eliminar la jefatura, adueñándose de la propiedad rural. Esto por un lado tiene sus ventajas, pero al estudiar a fondo la ejecución de este plan, se comprende que aparecen también otras ventajas, aparte de la del simple lucro. Lo mas refinado en todo el plan judío para el predominio mundial, consiste en que la ejecución de dicho plan no requiere sacrificios, como ocurre en la realización de otros grandes proyectos, sino que este plan, en cada una de sus fases, va aportando al propio tiempo grandes ganancias a sus ejecutores; tan es así, que cuanto mayor es la utilidad que se va obteniendo, tanto mas seguro aparece el éxito final.

 

Cuando la conquista del país norteamericano, no existía aquí una aristocracia para eliminar. La actividad hebrea se limito, pues, hasta poco ha, al "control" de los productos rurales después de su recolección. Los intereses hebreos, por así decirlo, se dirigen no a la caza de los animales, sino al intercambio comercial de sus pieles.

 

Y hablando de peletería, es gracioso observar a veces como tiene lugar las cosas. Durante la guerra se protesto mucho por la preponderancia alemana en nuestro comercio de pieles. Cierto es que todo este ramo comercial fue dominado siempre desde Alemania: pero no por alemanes, sino por judíos. Se realizaron grandes esfuerzos para reconquistar todo este ramo comercial "alemán", para expropiarlo, y trasferirlo a propiedad "norteamericana". Pero los norteamericanos que adquirieron estas propiedades fueron también judíos. Vale decir que la propiedad en si no cambio en nada, sino que los beneficios, antes como después, fueron a dar a los bolsillos de los "internacionales".

 

Pero la peletería no es más que un ejemplo típico. El interés hebreo jamás va dirigido a cosechar el trigo, sino a comerciar con ese cereal. Lo que en los Estados Unidos es de perentoria necesidad, es un "Índice de financistas judíos", para que el público pueda consultarlo y establecer procedencias al enterarse de la noticia de que fulano de tal ordenó un cierre de venta de cereales, o provoco la formación de colas ante las tahonas. Estos financistas, que se apoderaron de los bienes producidos por norteamericanos, y que después obligan al consumidor norteamericano a pagar, pagar, y otra vez pagar, han podido desarrollar su infame piratería a la luz del día, gracias a la absoluta ceguera del público yanqui, pendiente de los relatos en sus diarios. Porque si bien nuestros diarios expresan buenamente que este o aquel de dichos piratas es italiano, o polaco, o inglés, jamás, en cambio, dirán que es judío. En cada población, grande o chica, existe una organización hebrea al efecto de evitar tales publicidades, y esto llega a lograrse por medios tan violentos, que al ideal


 

norteamericano de libertad le van cavando la sepultura.

 

Se limito el plan en Norteamérica, hasta hace poco tiempo a acaparar las mercaderías entre el productor y el consumidor, precisamente en aquel punto donde se le podía extraer la mayor ganancia posible, dominándolas así en absoluto. Pago el pueblo su dinero, no por un servicio útil y necesario, sino exclusivamente por el secuestro realizado astutamente por los intermediarios.

 

Apareció en Norteamérica otra nueva rama comercial. El oro judío se invierte en la compra de enormes extensiones de terrenos norteamericanos. Otrora se conforman con el "control" del algodón, como también lo ejercen sobre el pan nuestro de cada día, pero recientemente se manifiesta la intención de comprar terrenos algodoneros. Se ocultan estas operaciones muy cuidadosamente, utilizándose casi siempre en ellas testaferros no-judíos; pero siguiendo todas las huellas borrosas, al fin se tropieza con el judío internacional, cuyo trono actualmente esta asentado en Londres.

 

Numerosos judíos escribieron a nuestro diario, el Dearborn Independent, que nada sabían acerca de estos planes tendientes a un predominio mundial de la raza hebrea. Consiste precisamente uno de los objetos de la presente publicación, dárselos a conocer. Pero es indudable que cada judío siente intima satisfacción por la marcha de su raza hacia la hegemonía mundial. Se basa el judío internacional sobre este sentimiento, y puesto que el mismo prevalece, en ello halla el plan internacional su mayor garantía de éxito, unido a un mínimo de riesgo. No es la democrática la forma innata del judaísmo constituido en Estado, sino la arbitrariedad autocrática. Cierto es que el hebreo individualmente ignora todo esto, más ¿por qué se enoja con la persona que se lo dice? El judío que intencionadamente no cierra los ojos ante las razones expuestas en esta obra, hallara en su fuero intimo las suficientes aprobaciones a lo aquí dicho, estando así mejor que nadie en condiciones de colaborar en la solución de la cuestión judía.

 

Admirando verdaderamente el concepto de responsabilidad periodística, que documentan ciertas personas, leímos la reproducción de algunos de nuestros capítulos. So pretexto de traducciones, y especialmente en una lengua mezcla de hebreo y alemán, se repartieron profusamente entre los judíos que no dominan el inglés, reproducciones de nuestra obra, que no solamente no coinciden absolutamente en nada con el original, sino que hasta contienen capítulos enteros que jamás aparecieron en nuestra obra. ¿Temen acaso estos traductores, que el judío común se entere de la verdad expuesta en nuestra obra? Todas aquellas personas que ansían realmente una solución de la cuestión judía en Norteamérica, no tiene pues, mas deseo que cada judío de los Estados Unidos conozca detallada y cabalmente nuestra labor de publicistas, pues hace ya bastante tiempo que el pueblo hebreo es miserablemente engañado por sus dirigentes.

 

Conste, entonces, que existe una tendencia neta y ya bastante adelantada de reunir la propiedad de los terrenos algodoneros norteamericanos en manos hebreas. Consistió el primer paso hacia este fin, en hacer bajar hasta su extremo posible el precio de dichos terrenos. Fue ejercida la presión necesaria por ciertos Bancos, que limitaron paulatinamente los créditos solicitados por los cultivadores de algodón. Se les manifestó que si ampliaban la extensión de los cultivos se les cortaría todo crédito. El objeto fue que disminuyeran los precios de los terrenos, en tanto que, al mismo tiempo, aumentaba el del algodón. El beneficio de esta doble operación no lo recaudaban, claro esta, los algodoneros, sino aquellos que manejaban el algodón desde su recolección hasta el ultimo consumidor. La renta del cultivo del algodón disminuyo, mientras que la especulación con los productos se tornó mucho más lucrativa. El gran público vióse precisado a pagar el dinero necesario, con el que los amos del mercado internacional pudieron adquirir los terrenos del cultivo. Al fin de cuentas, resulto más ventajoso que los cultivadores vender los terrenos algodoneros, y no el algodón.

 

Demos preferente atención a esta venta de terrenos algodoneros. Los financistas hebreos de


 

Londres y Nueva York están perfectamente enterados, aunque los periodistas y rabinos judíos nada sepan de ello. Algunos comerciantes conocieron perfectamente este desarrollo, y otros, arrastrados por la fuerza de los acontecimientos, tuvieron que prestarle su ayuda; mas sin que pudieran darse cuenta de su importancia. Hace muy poco tiempo que se les abrieron los ojos a los comerciantes norteamericanos no-judíos de mayor importancia en lo referente al sentido interior de ciertas corrientes. Fue la guerra lo que favoreció mucho esta comprensión.

 

Esos raros documentos llamados "Protocolos", con su firme intento de sujeción de todos los elementos vitales, tampoco omiten lo que se refiere al suelo. El programa esta contenido en el 6º Protocolo, uno de los más breves, y que aquí reproduciremos integro, a fin de comprobar su relación con lo dicho anteriormente.

 

Dice el sexto Protocolo:

 

"Iniciaremos pronto la fundación de potentes monopolios, formidables recipientes de riquezas, de los que hasta dependerán en cierto grado las mayores fortunas de los infieles, de modo que todas ellas, al siguiente día de la catástrofe política, hundiránse tan irremisiblemente como lo hará el crédito del Estado. Los economistas presentes deben comprender a fondo la gran importancia de este plan. Por todos los medios encarecemos convenientemente la importancia de nuestro súper-gobierno, mostrándole como protector y bienhechor de todos cuantos se nos subordinan voluntariamente.

 

"Está eliminada la aristocracia de los infieles, como la potencia política. No es preciso contar con ella. Mas en su condición de terratenientes nos son en cierto grado molestos, por cuanto así quedan independientes de nosotros en su vida material. Por ello es preciso que les arrebatemos sus propiedades. Consiste el mejor medio para ello en el aumento de las contribuciones, o en el de las cargas hipotecarias. Tales medidas convertirán irremisiblemente a los terratenientes en dependientes nuestros. Imposibilidades de mantener su vida de lujo con herencias demasiado reducidas, muy pronto desaparecerá y por completo, la aristocracia de los infieles.

 

"Al propio tiempo deberán favorecerse enérgicamente el comercio y la industria, y en particular la especulación, como ocupación que contrarresta a la industria independiente. Sin la especulación, recibiría la industria un aumento del capital privado, y por lo tanto, mejoraría la situación de la agricultura en forma que la propiedad inmueble se libre del yugo de los bancos hipotecarios. En cambio, la industria deberá absorber de la tierra llana, no solo los operarios, sino el capital que, unido a la especulación, juntara el capital del mundo entero en nuestras manos, y así todos los infieles volverán a hundirse en el proletariado mundial. Tendrán entonces que inclinarse ante nosotros si quieren seguir viviendo.

 

"A fin de destruir entre los infieles toda vida comercial sana, deberemos despertar en ellos la sed de toda clase de lujos para llevarles a la especulación. Conseguiremos mediante la violencia si es necesario, aumento de jornales; pero estos no beneficiaran a los infieles, porque al mismo tiempo provocaremos un alza de precios para todas las necesidades de la vida, con el pretexto de que esto es consecuencia de una crisis de la agricultura y la ganadería. Socavaremos, además, artificiosa y hondamente las raíces de toda labor productiva, contribuyendo a la propagación de ideas anarquizantes entre los trabajadores propios e incitándoles al abuso del alcohol. Al propio tiempo haremos que desaparezcan del país las "inteligencias" entre los infieles.

 

"Para que la verdadera situación no se descubra antes de tiempo por los infieles, la disfrazaremos con aparentes esfuerzos en favor de las clases obreras, provocando clamorosas contiendas entre distintos principios, por las que nuestros economistas teóricos desplegaran activísima propaganda".

 

Pero no queda con esto agotado el programa, sino que va mucho más lejos. El judaísmo incluso


 

tolerara a monarcas, siempre que pueda sacar provecho de ellos. Es probable que el ultimo de los tronos que caiga sea el inglés, porque si por un lado, el sentir inglés se considera muy honrado al servir de protector del judaísmo participando en esa forma de las ventajas que de ello se derivan, representa, según criterio hebreo, una ventaja en extremo importante, poder utilizar tal potencia mundial para sus objetivos particulares. Un clavo saca otro clavo, y durara exactamente esta sociedad limitada hasta que el israelita decida lanzar a la Gran Bretaña a la ruina, lo cual es posible en cualquier momento. Aparecen indicios de que el judaísmo esta próximo a emprender esa tarea.

 

Consisten los elementos perdurables y fundamentales de los Protocolos, en acaparar la propiedad inmueble, tanto judía como no-judía. Es preciso explicar en breves palabras el aserto de que pueblos no-judíos pertenezcan a los elementos perdurables dentro del plan hebreo. Según los Protocolos, no existe la tendencia de extirpar a los no-judíos, ni la de poblar el mundo entero solo con judíos, sino que, por el contrario, los israelitas anhelan un mundo habitado por no judíos, pero dominado por judíos, siendo estos dueños absolutos, y los no-judíos sus leñadores y aguadores. Es esta una ideología política que cualquier lector del Antiguo Testamento reconocerá como típicamente judía, porque volvió siempre a ser la causa de la ira de Dios sobre Israel.

 

Observemos un poco más el programa de las tierras. "Los terratenientes no son molestos hasta cierto punto, porque son independientes en su vida material". Es esta una tesis esencial en los Protocolos. No le hace que los propietarios sean aristocracia no-judía, o campesinos polacos, o rancheros yanquis. La terratenencia es lo que les torna independientes. Toda índole de independencia reduce un poco la realización del plan mundial judío, que en todo el mundo real va aproximándose ampliamente a su fin victorioso.

 

No es sobre la población rústica, ni sobre los habitantes de terreno llano, ni sobre los aparceros, ni campesinos, sino sobre los terratenientes que se llama la atención, y especialmente sobre esta clase porque es independiente en su existencia material. Resulta ahora que en la Historia de los Estados Unidos nunca ha existido una época en que el ranchero le hubiese sido más fácil lograr la propiedad de sus terrenos. Casi no se conocen ni de nombre las hipotecas. Por doquier se oye decir que los dueños de "ranchos" son "riquísimos". Y, sin embargo, ¡jamás ha habido tantas haciendas abandonadas! "Por esto deberemos substraerles, sea como sea, a su propiedad". Pero, ¿cómo? "El mejor medio para lograrlo son los impuestos y las deudas hipotecarias". Esto son los elevados recargos impositivos sobre la compra de terrenos, y la necesidad de obtener créditos hipotecarios para cultivar el suelo. "Estas medidas tornaran a la propiedad fatalmente dependiente". Escuchemos por boca de los norteamericanos si este desarrollo se va advirtiendo o no. Luego, demostraremos también que, al tratar de procurar dinero a módico interés a los hacendados, o aliviarles la carga hipotecaria, aparece insensiblemente la influencia financiera hebrea para evitarlo, o, donde esto no se lograse del todo, para dificultar la obra en lo posible.

 

Mediante el aumento de las dificultades financieras para los hacendados por un lado, y con la fuerza atractiva de la industria por el otro, ya se ha alcanzado gran parte del plan judío. Los Protocolos expresan esto de la siguiente manera: "Deberá la industria absorber la tierra llana, no solo los obreros, sino también el capital". ¿Se logro esto? En los Estados Unidos, si. Al hacendado le es más fácil que a nadie conseguir dinero, y en cambio al productor llega a serle completamente imposible obtenerlo. ¿Cuál es el resultado de estas dos influencias, una de las cuales ejerce su presión sobre la agricultura y la otra sobre las ciudades? Precisamente el ansiado por los Protocolos, o sea: jornales aumentados; pero que involucra menor fuerza adquisitiva. "Al propio tiempo, ocasionar un alza de precios para todas las necesidades de la vida, bajo el pretexto de que esto fuera consecuencia de crisis de la agricultura y de la ganadería".

 

El hebreo que redacto estos Protocolos hubo de ser, en verdad, un financista, economista y filosofo de primer orden, pues domino en absoluto su cometido. Las manifestaciones hebreas en la vida comercial demuestran que el querer y el poder van juntos. ¡Con que admirable eficacia se


 

desarrollo este sexto Protocolo a la vista de todos los que quisieron ver, y sigue aun manifestándose en nuestra vida!

 

Los hacendados de Estados Unidos habían empezado en una forma eficacísima a ser independientes de las potencias financieras. Su gran ventaja consiste precisamente en que el hacendero, siendo terrateniente, permanece independiente en su vida material. El suelo le alimenta, sin importarle que ello agrade o no a aquellas potencias financieras. Su posición es inatacable, en tanto luzca el sol y cambien las estaciones del año. Por eso, algo debió ocurrir que alterara tal floreciente independencia. Se le crearon a este objeto mayores dificultades que a nadie al solicitar créditos, si no estaban apoyados por una garantía hipotecaria. Los obreros fueron seducidos para que abandonaran la tierra y se congregaran en las ciudades. A la agricultura se la llamo "atrasada" y "egoísta", de modo que los hijos de los agricultores se avergonzaran del trabajo de sus padres. Los sindicatos cerealistas que trabajan en contra del interés de los productores, funcionan bajo la directiva de hebreos. Al comparar lo que actualmente va ocurriendo en la agricultura con lo que a este respecto se halla escrito en los Protocolos hebreos, parece que para el hacendado norteamericano ya va siendo tiempo de ocuparse de estos problemas.

 

Quien trata de explicar seriamente la cuestión judía a otras personas no-judías, oye decir a menudo que la amplitud de la conspiración esbozada en los Protocolos es tan enorme, que perturba la mentalidad no-judía. Los no-judíos carecen de las cualidades necesarias para conspirar. No se halla en situación de proseguir larga y constantemente el hilo rojo aun a través de situaciones dificultosas y embrolladas. La sistemática complejidad de los Protocolos judíos fatiga el espíritu de los no-judíos. Precisamente esta circunstancia, y mucho más la osada del plan, envuelve en gran peligro de que el programa llegue finalmente a realizarse. La lentitud psíquica de los no-judíos, es el más poderoso aliado del plan mundial hebreo.

 

Si el no-judío hace muchas veces algo por una razón, el judío, en cambio, hace a menudo algo por tres o cuatro razones. Puede el no-judío, en último caso, comprender por que los financieros judíos pretenden adueñarse de la propiedad rural, para evitar así una indemnización de la agricultura, que puede serles molesta. Esta razón es evidente. Pero existe una segunda. Se la halla en el Protocolo 12, y tiende nada menos que a enfrentar en la gran lucha futura la tierra llana y las ciudades. Absoluta dominación de las ciudades por medio de la palanca industrial, y de la tierra llana mediante la del crédito hipotecario. Así, el dirigente oculto tiene la doble facultad de decir a la tierra llana que las ciudades tienen estas o aquellas pretensiones injustas, o de irritar al ciudadano contra el campesino, en quien se acumulan injusticias de cualquier índole. De esta manera se rompe el lazo natural que existe entre el campo y la ciudad, y se alzan mutuamente el uno contra la otra.

 

Adviértase la claridad y la osadía, y al mismo tiempo la fría seguridad con que ha sido ideado todo este plan. "Alcanzan a mucho nuestros cálculos, particularmente en los distritos rurales. Deberemos despertar allí tales intereses y anhelos, que se dirijan contra la gente de las ciudades, denunciando aquellos, en cambio, a los ciudadanos de tendencias ambiciosas para tornar independientes las provincias de las ciudades. Resulta evidente que la fuente de todo ello es una y la misma: radica en nosotros. Antes de haber logrado la plenitud del poder deberemos dirigir las cosas de tal modo, que de vez en cuando se sometan las ciudades a la influencia de los distritos rurales, lo que quiere decir, naturalmente, de los agentes que tenemos allí".

 

Se nos presenta aquí un ejemplo típico. Se subleva arteramente la provincia contra la ciudad, para que al fin de cuentas, los conspiradores vean cual de las dos es más apta para cooperar definitivamente en la realización del programa judío. En Rusia se realizan ambas pruebas. El viejo régimen, que todavía domina en las ciudades, fue inducido a deponer sus poderes, con el pretexto que los campesinos así lo querían. Cuando los comunistas tuvieron las ciudades en su poder se sojuzgo a los aldeanos con el pretexto que esta era la voluntad de las ciudades. Primero escucharon las ciudades la voz de las provincias, y ahora la provincia obedece ciegamente a la de


 

aquellas.

 

Quien tropiece con un intento de enemistar las ciudades con la tierra llana, recuerda el párrafo citado del Protocolo 12. El veneno va causando sus efectos. ¿No se nos dice que la prohibición fue otorgada a la fuerza a los distritos rurales del Oeste? ¿No oímos decir en todas partes que la carestía de la vida solo tiene su origen en las extravagantes ganancias de los agricultores? Ganancias, claro esta, que jamás hicieron.

 

Una grieta tal vez fatal podría abrirse en todo este plan judío, en el momento que las gentes de la ciudad y del campo trataran de acercarse mutuamente; pero no por intermedio de personas que se ofrecen personalmente para ello, sino directamente. Campo y ciudad, por culpa de equivocaciones artificiosamente creadas, divergen el uno contra la otra y del abismo que se va ahondando cada vez mas, destaca la negra sombra del plan mundial judío.

 

¡Ojalá mire el labrado por encima de los testaferros no judíos de su pueblo y por encima de los centros del mercado, fijando claramente su vista en el verdadero autor de esta discordia, que se halla oculto en las tinieblas!

 

XVII

 

¿PREDOMINA EL JUDAISMO EN EL PERIODISMO MUNDIAL?

 

Informa el presente capitulo un doble objetivo: fijar lo que dicen los Protocolos sionistas con respecto a la prensa en relación al plan mundial, e iniciar al lector en el estudio de la influencia hebrea sobre el periodismo.

 

La raza israelita tuvo siempre una idea nítida de las ventajas que es posible sacar de la prensa, constituyendo este uno de sus factores de predominio. Hallarse enterado de antemano, saber lo que sucederá antes de que lo sepan los no-judíos, que entre ellos viven, fue siempre una prerrogativa de judío, facilitada por la estrecha coherencia de sus grupos y comunidades, por muy dispersos que estén. Desde siempre fueron ellos los más astutos transmisores de noticias, como han sido también ellos los inventores de la carta-nota informativa.

 

No pretendemos decir con esto que sean los judíos los precursores, ni los padrinos de la gran prensa moderna. Jamás animo a los hebreos la intención de divulgar las noticias sino mas bien la de conservarlas en secreto para su provecho propio. Las últimas noticias políticas, económicas o comerciales que se transmitían rápidamente de una comunidad hebrea a la otra y sobre toda Europa, fueron propiedad común, de las que cada comunidad saco y aprovecho lo que necesitaba, comunicándolas a su vez a otros grupos. Por espacio de siglos fue el judío el pueblo mejor informado del mundo entero. De sus fuentes secretas en las cortes y cancillerías, por israelitas privilegiados en posición favorable, obtuvo esa raza conocimiento pleno y exacto de los sucesos mundiales. Tuvieron los judíos espías en todas partes. Allá lejos, en Sudamérica, y cuando las colonias holandesas y británicas en el Norte, se habían apenas consolidado, vivían ya judíos, como centinelas de los intereses comerciales europeos. El mundo entero fue espiado en provecho de aquella raza, así como todavía hoy nuestro planeta esta bajo la mirada escudriñadora de los agentes israelitas (en su mayoría testaferros no-judíos), en lo que se refiere a los nuevos yacimientos de oro.

 

Un interesante e histórico de cuanto los judíos saben apreciar las noticias frescas, nos lo brinda la carrera de Nathan Rothschild, de Londres. Este banquero baso todos sus planes financieros en el supuesto de que Napoleón, por aquel entonces desterrado en la isla de Elba, estaba definitivamente excluido de la política europea. Napoleón, empero, apareció de nuevo, y en los cien días de su ultimo gobierno de 1815 pareció derrumbarse necesariamente todo el magno edificio financiero construido por los Rothschild. Febrilmente ayudo este banquero a Prusia e Inglaterra, y


 

al librearse finalmente la batalla de Waterloo, no hubo nadie mas interesado en su éxito que el. Nathan fue un hombre temeroso de la sangre; personalmente cobarde, el menor indicio de violencia le hacia temblar; mas su interés material en el éxito de esta batalla, de la que dependían su vida y su fortuna, prevaleció tanto, que fue a Bélgica, siguió al ejercito inglés, y al comenzar la batalla se oculto en un lugar al amparo de las balas cerca de Hougemont, desde donde observo con gran interés los sucesos de la jornada. En el preciso instante de reunir Napoleón sus ultimas reservas para un ultimo ataque desesperado, quedo fijado el juicio de Rothschild, quien mas tarde dijo haber exclamado: "La casa Rothschild gano la batalla". Abandono al punto el campo de batalla, monto a caballo y volvió a Bruselas, sin decir una sola palabra al publico que curioso le observaba. Alquilo otro caballo a un precio exorbitante y galopo hacia Ostende. Reinaba allí tal temporal, que ningún barco se atrevió a efectuar la travesía a Inglaterra. Rothschild, en otras oportunidades tan cobarde ante el mas pequeño riesgo, olvido todo su miedo ante la perspectiva de sus posibles jugadas en la Bolsa londinense. Ofreció 500, después 800 y finalmente 1.000 francos por la travesía. Nadie oso realizarla. Por fin presentóse un hombre diciendo que lo intentaría su Rothschild depositaba 2.000 francos en manos de su mujer. Medio muertos llegaron ambos a la costa inglesa; pero sin perder un segundo encargo Rothschild un correo expreso y partió para Londres, en cuyo viaje no se economizaron ni látigo ni espuelas. No existían en aquel entonces ni telégrafos, ni servicios rápidos. Inglaterra toda estaba consternada, rumores pesimistas circulaban por doquier. En la mañana del 20 de junio de 1815, al aparecer Nathan Rothschild en su puesto habitual de la Bolsa londinense, no sabia Inglaterra nada de lo que el conocía. Estaba pálido y desencajado. Su deplorable aspecto hizo suponer a otros bolsistas que tenía malas noticias de la guerra. Después se observo que tranquilamente iba vendiendo sus títulos. ¡Cómo! - ¿Rothschild vendía? - Bajaron catastróficamente las cotizaciones, un pánico enorme se adueño de los bolsistas, el mercado se inundo de títulos del Estado, y todo cuanto se ofrecía ¡lo compraron los agentes secretos de Rothschild! Ello ocurrió el día 20 y también el 21. Al cerrar la Bolsa el segundo día, estaban las arcas de Rothschild desbordantes de títulos de la Deuda. En la tarde de ese segundo día llego un correo expreso a Londres con la noticia de que Wellington había ganado la batalla y de que Napoleón huía hacia el Sur. Pero Nathan Rothschild había ganado 40 millones, y aquellos a los que el había comprado poseían por lo menos otro tanto, y solo a consecuencia de una noticia fresca.

 

Entendidos de Wall Street, en Nueva York, dejan entrever a veces, que también en el transcurso de los años 1914 a 1918, personas de la raza de Rothschild supieron apreciar, y con igual éxito la ventaja de poseer una noticia de actualidad, así como también algunos de sus testaferros no-judíos.

 

Al margen de la importancia típica que involucra esta historia de Nathan Rothschild, es muy característico también el hecho de que los hebreos, si bien sienten avidez por las noticias, no son, en cambio, sus publicistas. Los hebreos aprovecharon siempre las noticias en su propio interés, mas no las divulgaron. Si hubiese dependido de la influencia judía, jamás se hubiese desarrollado una gran prensa publicista. Únicamente por carecer Francia de una prensa de provincia, fue posible la revolución en Paris. La masa del pueblo quedo absolutamente a oscuras sobre lo que ocurría en la capital.

 

La misma población de Paris no se entero de la caída de la Bastilla hasta el día siguiente. Allí donde faltan medios de publicidad, se adueñan fácilmente las minorías del poder, como lo prueba también en forma evidente la revolución judío-bolchevique en Rusia.

 

Uno de los más peligrosos hechos en el desarrollo de nuestra era actual es la desconfianza del gran público hacia la prensa. Si fuese un día necesario divulgar rápidamente noticias veraces y orientadoras entre la gran masa del pueblo para defender y concertar en una sola acción común los intereses de la nación, esta se vería en un estado de deplorable inseguridad en tanto subsistiera este estado de general desconfianza. Aunque por otras razones no fuera, la suprema de amparar al pueblo contra el libre albedrío de cualquier minoría por medio de una prensa verdaderamente libre,


 

deberían suprimirse todas las restricciones de la libre comunicación entre las distintas partes de un país.

 

Pero como quiera que sea, la prensa existe (siendo en nuestra patria una creación anglosajona), representa una potencia no despreciable, y por eso el plan sionista y el anhelo judío de hegemonía mundial se ocupan de ella. Los Protocolos, que no han omitido un solo detalle, ofrecen un plan concreto con respecto a la prensa. La amplitud del material, del que tratan dichos documentos, se subdivide en dos distintos puntos de vista, a saber: "lo que hicimos" y "lo que haremos".

 

En el Protocolo segundo se menciona ya a la prensa, y es característico que se haga esto en la misma tesis, en la que veinte años antes de la guerra mundial se dio la contraseña de "sin anexiones"; en la que se dice que los monarcas no-judíos podrían desempeñar sus cargos todavía durante algún tiempo ante los pueblos, en tanto el súper-gobierno judío se organizaba a espalda de los tronos. Y en el Protocolo, el darwinismo, el marxismo y las teorías de Nietzsche se citan como doctrinas desmoralizadoras propagadas por la influencia hebrea. Extrañas afirmaciones, por cierto; pero no más extraño lo que más tarde se efectuó, en efecto, confirmándolas. El segundo Protocolo expresa: "Se concentra en las manos de los gobiernos un poder que va creando determinados sentimientos populares: la prensa. Deberá consistir su cometido en comunicar simulados deseos apremiantes y exigencias del pueblo, publicar protestas de las masas populares y sembrar discordias. El triunfo de la libertad de palabra (vale decir de la charlatanería), corresponde a la prensa. Pero los gobiernos son incapaces de aprovechar con prudencia esta potencia, que, por lo tanto, cayó en nuestras manos. En secreto creamos nuestra influencia. Merced a ella fuimos acumulando montones de oro, aunque costo ríos de sangre y de lagrimas".

 

En dicho Protocolo se caracteriza "nuestra Prensa" como el medio auxiliar, con ayuda del cual se esparcieron "aquellas ideas que les (a los no-judíos) enseñamos como postulados de la "ciencia". "A tal fin seguiremos esforzándonos en infundir a las masas una confianza ciega en aquellas teorías mediante nuestra prensa". Después se afirma que el darwinismo, el marxismo y las teorías de Nietzsche se evidenciaron como las tres teorías más anarquizantes en el terreno de las ciencias naturales, de la economía nacional y de la moralidad, respectivamente.

 

Afirmase en el tercer Protocolo que la influencia de la prensa deberá utilizarse en socavar todo el respeto ante un orden superior, diciéndose: "Audaces periodistas y detractores atrevidos atacan diariamente a los altos funcionarios de los gobiernos. Esa profanación de toda autoridad va preparando el derrumbe definitivo de todas las instituciones de los Estados, y estos serán destruidos por el impulso de las masas sin control".

 

Describe este Protocolo el papel que desempeñara la prensa en la realización del plan mundial judío, en la forma siguiente: "Deberemos obligar a los gobiernos de los infieles a tomar medias que cooperen en la conducción de nuestros planes a su fin victorioso; tendrán que tolerar la presión de la opinión publica irritada, que se fabrica en realidad artificiosamente por nosotros mediante la llamada Gran Potencia, la prensa. Con muy escasas y poco importantes excepciones esta se encuentra ya completamente en nuestras manos". Dos veces, pues, proclamase aquí el predominio judío sobre la prensa mundial, "Cayo en nuestras manos", se dice en el segundo, y "esta ya en nuestras manos" se repite en el séptimo Protocolo. En el segundo se toma a la prensa como medio para propagar teorías disolventes en los terrenos científico, económico y moral-filosófico, en tanto que, según el séptimo Protocolo, se utiliza para sojuzgar a los gobiernos bajo la presión de la "opinión pública" artificiosamente excitada y de tolerar medidas "que aproximan nuestro amplio plan a su realización victoriosa".

 

Es preciso hacer una pequeña aclaración a la afirmación del segundo protocolo, en el que se declara: "Merced a la prensa hemos acumulado montones de oro, aunque costo ríos de sangre y de lagrimas". Puede apoyarse tal aserto de muchas y diversas maneras. Las palabras "aunque costo


 

ríos de sangre y de lagrimas" son una concesión, que ilustra singularmente los Protocolos, apoyando en forma enigmática la tesis de que la alta finanza mundial hebrea no hubiese podido anhelar la guerra mundial en vista de los sufrimientos de los judíos rusos durante la conflagración. En cambio, los Protocolos admiten rotundamente la posibilidad de que durante los preparativos para la hegemonía mundial hebrea ciertos judíos tuvieron que sufrir, mas se consuelan con la idea de que los tales judíos cayeron como soldados inmolados a la gloria de Israel. La muerte de un hebreo, nos dicen, es mas valiosa ante Dios que no la de mil "simientes de animal", como "cariñosamente" nos califican a los no-judíos.

 

Es perfectamente clara la referencia a la acumulación del oro. No se trata en esta consideración únicamente de la posesión de noticias de actualidad, ni del inmediato provecho que se extrae de su publicación, sino también de la gran utilidad consistente en su propagación u ocultamiento, respectivamente, con miras a planes secretos de la alta finanza hebrea. Los Rothschild sobornaron editores de diarios, como compraron políticos de importancia. Para la preparación de cualquier empresa grande, se aseguraron siempre el silencio o el altisonante reclamo, según los casos, de los grandes rotativos. No importa que sea en asuntos bélicos o pacíficos, si ello implica la caída de gobiernos contrarios a los planes financieros o políticos hebreos; que se recurra a la difamación y supresión de testaferros no-judíos, de los que sus patronos judíos quisieran deshacerse, o en el progresivo "lanzar" y "hacer celebre" de ciertos "hombres futuros" previstos para esta o la otra empresa: en todas estas y otras cosas lleva la prensa su participación en los éxitos finales de la gran conspiración mundial israelita.

 

Todos los detalles mencionados pueden apoyarse en numerosos ejemplos prácticos, que en los Estados Unidos ocurrieron en estos últimos tres lustros.

 

Contiene el Protocolo 12 el plan completo para la absoluta dominación de la prensa, desde hoy, hasta la época en que se habrá establecido la hegemonía mundial judía. Se le ruega al lector seguir este profundo y amplio plan con todo el detenimiento y toda la reflexión necesarios. Adviértanse también la satisfacción y el orgullo con que se hace constar que hasta hoy no se ha tolerado publicación alguna acerca de la cuestión hebrea, que no haya sido provechosa a la implantación de la hegemonía mundial israelita.

 

"¿Que papel desempeña la prensa ante nuestros objetivos? Al fin de cuentas, sirve para avivar las pasiones de los caracteres débiles, egoístas, en la forma más conveniente a nuestros intereses. Es frívola, embustera y deshonesta. En su mayoría, los periodistas ni siquiera comprenden para que sirve realmente la prensa".

 

Aparecen en estos párrafos ese mismo grado de desprecio que hallamos anteriormente en la apreciación general de la naturaleza humana o de su psicología.

 

He aquí el plan concreto para la dominación de la prensa.

 

1.   "La ensillaremos, y como a yegua fogosa, tomaremos corta la brida. Lo mismo haremos con otras clases de publicidad, porque, ¿de que serviría suprimir ataques contra nosotros en la prensa periódica, si quedamos expuestos a la critica mediante folletos y libros?".

 

2.   "Ninguna noticia llegara a conocimiento de los pueblos sin que haya pasado antes por nuestra censura. Actualmente lo hemos conseguido hasta tal punto, que todas las informaciones convergen en muy pocas agencias, que abarcan el servicio informativo del mundo entero".


 

 

Proyecta viva luz sobre el primero de estos párrafos la siguiente publicación hebrea referente a la Declaración británica sobre la Palestina, que dice: "Esta Declaración fue enviada por el Ministerio de Estado a Mr. Walter Rothschild... Para gran parte del pueblo hebreo habrá sido una sorpresa pero


 

no para los que estaban al tanto de los asuntos sionistas. Su texto definitivo fue obra del Ministerio británico, mas su contenido "había sido antes aprobado por las oficinas sionistas" en Gran Bretaña y Norteamérica. La Declaración fue redactada en la forma que deseaban los sionistas".

 

3. "Literatura y periodismo constituyen dos potencias educadoras en extremo importantes y por tal razón nos adueñamos de la mayoría de los diarios y revistas. Por cada 10 que dejemos en manos ajenas, fundáremos treinta nuestros, etcétera. El público nada deberá sospechar de; todas las publicaciones bajo nuestra influencia defenderán exteriormente las más dispares tendencias; así lograremos la confianza del público y atraeremos a nuestros adversarios incautos, llevándoles sin dificultad al aniquilamiento".

 

Este plan diabólico tiene especial interés ante la actual campaña en defensa de la causa judía llevada a cabo por importantes diarios. "Sólo es preciso – dicen - observar los diarios de propiedad hebrea o influenciados por hebreos; ¡cuán diferentes tendencias políticas defienden y cuán opuestas son sus opiniones!". Es verdad erigir "exteriormente", tal como lo preconiza el Protocolo 12. Pero no será difícil tampoco descubrir la uniformidad existente en su fondo.

 

La idea de erigir una engañosa fachada para cubrir ocultos manejos se halla en todos los Protocolos, no sólo con respecto a la prensa, sino al referirse a otros puntos. El Protocolo 12, que desarrolló esta idea referente a la prensa, expresa:

 

a) A fin de obligar a los autores a escribir obras tan extensas que nadie las lea, se prevé un recargo sobre publicaciones, que "será doble para folletos de menos de treinta páginas". Los trabajos breves y concisos son los más temibles. Cuanto más extensos los artículos, tanto menos se leen - dicen los Protocolos judíos. - En cambio, "lo que nosotros publiquemos para ir moldeando la opinión pública, será barato y se difundirá ampliamente. La "contribución" aplacará la ambición puramente literaria, en tanto que, por el otro lado, el temor al castigo tornará dóciles a los literatos. Aunque alguien se hallara en disposición de escribir en contra nuestra, no encontraría imprenta para sus obras".

 

(¡Cuántos autores norteamericanos podrían "declarar" en este sentido!)

 

"Antes de admitir un manuscrito para su impresión, el editor o el impresor deberá solicitar el permiso facultativo. Sabremos así de antemano que ataques se preparan en contra nuestra, pudiéndolos neutralizar, publicando con anterioridad declaraciones confusionistas".

 

Tal es, en efecto, la situación. Los judíos saben de antemano lo que ha de venir, y tratan de desarmar al adversario antes de su ataque.

 

b) Se citan tres grados de periodismo judío, y éstos no sólo se hallan en los protocolos, sino que se tropieza con ellos por doquiera en la vida práctica.

 

"Ocuparán el primer puesto los diarios de carácter puramente oficial, que siempre velarán por nuestros intereses y por lo tanto, su influencia será relativamente pequeña.

 

"En segundo lugar, estarán los órganos semioficiosos, cuya tarea consistirá en servir a indiferentes y tibios.

 

"En tercer término, las publicaciones de carácter francamente opositor. Por lo menos una de ellas deberá defender tendencias abiertamente hostiles. Nuestros verdaderos adversarios nos considerarán partidarios de sus ideas y nos descubrirán su juego.

 

"Es preciso tener presente que, entre los órganos que nos atacan, muchos hay que fueron


 

fundados por nosotros mismos. Pero jamás atacarán otros puntos que aquellos que nosotros deseemos expresamente suprimir o reformar.

 

"Todos nuestros diarios defenderán tendencias diversas, monárquicas, republicanas y aún anárquicas, pero esto ocurrirá sólo mientras exista una Constitución. Los que supongan enunciar la opinión de su prensa de Partido, no enunciarán, en realidad, más que nuestra opinión, o mejor dicho, lo que nosotros queramos que opinen.

 

"Tratará o debatirán nuestra prensa, nuestras sentencias muy superficialmente, librando ficticias batallas, únicamente contra la prensa oficial, de lo que tendremos oportunidad de expresarnos con más detalles en la réplica que de primera intención hubiéramos podido hacerlo. Esto será siempre según convenga a nuestros intereses.

 

"Dichos ataques simulados arraigarán en el público la fe en la libertad de la prensa, y dará ocasión a nuestros agentes para calificar a los diarios "adversarios" de ignorantes, por no saber aportar razonamientos serios contra nuestros actos y proyectos".

 

Ocurrirá, efectivamente, si todos los diarios sin excepción estuvieran bajo la influencia hebrea. Más en el caso de nuestros artículos de combate, los papeles parecen estar trocados: esta vez la prensa hebrea y judaizada desiste por completo de rebatirnos con hechos y razones.

 

"Llegado el caso, lanzaremos en la prensa opositora, ideas a modo de ensayo, para rebatirlas después enérgicamente en la prensa semioficiosa".

 

"Los adversarios serios serán fácilmente rebatidos, porque no dispondrán de órganos para la publicidad. Como pretexto para eliminar cualquier publicación, siempre aduciremos la razón de que se altera con ella, sin razón o necesidad, el orden público". Pretexto éste que, efectivamente, se adujo, pero faltó la fuerza del poder público para ejecutar la supresión deseada. Empero, la influencia judía, en Estados Unidos, logra suprimir casi todas las publicaciones que no son de su agrado.

 

¿Hasta dónde domina la influencia hebrea la publicación de prensa en Norteamérica? En lo referente al empleo de la palabra "judío" predomina sin excepción alguna. El editor que deseara emplearla, lo advertiría en seguida. Se le visita diciéndole (contrariamente a lo que se le enseña al joven judío en sus sinagogas), que la palabra "judío" significaría miembro de una secta religiosa, pero no de una raza, y que el emplearla públicamente en relación con cualquier hecho o persona, resulta tan ridículo como si en idéntico caso se pretendiera hacer constar expresamente que una persona es "católica", "metodista", "presbiteriana", o lo que fuere.

 

Al judío, en cambio, se le dice y repite siempre por medio de sus portavoces, que, sin considerar su credo religioso, ni el estado de su nacimiento, es y sigue siendo judío, y, que por la fuerza de su sangre, pertenece a una raza determinada. Podrían llenarse páginas enteras con sentencias importantes personalidades judías a este respecto. Más lo que le dicen al judío sus portavoces y lo que al editor no judío le expresa la comisión judía que le visita son dos cosas totalmente distintas y en franca contradicción. Una revista judía puede perfectamente proclamar "urbi et orbi" que el profesor N., un juez O., o el senador P. son judíos; pero si un diario no-judío dijese lo mismo, recibiría inmediatamente la airada visita de una comisión judía.

 

Un periódico norteamericano reprodujo recientemente, y sólo como actualidad, un extracto de uno de nuestros anteriores capítulos. Al siguiente día tuvo que dejar en blanco el espacio de varios avisos por no haberse renovado los mismos. Al inquirir la causa de ello, resultó que todas las casas anunciantes eran hebreas, y que la causa del boicot consistía en el mencionado artículo. También llegóse a saber que el corredor que traía dichos avisos era igualmente judío, y que, además, en una


 

comunidad secreta israelita, desempeño en cargo de censor de las publicaciones de la localidad, con el objeto exclusivamente de averiguar todo cuanto se escribiese sobre los judíos. Fue éste, también, quien conferenció con aquel editor, y a raíz de ello se publicó una ampulosa rectificación, que concluyó con una apología del judaísmo. El diario volvió a obtener sus avisos, y sólo queda por averiguar si este trato dado al editor fue un acto honesto. Cierto es que se le hizo cruelmente sentir el poderío semita, pero la táctica no es aconsejable, pues a éste editor se le ha comprobado así con hechos la existencia de una invisible hegemonía judía sobre el mismo.

 

No queremos aconsejar a los editores que emprendan una campaña investigadora del oculto poder de los judíos, porque es siempre cuestión de tacto personal. Más cualquier editor encuentra la oportunidad para ver ciertas cosas y ese caso le recomendamos que si las ve, se acuerde al menos de ellas y que interiormente saqué sus consecuencias.

 

Réplicas hebreas contra tales publicaciones las admiten casi todos los diarios, y hasta algunos se dejan engañar con mentirosas afirmaciones. Otros abrieron sus columnas a una propaganda contraria o judía. Puede ocurrir todo esto, pero el interés no judío en esta cuestión queda muy mal parado, aún en casos en que los editores comprendieron perfectamente la gravedad del asunto. De cualquier modo, el editor corriente tendría una oportunidad magnífica para ir observando lo que está ocurriendo en nuestro país.

 

Publicar una lista de los propietarios, accionistas y otros interesados en nuestra vida periodística, sería de sumo interés, mas no explicaría del todo el absoluto predominio hebreo en nuestra prensa, tal como realmente existe. Sería poco noble enumerar en esta relación algunas empresas periodísticas de propiedad hebrea, porque éstas también son servidoras honorables del bien público. La propiedad en la vida periodística, no es aún sinónimo de preponderancia.

 

Si se desea saber quien ejerce decisiva influencia sobre un diario, hay que conocer a su síndico y los intereses a los que éste sirve; después las relaciones sociales de sus principales redactores, los agentes de avisos que intervienen en el detalle de las inserciones hebreas, y finalmente su color o índole de independencia políticos. El predominio hebreo en la prensa no es únicamente cuestión de dinero, sino que consiste más bien en ocultar cosas al público, o en dárselas, según los casos.

 

Véase en la Enciclopedia Judía la lista de algunos diarios que osaron ocuparse de la cuestión judía y que después quebraron. Cuando el anciano barón Moisés Montefiore dijo en Cracovia: "en tanto no tengamos la prensa mundial en nuestras manos, sería inútil todo lo que hiciéramos. Debemos dominar o influenciar el periodismo universal para alucinar a los pueblos y engañarlos", sabía perfectamente lo que se decía. El concepto "alucinar" lo entendió en el sentido de que los no judíos no advirtieron a los judíos, y con la palabra "engañar" quiso decir, que los pueblos vieran en ciertos acontecimientos mundiales un desarrollo determinado, en tanto que en realidad eran algo muy distinto. Se le muestran al gran público coincidencias casuales, más no lo que se urde en las tinieblas. Una estadística en cifras del espacio de que disponen los hebreos para publicar aquello que ellos quieran que se imprima, abriría los ojos a las masas. Es la judía una nación pequeñísima, pero que exige para sí mayor atención que diez de los más importantes Estados europeos juntos; y esta atención la exigen sólo en la forma que mejor les convenga.

 

Esta cuestión del predominio judío en la prensa norteamericana podría ilustrarse claramente sobre un mapa de los Estados Unidos, en el que se distinguiera por medio de alfileres de color, el número de los diarios de propiedad judía, de aquéllos que se redactan manifiestamente bajo su influencia, y el número de periodistas hebreos, que en los diferentes Estados determinan el modo de pensar de la mayoría de los lectores norteamericanos.

 

Tanto el periodista hebreo que siembra discordias, cuya tarea literaria consiste en mantener a sus lectores en un estado de purulenta fermentación, cuya agudeza es torva, cuya ideología es


 

negativa, como el novelista judío que glorifica estrambóticamente a su propia raza, mientras que en la vida social y económica de los no-judíos siembra furtivamente la semilla de la descomposición, todos ellos deben enumerarse necesariamente entre los agentes, inconscientes a veces, del plan mundial judío, que pretende destruir a la sociedad humana con ayuda de "ideas". Asombra observar el crecido número de tales agentes invisibles, y con cuánta habilidad saber ocultar sus tendencias en sus obras, ensayos, folletos y artículos.

 

Encontrados casos y sólo fecha muy reciente ha sido posible en Estados Unidos imprimir la palabra "judío" en la primera plana de un diario, y contestar a la comisión judía, cuya visita no faltó al siguiente día, que "hasta hoy Norteamérica es un país libre". Algunos diarios resistieron valerosamente los ataques de una influencia usurpada y lograron salir victoriosos.

 

El redactor que pueda discutir a base de hechos, nada ha de temer. Pero aquel que retroceda aunque sea una sola vez, advertirá la presión cada vez más creciente. El hombre que con honor mantenga sus puntos de vista, conocerá pronto algo que no es del dominio público: que detrás de espectaculares apariencias ocultase un Proteo y que repercute la rotura de la cadena en un solo eslabón en todo el sistema, como un golpe mortal.

 

Nada hay tan temible para "el judío internacional" como la verdad, y aún una leve indicación de la verdad sobre su naturaleza o sus planes secretos. Precisamente por eso, barrera de refugio, atrincheramiento de defensas, fundamento duradero tanto para judíos como no-judíos, deberá ser, en adelante, la Verdad, si ha de revelarse un día el mayor misterio histórico de la humanidad: el de quién será el Amo del Mundo, a quien deberá pertenecer la monarquía universal, si al genio imperialista de Israel en dispersión o al de Cristo, símbolo de la paz romana, al Hijo de Dios o la Revolución.

 

XVIII

 

CÓMO SE EXPLICA EL PODER POLÍTICO HEBREO

 

Se habló muy poco hasta aquí en los comentarios acerca de los protocolos judíos, sobre el programa político en ellos contenido. Se advierte la victoria de su hegemonía mundial, primero por la preponderancia financiera en el mundo. Esta se halla asegurada de un lado por las cuantiosas deudas de los estados contraídas a causa de los conflictos bélicos, de otro por el dominio capitalista; (no patronal ni directivo) sobre nuestra vida industrial; en segundo término, por una preponderancia política, que se evidencia claramente en la situación actual de todos los países civilizados; en tercer lugar, por la influencia hebrea sobre nuestra educación, que, constantemente, se va ejerciendo a la vista de los pueblos obcecados; luego por un menoscabo general de nuestra existencia espiritual mediante un sistema refinado de diversiones y de juegos; finalmente, por la propagación de ideas disolventes, que no sirven a progreso real alguno, sino que representan quimeras económicas y sólo llevan a la anarquía. Estos medios principales indican las grandes rutas del camino a seguir, y ninguna de ellas fue omitida los protocolos. Antes de fijarnos en lo que expresan los protocolos con respecto a los gobernantes de estados, sirvan de aclaración las ideas que emiten los protocolos acerca de otras ramas de la política. Al respecto interesará a los filos semitas saber que sus manifestaciones todas, evitan cuidadosamente tropezar con el contenido de estos documentos sionistas, al enterarse de que estos lejos de propagar una forma de estado monárquica, apoyan, en cambio, el liberalismo más ilimitado y desenfrenado. Los poderes ocultos tras los protocolos parecen confiar firmemente en poder hacer lo que se les antoje con los pueblos, desde el momento que les invitaron a que establezcan un "gobierno popular".

 

Prefieren los protocolos modificaciones rápidas; son partidarios de las elecciones, derogaciones de la constitución y frecuentes cambios en la representación del pueblo. En este sentido dice lo siguiente el primer protocolo: "el vago concepto de libertad nos pone en condiciones de persuadir a las masas de que un gobierno no es sino el gerente del verdadero amo del país, o sea del pueblo, y que dicho delegado puede cambiarse y ser dado vuelta como un par de guantes. El frecuente


 

reemplazo de diputados convirtió a estos en hechuras nuestras, completamente subordinados a nuestros planes". Esta idea de explotación del cambio de sistema, también se repite en el cuarto protocolo, donde, tratando del desarrollo de las repúblicas, se expresa: "pasa cada república por diversas gradaciones, siendo la primera un estado de turbulencia, comparable a la fiebre de un enfermo que se mueve continuamente de un lado a otro. Se caracteriza la segunda por el engaño popular, la demagogia, que causa la anarquía y lleva irremisiblemente al despotismo, no de carácter justo, leal y responsable, sino al despotismo injusto, invisible y carente de toda responsabilidad, y no se sentirá por ello menos apremiante al ejercerse por una organización oculta. Puede este gobierno arbitrario proceder con tanto menos miramiento, cuanto que esconde detrás de sus agentes, cuyo cambio frecuente, nada perjudica nuestro poder oculto, sino que la cortina hasta lo fortifica, por la simple razón de que el frecuente cambio evita a las organizaciones gastar fuertes sumas en premiar buenos servicios de prolongada duración".

 

No es nada desconocido en Norteamérica este "cambio" de los altos empleados. Cierto ex senador podría atestiguarlo, si supiera o quisiera saber quién preparó ese cambio. En un tiempo, este personaje sirvió de incondicional instrumento a cualquier hebreo que le visitara en el vestíbulo del senado. Su hábil lengua por lo interesante y convincente todo razonamiento con que quiso el judaísmo contrarrestar las intenciones del gobierno. A espaldas de ello, recibió dicho senador aplausos desde un elevadísimo puesto, aplausos acompañados de un muy sonoro tintineo. Pero yo el instante en que pareció oportuno deshacerse de tal senador. Una prueba documentada de los "aplausos" cosechados halló el camino de las tinieblas a la luz pública. Un diario, que siempre fue dócil instrumento del judaísmo norteamericano, "puso el cascabel al gato", he indignado, el público siseó. Para anular a este personaje fue preciso comprometerle primero con ayuda de la prensa. Pero los hubiese hecho de haberlo prohibido "los amos y patronos" del interesado.

 

Se explica en el protocolo 14 como los pueblos no judíos no pierden toda esperanza de mejorar de situación a cada nuevo cambio de sus gobiernos, aceptando con satisfacción la promesa de una durabilidad, que ponen ante la vista los inspiradores de los protocolos, diciendo: "tanto se cansarán las masas del constante cambio de su gobierno (que provocaremos entre los infieles para socavar sus estados), que, finalmente todo lo admitirán de nuestras manos".

 

Pronto perdería en nuestro país supuesto un funcionario de estado que intentara observar y criticar la influencia judía. De ex empleados así, existe, indudablemente, en Estados Unidos, un pequeño ejército. Numerosos de entre hechos no saben siquiera como pudo ocurrir. Otros siguen reflexionando porque sus fojas de servicios leales y patrióticas se perdieron en el silencio y con ellas su puesto.

 

Contiene el 9º protocolo extrañas afirmaciones, de las que citaremos las siguientes: "cuando actualmente protesta algún gobierno contra nosotros, sólo lo hace para "guardar las formas", porque ese gobierno está bajo nuestra tutela y lo hace por encargo nuestro, siendo necesario su antisemitismo para el mantenimiento del orden entre nuestros hermanos".

 

Se halla esta doctrina de la utilidad del antisemitismo y de la necesidad de crearlo donde no exista, en la "enseñanza" de numerosos preceptores hebreos antiguos y modernos.

 

"No existen yo obstáculos en nuestro camino. Está nuestro súper gobierno tan por encima de las leyes, que le podríamos aplicar el fuerte y recio apodó de dictadura. Puedo decir a conciencia, que sólo nosotros somos los legisladores del mundo". También dice: "de hecho, hemos eliminado todo gobierno que no sea nuestro, aunque "de jure" dejemos subsistir alguno que otro".

 

Los hechos son claros existen los gobiernos bajo su antiguo nombre, ejerciendo sobre los pueblos el poder público, más el súper gobierno mundial ejerce sobre todos ellos una influencia absoluta en todos aquellos asuntos que rozan con los planes del judaísmo internacional. Demuestra el 8º


 

protocolo la forma en que estos se consigue: "en la actualidad, y ésta que podamos entregar a nuestros hermanos hebreos, los altos puestos en los gobiernos, pondremos en manos de individuos cuyo pasado y carácter hagan que entre ellos y su pueblo exista un abismo; hay individuos que, de ser desobedientes, les perseguirá la justicia, o serán desterrados están obligados a proteger nuestros intereses hasta el postrer aliento de su vida".

 

Dice con respecto a los fondos que los partidos políticos el 9º protocolo: "La división del pueblo en partidos ha tenido por consecuencia que dependan todos de nosotros, pues para la realización de un programa político hace falta dinero, y este lo ofrecemos nosotros".

 

Se discutió muchas veces la procedencia de los fondos de los diferentes partidos. Nadie pudo hasta ahora llegar a sus verdaderos orígenes internacionales.

 

En los Estados Unidos tuvimos estos últimos cinco años una administración completamente judaizada. Se redujo en esta época la acción del gobierno constitucional a legalizar la emisión de fondos públicos. EN CAMBIO, LA ADMINISTRACIÓN COMERCIAL DE LA GUERRA FUE

 

DESEMPEÑADA POR UN GOBIERNO DENTRO DEL GOBIERNO, ESTE SÚPER GOBIERNO INTERIOR

 

FUE TOTALMENTE JUDÍO.

 

Se inquiere muchas veces porque es así. La primera respuesta es que los hebreos que se encargaron en primer lugar de los puestos superiores en la administración comercial de la guerra, eran precisamente los hombres más expertos que se encontraban. Y a la pregunta de por qué tan importante parte de nuestra política exterior dependía de los consejos de cierto grupo hebreos, se contesta igualmente que estos sólo que mayores conocimientos tienen de la materia; que nadie reunía en sí más que ellos tanto conocimiento, y que los funcionarios electos del pueblo tienen el derecho de admitir los mejores consejeros que puedan encontrar.

 

Admítase la explicación de que los Estados Unidos sola y exclusivamente los hebreos fueron juzgados aptos para resolver con suma facilidad y maestría los difíciles problemas que se plantearon durante la guerra. Dado que no hemos de tratar de la guerra, más que hacer constar que el gobierno norteamericano de guerra fue absolutamente judío. Tal vez el 2º protocolo puedan proyectar una luz sobre este hecho. "Los funcionarios que, por su condescendencia, elijamos nosotros de entre la masa popular, no estarán educados para gobernar, por cuyo razón fácilmente servirán de peones en la partida de ajedrez que nuestros sabios y doctos consejeros juegan, como especialistas que son desde niños y educados para ocuparse de asuntos mundiales. Nosotros sabemos que nuestros especialistas adquirieron realmente los conocimientos necesarios para gobernar".

 

El funcionario no judío, sin preparación debe por fuerza admitir ayuda ajena. Y ¿quien se prestaría mejor para ello que aquellos mismos que se ofrecen para tal ayuda? A las masas se le sugirió la idea de desconfiar de aquellas personas, que adquirieron conocimientos prácticos en política y administración. Éste hecho facilita la posición de aquellos que se ofrecen a prestar su basura. Y a la inversa aquellos interesados precisamente, a cuyos intereses éstos sirven, quedan en posición en extremo favorable.

 

Pero de todo cuanto recapitula los protocolos sobre la parte política del plan mundial judío, nada merece tanta tensión como lo que se inicia cerca de elección y tutela del jefe del gobierno en los países no judíos. El plan íntegro se halla contenido en el 10º protocolo. Es que los autores de estos documentos hayan tenido presente al redactarlos la elección del presidente de Francia, le otorga al plan un colorido local, pero puede aplicarse en todas partes, y hasta en otras naciones es donde adquiere su significado completo.

 

Va pasando lógicamente el 10º protocolo, hasta tocar la cuestión cardinal, demostrando la


 

evolución de los jefes de estado desde la monarquía hasta la república. Es en extremo engreído el lenguaje de estos capítulos, pero queda muy a la zaga de otra literatura hebrea contemporánea, que se emborracha con frases de una plena conciencia de omnipotente poderío. Por odiosa que sea esta materia, resulta útil observar de que ángulo visual los secuaces que los protocolos sionistas juzgan a los no judíos y a sus pro hombres o dignatarios deberá tenerse presente que el ideal hebreo no se fija en un presidente, sino en un rey. En 1918 los estudiantes judíos de Rusia cantaban en las calles por lo que decía: "Os dimos un Dios, ahora os daremos un rey". La nueva bandera de la Palestina, que ahora flamea sin obstáculos por doquiera, lleva, lo mismo que toda sinagoga, las insignias de un rey judío. Radica la esperanza judía en que se vuelva a erigir el trono de David, y, según todos los indicios, así ocurrirá en efecto. Sin merecer nuestra crítica acerba, conviene traerlos a colación ante el señaladísimo desprecio manifestado por los judíos contra toda forma de Estado no israelita.

 

Dice el citado Protocolo acerca del tema presidencial: "Se hizo después factible iniciar la era republicana y en lugar del soberano le remplazábamos con una caricatura, o sea, un presidente surgido de las masas populares... A veces colocamos así una mina debajo de los pueblos, o mejor dicho, debajo de los Estados de los infieles".

 

Se lee con extrañeza el aserto de que los prohombres con cierto "pasado" se presten particularmente para el cargo de Presidente. Que en diferentes países, tales hombres, incluso los Estados Unidos, fueron Presidentes, es indudable. En ciertos casos de acción deshonesta, que ponían una mancha en el pasado de dicho personaje, esto fue públicamente conocido; en otros casos, en cambio, se silenció, o vagó entre rumores que despistaron. En determinado caso cierta "camarilla" que estaba en el secreto, al preservarlo de la publicidad, hízose pagar espléndidamente este servicio. Individuos con un pasado poco claro, no son extraordinarios. No es, muchas veces este pasado lo que les preocupa, sino la posibilidad de verse descubiertos en público. Y debido a esta falta de autoridad por temor de ser descubiertos, y en dependencia de la opinión pública, suelen caer por lo general en una esclavitud mucho peor: la de los altos dirigentes políticos, sobre todo de los financistas. "Prepararemos la elección de Presidentes cuyo pasado implique alguna mancha, algún "Panamá": serán entonces, por temor a revelaciones, y por el natural deseo de seguir gozando de las prerrogativas, dignidades y beneficios inherentes a su elevado cargo, obedientes ejecutores de nuestras órdenes".

 

La mención de la palabra "Panamá" se refiere a los obscuros asuntos ocurridos con motivo de los préstamos del pueblo francés, a mediados del siglo pasado, para la proyectada construcción del canal de Panamá. Si los Protocolos sionistas, en su forma actual, hubiesen sido redactados mas tarde, hubieran podido referirse al asunto Marconi, en Inglaterra, que comprometió seriamente a Lloyd George, salvo que en este caso el autor de la obra hubiese preferido callar, por esta complicado en este escándalo muchos personajes de raza hebrea. Teodoro Herzl, el supremo jefe del Sionismo, también utiliza la palabra "Panamá" en su obra titulada El Estado judío. Refiriéndose a los preparativos económicos para fundar un Estado en la Palestina, dice que "la sociedad hebrea debe cuidar que no sea la empresa un Panamá, sino una victoria". Es significativo que también se repita esta misma palabra en los Protocolos, como en la citada obra de Herzl, porque alguien que escribiera hoy para el gran público no utilizaría dicho concepto para caracterizar el pasado oscuro de cualquier personaje, por la simple razón de que no se le entendería.

 

Precisamente esta costumbre de obligarse a otras personas, impone a escritores sinceros la imperiosa necesidad de decir siempre la verdad desnuda sobre los personajes que aspiran a cargos públicos. No es suficiente decir que tal personaje, que se inicio pobre, concluyo siendo un hombre rico, sino que es preciso preguntar: ¿como adquirió sus riquezas? ¿cómo se explica el aumento de su fortuna? A veces este hilo rojo lleva hasta el seno de la familia. Se sabe así por ejemplo, de alguien que saco a otro amigo de apuros, casándose con la esposa comprometida de aquel, percibiendo por ello una suma importante. Otro vióse en apuros por mantener relaciones


 

demasiado intimas con la esposa de un tercero, de cuya precaria situación le librara la inteligente intervención de amigos influyentes, a los que aquel, claro esta, se sintió obligado para siempre. Raro es que en tales "asuntos", al menos en Norteamérica, predomine siempre la nota femenina, siendo así que en nuestros círculos elevados se presenta más a menudo que ninguna otra, con más frecuencia aun que la nota financiera.

 

En naciones europeas, donde dichas relaciones femeninas ilícitas no “producen” tanto, es necesario descubrir otras “manchas” en las personalidades bajo tutela y vigilancia.

 

Este tema es repulsivo, pero la verdad debe, a veces, cumplir funciones quirúrgicas, y se presentan aquí los casos tal como son en la realidad. Al estudiarse detenidamente una conferencia tan decisiva para el mundo entero, como lo fue la Conferencia de Paz de Versalles, fijándose preferentemente en las personas visiblemente subordinadas a influencias hebreas, y siguiendo atentamente el desarrollo de su vida pasada, será posible fijar siempre, sin dificultad alguna, el momento critico en que cayeron en una situación que si bien les significaba éxitos momentáneos, les convirtió irremisiblemente, en cambio, en esclavos de un poder oculto. Solo se explica el extraño espectáculo de ver a los estadistas preeminentes de raza anglosajona rodeados constantemente y aconsejados por los príncipes semitas, por el intimo conocimiento de las “manchas” de aquellos, como se comprueba con las palabras de los Protocolos sionistas: “Prepararemos la elección de Presidentes, cuyo pasado implique alguna mancha, algún Panamá”.

 

Cuando se observa claramente el predominio judío sobre estadistas no-judíos, se puede deducir siempre con absoluta certeza, que aquella raza es el guardián único de un importante secreto de los personajes. Si se presenta alguna vez la necesidad, para aquellos que sepan algo de estas coincidencias, será una sagrada obligación nacional el publicarlas, no para destruir la reputación de nadie, sino para estigmatizar de una vez por todas costumbres tan viles.

 

Dicen los publicistas judíos que los hebreos no se manifiestan como unidad nacional. Por esto – agregan – tampoco ejercen influencia política alguna. Por otra parte, están tan desunidos entre sí, que no pueden jamas manifestarse en una dirección común. Ocurre así, que al tratarse de una cuestión en favor de algo, se van manifestando en la comunidad hebrea los punto de vista de una mayoría y los de una minoría, respectivamente, en la mayor parte de los casos los de una minoría insignificante. Mas cuando se trata de una cuestión en contra de algo, presenta siempre la comunidad judía, una unidad compacta. Podrá comprobar estos hechos cualquier político de clara observación. Puede todo el mundo en la vida pública y personalmente hacer la prueba, declarando abiertamente que no se dejara influenciar por los hebreos, ni por nadie. Si emplea en este sentido la palabra “judío”, no hace falta que lea nada sobre la solidaridad hebrea, porque la “sentirá” muy pronto. Tal unidad hebrea no puede, empero, lograrlo todo en las elecciones. Radica, mas bien, la fuerza política de los judíos, en su influencia en las cimas de los poderes públicos. Los hebreos como minoría política, en cuanto a votos se refiere, constituyeron en estos últimos años una mayoría política en cuanto a influencia. Gobernaban, y se jactaban de ello. Y se advierten señales de su gobierno en todos los países.

 

Es el miedo signo principal frente al predominio hebreo en la política. Tan grande es que nadie se atreve, apenas, a hablar de los judíos con la naturalidad con que, por ejemplo, se hablaría de armenios, alemanes, rusos o indostanes. ¿No es este recelo la prueba palpable de que se conoce el poderío hebreo y la crueldad de su aplicación? Acaso sea cierto que el antisemitismo, tal como lo afirman muchos judíos, no es más que miedo exagerado, horror ante lo desconocido. La existencia sin ejemplo en la historia de un pueblo pobre en apariencia, pero que, sin embargo, es más rico que los demás, de una minoría insignificante, más poderosa que la mayoría en conjunto, puede crear, efectivamente, visiones en una mentalidad excitada.

 

Es significativo que los que actúan como heraldos reconocidos del judaísmo no protesten jamas


 

contra este miedo, sino que por el contrario, desean que exista. Sustentarlo vivo, bien calculado, aunque no en la sombra, y utilizarlo convenientemente en caso necesario, es un arte especial, que los hebreos manejan con maestría. Pero cuando se altera este equilibrio, se conoce de inmediato su punto flaco. Primeramente se recurre a las amenazas, en la esperanza de poder restaurar dicho miedo, más, fracasadas aquellas, aparecen inmediatamente las lamentaciones sobre el “antisemitismo”.

 

Es extraño que los judíos no vean que, precisamente, la forma mas ruda del antisemitismo se basa en este miedo, que ellos mismos inoculan plena conciencia a los pueblos. Unicamente de esto puede nacer un odio cruel contra los judíos. El hombre normalmente moral evita siempre causar miedo; solo una raza moralmente inferior puede ver algo bueno en ello y aprovecharlo.

 

Seria un gran paso hacia la solución de la cuestión judía el que la gente se librara de este temor al judío. Mas este proceso intimo de suprimir el temor es, precisamente, lo que los portavoces y publicistas hebreos combaten vivamente, llamándolo “antisemitismo”. Nada más falso: es esta liberación la que con mayor eficacia preserva contra el antisemitismo. Se desarrolla el proceso en varias etapas: es preciso demostrar primero nítida y ampliamente todo el enorme poderío de los judíos. Claro es que clamara de inmediato toda la oposición judía, y tanto mas porque no se podrá probar lo contrario, pero habríamos de insistir en su demostración.

 

Será entonces necesario explicar en forma las razones de este poderío existente. No puede apoyarse esa explicación en otro principio que en el de un anhelo israelita por la hegemonía mundial, o en la existencia de un plan ideado detalladamente, que conduce a la hegemonía.

 

Explicado el método, ya casi esta vencido el mal. El hebreo nada tiene del superhombre. Es ladino y perseverante, le permite su ideología hacer muchas cosas normalmente vedadas a otras personas, mas, en igualdad de condiciones no posee superioridad alguna. El yanqui del Norte le aventaja en cualquier concepto, pero le obligan las reglas de juego lícito. Cuando llegue la gente a saber por que medios se logra el poderío, cuando se entere de cómo en los Estados Unidos se acostumbra asaltar el poder político, no cabe duda que los medios utilizados rasgaran su aureola, haciéndole aparecer como en realidad es: un “negociante tenebroso”.

 

Que merezcan crédito o no el método recomendado en los Protocolos sionistas, depende exclusivamente de ser o no posible su comprobación, su existencia con hechos irrefutables de nuestros tiempos. Y, efectivamente, teoría y práctica coinciden en absoluto. Para el hebreo, seria más ventajoso que las huellas no se hallaran ni en un plan escrito, ni en los hechos históricos. Pero dado que estas huellas existen, procede ilógicamente el judío, al acusar a los demás de una culpa que solo a él mismo corresponde. En efecto, no constituye prueba contraria ni absolución, denigrar a aquellos que se limitan a dejar constancia de los hechos. El judío es astuto, pero no tanto como para borrar completamente las huellas de su proceder. También tiene el judío su lado flaco, desde el cual es posible ir descubriendo toda la maraña en que vive como pez en el agua, Y ¿temería que se pusiera de manifiesto su actuación, si lo que se descubre fuera bueno y honroso? El punto vulnerable de todo el programa consiste precisamente en que es perverso en su totalidad. Por grandes que fueran los éxitos hebreos, no lo son tanto que la humanidad no pueda evitarlos. Ya se halla esta dentro de un gran movimiento defensivo, y si aun existieran profetas entre los hebreos, seria muy conveniente que los mismos señalaran otros rumbos a su pueblo.

 

La prueba practica de la existencia de un plan mundial judío y el miedo hebreo por su descubrimiento, significara para la humanidad la eliminación del elemento de inquietud que representa siempre el judío en el seno de los pueblos entre los cuales vive.


 

 

“En un conjunto de Estados Unitarios perfectamente organizados, no tiene el judío mas que dos probabilidades de éxito: o derribar los pilares de todo el sistema nacional de los Estados, o fundar uno suyo propio, nuevo... Parece que en Europa oriental el bolcheviquismo y el sionismo pueden


 

existir conjuntamente, no porque se preocupe el judío del lado positivo de la teoría radical, no porque desea participar en el nacionalismo no-judío, ni en la democracia no-judía, sino porque cualquier forma no-judía del Estado le inspira franco odio”.

 

EUSTACE PERCY

 

XIX

 

LA U.R.S.S. (RUSIA COMUNISTA) HECHURA DEL PANJUDAISMO

 

Cuando se desee saber lo que piensan o quieren los jefes judíos en los Estados Unidos de Norteamérica, o en otros países, no debemos atenernos a las palabras destinadas a ser oídas por los pueblos no-judíos, sino a las dirigidas a sus propios hermanos de raza. Que se considere el judío predestinado a dominar al mundo entero, sintiéndose por ello miembro de un pueblo o de una raza netamente distinta a todas las otras; que considere el resto del mundo no judío, campo legal de explotación, del que puede beneficiarse por preceptos morales inferiores y practique los principios establecidos en los Protocolos sionistas; de todas estas hipótesis únicamente puede hallarse una tesis fidedigna rebuscando en palabras dirigidas a su propio pueblo, pero jamás en las destinadas a los infieles.

 

Los apellidos hebreos que con mayor frecuencia se repiten en la prensa, no nos muestran, ni con mucho, a todos los jefes israelitas, sino que solo representan un grupo escogido, o sea los representantes de la sección de propaganda entre los no judíos. Manifestase a veces esta propaganda en formas de donativos para obras caritativas cristianas, otras aparece como interpretación "liberal" de asunto religiosos, sociales o políticos. Sea cual fuere la forma en que se presente, desarrolla siempre bajo la careta de acontecimientos sobre los que se concentran las miradas y el sufrimiento de los no-judíos.

 

Estos juicios y asertos se apoyan en pruebas inequívocas y en afirmaciones emanadas de boca misma de jefes hebreos. Rebatiendo, pues, los judíos, nuestros asertos, rebatirán algo que propagan sus propios jefes. Esto solo se explica en el supuesto de que nuestras averiguaciones no hubieran profundizado hasta el punto exacto, que ellos quisieran ocultar.

 

Se rebate con ahínco nuestra afirmación de que el bolcheviquismo, sea en Rusia o en los Estados Unidos, es un producto judío. Constituye esta negación uno de los más evidentes ejemplos de procaz ambigüedad. Ante los no-judíos se niega el carácter hebreo del bolcheviquismo, mientras que en el seno de la comunidad israelita, o expresado en los más raros dialectos judíos, u oculto también en la prensa judía nacionalista y frente a los judíos mismos, se descubren orgullosas protestas de que el bolcheviquismo es genuinamente judío.

 

A fin de eludir la terriblemente seria inculpación de los asesinatos en masa, de destrucciones, robo y muerte por hambre, en unión de la más abominable fraseología humanitaria en Rusia actual, cuyo horrible crimen en su totalidad no es posible aun describir, ni menos concebir, la propaganda hebrea se aferra únicamente a dos nimiedades. Afirmase por un lado que Kerensky, precursor del bolcheviquismo no era judío. Salta a la vista, empero, que no puede haber prueba más convincente en pro del carácter hebreo del bolcheviquismo que esta afirmación judía tan altamente proclamada, de que dos de sus cabecillas no son israelitas. Resulta, en verdad, flojo renegar, de entre centenares, solo de dos personas, sobre todo cuando esto no influye en absoluto sobre la verdadera nacionalidad de Kerensky. Su apellido real es Adler (águila), siendo su padre hebreo y hebrea su madre. Fallecido su padre, caso nuevamente su madre con un ruso de apellido Kerensky, nombre que adopto también el estadista y abogado. Su origen no ofreció jamás la menor duda entre los elementos radicales que se sirvieron de este como instrumento, entre los poderosos que le indujeron a clavar el primer clavo en el ataúd de Rusia, y entre los soldados que lucharon bajo sus órdenes.


 

 

"Pero Lenin", dicen luego los portavoces hebreos, "Lenin, el jefe principal y el cerebro del movimiento, Lenin no es judío!" Posible, pero ¿por qué educa a sus hijos en la parla judía? ¿Por que redacta sus proclamas en dialecto hebreo? ¿Por que suprimió la fiesta dominical cristiana, instituyendo el sábado mosaico? Puede hallarse una explicación de todo ello en que se caso con una judía. Nos ofrece una segunda explicación el hecho de que a pesar de todo cuanto se afirme, resulta judío. En realidad nada tiene de aristócrata ruso, como tan insistentemente se afirmo. Todo cuanto personalmente asegura en este sentido, es completamente falso y el aserto de que no es israelita queda dudoso.

 

Nadie puso en duda, hasta ahora, la nacionalidad de Trotzky, que es hebreo, y cuyo apellido verdadero es Braunstein. Desde hace cierto tiempo se viene diciendo a los no-judíos que el propio Trotzky había afirmado que no pertenecía a confesión alguna. Es posible también que sea cierto. Más algo debe haber: ¿por que, entonces, se transformaron las iglesias cristianas en mataderos o salones de baile, en tanto que las sinagogas se mantuvieron incólumes? Y ¿por qué los sacerdotes cristianos debieron barrer las calles, mientras que los rabinos permanecieron sin ser molestados en sus puestos? Es posible, entonces, que Trotzky no pertenezca ya a ninguna confesión, pero es y sigue siendo judío. No es precisamente idea fija de los no-judíos que Trotzky sea hebreo, sino que las autoridades israelitas le reconocen como tal.

 

Tal vez se nos podría reprochar que repitamos con demasiada frecuencia, lo que es ya del dominio público. Pero todavía hoy existen numerosas personas que ignoran lo que es y significa el bolcheviquismo. Por esto, y aun a riesgo de parecer monótonos, repetimos otra vez aquí sus puntos relevantes. No es su objeto solo explicar claramente la situación en Rusia, sino que sirva de escarmiento ante lo que se prepara en los Estados Unidos y en otras naciones de América y Europa.

 

El gobierno ruso, que cuajo en la indeleble formula de "recusación de deudas", demostró por su composición en 1929, cuando se recibieron las últimas noticias dirigidas a ciertos departamentos de nuestro país, una hegemonía absoluta del judaísmo. Se modifico desde un principio esta situación, de modo insignificante. A fin de demostrar las proporciones, aportaremos pruebas. No hay que suponer, empero, que los miembros no judíos de los comisariatos sean rusos de sangre. Hay pocos rusos verdaderos actualmente, que en cuestiones de su tierra natal tengan algo que decir. La denominada "dictadura del proletariado", en la que el proletariado en si no significa nada absolutamente, es rusa solo en el sentido de que fue impuesta en Rusia. En cambio, no es rusa porque no emano de la voluntad del pueblo ruso, ni existe hoy para cuidar los intereses del proletariado ruso. El bolcheviquismo no es otra cosa que la realización del plan internacional contenido en los Protocolos sionistas, tal como ha de realizarse este en todos los países por una minoría radical. Los sucesos rusos representan el ensayo general.

 

PRUEBA ESTADISTICA DEL PRODOMINIO JUDIO EN LA RUSIA COMUNISTA

 

 

Miembros Miembros Judíos Porcentaje judío

 

Consejo de Comisarios del Pueblo.. 22

17

77 %

 

Comisión de Guerra...................... 43

33

77 %

 

Comisariato de Relaciones Exteriores 16 33

77%

 

 

"

de Hacienda......

30

24

80 %

"

de Justicia

 

21

20

95 %

 

"

de Instrucción Publica

53

42

79%

"

de Ayuda social

6

6

100%

 

"

de Trabajo

 

8

7

88%

 

Delegados de la Cruz Roja Rusa en Berlín,

 

 

Viena, Varsovia, Bucarest y Copenhague 8

8

100%

Comisarios provinciales

23

21

91%

 


 

Periodistas

41

41

100%

 

Estas cifras son significativas. La participación hebrea no esta en ningún valor por debajo del 75 por ciento, siendo interesante que la proporción judía más baja aparezca en el Comisariato de Guerra. En cambio, en las juntas, que se rozan con la masa del pueblo, en las de defensa nacional y de propaganda, los hebreos ocupan literalmente todos los puestos. Recuérdese lo que los Protocolos dicen con respecto al dominio de la prensa, recuérdese lo que el barón de Montefiore expresó en este sentido, y júzguese después el significado de este cien por ciento de periodistas oficiales del gobierno bolchevique. Resulta que únicamente a plumas hebreas es confiada en Rusia la propaganda escrita bolchevique.

 

Loso ocho delegados de la Cruz Roja, que al fin de cuentas no son sino ocho agentes bolcheviques en las citadas capitales, ¡son todos judíos!

 

El Comisariato de Ayuda Social, del cual depende la existencia o la miseria de decenas de miles de familias, esta integrado por seis miembros, y estos son judíos.

 

De los 53 miembros del Comisariato de Instrucción Publica solo 11 son no-judíos. A que clase de no-judíos pertenecen no se dice. Tal vez sean no-judíos de la especie de Lenin, cuyos hijos usan la parla judía. De todos modos, proyecta gran luz sobre su actuación el hecho de que los bolcheviques se hicieran cargo de todas las escuelas hebreas, que mantuvieron sin modificar, ordenando solo que en las mismas se enseñara el hebreo antiguo. Este hebreo antiguo es el medio de propagación de los más profundos secretos del plan mundial judío.

 

¿Y los niños rusos? "A estos (expresaron los nobles preceptores hebreos) les enseñaremos como se quitan las telarañas de sus cerebros; aprenderán solo la verdad". Lo que comprendieron ellos con este concepto, se niega la pluma a reproducirlo. Cuando se libro Hungría del comunismo de Bela Khun (a) Cohn, se mataron algunos hebreos inocentes, y es posible que los judíos tengan razón al llamar a estos sucesos el "terror blanco", a raíz de su frustrado intento de reproducir la tragedia rusa en Hungría. Más existe una masa de pruebas aplastante para demostrar que nada pudo producir la explosión del "terror blanco", como la rabia y desesperación de los padres, cuyos hijos durante el breve terrorismo hebreo bolchevique fueron arrastrados a la fuerza y violados.

 

Resulta natural que los judíos norteamericanos no escuchen esto sin desagrado. Podría honrarles su repulsión si no fuera que por otra parte, se erigen en protectores de aquellas mismas personas que perpetraron tales crímenes. Se sabe que la castidad de las jóvenes y mujeres no-judías no se cotiza tan alta por los hebreos, como la de las mujeres semitas. Al respecto es muy interesante saber que los judíos condenan públicamente aquello que, en lo concerniente a la "educación", acaeció en Rusia y Hungría. Y dado que las principales influencias que actualmente desmoralizan a la juventud no judía en Norteamérica, proceden de fuente judía, y puesto que en los Protocolos sionistas se dice que uno de los fines de la lucha consiste en "desmoralizar a la juventud de los infieles", resulta, entonces, ridículo, que frente a todo esto los hebreos no sepan sino proferir insultos y mantenerse en huecas negativas.

 

No se dirige precisamente la acusación principal contra los métodos económicos bolcheviques, ni contra el engaño de que se hace víctima al pueblo, sino que especialmente va contra su decadencia moral, su impudicia, y la grosería que se manifiesta en todos los actos del bolcheviquismo judío. Surge aquí un abismo entre el concepto moral de los judíos y de los no-judíos. Y no nos refiramos ahora a la horrible crueldad forzosamente ligada con aquella, sino que limitémonos a reproducir una explicación de estos fenómenos, que se encuentra en la prensa judía y que dice: "Es posible que el judío de Rusia tome venganza inconscientemente por los sufrimientos soportados durante largos siglos".

 

Se plantea aquí un interrogante: ¿cómo se puede comprobar la veracidad de todo esto? Es


 

aportada esta prueba por el Senado Norteamericano y se halla impresa en un expediente de la Junta de Juzgados. No nos detendremos largamente, porque preferimos citar testimonios judíos, y no cristianos.

 

El Dr. Jorge A. Simons, eclesiástico cristiano y delegado de cierta comunidad religiosa en Petrogrado cuando el estallido del terror bolchevique, figura como testigo. He aquí parte de sus declaraciones:

 

"Centenares de agitadores procedentes de los barrios bajos del Este neoyorquino se hallaban en el séquito de Trotzky... Y mucho nos sorprendió desde un principio el elemento netamente judío de aquel, y se comprobó muy pronto que más de la mitad de todos esos agitadores del llamado movimiento soviético eran hebreos".

 

(Pregunta el senador Nelson): "¿Hebreos?. (El Dr. Simons responde): "Hebreos, o sea judíos disidentes. Nada quiero decir contra los judíos. No cuenta con mis simpatías el movimiento antisemita... Pero estoy persuadido de que este asunto es judío, y que sus raíces más profundas tienen que buscarse en los barrios del Este neoyorquino".

 

(Pregunto después el senador Nelson): "¿Llego Trotzky en aquel verano de Nueva York?". (Repuso del Dr. Simons: "¡Sí! En diciembre del año 1918 se hallaron bajo la presidencia de un hombre llamado Apfelbaum (a) Zinovieff, diez y seis rusos puros de entre un total de 388 miembros; los restantes eran judíos, excepción hecha de uno, un negro norteamericano, que se titulaba profesor y catedrático, Gordon... De este gobierno comunista del Norte, que reside en el ex Instituto Imperial Smolny, 265 miembros procedían de los barrios bajos del Este neoyorquino. Quiero hacer constar que en el momento de apoderarse los bolcheviques del poder, quedo Petrogrado inundado por una oleada de proclamas rojas redactadas en yiddish. Comprendióse al punto que este sería uno de los idiomas principales de Rusia. Los rusos puros, con cierta reserva pasiva, aprobaron el programa judío".

 

Guillermo Huntingon, agregado comercial en la Embajada norteamericana en Petrogrado, manifestó que en Rusia todo el mundo sabe que tres cuartas partes de los jefes bolcheviques son judíos...

Algunos hubo que eran rusos de sangre, y por ello entiendo rusos de nacimiento, no judíos rusos.

 

Rogelio E. Simons, perito comercial del Departamento de Comercio de los Estados Unidos, atestigua lo mismo.

 

El Libro Blanco británico "Rusia", numero 1, titulado Recopilación de testimonios sobre el bolcheviquismo ruso, entregada por orden de Su Majestad al Parlamento, abril de 1919, contiene un sinnúmero de testimonios idénticos, obtenidos de diversas fuentes y prestados todos por testigos oculares.

 

En la revista "Aften" de febrero-marzo de 1920, publicóse un articulo que, entre otras importantes cosas, contiene el siguiente relato: "En todas las instituciones bolcheviques los jefes son hebreos. El comisario auxiliar de Enseñanza Elemental, apellidado Grunberg, apenas si sabe hablar ruso. Los judíos consiguen éxitos en todo y logran sus objetos. Saben obtener sumisión absoluta y mantenerla, pero se muestran altivos y despreciativos con todo el mundo, lo cual subleva al pueblo contra ellos... En la actualidad se observa un gran entusiasmo nacional-religioso entre los hebreos, creyendo que se va acercando la era del dominio terrenal del Pueblo, ya que coincidieron el hebraísmo y la revolución mundial. Ven en que coincidieron el hebraísmo y la revolución mundial. Ven en el desarrollo de la revolución el cumplimiento de las Sagradas Escrituras al decir: "Aunque de fin de todos los pueblos, entre los cuales te dispersare, no daré fin de ti".

 

Titubeó siempre la opinión judía acerca del bolcheviquismo. Se le recibió al principio con


 

entusiasmo. Nada se oculto en aquella primera época del nuevo régimen, salvo la participación que tomara el judaísmo. Celebráronse asambleas publicas y se redactaron crónicas especiales, en cuya publicación se revelaron numerosos y verídicos detalles de suma importancia. Ni siquiera se intento ocultar nombres y apellidos.

 

Llegó después una época en que el horror ante los sucesos de Rusia se adueño de la humanidad, y durante un tiempo reino el silencio en Judea. Fueron oídas una o dos voces, que desmintieron histéricamente. Nueva oleada de apoteosis, que luego, mirando el reverso hacia el lado hebreo, prosigue aun, pero que en el anverso, hacia el lado no judío, revela doliente queja y habla de "persecuciones". Ya estaba preparado el mundo para ver un día un tanto tergiversada la verdad sobre el bolcheviquismo ruso y convertida en "persecuciones de los judíos".

 

En la revista El Hebreo Norteamericano, de fecha 10 de septiembre de 1920, apareció un artículo, que no solo reconoce la participación de los israelitas en los actuales desórdenes y en el movimiento revolucionario mundial, sino que hasta lo justifica - por raro que parezca - con el Sermón de la Montaña. Dice su autor en el referido articulo que el "hebreo desarrollo el capitalismo organizado gracias a su instrumento más eficaz instrumento, o sea el sistema bancario, la revolución mundial?

 

"Este acontecimiento (la revolución rusa) predestinado para pasar a la Historia como un producto preponderante de la guerra mundial, fue en sumo grado obra de reflexión hebrea, de descontento hebreo y de voluntad hebrea para una nueva Reconstrucción".

 

"El rápido desarrollo de la revolución rusa, pasando de su época destructiva a la constructiva, es visible expresión del carácter creador del genio judío resentido". Debe aun demostrarse que la época constructiva del bolcheviquismo se haya siquiera iniciado. No tiene la afirmación del artículo sino carácter de propaganda. Los Protocolos sionistas, en cambio, si que contienen un plan constructivo.

 

Lea el lector con detenimiento las siguientes líneas: "Lo que el idealismo hebreo y el resentimiento hebreo han conseguido en Rusia, "lo pretenden también realizar en los demás países". ¿Que es lo que el "idealismo hebreo" realizó en Rusia, y con que "poderosos" medios? ¿Por que van siempre juntos el "idealismo hebreo" con el "genio hebreo de resentimiento"? Estudiando los Protocolos de los Sabios de Sión se va comprendiendo claramente. Idealismo hebreo no significa sino destrucción de los Estados no-judíos para la institución de una forma judía política y social única. ¿No fue esto lo que sucedió en Rusia? Proclamas judías, el hebreo antiguo en los colegios, el sábado en lugar del domingo, y los rabinos sin ser molestados, en tanto que los sacerdotes cristianos debieron barrer las calles. Y hechos en extremo "poderosos", o sea: asesinatos, robos, desolación y muerte por hambre... El autor del artículo del Hebreo Norteamericano habló acaso algo más de lo que quisiera, llamando a esta intima compenetración de idealismo y resentimiento "cualidades históricas del genio hebreo". Según el autor, estas cualidades hereditarias de la raza hebrea, que promovieron en Rusia el terror rojo, y que siguen hoy manifestándose, pretenden reservar igual suerte para los demás países. Consiste la diferencia en que, cuando un no-judío dice tal cosa, se le cubre de improperios. Pero ahora es un autor judío en una importante revista judía. Y añade a guisa de disculpa: "Fue natural que el resentimiento se expresara en un exceso de tendencias y en cierta demasía de finalidades". ¿Que resentimiento? Naturalmente, el hebreo. Y ¿por qué están descontentos? Por toda forma de Estado que no sea la judía. Y ¿en qué consistieron el exceso de tendencias y la demasía de finalidades? En implantar también en los demás países y hasta en los Estados Unidos el bolcheviquismo judío. "¿Cierta demasía?" ¡No! Fueron unos pocos, pero muy caracterizados objetivos, solo que eligieron los judíos para su realización un terreno equivocado.

 

Pueden observarse ahora bolcheviques rusos en las calles de Nueva York ofreciendo al transeúnte cigarreras de oro robadas a las familias rusas, joyas familiares, y anillos de compromiso y de


 

bautizo. El bolcheviquismo no se apartó en momento alguno del ideal de todo ladrón o salteador. Pero transcurrirá mucho tiempo antes de que Norteamérica admita órdenes en parla judía o de que las mujeres americanas tengan que "entregar" sus alhajas al "pueblo predilecto".

 

Pese a las innegables conexiones entre el hebreo americano por el otro, aun tienen hoy los autores judíos la osadía de afirmar que solo un demente puede admitir tal relación intima de las intenciones judías que revelan los Protocolos, No es así; lo que ocurre únicamente los ciegos no pueden ver o que están ciegos los que no lo vean.

 

"Del caótico estado de la economía desarrolló el genio hebreo el resentimiento del capitalismo organizado, gracias a su más eficaz instrumento, el sistema bancario...

 

¿Se pretende que Norteamérica, tal como la Rusia zarista, califique a los hebreos con el reproche, tan amargo como infundado, de que son únicamente destructores, obligándoles así a ocupar una posición irreductible? ¿O es que Norteamérica aprovechara de las energías creadoras hebreas, como lo hizo con las potencialidades de todas las otras razas?... Sobre estas preguntas el pueblo norteamericano mismo habrá de dar la respuesta".

 

(De un articulo publicado en la revista El Hebreo Norteamericano, el 10 de septiembre de 1920).

 

XX

 

UN TESTIMONIO HEBREO EN FAVOR DEL BOLCHEVIQUISMO

 

Dará el pueblo norteamericano, en efecto, esta respuesta, y jamás se pronunciara en favor del genio destructor del insaciable judaísmo. Demasiado se sabe que lo que el "idealismo hebreo y el resentimiento hebreo" hicieron en Rusia, estaba proyectado también para realizarse en los Estados Unidos. ¿Por que el articulista del Hebreo Norteamericano, en vez de decir "en otros países", no dijo clara e inequívocamente "en los Estados Unidos"?

 

"Idealismo y resentimiento hebreos" no van dirigidos contra el capitalismo, sino que, por el contrario, este se puso al servicio de aquellos. La única forma de Estado, contra la cual se dirigen, la representa todo orden nacional no-judío, y el único capital atacado es el de los no-judíos. Eustace Percy, que, dada la frecuencia con que la prensa judía viene reproduciendo sus palabras, goza del consentimiento de la inteligencia hebrea, nos da una rotunda respuesta al primer concepto, hablando de la inclinación judía por los movimientos sediciosos: "En Europa oriental parece que el sionismo y el bolcheviquismo se desarrollan conjuntamente, tal como la influencia hebrea domino las ideas republicanas y socialistas durante todo el siglo XIX, hasta lo de la revolución de los Jóvenes turcos en Constantinopla... y no porque le preocupe al judío el lado positivo de las teorías radicales, ni tampoco porque intente participar en el nacionalismo o la democracia no judías, sino porque cualquier otra forma de Estado que no sea la judía, no puede inspirarle sino odio".

 

Esta declaración es perfectamente clara. Fue el zar, en Rusia, quien tuvo que servir de pretexto, en Alemania el emperador y en Inglaterra la cuestión irlandesa. Para las incontables revoluciones sudamericanas, dirigidas todas ellas por judíos internacionales, ni siquiera fue necesario buscar un pretexto especial... En Norteamérica sirve de espantapájaros la "clase capitalista", pero siempre y por doquier, según propia confesión de los heraldos hebreos contra todo orden y forma de Estado no judíos. El israelita cree que el mundo entero le pertenece por derecho, y no hace sino "recoger sus propiedades". Para conseguirlo, el camino mas corto es la revuelta de todo orden existente, destrucción que seria imposible sin una campaña prolongada y astutamente preparada mediante ideas disolventes y sediciosas.

 

En lo referente al segundo concepto, cada lector comprobara los hechos por su personal experiencia. Recordemos los nombres y apellidos de aquellos capitalistas que en la prensa bajo la


 

influencia judía, siempre fueron expuestos al público desprecio, recordemos, sobre todo, las caricaturas del trust periodístico de Hearst: ¿fueron acaso los Seligmann, Kahn, Warburg, Schiff, Kuhn, Loeb y compañía? No, porque estos son banqueros hebreos, y a estos no se les ataca jamás. Los apellidos mas conocidos de las campañas difamatorias periodísticas son únicamente los de industriales y banqueros no-judíos, y en especial Morgan y Rockefeller.

 

Es de público conocimiento que durante la rebelión comunista en París (invierno de 1871), los hebreos de la casa Rothschild no sufrieron daños, en tanto que otros propietarios experimentaron perdidas enormes en sus fortunas. Existen tan intimas relaciones entre los grandes financistas judíos y los dirigentes revolucionarios judíos en América, que queda completamente excluido cualquier perjuicio de los primeros en un posible movimiento sedicioso. Debajo de la capa de los desordenes rusos, ciertos financistas hebreos se aprovecharon de las angustias populares adueñándose de grandes riquezas de propiedad publica, y el gobierno soviético lo aprobó, denominándolo "comunismo modificado". Un real comunismo, empero, todavía no se encuentra en el bolcheviquismo ruso. Tal como en la guerra mundial, halla también el bolcheviquismo su suficiente explicación respondiendo a la pregunta: ¿quién obtuvo las mayores utilidades? Esta explotación de ambos acontecimientos esta hoy en el mayor apogeo. El blanco de las fuerzas revolucionarias no es sino la propiedad no-judía. "Las riquezas del mundo entero son nuestras": este es el lema de toda la obra revolucionaria hebrea.

 

En cierta época se pretendió desviar la atención universal mediante noticias horripilantes acerca de la lamentable situación de los judíos en Polonia. Existen indicios que hacen suponer que la propaganda polaca no era más que un disfraz, para encubrir la enorme inmigración de hebreos en los Estados Unidos. Tal vez ignoran muchos lectores que día a día cae sobre nosotros una formidable riada de inmigrantes, decenas de miles de aquella raza, cuya simple presencia significa un problema y una amenaza para los gobiernos europeos. La propaganda polaca y dicha inmigración se relacionan mientras el gobierno de los Estados Unidos recibe del gremio hebreo, seguridades de que a orillas del Potomac, indicando a Washington, todo marcha perfectamente. Y, efectivamente, allí se esta tranquilo y sin cuidado, tal como el gremio hebreo, efectivamente, lo puede desear; pero el problema ruso exige necesariamente su solución. Esta forma israelita es la siguiente: los judíos son los padres del capitalismo; si este no arroja buenos resultados, intentaran deshacer su propia obra. Lo hicieron, en efecto en Rusia, y ahora pretenden que el pueblo norteamericano tenga la gentileza de permitir que sus bienhechores hebreos repitan la misma película en Estados Unidos.

 

Es esta la novísima explicación - típicamente hebrea - que se nos da, en unión a una proposición dirigida a Norteamérica, y ¿con una amenaza! Si declinase Norteamérica esta proposición del judaísmo, se colocaría este "en una irreductible oposición".

 

Pero resulta ahora que los hebreos destruirán en absoluto el capitalismo en Rusia. Cuando Trotzky y Lenin haga su postrer reverencia al mundo, retirándose al amparo de los capitalistas hebreos internacionales, se advertirá que lo destruido por ellos es solo el capital no-judío, o sea el ruso, en tanto que el capitalismo judío quedó incólume e intangible.

 

¿Cuál es la realidad? En actas oficiales del gobierno de los Estados Unidos se inserta la siguiente carta. Obsérvense la fecha, el banquero hebreo y los demás apellidos hebreos:

 

Estocolmo, 21 de Septiembre de 1917

 

Sr. Rafael Scholan (o Schaumann):

 

"Apreciable camarada: La casa bancaria de M. Warburg, a raíz de un telegrama del presidente del "Sindicato Rhenano-westfaliano", abrió cuenta corriente para la empresa del camarada Trotzky. Un


 

letrado, probablemente el señor Kestroff, recibió municiones, cuyo transporte organizo junto con el

 

dinero para el camarada Trotzky, de acuerdo con sus deseos...

 

Saludos fraternales, Fürstenber".

 

Años antes un financista norteamericano judíos facilitó las sumas con cuya ayuda se hizo una propaganda revolucionaria entre millares de prisioneros rusos retenidos en los campamentos japoneses.

 

Explicando el movimiento bolchevique, se dice que fue apoyado financieramente por Alemania, tesis sobre la cual se fundó la propaganda bélica en Estados Unidos. Cierto es que parte del dinero provino de Alemania, pero, otra parte fue norteamericano. La pura verdad es que la alta finanza hebrea de todos los países está interesada en el bolcheviquismo ruso, como una empresa internacional judía. Se ocultó durante la guerra el plan mundial judío tras uno u otro nombre nacional, echando los aliados la culpa a Alemania, y Alemania a los aliados, mientras todos los pueblos quedaban a obscuras sobre quienes eran los verdaderos culpables.

 

Un funcionario del Estado francés dejó constancia de que un solo banquero hebreo participo con dos millones. Cuando abandonó Trotzky los Estados Unidos para cumplir con el encargo recibido, fue liberado de la prisión de Halifax por el gobierno Norteamericano, y de sobra sabemos quien representó al gobierno de Estados Unidos durante la guerra.

 

Gracias a todos estos hechos, se arriba a la conclusión de que la revolución bolchevique fue una empresa larga y cuidadosamente preparada por la alta finanza internacional judía.

 

Se comprende así fácilmente por que esta potencialidad quiere introducir el bolcheviquismo también en Norteamérica. No se trata en esta lucha realmente de una preponderancia entre el capital y el trabajo, sino entre el capital judío y el no-judío. En esta lucha, los jefes socialistas, comunistas y de los obreros en general, se colocan casi sin excepción al lado del capital hebreo. ¿Que capitalistas son los mas atacados por los jefes socialistas? Jamás entre estos se hallan apellidos judíos.

 

He aquí también testimonios genuinamente judíos en pro del bolcheviquismo.

 

La revista "Crónica Judía" de Londres, decía en 1919 lo siguiente: "De gran importancia es ya de por si la existencia del bolcheviquismo, el hecho, de que tantos judíos sean bolcheviques y el hecho de que los ideales del bolcheviquismo coincidan en numerosos puntos con los mas altos ideales del judaísmo". Publica la misma revista en 1920 un discurso del conocido autor hebreo Israel Zangwill, en el cual entona un himno a la raza, que "produjo Beaconsfield (a) Kosmanowsky, Trotzky (a) Braunstein". Zangwill, en su exagerado entusiasmo, cita a los hebreos que fueron y son, respectivamente, miembros de gobiernos británicos, en intima relación con los judíos revolucionarios de las tragedias sangrientas de Rusia y Baviera. ¿Que diferencia hay entre ellos? Ninguna; todo son israelitas para la mayor gloria de los de su raza".

 

Dijo el rabino J. L. Magnes en un discurso que pronunció en Nueva York en 1919: "Cuando el hebreo dedica su ingenio y sus energías a la causa de los obreros y de los desposeídos, su espíritu radical penetra hasta las raíces mismas del asunto. Se convierte en Alemania en un Marx o en un Lasalle, en un Haase o en un Bernstein. Surge en Austria un Víctor o un Federico Adler. En Rusia, Trotzky. Imaginémonos por un instante la situación en Rusia y Alemania. Libró la revolución grandes energías productivas, y recordemos la multitud de hebreos que estaban dispuestos a utilizarlas. Social-revolucionarios y mencheviques, socialistas mayoritarios o minoritarios, llámense como se llamen: hebreos con sus cabezas mas destacadas y de las fuerzas propulsoras de estos partidos revolucionarios".


 

 

Los judíos en Estados Unidos son tan numerosos entre los miembros de las comunidades revolucionarias como en Rusia. Aquí como allá están "dispuestos a prestar servicio inmediatamente".

 

Dice Bernard Lazare, autor de un folleto sobre el antisemitismo: "El hebreo toma parte por esta razón en las revoluciones, y toma parte mientras es judío, o mejor dicho, mientras siga siendo judío". Quiere decir esto que el judío es revolucionario por esencia, y consciente o subconsciente el judío personifica la sedición.

 

En ningún otro país seria necesario ocuparse de la negación de ciertos hechos evidentes, como lo es en Estados Unidos. Hemos vivido aquí, en realidad, con tal temor de pronunciar la palabra "judío", o lo que se relaciona con la misma, que efectivamente fue posible ocultarnos los hechos más notorios y públicos, hechos que habríamos comprendido echando una simple mirada a la literatura judía. Fue un conmovedor espectáculo observar como el publico norteamericano fue a escuchar las conferencias pronunciadas acerca de la situación en Rusia, y como abandono la sala, completamente confuso y perplejo, por el hecho de que la suerte de Rusia era tan poco rusa; es que en nuestro país ningún orador considero políticamente prudente pronunciar la palabra "judío", dado que los judíos también lograron adueñarse de la tribuna publica.

 

Más no solo las grandes eminencias literarias hebreas reconocen la predilección de su raza por las revoluciones en general, y su responsabilidad por la rusa en particular sino que los escritores de menor cuantía también tienen una comprensión perfecta de ello. El judío, que desde cualquier puesto coopera en una revolución, esta plenamente convencido que en toda forma sirve a los intereses de Israel. Acaso sea un mal judío en el sentido religioso de la sinagoga; pero en todo caso, lo suficiente judío para cooperar siempre con entusiasmo en todo cuanto pueda engrandecer la gloria de Israel. En el judaísmo la raza predomina completamente sobre.

 

El diario ruso "¡Hacia Moscou!" expresó en septiembre de 1919: "No debemos olvidar que el pueblo judío, oprimido durante siglos por reyes y señores, representa genuinamente el proletariado, la Internacional propiamente dicha, lo que carece de patria".

 

Dice Cohan en "El Comunista", en abril de 1919: "Sin exageración puede decirse que la gran revolución social rusa fue consumada solo por manos judías. ¿Hubiesen sido capaces las oprimidas masas rusas de destruir el yugo de la burguesía? No, fueron precisamente los hebreos los que guiaron al proletariado ruso hacia la aurora de la Internacional, y no solo le guiaron, sino que defienden ahora la causa soviética, que esta en sus certeras manos. Podemos descansar tranquilos, mientras el alto comando del ejercito rojo este en manos del camarada Trotzky. Aunque no haya judíos en las filas del ejército rojo, guiaron los judíos, sin embargo, en Comités y otras organizaciones soviéticas a la masa del proletariado ruso hacia la victoria. No en vano logran los judíos una aplastante mayoría en las elecciones para cargos en las instituciones soviéticas... El símbolo del judaísmo, que por espacio de siglos lucho contra (¡ !) el capitalismo, se convirtió también en símbolo del proletariado ruso, como resulta de la aceptación de la estrella roja de cinco puntas, que como se sabe fue antiguamente el símbolo del sionismo y del judaísmo en general. "Con este signo triunfaras, por este símbolo sobrevendrá la muerte a la burguesía parásita... Las lagrimas derramadas por el judaísmo, las sudara en gotas de sangre".

 

Esta confesión, o mejor dicho esta viril protesta, es de suma importancia por su entereza. Los hebreos, dice Cohan, guían a las masas rusas, que por si mismas no se hubiesen sublevado, y que saben únicamente que una minoría, como antaño la zarista, ocupa ahora los puestos del gobierno. No están los hebreos, nos dice Cohan, en el ejercito rojo, o por lo menos donde se lucha, y esto concuerda perfectamente con los preceptos de los Protocolos sionistas. Consiste el arte estratégico del plan mundial en saber aniquilar a los no-judíos por otros no-judíos.


 

 

Durante la guerra mundial se mataron mutuamente tantos no-judíos, como judíos pueda haber en el mundo entero. Para Israel constituyo una gran victoria: sus lágrimas las pagaron los infieles con su sangre.

 

"Dirigen los judíos las batallas desde puestos seguros", dice con mucho acierto el señor Cohan. Lo que extraña, lo que asombra, es su sinceridad.

 

En lo que respecta a los escrutinios de las elecciones, en los que según Cohan los hebreos salen siempre elegidos por unanimidad, existen explicaciones detalladas e incontestables. Todos los que votaron en contra de los candidatos hebreos fueron declarados "enemigos de la revolución", y ajusticiados. Bastaron pocas ejecuciones para que los escrutinios resultaran unánimemente favorables a los judíos.

 

Instructivo resulta cuanto Cohan nos dice sobre la estrella roja de cinco puntas y su significado como símbolo del proletariado ruso. La estrella de David, es de seis puntas, y se compone de dos triángulos superpuestos, uno de los cuales descansa sobre su base, y sobre su punta el otro. Sin dicha base se parece al conocido signo de los franc-masones, compuesto de escuadra y compás. La estrella de David - dice un visitante hebreo de la moderna Palestina, - la vi muy raras veces sobre las tumbas de los soldados británicos que conquistaron Palestina; en la mayor parte de los casos se ve una cruz cristiana de madera. Noticias procedentes de Palestina dicen que estas cruces molestan a los nuevos amos del país, porque forman contraste precisamente en el camino hacia la nueva universalidad judía. Tal como en Rusia soviética, también en Palestina fueron muy pocos los hebreos que derramaron su sangre por la causa sagrada. Se disponía para eso de suficiente número de no-judíos.

 

Dado que el judío es de por si maestro en el arte de los signos cabalísticos, no faltara seguramente intención en el hecho de que la estrella soviética tenga una punta menos que la de David. No olvidemos que queda aun por cumplir un punto en el plan mundial, a saber, la entronización de "nuestro soberano". Cuando llegue el autócrata mundial, sobre quien se basa todo el plan, se añadirá probablemente la sexta punta. Las cinco de la estrella actual, que seguramente representan sus dominaciones, son: Bolsa, Prensa, Nobleza, Palestina y Proletariado. Es la sexta el Soberano para Israel.

 

Se resiste el cerebro a reconocerlo y siquiera a suponerlo; mas Cohan lo afirma, y las revoluciones, especialmente desde la Francesa a esta parte, confirman que por dicho signo sobrevendrá la muerte de la burguesía parásita; y que "sudara en sangre las lagrimas del pueblo de Judá". La "burguesía", según los Protocolos, seta siempre integrada por no-judíos.

 

La vulgar objeción contra el innegable hecho del carácter hebreo de la revolución rusa, se apoya en que también los judíos debieron sufrir por aquellos sucesos. "¿Cómo habríamos de favorecer un movimiento, en el que también nuestros propios correligionarios tenga que sufrir?", alegan los israelitas. Queda por un lado el innegable hecho de que los hebreos favorecen este movimiento. En este momento el gobierno israelita ruso recibe dinero de financistas judíos de Europa, y cuando desde allí lo recibe, lo ha de recibir, sin duda alguna, de los banqueros internacionales de Norteamérica. Este es uno de los hechos.

 

Es el segundo que los hebreos en Rusia no sufren ni remotamente en la proporción que los heraldos israelitas nos lo quieren hacer creer. Según confesión propia, durante el primer avance de los bolcheviques en Polonia, los hebreos polacos se afilaron de inmediato como amigos de los conquistadores. Los judíos norteamericanos explican este fenómeno de la siguiente manera: desde que los bolcheviques se adueñaron del poder en Rusia, mejoro notablemente la situación de aquellos hebreos, por cuya razón el judío polaco adopto enseguida una actitud amistosa hacia los


 

bolcheviques. En efecto, la situación de los israelitas en Rusia es buena. Poseen toda Rusia. Todo allí les pertenece. La segunda razón es que los hebreos rusos son los únicos que hoy reciben allí amparo y ayuda, hecho que por regla general suele evitarse a la atención publica. Únicamente a los judíos en Rusia se les envían de todas partes víveres y dinero, y de esta manera, además de ayudar a sus hermanos de raza, se apoya al bolcheviquismo. Si los sufrimientos de los hebreos en Rusia, contemplados desde este punto de vista, fueran tan angustiosos como los portavoces judíos nos los describen, ¿cuan horrorosos serán entonces los sufrimientos de los rusos? Porque nadie remite a estos, ni víveres, ni dinero. Los socorros que el mundo envía a Rusia, son una contribución que el bolcheviquismo judío viene imponiendo al mundo entero. Sea como fuere, no hay signo que atestigüe que a ningún hebreo no le vaya bien en Rusia.

 

Formúlase así una segunda pregunta destinada a confundir: "¿Cómo podrían los capitalistas hebreos apoyar el bolcheviquismo, cuando este es netamente anticapitalista?" Pero el bolcheviquismo es anticapitalista únicamente contra la propiedad no-judía. Dijo un testigo ocular: "Este comisario banquero es un hebreo elegante, con corbata "dernier-cri", y traje novísimo. Otro judío comisario de distrito, fue antes agente de Bolsa. Y también es judío un inspector de contribuciones, que considera una virtud arruinar a la burguesía".

 

Aun existen hoy allí estos agentes del judaísmo. Otros agentes abundan entre los rusos fugitivos, a los que quitan sus propiedades mediante prestamos hipotecarios. Cuando se revele nótese que la mayoría de las valiosas propiedades se traspasaron "legalmente" a manos hebreas.

 

Es esta una de las respuestas a la pregunta de porque los capitalistas hebreos apoyan el bolcheviquismo. La revolución roja representa la más afortunada especulación que se conoce en la historia universal. Al mismo tiempo significa esta revolución un alzamiento de Israel, una venganza contra el orden justiciero, que los hebreos siempre, donde y como puedan tomaran por una injusticia real o imaginaria. El capitalismo hebreo sabe, pues, perfectamente lo que hace. ¿Que es lo que gana con ello?

 

1º Haber conquistado un enorme imperio de imponderables riquezas, sin erogaciones de guerra.

 

2º Demostrar al mundo entero la aparente y absoluta necesidad de oro. Se basa el poderío judío sobre el engaño de que el oro es igual a la riqueza. Por el sistema de intencionado soborno del dinero soviético, los pueblos se dejaron persuadir con mayor firmeza de que el oro es indispensable, ilusión que en mayor escala contribuye a fortificar el poderío del capitalismo hebreo sobre la humanidad no-judía. Si el bolcheviquismo hubiese sido realmente anticapitalista, hubiera podido matar de un solo "tiro" al capitalismo judío. Mas no fue así, el oro sigue firmemente ocupando el Trono Universal. Destrúyase la vana ilusión de la absoluta necesidad del oro, y los magnates hebreos internacionales quedaran exánimes y abandonados sobre montones de vil metal sin valor.

 

3º Poder demostrar su poderío al mundo. Dice el 7º Protocolo: "Para arribar a la esclavitud de los gobiernos europeos, probaremos en uno de ellos nuestro poderío mediante violencias y brutal terrorismo". Tal es lo que Europa presenció en Rusia. Esto significa para los capitalistas hebreos enormes ganancias.

 

4º Que no constituyo para el judío internacional el premio menos valioso el haber adquirido la practica guerrera en el arte de hacer revoluciones, tal como los sucesos en Rusia la enseñaron. Vuelven a América los discípulos de la escuela roja y se esparcen por el mundo. La dirección de las revoluciones, según indican los Protocolos sionistas, se convirtió en una ciencia. Dijo el rabí Magnes: "Véase que enjambre de hebreos estuvo listo sin perdida de tiempo para coadyuvar al triunfo (de la Revolución Roja)".


 

Esta multitud "dispuesta a prestar servicios" aumenta más y más cada día que pasa.

 

SEGUNDA PARTE

 

DEL PREFACIO PERSONAL DEL SEÑOR HENRY FORD

 

Se dedico preferentemente la primera parte de esta obra al estudio del plan mundial judío. Ofrecerá la segunda parte ilustraciones prácticas, que evidencian y confirman dicho plan. Se limitara nuestro método a demostrar hechos, que todos podrán comprobar en cualquier momento y compararlos con el plan teórico, para ver, si ambos concuerdan. En lo concerniente a discutir sobre la "autenticidad" de los Protocolos, quedara bastante tiempo una vez demostrada la completa conciencia entre aquellos y el modo de proceder de los hebreos.

 

Quedaron sin replica anteriores artículos de prensa. Hubo denuncias y tergiversaciones, mas ninguna refutación. Consiste la objeción preferida por los portavoces y defensores judíos en sostener que nuestras afirmaciones respecto a los hebreos podrían aplicarse indistintamente a cualquier otra raza, sin que fuera capaz ninguna de ellas de desmentir tales acusaciones mediante hechos. Mas lo esencial, precisamente, esta en que dichas acusaciones no se formulan contra ninguna otra raza o pueblo, y si alguien se lo propusiera, ¿cómo seria posible?... Caerían por su propio peso, por la simple razón de que seria imposible apoyarlas en hechos. Nada significan rumores y vaguedades, ni tampoco increpaciones ni prejuicios. De ser falsos los juicios emitidos en nuestro libro podrán ser rebatidos con hechos. Si no existiera comunidad entre el plan judío tal como está redactado por los "Protocolos", y el programa, que prácticamente realizan los prohombres judíos, fácil les seria demostrarlo. Pero no se ha demostrado hasta ahora, por la simple causa de que existe esta relación entre la teoría y la práctica, y que los prohombres, dirigentes y portavoces o jefes judíos lo saben.

 

I

 

MIXTIFICAN LOS JUDIOS EN ESTADOS UNIDOS SU NUMERO Y SU PODERIO

 

¿Cuantos judíos viven en los Estados Unidos? Nadie lo sabe. Su número exacto es únicamente conocido por la autoridad israelita. El gobierno de los Estados Unidos puede dar datos estadísticos sobre casi todos los elementos de la vida pública; pero cuando se disponga a fijar sistemáticamente el numero de hebreos inmigrantes o residentes intercederá el gobierno judío extraoficial en Washington para evitarlo. Ocurre esto hace ya más de veinte años, y hasta ahora el gobierno extraoficial fue siempre el más fuerte.

 

Preocupa el incremento actual de la inmigración judía a la opinión pública. Por vez primer en la historia de los Estados Unidos el pueblo norteamericano en masa toma parte en la cuestión hebrea. Informaciones provenientes de Europa hablan de enormes concentraciones de judíos en determinados puntos, donde se alojan en grandes campamentos. Cierto número de agentes prácticos van por encargo de comunidades secretas judías, desde Norteamérica, para arreglar la cuestión de los pasaportes. En los Estados Unidos, la inmigración se convirtió en un negocio especial hebreo. Desde ciertos países europeos no se admite hoy a ningún ciudadano que no sea judío. Desde Alemania, Rusia y Polonia, por ejemplo, no pueden los particulares conseguir el permiso de inmigración, sino con gran dificultad, pero desde esos mismos países inmigran judíos a millares, con manifiesto menosprecio de nuestra legislación correspondiente y de los intereses de la salud pública. Se parece esto al traslado de un ejército de millones de soldados, que una vez cumplida su misión en Europa, parten a América.

 

Cuando se advirtió que esta formidable organización inmigratoria era obra de comunidades hebreas, se noto -¡por vez primera!- un movimiento de alarma o inquietud en el periodismo norteamericano, pues era un hecho harto llamativo para no fijar en el la atención. A los funcionarios de inmigración de la isla Ellie también llamóles la atención esta singularidad en el


 

carácter de la masa inmigrante. En primer lugar, casi todos eran hebreos. Los verdaderos ucranianos, rusos o alemanes no podían entrar, pero si los israelitas de aquellas regiones, y también los de todos los demás países. ¿A que se debía esa prerrogativa? En segundo término no llegaban como fugitivos del hambre y de las persecuciones, sino con perfecta naturalidad, como expresamente invitados a un viaje de placer. Del mismo modo que "allá" se había "arreglado" el asunto de los pasaportes, también aquí estaba convenida la entrada. En vez de funcionarios oficiales del Estado, les reciben aquí agentes de organizaciones secretas hebreas, de suerte que adviertan, desde un principio, un firme poder israelita tan amplio y poderosamente organizado como en Rusia. ¿No se lógico que desde el primer instante se crean en su propia tierra? ¿No tienen razón los Estados europeos cuando llaman a Norteamérica el "país de los judíos"? También existe una entidad expresamente fundada con el objeto de burlar los preceptos legales contra la admisión de conocidos revolucionarios hebreos. Los judíos europeos traen consigo el germen de la revolución; son ellos los revolucionarios típicos de Rusia, Alemania, Italia y Polonia. En los Estados Unidos se erigen en seguida en jefes de las organizaciones rojas e internacionales obreras. Al llegar un individuo catalogado como tal a la isla de Ellis, se le detiene, pero de inmediato hay telegramas dirigidos a diputados, diarios y funcionarios municipales y de Estado, en todo el país, a los que se pide en firme tono que intercedan en favor del detenido, y a vuelta de correo, o telegráficamente, son avalados estos individuos ante el gobierno de Washington y garantizado el carácter inmaculado de aquellos, se aboga por su inmediata admisión. A veces interviene en estos manejos, hasta la Delegación económica, llamada Embajada Rusa.

 

Tampoco se omite cubrir esta inmigración en masa con un atavío sentimental, diciendo que los "desdichados" huyen de la opresión y de las persecuciones. Fotografías sacadas en grupo muestran mujeres y niños con caras de desesperación; pero en las fotografías no aparecen, claro esta, las fisonomías de los jóvenes revolucionarios hebreos, que vienen aquí fanáticamente dispuestos a saquear Norteamérica, como lo hicieron con Rusia.

 

Tiene sus precedentes este proceder. En Gran Bretaña, ya en el año 1902 dio lugar a detalladas investigaciones, que se efectuaron por la "Real Comisión Británica de Inmigración". El conocido jefe sionista doctor Herzl hizo ante esta, importantes revelaciones, demostrando que para el hebreo no existen las barreras que no logre franquear o eludir. Hablando sobre las limitaciones ya existentes en aquel entonces para la inmigración en Estados Unidos (entre otras la prueba de poseer cierta cantidad mínima en metálico), decía: "Es en extremo fácil eludir tales preceptos. Basta fundar una pequeña sociedad, que facilite a cada inmigrante la suma necesaria. La presenta este a las autoridades de inmigración, consigue el permiso de entrada, y después la devuelve a la sociedad". Y añadió con ironía: "Hay un proverbio francés que dice: este animal es malísimo, porque cuando lo atacan, se defiende. Pues bien, cuando se ataque a los hebreos, estos se defenderán; probable es que en caso necesario, se promuevan desordenes interiores". Que Herzl no andaba errado acerca del valor y carácter de sus correligionarios, lo demuestran sus palabras proferidas en otra ocasión: "...será en Norteamérica donde (los judíos) al llegar a cierto numero, representen para el país una fuente de inquietudes".

 

Antes del año 1880, la anotación "nacido en Rusia", significaba que el inmigrante era ruso; pero a partir de entonces solo vale el juicio emitido por un funcionario, que expreso: "Desde Rusia emigran tantos judíos a Norteamérica, que la advertencia "nacido en Rusia" equivale hoy a "hebreo ruso". Según indicaciones de ese mismo funcionario, inmigraron desde Rusia en el espacio de diez años 666.561 judíos, además de los polacos, finlandeses, alemanes y lituanos. Una estadística, que incluyera este conglomerado bajo el concepto de "rusos", seria totalmente errónea y sin valor, porque llevaría a falsas conclusiones de apreciación de la raza. En consecuencia, el Negociado de Estadística pidió al Congreso autorización para indicar la procedencia de los inmigrantes, tanto de acuerdo con su raza, como por su país de origen. Se discutió en 1909 en una de las comisiones del Senado; los senadores La Follete y Lodge reconocieron la justicia y urgencia de clasificar a los inmigrantes desde el punto de vista de la raza, pero Guggenheim y Simón Wolf (personaje este


 

ultimo en extremo interesante, que supo estar en intimo contacto con todos los presidentes, desde Lincoln hasta Wilson), no la aprobaron. Resulto de sus razonamientos: 1º, que se oponen los hebreos a toda legislación susceptible de restringir en los mínimo su inmigración en cualquier país; 2º, que una vez inmigrados, oponense a todo intento de indicación expresa de su raza; 3º, que pretenden hacer creer a las autoridades que no forman una comunidad racial, sino religiosa, y que únicamente entre ellos mismo se propaga el punto de vista de la raza.

 

Fue la voluntad judía la predominante; en los Estados Unidos no hay, efectivamente, ninguna estadística sobre los hebreos. Se estipulan en las listas de inmigración diferencias entre italianos meridionales y del Norte, entre eslavos de Moravia y de Bohemia, entre escoceses e ingleses, entre españoles europeos y de América, cubanos, mejicanos, etc.; existen en total 46 subdivisiones de "razas o pueblos", pero a los hebreos ni se les menciona siquiera". La comisión senatorial hizo constar esto, agregando en su dictamen: "De lo que pudo averiguar la Comisión, resulta mas conveniente indicar para los extranjeros la clasificación de acuerdo a razas o pueblos, que según el intento de hacer constar con científica exactitud el conglomerado de razas en los Estados Unidos. Nuestras estadísticas indican al detalle cuantos franceses, polacos o sudafricanos viven en nuestro país. A la pregunta de cuantos judíos moran entre nosotros, se llaman a silencio las estadísticas. Solamente podrían contestar los agentes o representantes de poderes hebreos en Norteamérica.

 

"¿La nación judía?... Explicare primero lo que entiendo por "nación", y se podrá después agregar el adjetivo de "judío". Una nación, a mi juicio, es un grupo histórico de personas indudablemente de acuerdo entre ellas y hermanadas ante un enemigo común. Si se aplica a esto el adjetivo "judío" se sabrá lo que entiendo por nación judía".

 

THEODORO HERZL

 

"Dejamos constancia que nosotros, los judíos, somos una nación peculiar, de la que cada judío es súbdito incondicional, sean cuales fueren sus residencia, su oficio o su fe".

 

LUIS BRANDEIS. Del Tribunal Supremo de los Estados Unidos.

 

II

 

¿FORMAN LOS JUDIOS UNA NACION?

 

Lo juicios que se citan a continuación, ofrecerán una explicación de lo que piensan los mismo judíos acerca de su raza, religión y ciudadanía. De ello resultara que difieren estos juicios esencialmente de las teorías y doctrinas sugeridas por lo general a los no-judíos sobre el asunto.

 

Dice el rabino londinense Josef Morris: "Israel forma una gran nación... Ninguna secta, ni comunidad religiosa, tendrá derecho a llevar tal nombre. Negar la nacionalidad hebrea equivaldría a negar la existencia de los hebreos. (De la obra Israel, una nación).

 

Opina Arthur Lewis: "Al expresar ciertos judíos, que se consideran a si mismos una secta religiosa, igual que los católicos o protestantes, no definen exactamente ni sus sentimientos, ni su propia posición... Cuando un hebreo admite el bautizo, o sinceramente se convierte al cristianismo - lo que no es necesariamente la misma cosa ( ¡! ), - pocos habrá que, a partir de ese momento no dejen de considerarle judío. Su sangre, su temperamento y su "psiquis" siguen incólumes". (De la obra

 

Los judíos, una nación).

 

Manifiesta el abogado Beltram B. Benas: "Lo esencial del hebreo es ser nacionalista a base de su raza". (De la obra El Sionismo, movimiento nacional hebreo).

 

Dice León Simón: "La idea de que los judíos forman una secta religiosa, tal como los católicos o protestantes, es un absurdo. (De la obra Estudios sobre el nacionalismo judío).


 

 

Expresa el catedrático Graetz que la Historia de los hebreos, luego de haber perdido estos su Estado judío, "demuestra siempre su carácter nacional, no siendo jamás solo la Historia judaica la de su Fe o de su Iglesia".

 

Según Moisés Hess: "Religión hebrea significa, ante todo, patriotismo hebreo... Radica la solución del problema en el hecho de que los hebreos son más que creyentes de determinada religión, son y forman una hermandad de raza, una nación... Todo hebreo pertenece a su raza, y por ende al judaísmo, no importando nada que el o sus antepasados hayan renegado de su fe religiosa". (De

Roma y Jerusalén).

 

Estos autores, cuyo número entre antiguos y modernos, podrá aumentar ad libitum, aun cuando no niegan la comunidad religiosa hebrea, sostienen al propio tiempo, que cada judío, quiéralo o no, es miembro de una nación determinada. Otros van más allá y hablan de la coherencia racial. El concepto "raza" es empleado sin restricción por los más destacados autores, mientras otros se conforman con el concepto de "nación" y "pueblo". La opinión general hebrea es que los judíos constituyen un pueblo particular, distinto de los demás, por determinados síntomas característicos físicos y espirituales, poseyendo no solo historia nacional propia, sino también vida propia y pretensiones nacionales.

 

En los juicios que siguen se manifestara unidad entre raza y nacionalidad, tal como los precedentes la evidenciaron entre religión y nacionalidad.

 

Brandeis, jefe sionista en los Estados Unidos, dice: "No significa nada en contra del hecho de la nacionalidad, sostener que los hebreos no son una raza absolutamente pura. En el transcurso de los tres milenios de nuestro desarrollo histórico, es lógico que se haya mezclado sangre extraña con la nuestra. Esos matrimonios con no-judíos solo tuvieron por resultado el desligar a muchos de la comunidad judía, pero no el de aumentar esta. Por esta razón, aparece insignificante la proporción de sangre ajena en el judaísmo. Probablemente, ninguna raza europea es mas pura que la nuestra".

 

Dice Arthur Lewis: "Los hebreos, desde un principio, fueron una nación; pero poseen, mas que la mayoría de las naciones, el elemento de nacionalidad de mayor importancia, que es el de la raza...

Se conocerá siempre con mas facilidad su judaísmo en un judío, que en un inglés su anglicismo".

 

Expresa Moisés Hess: "Es imposible deformar la nariz judía; el cabello negro rizado no se convierte en rubio por el bautizo, ni sus rizos desaparecen por mucho que se peinen. La raza hebrea es una raza primitiva que, pese al cambio constante de residencia, persevero siempre en su peculiaridad; el tipo hebreo mantuvo su pureza a través de los siglos".

 

Jessy E. Sampter, dice en su obra Guía del Sionismo: "Esta carga sobrellevose con mucha honra, en parte, gracias a la excelente jefatura de hombres como Brandeis, W. Mark, el rabino Steph, S. Wise, merced, por otra parte, al gigantesco trabajo realizado por los sionistas, orgullosos de su glorioso pasado, como Jacobo de Haas, Luis Lipsky, Henriette Szold, y, finalmente, por el brillante despertar de la raza en la masa del judaísmo norteamericano".

 

Disraelí, en su breve prefacio a la quinta edición de su obra Coningsby, usa cuatro veces la palabra "raza" al hablar de los hebreos, demostrando siempre su orgullo por ser "judío de raza" no obstante haber sido bautizado.

 

Manifiesta el Dr. Ciro Adler, en el prefacio de la Enciclopedia judía: "Como esta obra trata de los hebreos como raza, nos resulto imposible excluir de ella a aquellos que sin menoscabo de su confesión, siguen perteneciendo al judaísmo".


 

 

Estos hechos no admiten duda respecto a la duplicidad de los jefes políticos hebreos, que en vez de admitir llanamente el problema judío, tenazmente se aferran a los medios de engañar sistemáticamente al mundo no-judío.

 

Podrían aducir los judíos reformistas, que la mayoría de los autores citados pertenecen al sionismo. Es posible y hasta resulta verosímil, que existan dos programas diferentes en el judaísmo; uno destinado a los judíos, y otro a los no-judíos. Para saber cual de ellos es el verdadero, tendría que comprobarse cual es que se realiza, y este es el sionista. Fue primero reconocido por los aliados, después por la Conferencia de Paz, y hoy por la Sociedad de las Naciones. No hubiera esto ocurrido, si los gobiernos no estuvieran persuadidos de obedecer así mejor y lo más exactamente las órdenes de los verdaderos jefes de Israel. Y son estos los que propugnan la originalidad de los hebreos como raza y nación.

 

La idea de que los judíos integren una nación perteneciente al pasado, sino del porvenir. No solo se consideran una nación como las demás, sino que llegan a suponerse una Supernación. A base de irrevocables testimonios judíos se puede avanzar otro paso sosteniendo que la forma futura de la nación hebrea será de la de un reino.

 

Comprueba históricamente Israel Friedlander la separación de raza y nacionalidad de los hebreos desde los tiempos más remotos, para lo cual menciona dos ejemplos de la Historia.

 

Cita primero a los samaritanos, que "según su raza fueron semijudíos que pretendieron ser hebreos puros por medios de la religión"; mas fueron rechazados por los judíos, "que decidieron conservar la pureza de su raza". Es el segundo ejemplo citado, según el libro de Esra, la exigencia del árbol genealógico, y de la anulación de los matrimonios mixtos. Dice Friedlander, que en los tiempos posbíblicos "esta separación de la raza hebrea acentuóse en mucho mayor grado". La conversión al judaísmo "nunca fue, como acaeció en otras comunidades religiosas, solo cuestión de fe. Muy raras veces se hicieron prosélitos. Cuando, en último caso, fueron admitidos, siempre fue bajo la condición expresa de que abandonaban con ello el derecho a ser judíos de raza.

 

"Para la moderna investigación baste decir que los hebreos siempre se sintieron una raza particular, estrictamente distinta del resto de la humanidad. Quien de entre ellos niegue la originalidad de la raza hebrea en su pasado, ignora los hechos de la Historia judía, o intencionadamente la supone falsa".

 

Al futuro poderío político hebreo refirióse Moisés Hess al decir -¡en 1862!- en Roma y Jerusalén: "Ninguna nación debería permanecer indiferente ante el hecho de que en las futuras luchas europeas no puede el judaísmo tener nación alguna por amiga o enemiga".

 

Si Manuel Montagu, hebreo inglés, gobernador de la Palestina, utiliza a menudo el concepto de "restauración del reino judío".

 

Ajad Ha-Am, que propugno siempre la idea nacional judía, tal como de antiguo existió, y cuya influencia no es posible menospreciar, aunque su nombre sea escasamente conocido entre los no-judíos, mantiene su ahínco la extravagante posición de ver en los hebreos la "supernación". Reproduce fielmente León Simón la opinión del gran maestro: "En tanto que al modo de pensar hebreo le es perfectamente familiar la idea del superhombre, no lo es, en cambio, su aplicación general al individuo en particular, sino mas bien a la nacional, o sea al pueblo de Israel como supernación, como pueblo predilecto".

 

Dice Moisés Hess: "En las naciones fronterizas entre Oriente y Occidente, en Rusia, Polonia, Prusia y Austria viven millones de nuestros hermanos que ansían fervorosamente la restauración del reino


 

judío, rezando por el apasionadamente en sus preces diarias".

 

En conocimiento de todos estos juicios de los mas opuestos autores, emitidos en muy diversas épocas, no puede caber la mínima duda sobre y como piensan de si mismos. El hebreo siéntese súbdito de un pueblo, con el cual se sabe unido por lazos de sangre, que no pueden romperse por cambio alguno de dogma religioso; siéntese heredero del pasado de su pueblo y se sabe un combatiente para el glorioso porvenir político del mismo. El hebreo pertenece a una raza y a una nación, para las que ansia un reino terrenal, que domine por encima de todas la demás naciones, y tenga a Jerusalén por capital del mundo.

 

El punto flaco para los pueblos civilizados es el reproche de los prejuicios religiosos judíos. En nítida exposición de este hecho psicológico, anteponen los jefes hebreos siempre marcadamente este punto al dirigirse a las naciones no-judías. Servirá entonces a los espíritus ignorantes saber que los jefes mismos del hebraísmo confiesan francamente que las preocupaciones de los judíos no tiene jamás su origen en su religión, y que si se les persigue no es debido a su religión. El intento de cubrir a los hebreos con el escudo de su religión, resulta ante estas pruebas y ante sus propias confesiones un acto de mala fe.

 

Pero aun cuando careciéramos de estos testimonios documentales de origen judío, nos restaría una prueba irrefutable a favor de la mancomunidad nacional y de raza de los judíos, que es la infalible responsabilidad mutua de todos por cada uno y que se evidencia en todas las ocasiones...Critiquese a fondo a los capitalistas hebreos, y protestaran hasta los hebreos de las clases mas pobres. Menciónese a Rothschild, y hasta el judío revolucionario del ghetto considerara la crítica una ofensa personal, protestando vivamente contra ella. Dígase que un funcionario público judío abusa de sus facultades en beneficio de sus "compatriotas" y en perjuicio de la oposición acudirán en su defensa. Quizás la mayor parte de ellos perdieron ya la relación con los preceptos dogmáticos y del culto de su religión, más con su coherencia nacional y su identidad racial, demuestran prácticamente cual es su religión verdadera.

 

III

 

JUDIOS CONTRA NO-JUDIOS EN LA ALTA FINANZA DE NUEVA YORK

 

En los Estados Unidos el problema judío es puramente de carácter ciudadano y no agrario. Es característica de los hebreos no concurrir allí donde haya tierras libres, o donde se produzcan materias primas, sino siempre donde convivan más estrechamente las masas populares. Adquiere este hecho especial importancia ante el eterno clamoreo judío, de que sean proscritos en todas partes. Ello, no obstante se encuentran siempre y especialmente en aquellos lugares donde resultan menos bien recibidos. La explicación más común de ello es que concuerda con su carácter de vivir de y sobre otras personas, no de la tierra, no de la transformación de la materia prima en cosas útiles para la existencia humana, sino de su vecindario inmediato. Que otros laboren la tierra: el hebreo, donde pueda, vivirá del labriego. Que otros trajinen en industrias y oficios: el hebreo preferirá adueñarse de los frutos de su actividad. Esta inclinación parasitaria debe, entonces, formar parte de su esencia.

 

En ninguna población norteamericana puede estudiarse con mayor éxito el problema hebreo, como en Nueva York. Viven aquí más judíos que en toda Palestina. El registro civil de la autoridad local hebrea ("Kahal") calcula el número de judíos allí residentes en más o menos 1.528.000 almas para 1917-1918. La comunidad hebrea que le sigue en importancia, o sea la de Varsovia, cuanto solo con 300 a 330.000 almas, o sea una quinta parte de la neoyorquina. Calculando el número total de hebreos del mundo en unos 15.000.000, resulta que una décima parte de la población israelita universal reside en Nueva York.

 

Ejerce este grupo de población hebrea en Nueva York un poderío mucho mayor que el que ejerció


 

en ningún otro lugar durante toda la era cristiana, excepción hecha de Rusia actual. La revolución rusa se preparó y pertrechó desde Nueva York. El actual gobierno soviético se recluto casi íntegramente entre los elementos de los barrios bajos del Este de Nueva York. El ghetto neoyorquino traspaso desde hace largo tiempo los límites de estos barrios del Este un ghetto genuinamente judío. También son judíos el riquísimo Oeste y la parte céntrica de la ciudad, al norte del Parque Central, Brownsville, Brooklyn, representa una ciudad típicamente hebrea con su propio idioma, diarios y teatros.

 

Salvo un gran bazar y algunas tiendas insignificantes, todos los negocios están en manos judías. Confecciones para caballeros y damas, ropas usadas, peletería, y todo el comercio de víveres, integran el gigantesco monopolio judío. La abogacía es de preferencia judía. De 27.000 puestos de diarios y revistas que facilitan la distribución de lectura al público, 25.000 están en manos judías. Únicamente los barrios del Este de la ciudad se elevan 300 sinagogas.

 

Representa el "kahal" neoyorquino una organización poderosísima, no conociéndose con exactitud el numero de sus miembros. Podría llamársele el municipio judío. Instituyéndomele en 1908 a raíz de las averiguaciones del entonces jefe de policía, según las cuales reclutose de entre la población judía, integrada por unas 600.000 almas, mas de la mitad del numero total de criminales. Las autoridades del Estado se entienden con este "kahal" en todos los casos que conciernen al elemento judío. Su poder es vastísimo y su alcance ilimitado.

 

Es general en nuestro país la creencia de que Tammany Hall domina la vida política de todo Nueva York. En cambio, lo que generalmente se ignora es que los judíos son los verdaderos amos de Tammany Hall.

 

La posesión del poder no provoca reproches, sino que todo depende de la justa aplicación o del irritante abuso que de el se haga. No abusando, la posesión del poder hasta constituye un síntoma loable. Si los hebreos que viven en Nueva York se convirtieran en norteamericanos en lugar de esforzarse eternamente en falsear su americanismo; se ayudaran a fortificar los principios y sanas tradiciones del país, en lugar de alterar los primeros y eliminar las segundas, nuestro juicio acerca de los hebreos habría entonces de ser favorable.

 

Para dejar constancia del grado de influencia judía, no debemos limitarnos al ghetto o a los barrios comerciales, sino que debe saberse que existen campos más vastos y más elevados para manifestarse.

 

En Wall Street, donde se halla la Bolsa de Nueva York, el elemento hebreo es numeroso y predominante, tal como puede y debe esperarse de una raza, que desde los más remotos tiempos desempeño siempre un rol importantísimo en todos los asuntos financieros del mundo. No queremos decir con ello que en la vida financiera yanqui predomine en absoluto el elemento hebreo. En cierta época nos amenazo tal predominio, pero los financistas yanquis vigilaron a los financistas internacionales, anulando exitosamente sus planes. A veces pareció que la victoria se inclinaría hacia el lado judío; pero los intervalos de clama mostraron siempre que la finanza yanqui, aunque retrocediendo, mantuvo sus puestos. Así los Rothschild, como portaestandartes de la preponderancia financiera internacional, vieronse derrotados en suelo norteamericano. Empero, el recuerdo de su mano oculta en la Hacienda, la política y diplomacia norteamericanas perdura aun. Pero de nada les valieron sus sutilezas contra la solidez del espíritu comercial norteamericano, que no debe confundirse con el tan dudosamente famoso business de hoy, en el que participan millares de hebreos procedentes de todas partes del mundo, girando como norteamericanos genuinos, aunque muchas veces ni dominen siquiera nuestro idioma, sino que debe tenerse como presente el espíritu comercial yanqui tal como se presenta, en forma de una combinación de actividad y escrupulosidad verdaderamente norteamericanas. Si hoy, en efecto, perdiose un poco el buen renombre de este espíritu comercial, es únicamente porque bajo el renombre de este espíritu


 

comercial, es únicamente porque bajo el nombre yanqui se manifestó ampliamente otro espíritu totalmente distinto.

 

En el campo financiero neoyorquino se destaca netamente la finanza hebrea con sus casas de banca particulares, que contrariamente a los grandes trusts y bancos de depósito trabajan con su propio capital y el de sus consorcios y amigos. El comercio financiero judío se diferencia radicalmente del no judío en que los banqueros hebreos son preferentemente prestamistas. Cierto es que también admiten las emisiones de compañías ferroviarias, de empresas industriales, del gobierno y de los municipios; mas solo con el objeto de volverlas a vender inmediatamente. Todo tiende a lo más rápido en compraventa. El público adquiere esos títulos, y el banquero hebreo se reintegra en su dinero. Raro es que el hebreo tenga un interese constante en las empresas productivas, que apoya con dinero. En cambio, los banqueros no judíos suelen sentirse obligados a seguir en contacto con la empresa por ellos respaldada, para asegurar a los compradores y tenedores de los respectivos títulos una ordenada administración de sus fondos, erigiéndose en responsables de la buena marcha y prosperidad de las inversiones de su clientela.

 

Pretende el banquero judío en primer lugar la constante fluctuación de su capital, teniendo así siempre dinero disponible, imprescindible condición para el gran prestamista. Al presentarse después las inevitables épocas de tensión financiera, extraerá tanto mas provecho de la ventaja de poseer en tales tiempos grandes cantidades disponibles.

 

La casa bancaria judía indiscutiblemente predominante en Wall Street es la de Kuhn, Loeb y Cia., jefe principal de esta casa fue el extinto Jacobo Schiff, siendo consocios su hijo Mortimer, Otto H. Kahn, Paul M. Warburg y otros, que participan en forma predominante en la vida publica y en las grandes empresas financieras de nuestro país. Otras casa de banca privadas hebreas son las de Speyer y Cia., J. y W. Seligmann y Cia., Lazard Hermanos, Ladenburg, Thalman y Cia., Hallgarreb y Cia., Knaudt, Nachod y Kühne Goldmann, Sachs y Cia., y muchas otras de menor importancia. Gozan estas casas de intachable fama por su limpio proceder. Son banqueros prudentes, sagaces en sus empresas, y brillantes a veces en la preparación y realización de sus planes.

 

El poder financiero de los hebreos de Wall Street, ejerce una preponderante influencia sobre la industria, ocupando en diversos mercados metalúrgicos una posición monopolizadora. Se encuentra en todas partes grandes y florecientes agencias de estos bancos judíos. Cuanto más se avanza en dirección hacia empresas puramente especulativas, tanto mas se acusa el elemento judío, especialmente en empresas societarias y en el negocio de valores petrolíferos y mineros.

 

Llama la atención un detalle y es este el de que entre los presidentes de los grandes bancos de ahorro de Wall Street no existe ni uno solo judío. De todas estas enormes instituciones bancarias y de los enormes trusts, cuyo capital asciende a veces a 400 millones de dólares, y que en conjunto representan miles de millones de dólares, no hay ninguno que tenga un solo director o empleado hebreo.

 

¿Por que así? ¿Por que los magnates de las finanzas de Wall Street tan cuidadosamente se rodearon de no judíos? ¿Por que se alzo esta barrera divisoria entre los miembros de la raza judía y la no-judía en el terreno de la finanza, donde se manejan y administran los bienes? La respuesta puede hallarse en la circunspección de los grandes dirigentes financieros. Solo de vez en cuando se hallara un director judío en bancos de escasa importancia.

 

Podría ser también que se explicara este hecho por un simple sentir instintivo del gran público. No le hace que la razón sea fundada o no; pero es evidente que el publico no quiere confiar su dinero a instituciones bancarias con dirección judía. En ciertos barrios neoyorquinos existen, sin embargo, algunos bancos de ahorro de menor cuantía bajo dirección de hebreos, pero consta que hasta los propios judíos depositan sus fondos de preferencia en bancos sin dirección judía. Acaso contribuya


 

a esto la triste experiencia que haya hecho el público anteriormente con bancos hebreos. Varias famosas quiebras le hicieron desconfiar de tales instituciones. No se ha olvidado aun la bancarrota de J. G. Robian (a) Rabinovich, nativo de Odesa (Rusia), que fundo aquí en breve espacio cuatro bancos de ahorro que quebraron. Esta bancarrota llamo poderosamente la atención, causando la ruina de infinidad de personas. El caso Rabinovich evidencio la particular habilidad y tenacidad del hebreo ruso en basar grandes empresas sobre puro engaño, así como su poca conciencia al fracasar. La carrera de este banquero termino en la celda de un presidio.

 

No es, pues, extraño que el publico experimente cierta confianza al advertir que los hombres a quienes se confía la difícil tarea de invertir y administrar convenientemente los fondos financieros del pueblo yanqui, se hayan rodeado de una firme y sólida muralla formada por elementos no-judíos.

 

Seria un capitulo muy interesante de la historia de la economía nacional yanqui el relato de los tenaces intentos de los hebreos para predominar en la Bolsa. Aunque parezca muy lento aun el avance hacia esa finalidad, existe sin embargo, indicios que hacen suponer que la conocida tenacidad imperturbable hebrea vencerá al fin y al cabo, en el supuesto de que la especulación bolsista siga también sin norte con el estimulo de lograr riquezas.

 

En el caso de que los hebreos lograran influencia decisiva sobre la Bolsa, conseguirán también con ello el poder necesario para arrebatar el negocio bancario del ahorro publico de manos de los no-judíos. Tal como en el mundo bancario de Wall Street, también en la Bolsa de fondos existe, merced a una ley no escrita, una resistencia pasiva e intensa contra el predominio del elemento hebreo.

 

Sobre una base insignificante se fundo la Bolsa de Nueva York el año 1817, casi en la misma forma en que existe aun hoy. Representa una sociedad privada, una especie de círculo de comisionistas, sin que posea las prerrogativas de una corporación publica. Queda limitado a 1.100 el número de sus miembros. Quien no pertenezca a ella, solo puede obtener un puesto por dos vías: por el albacea de un miembro fallecido, o por compra de la parte de un miembro, que se retire, o que haya quebrado. Ese puesto cuesta hoy día 100.000 dólares. Se compone la Junta administrativa de cuarenta miembros, y durante largos años no perteneció a ella ningún hebreo.

 

Los obstáculos que impiden una invasión en masa de los hebreos, consisten: 1º, en una mutua y callada concordancia de resistencia pasiva de los miembros no-judíos, que data desde la fundación de la bolsa; 2º, limitaciones de cierta índole, que se estipulan en el Estatuto, con referencia a la admisión de nuevos miembros.

 

Más una de las cualidades distintivas de la raza hebrea estriba en su tenacidad. Lo que no haya conseguido esta generación lo lograra acaso en la siguiente. Hoy vencida, no quiere decir que también lo sea mañana. Sus vencedores mueren; mas el judaísmo prosigue impávido su camino. No olvida ni perdona nunca jamás, se desviara de su único camino hacia la dominación mundial, en la forma que sea. Aunque parezca imposible bajo las condiciones actuales que el número de los miembros hebreos de la bolsa aumente, la verdad es que aumenta, lenta, pero seguramente, así como también el precio de los puestos. Son, sin embargo, postulantes judíos los que ofrecen abonar las cuotas mas elevadas. Puede acaecer que determinado miembro deba dimitir por quiebra. El síndico de los acreedores deberá lógicamente realizar también lo mas ventajosamente posible el puesto del deudor. También aquí será siempre el hebreo quien puje más alto. Queda otro medio, aunque sea de índole menos limpia, y consiste en adoptar un apellido distinto en el bautizo. Juega el apodo un rol muy importante en la política de tapujos. En avisos, frente a las vidrieras, al pie de artículos periodísticos, etc., sirven admirablemente apellidos tales como Smith, Adams, Robin, para cortar desconfianzas. Nuestros escenarios están plagados de actores y actrices hebreos; pero los apellidos que ostentan son netamente anglosajones, y hasta aristocráticos.


 

Muchos no-judíos se asombrarían fijándose detenidamente, al ver con cuanto judío se relacionan, cuyos nombres y apellidos no acusan absolutamente nada de hebreo. Este sistema sirviole también a los judíos para conseguir algunos puestos en la Bolsa neoyorquina. Se contaron en 1872 entre 1.009 miembros, 60 hebreos; actualmente suman estos 276, pese a que las condiciones de admisión son tan rigurosos como antes. Según esto, el predominio hebreo en la Bolsa neoyorquina si sigue progresando, su infiltración en igual proporción como hasta ahora, es únicamente cuestión de tiempo.

 

Por otra parte, el número de los especuladores hebreos en la Bolsa de Nueva York supera en mucho al de los no-judíos. Especulación y jugadas de bolsa son históricamente y de siempre características de la raza hebrea. En tanto que muchos israelitas prefieren efectivamente empresas no judías para sus asuntos puramente bancarios, se entrega la gran mayoría de ellos a sus propios jefes hebreos para negocios especulativos. En Europa, donde su poderío financiero esta ya mas firmemente arraigado, y lo es de tradición, apenas si les falta una sola de sus especulaciones. Acaece que se vean en compromisos especulativos; pero es muy raro el caso de que para ellos mismos impliquen pérdidas efectivas.

 

Dejemos a Wall Street con sus Bancos y agencias, y retornemos a la bolsa de fondos y acciones de la Broad Street, donde advertiremos un floreciente movimiento bursátil en valores aceiteros, mineros y títulos, junto al otro. Son tan numerosos, que hasta imprimen su sello a todo el barrio, como si este fuera una ciudad totalmente distinta. Cierto es que giran muchos de estos comercios bajo firmas no-judías; pero solo porque el hebreo sabe que en asuntos de dinero se les contempla con recelo.

 

Más adelante, en oscuros callejones y en despachos semiocultos, se hallan numerosos individuos de raza hebrea que hacen sus negocios con toda índole de títulos no admitidos en la bolsa. Son estos las sanguijuelas de Wall Street, los verdaderos merodeadores. Practican el más fraudulento tráfico de fondos, y ello con un celo y una energía que no desanima nada en el mundo. Es su objetivo solo hacer dinero sin trabajo, sin esfuerzo y en este tráfico desarrollan una pasmosa habilidad. Es de no creer cuantos de ellos llegan a hacerse ricos; pero mas incomprensible es aun el sin fin de personas no-judías, confiadas, inexpertas e ignorantes, que desde todas partes de Norteamérica remiten sus excelentes fondos a cambio de esos papeles absolutamente sin valor que estos judías trafican. Es un negocio brutal y desalmado puesto que ni siquiera es preciso tener astucia. Las sanguijuelas únicamente trabajan por correo o por teléfono, editando "informes de Bolsa", con los cuales, y con el pretexto de dar desinteresadamente consejos a los que desean invertir sus fondos o ahorros, buscan y hallan el modo de vender lo mas caro posible los dudosos títulos que poseen. Los informes de Bolsa son lógicamente inofensivos para el iniciado; más fatales para miles y miles de personas ingenuas y sin juicio.

 

Perseguidos por pesquisantes, eternamente observados por la policía secreta del gobierno, denunciados en los diarios, condenados por los jueces y metidos en presidio, resulta, empero, indestructible esta masa de estafadores hebreos. Otra clase de individuos sentiría tales condenas como infamantes durante toda su vida; el hebreo, en cambio, las aguanta como un leve incidente, deshaciéndose de ellas como un perro se sacude las pulgas. Pero hay aun lugares mucho más tenebrosos, donde se evidencia el robo más burdo en toda la desnudez. Los individuos que allí se encuentran, son los "consortes" de peor calaña de los especuladores. Las fechorías de Wall Street, larga y horrorosa serie, y todas con un marcado tinte de raza y de pandilla, llamaron muchas veces la atención del mundo entero; más como ocurre casi siempre en la reproducción de tales casos por la prensa, los puntos capitales únicos que podrían explicar lo complejo del asunto, quedan suprimidos.

 

Dicha resistencia pasiva y callada del mundo financiero yanqui contra su esclavitud por los hebreos, es acaso la única forma no-judía de solidaridad en Estados Unidos. Tal resistencia repugna por la


 

ofensividad contraria del proceder hebreo. En esta silenciosa lucha, la comunidad israelita no supero a su adversario no-judío, la batalla se mantiene indecisa. Cuando comprenda la multitud lo que en verdad se juega, la lucha puede tal vez terminarse para siempre.

 

La lucha que se predica bajo el lema de "progreso y libertad" por elementos del orden contra el capital, se dirige realmente solo contra el capital no-judío. Los financistas a quienes se ataca en público, son siempre no-judíos. Otro tanto ocurre en Estados Unidos, en Inglaterra, en todas partes. El lector de diarios sabe que enormes esfuerzos se hacen para arruinar a las compañías ferroviarias y mineras por medio de interminables huelgas. En cambio, lo que no sabe es que los tales ferrocarriles y minas no están todavía en manos judías, no que las huelgas, provocadas siempre por elementos bolcheviques, son un ardid judío para destrozar la propiedad no-judía y acaparar fácilmente esta presa para el insaciable capital de los semitas.

 

IV

 

LA CURVA ASCENDENTE DEL PODERIO FINANCIERO HEBREO

 

La alta finanza hebrea entro en contacto con los intereses norteamericanos por intermedio de los Rothschild. Puede afirmarse que los Estados Unidos sirvieron de fundamento para la inmensa fortuna de la casa Rothschild, y esto, como ocurre siempre con las riquezas judías, gracias a la guerra. Los primeros veinte millones de thálers, que tuvieron disponibles los Rothschild para sus operaciones, fueron el precio por las fuerzas del Ducado de Hesse, que hubieron de combatir contra las colonias norteamericanas de Inglaterra.

 

A partir de ese primer contacto entre los Rothschild y los asuntos norteamericanos, aquellos conquistaron en ocasiones ulteriores, aunque siempre por intermedio de agentes, influencia sobre las Finanzas de nuestro país. Ni uno solo de los hijos de viejo Rothschild establecióse aquí: Amschel quedo en Francfort, Salomón partió a Viena, Nathan Mayer a Londres, Charles a Nápoles, y James a París. En su época fueron ellos los verdaderos "Jefes de Estado" europeos, siendo continuadas sus dinastías por los respectivos descendientes hasta nuestros días.

 

El primer agente hebreo de los Rothschild en los Estados Unidos fue Augusto Belmont, que inmigro en 1827, desempeñando la presidencia del Comité Nacional Democrático al estallar la guerra civil. La familia Belmont habíase convertido al cristianismo, existiendo actualmente en Nueva York una capilla conmemorativa de los Belmont.

 

El poderío de los Rothschild, luego de su unión con muchas otras familias de banqueros, logro tanta importancia que no se le puede caracterizas ya con el apellido de una sola familia, sino que es preciso comprenderlo como la hegemonía de una compacta raza. Se suele hablar en este sentido de una potencia financiera internacional hebrea.

 

Mas ya cayo el misterioso velo que envolvía antes el nombre de los Rothschild. El pueblo denomina muy acertadamente la administración financiera militar con la expresión "dinero de sangre". Numerosos negocios, con los cuales ciertos potentados financieros se convirtieron en verdaderos déspotas de los pueblos, quedaron al descubierto. Mas el método original de los Rothschild, o sea el de unir entre si las casas de banca hebreas de todos los países, se mantuvo firme por considerarlo extraordinariamente conveniente. Se advierten las intimas relaciones existentes entre casas neoyorquinas con sus similares en Francfort, Dresde y Hamburgo, con las de Londres y Paris por la firma de la sociedad, que evidencia una unidad internacional.

 

A esta índole de transacciones financieras internacionales dedican especialmente los hebreos su actividad y merecen su preferencia por "no poseer en absoluto ilusiones nacionales y patrióticas", según dijo cierto autor. Para el financista internacional el alza y baja de la paz y la guerra no significa sino determinada fluctuación en el mercado mundial financiero.


 

 

Es de público conocimiento que la pasada guerra mundial fue postergada varias veces a instancias de financistas internacionales. Si hubiera estallado prematuramente, habrían podido, tal vez, salvarse aquellos pueblos a los que, a toda costa se quería comprometer en ella. Los magnates de las finanzas internacionales debieron calmar reiteradamente el entusiasmo bélico que había desencadenado su propia propaganda. Acaso sea cierto que Rothschild escribió en 1911 una carta al Káiser condenando la guerra, porque en 1991 todavía no era el tiempo. Lo evidente es que en 1914 no escribió carta alguna en igual sentido.

 

Es indudable que existen íntimas relaciones entre la alta finanza internacional hebrea y las complicaciones bélicas y revolucionarias. En los asuntos pasados ya se conocen perfectamente estas relaciones; también existen en los actuales. La Coalición antinapoleónica de las Naciones, fue obra judía hallándose su cuartel general en Holanda. Cuando invadió Napoleón este país se traslado a Francfort sobre el Maine. Resulta notable conocer cuantos magnates financieros judíos proceden, precisamente de esta ciudad. Los Rothschild, los Schiff, los Speyer, y varios más son oriundos de la famosa ciudad alemana.

 

Pero estas relaciones internacionales, no tienden únicamente al predominio en el mercado meramente financiero, sino que se adueñan también de determinadas ramas industriales ligadas estrechamente a las operaciones financieras. Lo común es que, una vez logrado el predominio, se anulen brutalmente a los demás interesados. La Enciclopedia Hebrea dice al respecto: "Muy rara vez se ligaron intereses financieros hebreos con intereses industriales, salvo en la industria de metales y piedras preciosas. De tal modo, los Rothschild son los señores de mercado del mercurio; los hermanos Barnato y los Werner, hijos de Guggenheim, del de cobro y hasta cierto punto del de la plata". Podría añadirse aun el "control" que ejerce el judío internacionalmente sobre el aguardiente, la telegrafía sin hilos, los teatros, el periodismo europeo y gran parte del norteamericano, entre otros aspectos mercantiles.

 

Agrega la Enciclopedia Hebrea: "Existió, efectivamente, en cambio, un predominio judío, caracterizado, en el terreno de las Deudas de Estado, a favor de las intimas relaciones internacionales entre las diversas familias israelitas de mayor importancia".

 

Ante las estúpidas negativas del periodismo judío, es preciso hacer constar que eminencias hebreas no niegan las tendencias de su raza por un predominio financiero internacional, pero añaden que dicha tendencia no es ya tan intensa como en el pasado. "En estos últimos años (expresa la Enciclopedia Hebrea) también financistas no-judíos aprendieron nuestros métodos cosmopolitas, y en conjunto, el control en manos judías se aminoro mas que aumento".

 

En lo que se refiere a los Estados Unidos, es evidente que la posición de muchas casas hebreas en Wall Street fue más fuerte que antes de la guerra que hoy. Creo la guerra condiciones que proyectan una nueva luz sobre el internacionalismo financiero hebreo. En el transcurso de la neutralidad norteamericana en la pasada guerra mundial pudo observarse muy bien la extensión de las relaciones extranjeras de determinados personajes, y también el grado a que se llego anteponiendo negocios financieros internacionales a las obligaciones nacionales mas fundamentales. Necesariamente la guerra coloco la totalidad del capital no-judío en un bando, frente a determinados grupos capitalistas hebreos, que apostaron por ambos bandos. El consejo de viejo Rothschild cuando dijo: "No coloques todos tus huevos en un solo canasto" se comprende solo al aplicarlo al proceder hebreo en asuntos nacionales e internacionales. La finanza israelita equipara absolutamente partidos y animosidades políticas, apostando por todos el motivo por el cual no pierde jamás. Por la misma razón, la finanza hebrea tampoco pierde nunca una guerra. Dado que esta interesada siempre en los dos bandos en lucha, no se equivoca jamás en el bando triunfante, y sus condiciones de paz se formulan de modo tal que los desembolsos de sus correligionarios interesados en el bando vencido quedan siempre cubiertos. Este y no otro fue


 

también el motivo y objeto por el cual los hebreos de todo el mundo asintieron en masa a la Conferencia de la Paz en Paris.

 

Muchas de las casas bancarias de Wall Street han sido antiguamente sucursales de casas germanas y austriacas ya existentes, que se ayudaron mutuamente con capitales, manteniendo asimismo estrechísimas relaciones. Varias de ellas hasta estuvieron unidas por lazos familiares de sus asociados. Pero siempre fue el lazo mas fuerte el de la raza. La mayor parte de estas casas bancarias soportaron rudos golpes durante la guerra, por haberse jugado sus relaciones europeas en el bando falso. Solo se considera esto como un pasajero desliz y los financistas hebreos estarán muy pronto preparados para reanudar la lucha por la hegemonía financiera absoluta en los Estados Unidos. El porvenir decidirá su éxito. Es rarísimo que todos los esfuerzos hebreos por su predominio mundial vayan por mal camino. Siempre, en el justo momento en que piensan colocar la piedra final en su arco triunfal, ocurre cualquier desgracia, y toda la obra se derrumba estrepitosamente. Esto ocurrió tantas veces en la historia judía, que los mismos hebreos lo saben perfectamente e idearon buscar una explicación al fenómeno. Traen en muchos casos a colación el famoso "antisemitismo". Aun en nuestros días, en los que el voraz incendio de la guerra ilumino tantas cosas que normalmente se ocultaban en las tinieblas, se califica al general despertar de los pueblos de antisemitismo, explicándolo por el hecho de que luego de cada guerra se acostumbra echar toda la culpa al pobre e inocente hebreo.

 

¿No se impone imperiosamente aquí la pregunta de por qué?

 

La cuestión del "antisemitismo" no basta para explicar completamente el malograr de las potencias financieras hebreas en su intento de predominio absoluto en un país como los Estados Unidos de Norteamérica. Ese ficticio antisemitismo no alcanza a aquellos que, reciamente atrincherados, están detrás de la valla de su capitalismo. La callada resistencia de la alta finanza no-judía de Wall Street, por ejemplo, y aquella de la Bolsa de Fondos de Nueva York, no son "antisemitas". No impide esta resistencia a los hebreos que realicen sus negocios, sino que solo hace frente al abierto programa de un absoluto predominio, que no tiende al bienestar universal, sino únicamente al egoísmo de determinada raza.

 

Hasta hace pocos años, la casa bancaria Kuhn, Loeb y Cia., según la opinión publica, alentaba esperanzas de ocupar muy pronto el primer puesto entre los bancos emisores neoyorquinos. Numerosas razones apoyaban dicha opinión, y entre otras el hecho de que dicha casa financio a Mr. Harriman en su lucha contra Mr. J. Hill en la cuestión de los ferrocarriles. Pero ello no obstante dicha esperanza se esfumo.

 

Con razón social Kuhn, Loeb y Cia., la potencialidad financiera judía en los Estados Unidos alcanzo su más alto nivel. Jefe principal de la casa fue el extinto Jacobo Schiff, nativo de Francfort sobre el Maine, donde su padre fue uno de los corredores de la casa Rothschild. Fue también socio de la casa, Otto Kahn, oriundo de Mannheim, y ligado desde largo tiempo con los Speyer, igualmente nativos de Francfort, en tanto que otro tercer consorcio, Felix Warburg, contrajo enlace con una hija de Jacobo Schiff.

 

Un esplendor mayor que el de esta razón social no la alcanzo la alta finanza hebrea en parte alguna. Empero, se advirtió últimamente cierto movimiento de flanco, que acaso acerque la ambición hebrea a su fin. Acorralados en Wall Street, se concentraron algunos financistas hebreos sobre otros centros norteamericanos, y esta ulterior influencia en asuntos yanquis promete acrecentarse. Si dirige el primero de estos movimientos de flanco contra las Américas Central y del Sur. El apoyo financiero y los buenos consejos, que recibió Méjico últimamente durante la extrema tirantez de sus relaciones con los Estados Unidos, procedieron de fuente hebrea norteamericana. En cambio, el intento de lograr influencias en el Japón, no parece haber prosperado tanto. Se sabe que Jacobo Schiff ayudó financieramente al Japón en su lucha contra Rusia. Esto explicose


 

perfectamente: como siendo un negocio esplendido y, además, una oportunidad propicia para vengarse de Rusia por su supuesto mal trato de los hebreos. Al propio tiempo aprovecho Schiff la ocasión de inculcar a los prisioneros rusos en los campamentos japoneses las ideas subversivas, que cristalizaron mas tarde en el bolcheviquismo ruso. Empero, el objeto primordial parece haber sido el de agregar el naciente Imperio del Japón a la cadena de las conquistas hebreas por la fuerza de su dinero. Ya había arraigado el poder financiero hebreo en el Japón; pero al parecer, las esperanzas de Schiff en este sentido no se cumplieron del todo. Es indudable que los japoneses entienden mucho mas del "peligro hebreo" que los norteamericanos. Además esa raza es en extremo desconfiada y trato todo este asunto simplemente desde un punto de vista comercial, lo cual dicen que disgusto muchísimo a Jacobo Schiff. Esto es de gran importancia actualmente frente a la propaganda que constantemente tiende a causar rozamientos entre los Estados Unidos y el Japón.

 

El objetivo último parece ser Sudamérica. El hebraísmo se sirve, para lograr la hegemonía mundial, de dos medios: el manejo de dineros, y la utilización de personas. No existe gobierno, que pueda trasplantar a 250.000, o 500.000, o hasta un millón de personas de una parte a la otra del mundo, tal como traslada sus ejércitos un general. El hebraísmo, en cambio, puede hacerlo, y lo hace ahora. Es todo cuestión de fletamentos. Desde Polonia, donde la todopoderosa conferencia de la paz creo especiales prerrogativas para los hebreos, tanto que estos deberían tener fundados motivos para permanecer allí, se esta preparando un inmenso traslado hacia el Oeste. Una parte de esas masas es dirigida hacia América del sur. Otra parte de los ya emigrados a los Estados Unidos embarcara también con rumbo al continente Sur, después de cierto periodo preparatorio en nuestro país.

 

Consiste el segundo medio para lograr la hegemonía mundial en la utilización del oro y su influencia. Si se quiere explicar cual pueda ser el objeto real de ello, consta que una enorme fluctuación de personas hebreas y de dinero hebreo se desarrolla actualmente en dirección de América del Sur. Junto a esto es posible observar una gran importación de materiales que, deduciendo por lo que dicen los "Protocolos" sionistas, solo puede encaminarse hacia un fin netamente determinado.

 

El próximo intento de conquistar el poder total del continente americano procederá tal vez del Sur, donde el poderío israelita hoy en día es mucho mas fuerte de lo que su reducido numero hace suponer, pues sus intrigas revolucionarias se hacen notar ya en los frecuentes incidentes entre los diversos Estados.

 

Internamente debemos fijar nuestra atención sobre Nueva York y su centro financiero, donde indicábamos ya el subido nivel del poderío financiero semita. Otra señal de la influencia israelita sobre la Hacienda yanqui resulta menos lisonjera para dicha raza, y es la de que no pudiendo elevarse más su influencia financiera, descenderá por canales profundos y muchos más irregulares que ninguna otra actuación financiera.

 

Constituirá un extraordinario capitulo la relación de las tretas de los Robin, Lamar, Arnstein y demás miembros de la banca que contribuyo eficazmente a la larga serie de hechos criminales que tuvo por escenario obscuros rincones de Wall Street. El punto principal en todas estas historias seria que esta índole de delitos resulta genuinamente judío. No es posible afirmar que tal proceder contara con el asentimiento de la comunidad hebrea en general; pero lo cierto es que aquellos y sus portavoces permanecieron siempre callados frente a este delinquir financiero, cuando debieron haber hecho oír sus correligionarios la mas vehemente reprobación. Cualquier fiscal conoce perfectamente el obcecado celo de los semitas en defender a un miembro de su raza, sin reparar en la gravedad o índole de su delito. Lo cierto es que, en investigaciones practicadas hace pocos años, y cuyo resultado evidencio que cierto vicio explotado mercantilmente era monopolio exclusivo judío, descubrióse que tomaron parte activa también algunos hebreos probos. Pero esto no fue


 

óbice para que a la publicación de los hechos en la prensa se opusiera la más tenaz resistencia.

 

Se sorprendió en fecha reciente el país ante la noticia de que se habían perdido por robos organizados en banda en Wall Street, valores y títulos del empréstito de la Libertad por valor de 12 millones de dólares. Las pesquisas demostraron que los títulos comerciados entre la Bolsa y los Bancos, habían sido confiadamente transportados por mensajeros (los messenger boys) que a menudo llevaban hasta valores por 250.000 dólares de una caja a otra, y cuyo trafico se desarrollo en el barrio localmente estrecho de Wall Street. En el verano de 1918 se reclutaron estos messenger boys para servicios de guerra y hubo necesidad de colocar a otros empleados adultos. De inmediato se advirtieron indicios alarmantes. Desaparecieron los emisarios uno tras otro sin que volviera nadie a tener noticias suyas. Se adoptaron toda clase de precauciones. Los emisarios debieron salir solo por parejas, vigilados por los detectives más hábiles; mas los emisarios seguían desapareciendo tan misteriosamente como antes. Continuaron así las cosas hasta la primavera de 1920, sumando las cantidades desaparecidas hasta 12 millones de dólares. Por fin pudieron practicarse algunas detenciones, de cuyos sumarios resulto la existencia de una banda perfectamente organizada de ladrones judíos, compuesta por cierto número de judíos acaudalados en unión de criminales hebreos profesionales. Este Estado Mayor sirvióse de jóvenes semitas, en su mayoría recién inmigrados de Rusia, que bajo inofensivos apellidos anglo-sajones pidieron los puestos de mensajeros en Wall Street, para después desaparecer con los valores que se les confiaba, y que los jefes "reducían" en otras poblaciones, es decir, convertían en dinero.

 

Gracias a un emisario no-judío, cuya miseria se aprovecho para complicarle en el asunto, se descubrió el delito, aunque sus cómplices le amenazaron de muerte. Algunos ingresaron en la cárcel, pero los jefes de la banda evitaron al castigo huyendo, protegidos por grandes y misteriosas influencias. La posición de la prensa y población hebreas frente a estos criminales, es de simpatía y admiración. Y ¿por que no? Victimas de esos robos fueron únicamente los "goyim", los no-judíos, y la victima principal el capitalismo no-judío. El "kahal" neoyorquino echo tierra al asunto y guardo absoluto silencio. Dada en cambio la coherencia estrechísima de todos los elementos hebreos en la capital, hubiera podido aclararlo un mancomunado intento de investigación, como también otras muchas cosas. Consta, entonces, que el instituto racial protege manifiestamente a todo miembro judío perseguido por la Ley, por mucho que este haya merecido su castigo.

 

V

 

BARUCH, EL "DISRAELI NORTEAMERICANO" Y "PROCONSUL DE JUDA EN

 

NORTEAMERICA"

 

Es posible que la guerra haya interrumpido en forma temporal la intimidad de las relaciones entre los banqueros judíos de Wall Street y sus amigos de Europa; pero sin que hayan aumentado considerablemente por ello las riquezas hebreas en los Estados Unidos. Según informaciones de fuente judía, un 73 por ciento de los nuevos millonarios de guerra en Nueva York son semitas. La colectividad hebrea salio de la guerra mucho mas fuerte de lo que jamás lo fuera antes, siendo innegable su ascensión en todo el mundo.

 

Hebreo es el presidente de la Sociedad de las Naciones, sionista el del Consejo Superior. El presidente de Francia (en 1920) era también un judío. Otro semita presidio el comité de investigación sobre la culpabilidad de la guerra, bajo cuya presidencia desaparecieron documentos en extremo importantes.

 

En Francia, Inglaterra y Alemania, aumentaron enormemente su poderío financiero y la influencia de su propaganda revolucionaria.

 

Un muy significativo hecho es el de que sobre aquellos países, que con razón se pueden calificar de antisemitas, pesa la mano de Judá más reciamente que en parte alguna. Cuanto más se acentúa la


 

resistencia contra dicha opresión, tanto mas se desarrolla el despotismo hebreo. La Alemania actual es antisemita, mas a pesar de todos los esfuerzos del pueblo germano por librarse del visible predominio de los hebreos, estos, inalcanzables para lo voluntad popular, arraigaron con mas firmeza que nunca. Francia se torna cada vez más antisemita; pero ante el crecimiento de esta oleada aparece un presidente de la Republica hebreo. Rusia es antisemita hasta la medula; pero se halla tiranizada por los israelitas. Y en el instante en que, según nos afirman los jefes hebreos, una oleada antisemita (así se llama el despertar de los pueblos) inunda los pueblos del mundo, es precisamente un hebreo quien se adueña de la presidencia de la Liga de las Naciones; si participara en ella los Estados Unidos de América, significaría el súper-gobierno mundial. No se sabe por que ese hebreo fue designado presidente. Ni sus facultades, ni la voluntad general le destinaron para tal puesto, pero, ¡lo es!

 

Acabamos de sufrir en nuestro país cuatro años de un despotismo hebreo casi tan absolutista como el soviético en Rusia. Por inverosímil que esto parezca, esta aun muy por debajo de los hechos documentalmente comprobados. No provienen estos hechos de "se dice", ni son la expresión de un juicio parcial, sino resultado de una investigación de las autoridades legales, y están para siempre archivados en las Actas gubernamentales de los Estados Unidos.

 

Demostraron en aquella época los judíos que aun sin la ayuda de Wall Street gobiernan absolutamente al pueblo norteamericano. Pero el hombre que tal prueba aporto pertenece a la alta finanza de Wall Street. Se dio en llamarle el "Procónsul de Judá en Norteamérica", diciéndose que se titulaba a si mismo el "Disraelí norteamericano". Ante una comisión extraordinaria del Congreso declaro dicha persona: "Que durante la guerra probablemente tuvo mas poderes que ningún otro político de Norteamérica, esto sin lugar a dudas". No hay exageración de estas palabras; tuvo mayor poderío que nadie - aunque no fueran siempre poderes muy legales ni constitucionales - según personalmente admitía. Alcanzaron sus poderes a la familia, al negocio, fabricas, bancas, ferrocarriles, incluyendo hasta ejércitos enteros, y gobiernos. Gozo de un poder ilimitado e irresponsable; el poder de este individuo y de sus cómplices provoco el ataque de los ricos no-judíos, facilitándole así una omnisciencia y con ello infinidad de ventajas que no se pagan con miles de millones.

 

De cada 50.000 norteamericanos, había oído apenas uno, antes de 1917, hablar de él; es probable que hoy sean muchos más los que conocen detalles de su existencia y de su proceder. De la oscuridad jamás iluminada por hazañas en pro de la sociedad, surgió de pronto este personaje para adueñarse del poder absoluto sobre un gran pueblo en estado de guerra. Poco tenia que hacer a su lado el gobierno constitucional, salvo autorizar pagos y ejecutar sus ordenes. Cierto es que dijo que cualquiera, por encima de su persona, podía dirigirse directamente al presidente Wilson; pero nadie que conociera a fondo los asuntos, lo intento siquiera.

 

¿Quien es este personaje de carrera tan oculta y rápida, típico ejemplo de la disposición del judío a empuñar el cetro en el preciso instante que lo cree oportuno?

 

Este es su nombre: Bernardo M. Baruch.

 

Hijo de un médico, nació en 1870, cursando sus estudios en la Universidad de Nueva York, que abandonó a la edad de 19 años. Ocupo muchos años en "estudios económicos", sin que se supiesen de él más detalles. A los 26 años entra como consocio en la razón social Hausman y Cia., que abandona en 1902 luego de haber conseguido un puesto en la Bolsa de Fondos de Nueva York. De su práctica comercial nos declara el mismo: "No hice ningún negocio, sino para mi. Estudie ciertas producciones y fabricaciones, y las personas que en ellas intervenían". Traficó con títulos y empresas. Estas las adquiría, no para desarrollarlas, sino para revenderlas en ocasión propicia, no siendo así ni industrial, ni comerciante, sino el prototipo del negociante capitalista. Traficaba en fábricas de tabaco, en fundiciones, en caucho y en acero. "Estuvo interesado en trusts".


 

Concentróse su interés principal en el negocio del cobre, en el que "tropezó" con las dos firmas monopolizadoras judías de ese ramo, los Guggenheim y los Levisohn. El significativo valor de estas combinaciones se comprenderá fácilmente.

 

En su juventud fue ya rico y opulento, sin que se sepa que heredara gran cosa. Si la guerra le tornó mas rico aun, no se puede afirmar con certeza. Amigos y socios suyos sanearon sus fortunas junto con él.

 

Contestó con evasivas a preguntas acerca de sus negocios concretos y primordiales antes de la guerra, expresando que tenía la intención de retirarse paulatinamente de los negocios. ¿Por qué? ¿Para preparar otro mayor? Su intento de retirarse "fue desbaratado por mi nombramiento de miembro de la Junta de asesores consejeros ("Advisory Commission") sin tener antes una idea de tal probabilidad, ni que me hubiese ofertado para tal cargo". Resulta, entonces, que se le descubrió. ¿Cuando? Y ¿quien lo descubrió? ¿Como se explica que fuera justamente un hebreo el único hombre disponible para cargo de tan vastos poderes?

 

Se creó esta Junta de consejeros en 1915, cuando el país consideraba aun su neutralidad como la única solución posible. Un intento público, el mínimo indicio de complicar a los Estados Unidos en la guerra europea, hubiese barrido en aquella época a los voceros o jefes judíos.

 

En aquella época de total voluntad popular de mantener la paz en Norteamérica, formóse la Junta de Consejeros - ¡para preparar la guerra! - y ello bajo la presidencia del mismo Wilson que en 1916 debió su reelección al embuste de querer mantener a los Estados Unidos alejados de la guerra.

 

Las respuestas de Baruch a las preguntas que se le formularon al respecto a sus relaciones personales con el presidente Wilson fueron evasivas, y manifestó no recordar cuando por última vez antes de su nombramiento para la Junta de Consejeros, conferenció con el presidente. Esto es extraño: una conferencia con el primer magistrado de la republica no puede borrarse tan fácilmente de la memoria, salvo que tal conferencia no tuviera para el nada de original, es decir, que se celebrasen con frecuencia. "Naturalmente debió pensarse en la movilización de las industrias nacionales, porque los soldados no luchan tan solo con sus brazos, sino que también precisan armas. Estaba persuadido de que la guerra sobrevendría mucho antes de lo que nadie se imaginara".

 

¡Eso fue en 1915! En aquel entonces, cuando el pueblo yanqui contemplaba la guerra como simple espectador, queriendo seguir siempre en tal postura, fue el hebreo Baruch quien estaba ya persuadido de la participación yanqui en la guerra (¡que ocurrió dos años mas tarde!) dedicándose a ¡prepararla! Y el gobierno de Wilson, que se había comprometido a mantener el país alejado de la guerra, conferenció con ese mismo hebreo Baruch, que hasta debió ir creando la atmósfera necesaria para la guerra. Quien recuerde hoy los acontecimientos del año 1915, completando el cuadro con las pinceladas de lo que en aquel entonces ignoro, es decir, con las actuaciones de Baruch, tendrá que confesar que en aquella época ignoraba por completo lo mas importante de los sucesos de la actualidad, y ello a pesar de haber leído a diario y con toda atención los periódicos.

 

Baruch sabía, en 1915, "que nos veríamos envueltos en la guerra".

 

Cegado por tal convencimiento "hizo un largo viaje". "Sentí durante ese viaje - dice - que algo debería hacerse para la movilización de las industrias, y concebí el plan tal como se realizo cuando ascendí a presidente de la Junta de Consejeros". Este plan lo expuso a Wilson, quien lo escucho atentamente, aprobándolo. Hizo Wilson lo que Baruch le indicaba y este extendió su omnímoda mano sobre la totalidad de la producción norteamericana. Y lo consiguió. De manera tanto o mas completa que el mismo Lenin en Rusia, porque en los Estados Unidos el pueblo yanqui no vio en todo ello sino el elemento patriótico, sin advertir que quien disponía de sus destinos era el gobierno


 

hebreo, al que tuvo que obedecer.

 

Además se constituyo el "Comité de Defensa Nacional" ¡en 1915!, no como una corporación constitucional norteamericana, sino como una creación arbitraria con un hebreo a la cabeza y con otros hebreos en los principales puestos. Pertenecieron a este comité seis Secretarios de Estado, siéndole subordinada una junta facultativa de siete miembros, de los cuales tres eran semitas, y Baruch uno de ellos. Dicha junta a su vez tenia bajo sus órdenes a centenares de empleados y muchísimas juntas especiales. Fue una de estas la "Junta industrial de guerra", de la que Baruch, al principio, fue miembro y luego amo absoluto. Esta "Junta industrial de guerra" con el correr del tiempo fue perdiendo importancia en la vida norteamericana y en todas sus ramificaciones. Bernardo M. Baruch fue un rey "entre bastidores".

 

¿Por que precisamente fue un hebreo quien logro tan absoluto predominio sobre un pueblo de cien millones, ejerciéndolo en forma despótica?

 

Las organizaciones creadas por los hebreos acusaban un carácter duramente autocrático, pero con un barniz de democracia. Todo semita colocado al frente de una organización militar administrativa, grande o pequeña, tuvo así la menor oportunidad para "ejercitarse" en el desempeño de un mando ilimitado.

 

¿Cual fue el poderío de la "Junta industrial de guerra"? A la pregunta del representante Jefferis: "¿Usted decidió, entonces, lo que cada personas debía percibir?", Baruch respondió: "Así es, efectivamente. Yo asumí la responsabilidad y fui quien luego decidió en definitiva lo que el ejercito y la armada debía percibir, lo que se les debía dar a los ferrocarriles, o a los Aliados, o si se entregaban locomotoras al general Allenby en la Palestina, o se las empleaba en Rusia o en Francia".

 

Este enorme poderío concentróse en manos de un solo hombre. "¿Es decir, que los hilos todos del poder se reunieron en sus manos de usted?", inquirió Jefferis. "Si, repuso Baruch, poseí durante la guerra probablemente mas poderes que ningún otro político". Esto es verdad. "La decisión definitiva venia finalmente a mi".

 

La vulgar afirmación de las arbitrariedades personales del presidente Wilson por menospreciar el gobierno efectivo hebreo, que le aconsejo siempre y en todos los detalles, carece de fundamento. Quien le suponga autócrata, es ciego ante la plenitud de poderes extraordinarios con que revistió en todo momento al seudo-gobierno judío durante la guerra. Wilson no se preocupaba de la Constitución, ni del Congreso, eliminando al Senado y aun los miembros de su ministerio. Pero es falso que no haya admitido consejo alguno. Ni cuando la guerra, ni en las conferencias de la Paz procedió por cuenta propia. La idea de complicar a Norteamérica en la guerra no fue suya, como tampoco la del modo de conducir la guerra, no la de formular la paz. Detrás de el, sobre el, estuvo Baruch; éste acompañóle a París, no abandonando sino juntos el "George Washington", ni tierra europea, hasta que todo se hubo cumplido en la forma que Baruch y sus amigos, que siempre rodearon a Wilson, hubieran querido. El único periodista que en el transcurso de la guerra siempre y en todo momento tuvo acceso cerca del Presidente, sirviéndole, por decirlo así, de heraldo, fue el hebreo Lawrence.

 

Existe solo un concepto que designe cabalmente la amplitud de poderes del hebreo Baruch: dictadura. Personalmente, Baruch pronuncio esta palabra diciendo que dicha forma de gobierno fue también en épocas de paz la mejor para Norteamérica, aunque su implementación se hiciese más fácilmente en tiempos de guerra, debido al general patriotismo reinante.

 

Treinta mil millones de dólares costo a los Estados Unidos su participación en la conflagración mundial, de los cuales diez mil se prestaron a los aliados. Dependió exclusivamente la inversión de


 

estas fabulosas sumas del libre albedrío de Baruch. Fue este judío quien resolvió: 1º sobre la utilización de capitales ilimitados de la vida económica; 2º sobre todos los materiales; 3º sobre la industria entera y sus limitaciones, de la fuerza humana, y su destino al servicio bélico, directo o indirecto; y 5º sobre las condiciones de trabajo de los obreros, estableciendo precios y jornales.

 

La organización de la utilización de capitales incumbió nominalmente, a la "Junta de inversión de capitales", a cuyo frente figuro el semita Eugenio Meyer, hijo. ¡Otro talento hasta entonces desconocido, que al ser "descubierto" fue ubicado en un cargo importantísimo! Quien durante la guerra necesito capital para cualquier empresa, tuvo que descubrir en absoluto su tarjeta ante los hebreos Meyer y Baruch. Esta organización, en manos de unos pocos judíos fue el mejor sistema imaginable de espionaje que jamás existiera en la vida comercial. Se denegó una suma de 8.000.000 de dólares, que necesito el Municipio de Nueva York para fines escolares, en tanto que un empresario hebreo recibió con toda facilidad las cantidades necesarias para la erección de un teatro monumental. Se les negaron a los no-judíos los fondos para empresas productivas, que poco después se concedían a israelitas para fines idénticos. Constituyo un siniestro poderío, que jamás debió ser confiado a un solo hombre, y mucho menos a una cáfila de judíos. Y, sin embargo, ¿como ocurrió que en todos los puestos donde todo dependía del buen tacto y de la discreción, siempre se hallara un hebreo, y este siempre investido de la autoridad de un mando ilimitado? Cuanto más se profundiza este problema, tanto mas misterioso aparece.

 

En lo referente a la utilización de los materiales (materias primas, objetos semifabricados y productos hechos) poseía Baruch en muchos de ellos una experiencia personal práctica. Jamás se aclaro completamente el modo de aplicar estos conocimientos a las ramas industriales en que participo personalmente Baruch durante la guerra. Donde Baruch no era perito, se valía de consejeros. Se destacaba entre ellos J. Rosenwald, para las necesidades de la vida, incluso el rubro vestidos, siendo su lugarteniente Eisenmann. Este se ocupaba de la adquisición de los uniformes, designando las calidades de las telas a utilizar, y fijando los precios a los fabricantes, en su mayoría hebreos. Lo concerniente al empleo del cobre estuvo en manos de un empleado de la casa monopolizadora Guggenheim, obteniendo, claro esta, esta casa los suministros mas importantes de cobre para las necesidades de guerra. Sin la previa aprobación de la "Junta industrial de guerra", vale decir, sin el consentimiento de Baruch, nadie pudo durante la guerra construir una casa de mayor valor de 2.500 dólares, ni adquirir un barril de cemento, ni recibir la mas pequeña cantidad de cine.

 

Hizo constar Baruch que alrededor de 35 ramas industriales estaban bajo su control, y que abarcaba este, tal vez, todas las materias primas del mundo. "Yo resolví en definitiva. Por mis funciones, pertenecí a todas las Juntas, siendo mi tarea la de inspeccionarlas todas y estar en contacto con ellas". Fue el quien decidió donde se embarcaría el carbón, a quien se debía vender acero, donde se fundarían o se suspenderían respectivamente las industrias. Al mismo tiempo que el control sobre el movimiento de los capitales tenia Baruch también en sus manos el de las materias primas en su totalidad. Fue envuelto este control en el misterioso concepto de "prioridades" que según testimonio de Baruch constituyeron "el poder máximo durante la guerra".

 

Pero ni así queda explicado completamente el poderío absoluto ejercido por Baruch. El alma de la industria es y sigue siendo el elemento hombre. Y este también fue dominado por Baruch. El maligno sueño de un trust que se ejercía sobre vidas humanas fue realizado por primera vez por este individuo que afirmaba mas tarde sin avergonzarse: "Nosotros fijábamos también la prioridad para la energía humana". Este "nosotros", en boca de Baruch significa siempre "yo", o "nosotros los hebreos".

 

Fue Baruch quien especifico al Ministerio de Guerra la clase de hombres susceptibles de alistarse en el ejército. "Nosotros ordenábamos que las industrias menores parasen, y que su personal cesante ingresase en filas". El mando supremo, de vida o muerte de industrias enteras y de centenares de


 

miles de obreros norteamericanos lo ejercía este único hombre, ¡un judío!

 

Fué el quien estipulaba precios y jornales, los precios de todo lo necesario para la vida diaria, los del algodón, la lana y demás materias primas indispensables para 350 industrias, y los precios unitarios.

 

En una palabra, un 73 por ciento de los nuevos millonarios de guerra, solo en Nueva York, son (según datos de fuente judía) ¡hebreos!

 

Se impone el interrogante: ¡Como es posible que fuera justamente Baruch el que lograra tanto poder? ¿Quien se lo concedió? ¿De quien o de que fue instrumento? Ni su pasado, ni los hechos conocidos hasta la fecha, explican o justifican su nombramiento. Menos mal si hubiese sino uno de entre tantos peritos que bajo control de los poderes constitucionales hubieran transformado el país y su economía nacional. Mas queda sin explicar, de todos modos, que fuera él el único personaje que se erigiera en centro de gravitación de todo nuestro gobierno de guerra, y quien supeditara todo el gobierno legal a sus dictados.

 

Fue el quien acompaño a Woodrow Wilson a Paris, permaneciendo allí hasta el 28 de junio de 1919 como "experto comercial agregado a la Misión de Paz". A la pregunta que le formulo el representante Graham: "¿Conferencio usted allí a menudo con el presidente?", Baruch repuso: "Siempre que el presidente me pidió consejo, se lo di. También intervine en el asunto de las condiciones de reparación. Fui miembro oficial del Departamento Económico, así como también del Consejo Superior de materias primas". - Graham: "¿Sesiono usted con aquellos personajes que establecieron las condiciones de paz?" - "Si, a veces". - Graham: "¿En todas las comisiones, salvo en el Consejo de los Cinco?" (la instancia suprema). - Baruch: "Muchas veces también en este".

 

El plan mundial hebreo fue el único presentado en Paris, que se aprobó sin modificación alguna. El pueblo francés, que con suma extrañeza advirtió que miles de judíos asistían a las sesiones desde todas partes del mundo, figurando como consejeros de los jefes de gobierno, y Estados, llamo a la Conferencia de la Paz la "conferencia de koscher". Especialmente en la delegación yanqui prevaleció tanto el elemento hebreo, que llamo escandalosamente la atención. Dice el historiador inglés Dillon en su libro titulado La historia interna de la Conferencia de Paz: "Aunque parezca raro a muchos lectores, queda firme el hecho de que un importante numero de miembros de la Conferencia creyeron seriamente que las influencias efectivas detrás de los pueblos anglo-sajones eran semitas". Nos dice mas adelante que los "derechos de las minorías", propugnadas por Wilson, se aplicaban prácticamente, solo a las minorías judías. Tales derechos, como prerrogativas judías, lesionaban grave y profundamente los sagrados derechos innatos de los pueblos y Estados, que atañían y eran formulados por los hebreos reunidos en Paris (según Dillon) "para realizar su plan detalladamente elaborado, lo que consiguieron por completo". Dijeron los representantes de los Estados complicados en estas "combinaciones": "De hoy en mas el mundo será dominado por los anglo-sajones, y estos, a su vez, por su respectivos elementos judíos". Estos hechos demuestran una asombrosa concordancia con los fines que, según los "Protocolos de los Sabios de Sión", los judíos se propusieron y sobre cuyas teorías hablamos detenidamente en la primera parte de esta obra.

 

Digamos algo mas sobre el rubro "cobre". Según personal declaración de Baruch, "se interesaban" por negocios en cobre. Los Guggenheim y los Lewisohn son los "reyes mundiales del cobre". Antes de que la guerra estallara, Baruch "visito" a dichos señores. Cuando la guerra, se repartieron entre si este negocio. Anulóse la competencia, porque Baruch, como representante del gobierno, se lo pidió. Los Lewisohn (el vicepresidente de su trust se apellidaba Wolfson) se encargaron del mercado yanqui, y los Guggenheim del de ultramar. El gobierno de Estados Unidos solo adquirió durante la guerra más de 600 millones de libras de cobre. Este gobierno, vale decir Baruch, trato, en cuanto a cobre, exclusivamente con la firma Lewisohn. Las sociedades de menor importancia,


 

para poder vender sus productos, debieron dirigirse a sus más fuertes competidores, los Lewisohn, y ello por orden del gobierno, representado por el hebreo Eugenio Meyer, quien, a su vez, representaba al hebreo Baruch. Eugenio Meyer estaba también muy "interesado" en asuntos de cobre. En las sesiones realizadas por los productores de cobre de Nueva York tomaron parte:

Rosenstamm, Vogelstein, J. Loeb, Wolfson, Drucker y Eugenio Meyer, en tanto que los representantes del Ejercito y Marina no fueron admitidos. El representante común de los Lewisohn y Guggenheim ante el gobierno del Washington, fue un llamado Mosehauer.

 

El comité "gubernamental" designado por Baruch para mediar oficialmente entre el gobierno y los productores de cobre (vale decir, entre el y los Guggenheim-Lewisohn), estaba integrado por tres personas, y esas tres personas eran: ¡empleados de la casa Guggenheim! "Es verdad, esos grandes productores de cobre estuvieron representados en el Comité, yo los elegí por ser personas muy notables". Y en tal forma explico Baruch esta rara coincidencia. El monopolio hebreo en el mercado del cobre en ambos lados del Atlántico resulto, pues, completo y "redondo".

 

Al oírse murmurar sobre este oscuro asunto, tuvo que hacerse algo evidente. Declararon los Lewisohn que (¡atención, lector!) le venderían al gobierno toda la cantidad deseada de cobre al precio estipulado. "Para arribar a un precio determinado, tomamos por base el precio de los últimos años. Este resulto ser de 16 3/4 centavos norteamericanos la libra, en tanto que en la época de dichas conferencias el cobre se cotizaba a 32 centavos la libra". De modo, entonces que, al parecer, el gobierno recibió el cobre a mitad de precio. Por lo menos así se le manifestó a voz en grito al público, y este quedo encantado. Baruch explico el punto de la siguiente forma: "La oferta evidencio claramente que nos guiaba el deseo de rechazar todo lucro particular, mientras se tratase de las necesidades del gobierno. Pagadnos lo que queráis: tal fue el punto de vista del productor". El gobierno recibió todo el cobre deseado, y a precio sin compromiso.

 

Pero, siguióse conferenciando sobre el precio que por el cobre debieron pagar las empresas particulares, el que se estipulo en 27 centavos. Como Baruch (¡atención nuevamente, lector!) decreto el sistema de precios únicos como suprema ley para toda clase de mercaderías, e independientemente de que particulares o el gobierno fueran los clientes, tuvo que pagar el Gobierno ¡también 27 centavos! Empero, esta pequeña variación fué silenciada al gran público...

 

Finalizada la guerra quedóse el gobierno yanqui con una existencia de 16 1/2 millones de libras de cobre. La firma Lewisohn llevo al colmo su generosidad readquiriendo del gobierno dicha cantidad, vendida anteriormente a 27 centavos, al precio de... ¡15 centavos la libra!

 

Baruch no representa sino un ejemplo típico de la mezcolanza intima del hebraísmo con el mecanismo administrativo militar de nuestro país. Si hubiesen sido los judíos los únicos aptos para administrar todos los puestos de importancia... ¡santo y bueno! Pero no siendo así, ¿como fue posible que precisamente ellos se adueñaran de todo el aparato de inspección de manera tan exclusiva y sistemática? Sin embargo, este hecho consta históricamente. ¿Como se le puede explicar?

 

VI

 

EL PREDOMINIO ISRAELITA EN EL TEATRO NORTEAMERICANO

 

Fue siempre el teatro un medio primordial para influenciar el gusto en general, y la opinión en particular; es el aliado para propagar las ideas, día a día, que unos caudillos ocultos entre bastidores desean inculcar a las masas populares. No es por casualidad que los bolcheviques, en Rusia, patrocinen los teatros orientados en su sentido, sabiendo que sus efectos, para ir forjando y moldeando la "opinión publica", resultan tan fuertes y profundos como los de la prensa.

 

Todo el mundo sabe que el teatro esta completamente bajo la oligárquica influencia hebrea. Nadie


 

ignora que el espíritu nacional se alejo del teatro, influyendo en la actualidad, en este ambiente, la atmósfera orientalista.

 

No solo la escena propiamente dicha, sino también el cinematógrafo norteamericano (cuya industria es la quinta del mundo en extensión e importancia) están totalmente judaizados. Es consecuencia lógica de ello que el país entero se va ya rebelando contra los denigrantes y desmoralizadores efectos que irradian estos "templos del arte". Todo aquello que el hebreo acaudille económicamente, sea el negocio del alcohol, o el del teatro, se convertirá de inmediato en un problema moral, o mas bien dicho inmoral.

 

Diariamente sacrifican millones de personas su tiempo y su dinero en el teatro, en tanto que millones y millones concurren a los cines. Lo que equivale a decir que cada día millones de personas son influenciadas por la interpretación que el hebreo quiera dar a los conceptos de la vida, del amor y del trabajo, sufriendo así los efectos de la propaganda apenas disimulada por los semitas en pro de su oculto plan: el modelador judío de la opinión publica resulta un procedimiento ideal. Estriba la única preocupación del judío en que su renombre público pueda, acaso, estorbarle en su lucrativo negocio.

 

El teatro no es judío únicamente en su dirección, también en lo que se refiere al contenido literario y a su presentación. Diariamente aparecen mas obras cuyos autores, atrecistas y actores son hebreos. No son obras de arte, ni se mantienen mucho tiempo en el cartel. Es perfectamente natural, porque los intereses teatrales hebreos no esperan alcanzar éxitos artísticos, ni perfeccionar el arte escénico autóctono, ni crear un elenco valioso de actores y actrices. Sus intereses son de índole financiera y racial y su objetivo extraer a los no-judíos el dinero del bolsillo, hebraizándoles moralmente, además. Grandilocuentes artículos nos facilitan un calculo exacto para apreciar hasta que punto estos esfuerzos fueron coronados por el éxito.

 

Hasta 1885 el teatro yanqui se encontraba todavía en manos no-judías. Acaeció entonces la primera intromisión judía. Con el cambio de empresarios, comenzó la decadencia del teatro como institución artística y moral, aumentando progresivamente con el crecimiento de la influencia semita en la vida teatral. Resulto de esta influencia que lo bueno se elimino intencionada y cuidadosamente del teatro nuestro, y lo inferior, en cambio, fue entronizado en lugar preferente.

 

Paso la edad de oro del teatro norteamericano. Murieron los grandes actores, sin dejar dignos sucesores. El espíritu elevado y noble de antaño ya no agrada. "Shakespeare nos arruinaba el negocio", declaro cierto director teatral hebreo; otro se refirió a la ridícula misión "moralizadora" del teatro, y con estas irónicas insinuaciones se intenta denigrar y extinguir la antigua tendencia ennoblecedora de nuestro teatro. Esas dos sentencias deberían grabarse como epitafio sobre la tumba del arte teatral pretérito.

 

Aun los jóvenes de 13 a 18 años de edad poseen la suficiente elevación espiritual para apreciar la función moderna del arte teatral. Se pretende entretener al "hombre de negocios fatigado", y con tan huera frase se justifica la absoluta ausencia de espiritualidad. Se apoya todo este "arte" en la mentalidad de los sin carácter, que voluntariamente confían en los trucos del tramoyista. Si a veces se representa aun alguna obra sana y limpia, es como una concesión a una moribunda generación de aficionados al buen arte escénico. La generación actual prefiere otro manjar. ¿Tragedia? ¡Estupidez! ¿Desarrollo de caracteres mas profundos de lo que pueda comprender el criterio de un adolescente? ¡No se cotiza! Descendió la opera cómica al nivel de los efectos luminotécnicos y al de las dislocaciones de miembros, y su música a un lascivo frenesí. Sensacional, estúpido y vulgar es el tema preferido. El adulterio es el tema primordial. Exhibición de carne desnuda en lujurioso grupo, racimos de mujeres cuya vestimenta pesa apenas cinco gramos: tal es el "arte moderno" para el empresario hebreo.


 

La rebelión de los "amateurs" del arte verdadero contra esta profanación, manifestóse en poblaciones yanquis por el cada vez mas creciente florecimiento de los teatros de aficionados. El arte dramático, expulsado de los escenarios públicos, encuentra protección en miles y miles de sociedades teatrales y literarias. Si las buenas obras no se ponen en escena, se leen. Los dramas modernistas no resistirán en ninguna forma su lectura en voz alta, por carecer en absoluto de sentido común. De aquí la reunión de "templos" de arte verdadero en restringidos círculos dramáticos esparcidos por todo el país, y cuyas sesiones se realizan en depósitos o iglesias, en escuelas o salas públicas.

 

Las modificaciones introducidas por el judío en nuestro teatro, y que cualquier aficionado puede comprobar fácilmente, manifiéstanse en cuatro aspectos.

 

En primer termino, el hebreo dio preferencia al aparato mecánico, con lo cual se anula la acción y el talento humano. El escenario, en vez de cooperar a la obra artística, obtiene un significado realista propio. El eximio actor no necesita un gran mecanismo escénico, en tanto que los actorzuelos que actúan en las obras hebreas quedarían anulados sin el aparato tramoyístico. El escenario es en realidad la obra. Sabe el judío, perfectamente, que los buenos actores son día a día más raros, pues la política teatral hebrea yugula despiadadamente todo talento, entre otras razones, por la primordialísima de que cuestan demasiado dinero. El israelita, por eso, prefiere invertir su dinero en maderas, telas, colores, géneros y demás farandulerías. No podrán estas materias muertas ruborizarse de su insípido idealismo, ni de su inicua traición al sacro arte.

 

Así convirtió el hebreo en indigno espectáculo nuestro teatro, suprimiendo en el todo elevado idealismo. El que hoy visite un teatro recordara mas tarde el titulo de la obra, pero jamás su contenido, ni a sus actores principales. Todo es retroceso y degeneración.

 

En segundo término, el hebreo reclama para si el merito de haber introducido en nuestro teatro el sensualismo oriental. Diariamente fue subiendo la ola verde en los teatros yanquis, inundándolos por completo. Actualmente se encuentra en los "mejores" teatros, más descarada inmundicia que antes en los cafés cantantes más sórdidos. En Nueva York, donde existe un número mayor de directores judíos teatrales, que nunca pudiera haber existido en Jerusalén, se sobrepasan los límites de lo osado. La reciente representación de Afrodita parece significar el perfectamente calculado ataque de frente contra la última trinchera de una antigua tradición moral, ofreciendo descaradamente el más cínico nudismo. Hombres trajeados con un corto taparrabos o piel de leopardo o de chivo, mujeres desnudas hasta las caderas, el resto velado apenas con transparente gasa, formaban el marco de una mujer completamente desnuda, de cuerpo marmóreo. El autor de dicha obra era, naturalmente, hebreo. En cuanto a ideas en la obra, ni pizca. En cambio, las insinuaciones, las situaciones escabrosas, la osadía de las escenas, esas si fueron el fruto de largo y detenido estudio en el arte de la perversión humana. Esta prohibida la venta libre de bebidas narcóticas, pero la aplicación de insensibles venenos morales por esa cáfila de falsificadores no lo esta.

 

Los "clubs", "boites" y demás diversiones nocturnas, son un articulo de importación esencialmente judío. Ni los bulevares de Paris ni "Montmartre" ofrecen, en cuanto a lubricidad, lo que Nueva York brinda. Paris, en cambio, posee una contrapartida al horror lascivo: la Comedia Francésa; Nueva York ni eso siquiera.

 

¿Como, en semejante piélago de vilipendio y prostitución del arte, hallaran los autores dramáticos serios la mínima perspectiva de medrar? ¿Donde se les dará cabida a los actores dignos de arte dramático o cómico? Nuestra escena actual se despliega únicamente bajo la estrella de la pintoresca fauna de coristas y comparsas. Cuando por excepción se da acceso al teatro a un dramaturgo serio, es solo por unas pocas representaciones. Los efectos de luces, la brillantez de colores y el desnudo femenino les ahuyentan, y solo "vegetan" gracias a aquellos que no olvidaron


 

aun del todo lo que debería ser el teatro y leen sus obras impresas.

 

La tercera consecuencia de la invasión hebrea en el teatro norteamericano consiste en la aparición del sistema de la "estrella", del "astro", del "divo". Los últimos años nos ofrecieron sino en los enormes muros de "reclame" de los trusts teatrales, para hacer creer a las masas que dichos farolillos brillan con diamantino fulgor en el cenit del firmamento escénico "dramático". Las "estrellas" de ayer, que hoy ya no lo son, son simplemente las favoritas de los actores hebreos o mercancía humana que, extraída de la masa, se coloco en "vidriera" para despertar la ilusión de una "novedad". En fin, en tanto que antiguamente actores y actrices llegaban a celebridades gracias al favor del público, hoy se logra exclusivamente por la propaganda del propietario del teatro. La "marca Nueva York", con que suelen distinguirse muchas nulidades artísticas, no significa sino la caída en gracia al respectivo empresario de que cada actriz disfrute. Justamente contra esta "marca Nueva York", se ha rebelado el país. El auge de los teatros de aficionados en Centro América y en el Oeste es la mejor prueba de ello.

 

En todos sus negocios busca el hebreo el éxito más rápido posible, mas en su tarea de hundir el arte teatral no-judío no puede, al parecer, ir con la velocidad que desea. Educar y perfeccionar artistas requiere tiempo: una buena publicidad equivale a lo mismo y es más rápido. Tal como antiguamente el sacamuelas sofocaba los gritos de dolor de sus pacientes con los estrepitosos sonidos de su trompeta de latón, así el moderno empresario teatral encubre la oquedad espiritual de sus "funciones" arrojando a la cabeza de los estupefactos espectadores cantidades de confetti, de encajes, de cuerpos desnudos, de oropel.

 

Se resumen en una razón común estos tres aspectos del predominio hebreo en nuestros teatros: la de convertirlo todo en mercadería negociable, extraer dinero de todo cuanto el judío emprenda. Trasladose el centro de gravitación del teatro del palco escénico a la taquilla. La sabiduría del ropavejero de dar al vulgo de acuerdo con el gusto de cada uno, impera también en los teatros desde que el semita penetro en sus recintos.

 

En 1885 dos astutos hebreos fundaron en Nueva York una agencia teatral, ofreciéndose a aliviar a los empresarios de San Luis, Detroit, Omaha y otras ciudades, de la penosa labor de contratar celebridades para la temporada próxima. Fue esta la base del Trust Teatral. Figuro dicha agencia bajo la razón social de Klaw & Erlanger, uno de cuyos fundadores era un israelita ex estudiante de Derecho, que mas tarde se transformo en agente teatral, en tanto que Erlanger, joven hebreo de pocos alcances, poseía habilidad financiera. No inventaron ellos el sistema de la Agencia teatral, sino que lo copiaron de un tal Taylor, fundador de una Bolsa teatral, donde se reunían actores y empresarios de todas partes para relacionarse mutuamente y firmar contratos.

 

La forma actual de agencia teatral es la clave de la decadencia del moderno teatro yanqui. El viejo sistema poseía la gran ventaja de un perenne conocimiento personal entre el empresario y su compañía, brindando al actor genial tiempo y oportunidad para su desarrollo y madurez artísticas. En aquella época no existía sindicato alguno, y los empresarios podían hacer actuar a sus compañías y primeros actores en los escenarios de los más diversos propietarios de teatros, aprovechando con amplitud la temporada. Finalizada esta en la capital, partían juntos a provincias. Ambos, empresarios y compañía, dependían mutuamente el uno de la otra y compartían fraternalmente éxitos y adversidades.

 

El sistema de agencias puso fin a todos esto, que bien pudo ser un sueño.

 

VII

 

EL PRIMER TRUST TEATRAL ISRAELITA

 

La importancia que tuvo antiguamente en los escenarios alemanes el drama Natan el Sabio, la


 

representa en las naciones anglo-sajonas el conocido Ben-Hur. Demostró esta obra ser la mas eficaz pieza escénica a favor del judaísmo, aunque no fuera esta la intención de su autor, Lew Wallace.

 

Parece como si el arte y el destino se declarase al unísono contra las obras tendenciosas, ya que de otra forma no es posible explicar el repetido fracaso de obras escénicas francamente filosemitas. Nunca como hoy fue dable observar tendencia mas activa en obligar al teatro dominado por los hebreos a servir de instrumento para la apoteosis del judaísmo. Pero estos intentos todos, con una sola excepción, fracasaron a pesar de la mas ruidosa publicidad, de las mas favorables criticas periodísticas y de la alta protección de ciertos personajes oficiales. Hasta cierto número de hebreos protestaron contra este intento de querer transformar el teatro en un lugar de propaganda para enaltecer sin razón a la harto simpática raza judía.

 

No ofrecería de por si grandes motivos de queja el predominio hebreo en la vida teatral. El hecho de que ciertos judíos, ricos, aisladamente o en grupos, lograran arrebatar tan rica fuente de ingresos de manos de sus antiguos dueños no-judíos, será, tal vez, cuestión de mejores facultades comerciales, gajes del "negocio". Mas lo primordial del asunto radica en saber por qué medios se logro tal predominio y como y con que fines se le utiliza.

 

Por lo pronto, es un hecho evidente que los anteriores empresarios no-judíos murieron pobres, siendo su principal tarea la de favorecer al arte y a sus interpretes, y no la de lograr ganancias. En cambio, los empresarios y realquiladores de locales judíos, suelen enriquecerse desmedidamente, dándole al teatro un carácter de empresa puramente comercial. Conste que ya existían los trusts teatrales cuando el concepto "trust" en las industrias se hallaba aun en sus principios. En 1896 el Trust teatral controlaba 37 teatros en las diversas capitales yanquis. Los dirigentes de este trust eran Klaw y Erlanger, Nixon y Zimmermann, Haymann y Frohmann; todos judíos, salvo Zimmermann, cuya procedencia aun se desconoce. Se unieron a ellos mas tarde Rich, Harris y Brookes, judíos los tres. Merced a su control, pudo el Trust garantizar a sus compañías trabajo suficiente durante largas temporadas. Ante esta competencia, y en especial ante el sistema de alquiler de locales, no pudieron sostenerse las compañías independientes. Y su desaparición sirvió al objetivo hebreo de favorecer el desarrollo de la industria del "film", que desde sus comienzos se presento como empresa puramente judía, no siendo necesario eliminar al elemento no-judío, porque este jamás participo en aquella. En los teatros arruinados por el judío, y por lo tanto vacíos, entraron las películas triunfalmente, y, como siempre, el israelita "mató dos pájaros de un tiro".

 

Empero, este desarrollo no pudo verificarse sin hallar resistencia. Actores, críticos teatrales y un sector dilecto de opinión se alzaron en contra de ello. El fin de esta lucha es evidente; desde comienzos del siglo actual, el Trust teatral hebreo triunfa en toda la línea. Este trust semita convirtió el arte en simple cuestión de dinero, funcionando con la mecánica exactitud de una empresa fabril perfectamente dirigida. Anuló este trust toda iniciativa artística, eliminó sin piedad toda competencia, anuló sin tregua a empresarios y actores de valor, encarpetó obras de reconocida importancia, favoreciendo en cambio la popularidad de dudosas eminencias, hebreas en su mayoría. Intento conquistar a los críticos teatrales. Obras dramáticas, teatros y actores fueron negociados como vulgares mercancías. Todo cuanto se refiere al trust judío adquirió inmediatamente el espíritu mezquino y estrecho que solo el semita puede alentar.

 

¿Que significa esto? El teatro es en la actualidad el lugar vitando de educación para más de la mitad de nuestro pueblo. Lo que el joven observa y oye en el escenario, lo admite inconscientemente como elemento educativo de su vida, adaptando el ceremonial, el modo de hablar y hasta las modas, usos y costumbres de otros pueblos, como asimismo sus conceptos de derecho y religión. Escenario y pantalla son las fuentes en que bebe la masa popular sus conocimientos acerca del modo de vivir y pensar de las clases acomodadas. Todo lo que de esta suerte y de intencionadamente falso y perverso va infiltrando el hebreo a la masa popular, no


 

puede apreciarse ni de lejos. Asombra muchas veces lo estólido y confuso de nuestra adolescente generación: hallamos la razón en lo anteriormente esbozado.

 

Pudo escucharse a veces en público el eco de la titánica lucha sostenida por críticos honrados, contra el soborno brutal primero, y más tarde contra su aniquilación definitiva por el trust hebreo. Francamente amable en un principio, mostró el trust su insolvencia contra los empresarios, actores, autores y críticos, una vez alcanzado el poder. Puesto que afluyeron a el millones y publico en masas ¿de que ni de quien debió preocuparse? Cuando algún critico opúsose a sus métodos, o señalaba el carácter vulgar, indecente e inferior en lo ofrecido, excluyósele de los teatros del Trust, y se "ordenó" su despido a los propietarios del periódico. La advertencia era escuchada en la mayoría de los casos, porque tras ella iba la amenaza de supresión de pingües anuncios teatrales. Últimamente el Trust teatral hebreo llevaba "listas negras" de periodistas "indeseables" para evitar su empleo en editoriales o redacciones.

 

No solamente las obras, sino también el edificio es hoy lo primordial en los teatros. De entre los literatos modernos, apenas dos o tres sobresalen. En cambio, se construyen actualmente, únicamente en Nueva York, doce nuevos palacios teatrales. Las butacas se arriendan por hora, al precios de 1 a 3 dólares. Es el dólar el alma de todo. El palco escénico no es sino el cebo.

 

El negocio teatral sufrió en octubre de 1920 un rudo revés, y en la misma Nueva York los teatros arrojaron ínfimas ganancias. Quedaron sin ocupación más de 3.000 actores. En plena crisis hicieron anunciar los especuladores teatrales Schubert - hebreos de Siracusa, pero con un pomposo apellido germano, que de humildes porteros y vendedores ambulantes se habían elevado a la dignidad de "Reyes del teatro" - que en Nueva York solo edificarían seis nuevos teatros, y que habían encomendado ¡40 nuevos dramas! De estas obras, tres poseían cierto valor artístico que no preocupaba a los Schubert. El éxito artístico no les importaba. Estribaba su cálculo en mandar a "fabricar" nuevas obras, y en construir teatros, que por su inversión en capital en los respectivos edificios y obras, les garantizasen la mayor renta. Paso inadvertida una resistencia contra tal proceder. Únicamente los círculos dramáticos y los teatros de aficionados esparcidos por los Estados Unidos, dan fe de un movimiento "antisemita" en este terreno.

 

VIII

 

EL ASPECTO SEMITA DEL PROBLEMA CINEMATOGRAFICO

 

Aquel que observe atentamente los sucesos de la actualidad, advertirá que no se resuelve el problema del espectáculo sicalíptico. Puede decirse que no hay nación que no exista o se proyecte una ley sobre censura cinematográfica. Estas leyes hallan siempre tenaz oposición entre elementos moralmente inferiores, borrachines y tahúres, en tanto las apoya aquella parte de la población consciente del peligro moral que este problema involucra. Bajo el manto de la oposición, se calcula siempre la gran empresa filmadora de propiedad hebrea.

 

Exige este hecho la más seria atención. Si se mira el asunto aisladamente, podría parecer, que se acusa a cierta parte del elemento judío de grave y consciente inmoralidad. En los Estados Unidos, como en todos los países civilizados, existen dos corrientes netamente opuestas; la que predomina en la industria cinematográfica, y la que, por así decirlo, se concentra en la opinión publica.

Representa aquella una idea oriental, "si no puedes avanzar tanto como quieras, avanza al menos tanto como puedas". Inclinase a todo lo carnal y a su exposición, complaciéndose, según su innata disposición, en la excitación voluptuosa. Esa predisposición se diferencia fundamentalmente de la de los otros pueblos de raza blanca, y como la primera no lo ignora, otros opónense a toda censura cinematográfica. No es posible decir que los industriales hebreos de películas favorezcan conscientemente y por impulso de las innatas cualidades de su raza, todo lo abyecto. Pero si se comprende claramente que su gusto y carácter se diferencien fundamentalmente de los imperantes en los demás pueblos. Si se introdujera una censura legal y efectiva, es indudable que prevalecería


 

la interpretación no judía. Y es esto lo que aquellos desean impedir. Muchos de esos industriales no se dan siquiera cuenta de lo atrevido de sus argumentos: para ellos es la cosa más natural del mundo.

 

Acaso no exista espectáculo alguno que se haya criticado con tanta unanimidad como el cinematográfico, porque por doquier, y hasta en el seno de la familia, se advierte claramente la evidente influencia de este arte. Indudablemente existen algunas buenas películas, y nos afianzamos a este hecho en la esperanza de que pudieran algún día servirnos de escalera de socorro para extraernos de este pozo negro en que esta convertido la expresión más popular del espectáculo público.

 

Individuos y sociedades conscientes de su responsabilidad moral, alzaron su voz contra este peligro, mas todo ha sido en vano. Hoy el pueblo yanqui se halla tan desamparado frente al peligro cinematográfico, como ante las demás formas del excesivo predominio hebreo. Mientras esta sensación, de la propia impotencia no se haya generalizado en los pueblos, no podrá nacer la grande y definitiva hazaña libertadora.

 

Hasta este momento la situación empeora. Las películas pugnan mutuamente en inmundicia sexual, y en la exposición de crímenes cada vez más audaces. Se aduce en su defensa que la industria cinematográfica es en los Estados Unidos la cuarta o quinta en extensión e importancia, y que no se debe por ello coaccionar. Se calculo que la película honesta puede tal vez arrojar 100.000 dólares de ganancia, en tanto que el "problema sexual" rendirá siempre de unos 250 a 500.000 dólares.

 

Publicó hace poco el Dr. Empringham la siguiente noticia: "Participé recientemente en una conferencia de propietarios de cinematógrafos de Nueva York. Fui entre ellos el único cristiano. Los quinientos restantes eran hebreos".

 

Resulta, entonces, de escaso sentido común vociferar contra el daño causado por los cines, cerrando conscientemente los ojos ante las energías propulsoras, que activamente se manifiestan en este problema. Es preciso decidirse a cambiar de dirección y método en esta lucha. Otrora, cuando según la espiritualidad y conciencia del pueblo norteamericano, se iba formando cierta unidad de raza aria, era suficiente estigmatizar en público cualquier inmoralidad, para que la misma desapareciera. Fueron estos males, como quien dice, deslices, fruto de cierta negligencia moral. La represión pública fortalecía la conciencia moral, y como miembros que eran de nuestro propio pueblo, esos elementos podían mejorar y obligarse a mantener en lo futuro una mejor conducta. Dicho método ya no posee eficacia. La conciencia pública murió. Los fabricantes de inmundicias morales, no son accesibles a la voz de la conciencia. Ni creen que sea su producción inmundicia moral, ni que presten inapreciables servicios a los que viven de la perversión del género humano. No alcanzan a comprender nuestra indignación, sino que la declaran enfermiza denominándola envidia y hasta ¡antisemitismo! La industria cinematográfica es en realidad una cloaca, y ¡es hebrea! Quien la combate, "persigue a los israelitas". Si estos, por propia voluntad, eliminaran a los elementos indeseables, la indicación de "lo peculiar de la raza" caería de su propio peso.

 

Es la siguiente la situación de la industria cinematográfica en los Estados Unidos:

 

Nueve décimas partes de la producción de películas están concentradas en manos de los miembros de diez grandes consorcios productores radicados en Nueva York y Los Ángeles. Cada uno de ellos dispone de determinado número de consorcios secundarios, repartidos por el globo entero. Los consorcios dominan completamente el mercado mundial. El 85 por ciento de ellos esta en manos hebreas, poseyendo una organización fuertemente centralizada. Esta distribuye sus productos a millares de salas. La mayoría de los propietarios de estas son hebreos de clase inferior. Las empresas filmadoras independientes, no poseyendo centralización, deben dirigirse al mundo libre.


 

 

Se extrañan muchas personas de que no exista demanda de buenas películas, pero ello se debe a que estas no tienen la posibilidad de llegar al público. Una conocidísima empresa que ofrecía películas realmente bellas y de inmejorables temas dramáticos y educativos, tuvo que liquidar, por serle imposible lograr la proyección pública de sus producciones. Si consiguió cierto éxito pasajero y reducido al entregar sus productos a empresarios hebreos, sucumbió por fin a la oposición oculta, pero todopoderosa de este otro grupo, que manifiestamente no quiere admitir que penetre en esta industria lo honesto y se haga culto de la pura satisfacción íntima del público en el teatro.

 

Actualmente se prefieren las películas deshonestas, porque se filman con mayor cuidado, y se anuncia con más ruidosa propaganda. Las más perniciosas se aseguran previamente su público con el ardid de presentarse anunciadas como "problemas morales".

 

Existen por doquier amigos del arte, que gastan enormes sumas para educar y sensibilizar el gusto artístico, especialmente en lo concerniente a buena música; pero nunca les resulta beneficioso. Es más productivo depravar el gusto artístico. Este "negocio" lo ejercen individuos y sociedades para quienes el concepto de "arte" resulta siempre desconocido. Y al hablar descaradamente del mal gusto del publico, afirman que este no pide otra cosa que lo que ellos presentan: tanto peor, y con tanta mayor urgencia se impone un remedio heroico. En la misma forma podrían también los traficantes en cocaína justificar su oficio por la demanda del público: más a nadie se le ocurre considerar tal hecho como razón suficiente para admitir tan peligroso tráfico. Así hay que juzgar también la aplicación del veneno espiritual invisible y el lodo impalpable acumulados en muchas de las "proyecciones cinematográficos". Tanto choca su demanda con los preceptos morales, como es perversa la satisfacción de su vista.

 

Carl Laemmle, uno de los mas importantes productores de películas y director de la "Universal Film Company", declaro ante una Comisión que había distribuido entre los mas o menos 22.000 propietarios de salas que le alquilaban sus películas, un cuestionario sobre los argumentos cinematográficos que desearían exhibir. Confiaba que el 95 por ciento solicitaran asuntos honestos, pero en realidad, más de la mitad pidieron asuntos "picantes", es decir, indecentes. Laemmle, judío oriundo de Alemania, olvido dejar constancia del tanto por ciento con que sus "correligionarios hebreos" participaban en estas condiciones.

 

Dondequiera y cuantas veces se pretenda poner un dique a la vulgaridad que por medio de los cinematógrafos se vierte diariamente sobre el pueblo yanqui, se advertirá que la posición contra ello procede de los semitas. Cuando, por ejemplo, intenta despertar el interés por dignificar el descanso dominical, los adversarios del movimiento, aunque este no exija leyes extraordinarias, son hebreos que justifican su proceder reclamando respeto para sus creencias religiosas. Cuando se menciona el cinematógrafo en la tribuna de la sana opinión publica, sus defensores son semitas. En la comisión antes citada se llamaban los defensores, que representaban a las compañías filmadoras, Meyers, Ludwigh, Kolm, Freund y Rosenthal, judíos todos ellos. Se citó a un rabino en calidad de perito, el que supo perfectamente expresarse diciendo que "al principio los hebreos habían desempeñado un papel cómico en las películas". "En consecuencia, organizamos una sociedad, la "Orden independiente B'nai B'rith", la mas importante actualmente en el mundo entero. Esta organizo luego la "Liga antidifamatoria" (Anti-Difamation League) y esta Liga, para proteger el buen nombre judío se unió a otras asociaciones católico-romanas, fundando las sociedades "La Verdad" y "Del Sagrado Nombre", que invitaron a todos los productores de películas a que no estigmatizaran el carácter y la religión hebreos, ni los pusieran en ridículo. Nada tendríamos que decir contra la representación del carácter semita, pero si contra su caricatura. Cuando comunicamos nuestro parecer a la industria cinematográfica, nombramos en cada población una Junta, que había de intervenir ante las autoridades para que prohibieran la proyección de todo film que pudiera ofender el carácter y los sentimientos semitas. Fue la consecuencia que no se hizo necesaria la prohibición por el sencillo motivo de que los


 

cinematógrafos no admitían tales asuntos".

 

Muy bien. Pero, ¿por qué no hallan eco las constantes protestas del sector decente del pueblo yanqui? Por la mera razón de que no proceden sino de ¡no judíos! Si los hebreos dominan tan completamente la vida cinematográfica, como decía aquel rabino, ¿por qué no implantan en ella la decencia o por lo menos la adecentan?

 

Un punto débil en la declaración de dicho rabino fue la afirmación de que se encarnecía la religión judía. Seria muy interesante saber cuando, donde, como y por quien se hizo tal cosa. En realidad, dicha afirmación se basa en una intención falaz y errónea. El hebreo considera toda manifestación publica del sentir cristiano como un violento ataque contra su propia "religión". Cuando, por ejemplo, el presidente de los Estados Unidos, o un gobernador de cualquier Estado emplea en el Día de Gracias una formula netamente cristiana o menciona el nombre de Jesús, protestan de ello los semitas, diciendo que es una violación de sus sentimientos religiosos. El tomo 20 de la Sociedad Histórica Norteamericana-Judía inserta el siguiente telegrama fechado en Harriburg (Pensilvania) el 10 de noviembre de 1880: "Efectuóse una importante modificación en el ceremonial del Día de Gracias. En el ultimo párrafo de la proclamación se modificaron las palabras "comunidad cristiana" por "comunidad de hombres libres". Se introdujo la modificación a raíz de una instancia presentada por importantes personajes hebreos. El gobernador, Mr. Hoyt, declaro que se usaba la palabra "cristiano" en el sentido de "civilizado", aunque no propiamente en sentido confesional.

 

En la referida Junta de Cinematografistas dióse lectura también al siguiente párrafo de una misiva dirigida por un señor Piere, representante especial de la Compañía Cinematográfica Oliver Morosco, al gerente de la Cámara de Cinematografía: "Como personalmente sabemos, ordenóse retirar de los cinematógrafos de la Mutua películas como "La vida de Nuestro Señor Jesucristo"", por suponer que tal espectáculo podría lastimar los sentimientos judíos". Por lo tanto, la sensibilidad judía es como la de un niño caprichoso y mimado. En realidad, no la lucha por la preconizada violación de sentimientos religiosos hebreos, sino que suprimir sagrados derechos no-judíos. Los portavoces judíos, para tergiversar la cuestión, formulan así la pregunta: "¿Cómo es posible que tres millones de judíos constituyan un peligro para un pueblo de 11.000.000 de no-judíos?" Y ¡cuánto testaferro, no-judío repite estúpidamente, con la parsimonia del sabio, esta frase huera! Se podría, en cambio, formular la pregunta contraria: "¿Qué significa, que a un pueblo de 110.000.000 de almas pertenecientes casi exclusivamente al cristianismo, se le prohíba ver una película cinematográfica que represente "La vida de Cristo", solo porque podría lastimar los sentimientos de muy pocos descendientes de Judas?" Mas en el caso presente no se trata, en realidad, de una comparación de números, sino del hecho innegable de una comparación de números, sino del hecho innegable de que así como los judíos tienen la mano en el timón cinematográfico, ordenando sin restricción alguna, en lo que el gran publico tenga o no que ver, también ejercen una cruel censura sobre toda nuestra existencia espiritual e intelectual.

 

Por otra parte, dudamos de que el judío, en la industria cinematográfica, sea capaz de hacer las cosas mejor de lo que las hace. Teniendo en cuenta la obscura procedencia de muchos de ellos, debe perderse en la mayor parte de los casos, la fe en la posibilidad de una rehabilitación voluntaria. ¿Qué entiende el hebreo, por ejemplo, de la vida íntima y del carácter del campesino? Este no ve sino montañas de estiércol o la panza repleta de sus amos, los "agrarios", y se burla de ellos. ¿Qué idea puede formarse el hebreo de "América" como no sea la de una enorme vaca lechera, que el puede y debe ordeñar "a piacere"? Con la misma absoluta falta de comprensión esta el semita frente a la vida intima del genuino hogar del norteamericano. Le es completamente imposible comprender, lo que es y significa el hogar familiar. Los productores judíos de películas pueden, tal vez haber echado una ojeada al interior de los hogares, pero jamás en el espíritu que en ellas mora y perdura. No solo es errónea, sino que hasta ejerce una influencia en extremo perniciosa sobre los espectadores, especialmente sobre los extranjeros, que creen ver en la pantalla una imagen real de la vida familiar yanqui. Existe el mismo peligro para las grandes masas


 

populares, a las que se les desfigura el modo de vivir de las "clases acomodadas". Si se compara la vida real y efectiva de las clases burguesas con la fantástica idea que de ella se tiene en la imaginación popular, fácilmente se comprendería el peligro político y social, que los productores cinematográficos judíos, con sus erróneas imágenes reproducidas en miles y miles de cinematógrafos, suscitan para la Sociedad y el Estado. Falsedad, crimen y orgías son los argumentos predominantes para la mayoría de las películas de "negocio".

 

Aparece la vida yanqui ante el cerebro del oriental pobre y sin estimulo. Carece de sensualidad y de intriga. Sus mujeres no son eternas heroínas de "problemas sexuales", sino que conservan sus valores íntimos por lealtad, fe y tranquilidad de espíritu. Es lógico que para el nómada oriental esto resulte ridículo y fastidioso. En ello radica realmente la explicación del fracaso moral del problema cinematográfico, que nada tiene de yanqui, ni de europeo, porque sus autores, de acuerdo con las condiciones innatas de su raza, son efectivamente incapaces de reproducir verazmente nuestra vida en la multiplicidad de sus anhelos raciales, morales y de ideal psíquico.

 

De nada sirve persignarse lleno de indignación sobre nuestra cinematografía actual. Esto cualquiera lo hace, y existe total unanimidad de pareceres. Asociaciones femeninas, maestros, editores de diarios, policía, jueces, eclesiásticos, médicos y padres de familia, todos saben lo que el cine significa. Parecen, empero ignorar lo mas esencial, que consiste en que todas sus jeremiadas y protestas no servirán absolutamente de nada, en problemas se ocultan personas de condiciones morales completamente distintas de las nuestras, y que ríen de todas las protestas de los no-judíos.

 

El referido rabino no demostró claramente que los hebreos, en unión con determinados cristianos, imponen su omnímoda voluntad frente a los productores de películas en cuanto la exponen. Pero, ¿qué consiguieron, en cambio, las protestas de Asociaciones femeninas, las de los maestros, editores de diarios, eclesiásticos, médicos y padres de la generación adolescente? ¡Nada en absoluto! Con igual éxito práctico podrán persignarse durante toda su vida, sin conseguir nada, en tanto no se decidan a atacar firme y valientemente el problema fundamental de la raza, comprendiendo que el cine es una institución pura y esencialmente judía. La cuestión ya no radica en si el cine es moral o inmoral: eso ya esta resuelto; de lo que se trata aquí es de atacar el mal en su raíz. Cuando todo el mundo comprenda quien es el que ejerce invisible influencia sobre el cine, y lo que significa dicha influencia, el problema perderá mucho de su carácter al parecer irremediable.

 

IX

 

LA PREPONDERANCIA SEMITA EN EL MUNDO CINEMATOGRAFICO

 

Desde siempre existe en el espíritu judío una irreparable contradicción entre el deseo de permanecer oculto y de lograr renombre. Se valora a veces la amistad pro-judía en el silencio benévolo, en que ocultemos su judaísmo, otras veces en lo retumbante de nuestras alabanzas. Calificar a un judío de "tal", puede servir, llegado el caso, para que se nos estigmatice de "antisemita", y otras veces, para que se nos conceptúe como "amigo de nuestro pueblo".

 

Cuando observamos como, noche a noche, se apiñan las multitudes de espectadores en los cines de todo el mundo, se impone preguntarse: ¿quién las atrae? ¿quién ejerce tan mágica influencia sobre su alma y espíritu? ¿quién guía realmente esa enorme masa de ideas y sentimientos producido por el atractivo del cine? La respuesta es, que la vida cinematográfica de los Estados Unidos y del Canadá obedecen ciegamente al exclusivo control financiero e intelectual de los productores hebreos sobre "su" creada opinión pública.

 

No fueron los semitas los inventores del arte de la fotografía viviente, ni aportaron nada a su perfectamiento mecánico y técnico; ninguno de los grandes actores, autores ni actrices, que ofrecieron argumentos para las películas, procedían de sus filas. Pero según la viejísima regla, de que los hebreos son siempre usufructuarios de toda la producción material y espiritual humanas,


 

también la utilidad práctica del "film" afluyo a los eternos explotadores ocultos, y no a sus creadores o inventores conocidos.

 

Revistemos a las personas de influencia predominante en las grandes compañías cinematográficas.

 

Al frente de la "Famous Players" figura Adolf Zuhor, un hebreo húngaro. Este individuo, fue anteriormente vendedor de pieles, que ofrecía de puerta en puerta. Es hoy inmensamente rico y personaje prominentísimo en la quinta industria mundial.

 

Hiram Abrams es el nombre del jefe de la "United Artists Corporation". Empezó como diariero y fue mas tarde propietario de un Bióscopo en el que se exhibían fotografías pornográficas.

 

La "Fox Film Corporation" gira bajo el mando del judío húngaro William Fox (antiguamente Fuchs, que significa zorro en alemán, tal como en inglés Fox). También este inicio su carrera como propietario de Bióscopo, siendo antes empleado tintorero. Hoy decide sobre lo que millones de espectadores han de saber y pensar sobre los mas diversos problemas de nuestra vida.

 

Marcus Loew, director de la "Metro Pictures Corporation", comenzó también su carrera en el Bióscopo, y al parecer tiene hoy bajo sus órdenes 8 compañías productoras repartidas en el mundo entero, y personalmente dirige 105 salas de proyección.

 

Carl Laemmle es director de la "Universal Film Company". Laemmle es el apellido de su madre. Se llama su padre Julius Baruch, hebreo de procedencia alemana. Hasta el año 1906 fue propietario de una tienda de confecciones.

 

Son estos únicamente algunos nombres y apellidos de personajes prominentes de esta industria. Mas cuando se va descendiendo hasta el mezquino salón de un obscuro rincón ciudadano, se observa que el negocio cinematográfico es totalmente judío. Tal como lo demostraremos, los dirigentes de hoy fueron antaño ropavejeros, empresarios de baja estofa, simples obreros del ghetto. No es tal origen, de por si, un reproche para un hombre de negocios. Más tampoco es posible esperar de ellos que tenga un concepto del drama cinematográfico que combine elementos artísticos y morales. Laemmle manifestó públicamente con respecto a la empresa por el dirigida, que con ella no se propone precisamente erigirse en guardián moral de las costumbres públicas, ni del buen gusto social.

 

Lo que menos comprende el gran público, es el efecto publicitario del cine, no obstante ser este efecto incalculable y aun siniestro. El pequeño propietario de un cine de escasa monta es poco menos que inocente de todo esto. Compra las películas, como el comerciante tiene que comprar sus artículos al día. Ni siquiera puede elegir, debe aceptar lo que se le da.

 

Atraviesa nuestro país una epidemia cinematográfica. Hay quien quisiera asistir diariamente a dos o tres funciones. Obreros, en especial los jóvenes, van, a ser posible, tarde y noche al cine, y existen mujeres tan tontas que concurren a todas las funciones que se les brindan. Aun cuando se movilizaran todas las fuerzas intelectuales, seria imposible satisfacer tanta demanda siempre con nuevas obras, aunque sean de escaso valor dramático, pues estas han de salir de las productoras artístico-literarias a cada hora como masas de los hornos.

 

Es aquí donde se prepara para los "reyes" del celuloide un gran espectáculo de reacción, pues ellos mismo provocaron un apetito tan voraz rayano en demencia, que, al fin de cuentas, no podrán satisfacer.

 

Ocupémonos ahora de la publicidad y de los "publicistas". Existe por lo pronto un convenio mudo, por el cual los hebreos no deben aparecer en ella, salvo en circunstancias excepcionalmente


 

favorables a su raza.

 

La publicidad cinematográfica, apenas velada, va, ante todo, contra la comunidad religiosa no-judía. Nunca aparecerá en escena un rabino, como no sea en postura digna, rodeado de todo el ceremonial de su misión y en la forma más impresionante posible. Los sacerdotes cristianos, en cambio, y esto podrá confirmarlo cualquier aficionado al cine, están eternamente expuestos a toda índole de rebajamientos, desde la ridícula comicidad, hasta lo mas brutalmente criminal. Como en numerosas de las ocultas influencias de nuestra vida, siempre de origen hebreo, se ve aquí también una intención puramente semita, la de empequeñecer en lo posible la reverencia debida al sacerdocio cristiano.

 

Jamás debe aparecer en la pantalla un judío como dueño de una "estufa", míseros talleres de sastrería, aunque todas las "estufas" pertenecen exclusivamente a judíos. En cambio, se puede impunemente hacer cualquier caricatura de un sacerdote cristiano, desde seductor de vírgenes, hasta el más vulgar de los ladrones.

 

Mucha materia de reflexión ofrece el párrafo contenido en los "Protocolos de los Sabios de Sión", que expresa: "Nosotros engañamos, engatuzamos y desmoralizamos a la juventud de los infieles inculcándoles teorías y principios educativos que propenden a que el clero cristiano caiga en descrédito". Por lo tanto, debemos socavar la religión, arrancar del espíritu de los infieles los conceptos de Dios y alma, reemplazándoles por fórmulas matemáticas y anhelos materiales".

 

Se nos ofrecen dos razones explicativas a la constante denigración de los sacerdotes: o se trata de la expresión de un natural concepto religioso, o de una tarea disolvente, intencionada ya de antiguo. Personas ingenuas admitirán la primera solución, mas existen demasiadas razones que nos obligan a admitir de preferencia la segunda formula.

 

Además, la película sirve, consciente o inconscientemente, de antecámara y ensayo para peligrosas actitudes en nuestra vida de sociedad. Las revoluciones no caen del cielo, sino que se conciben y preparan. La novísima ciencia histórica llega a la conclusión de que la revolución no presenta la rebelión espontánea de las masas, sino que es obra premeditada de determinadas minorías. Jamás hubieron revoluciones populares. Siempre la civilización y la libertad sufrieron enormemente con las revoluciones. Mas cuando se desea preparara una revolución, debe efectuarse también el "ensayo". Consiste este en manifestaciones callejeras, en tumultos ante las grandes fábricas y edificios públicos, en la introducción de lecturas que explican detalladamente como se "opero" en Rusia y en Hungría. Pero es posible hacer mejor ese ensayo por medio de la película: esto es educación práctica, que hasta la mente mas obtusa puede concebir, y cuando mas cerrada, mejor. Las gentes normales, al asistir a tales funciones, menean la cabeza diciendo: "esto no pasa". Efectivamente, no lo conciben. Pero si quisieran tomarse la molestia de penetrar en el estado de ánimo de los intelectos pobres y moralmente débiles, comprenderían fácilmente el agudo sentido de tales espectáculos. Existen en la humanidad dos capas humanas de intelectualidad, y sobre la inferior planean en absoluto las tinieblas.

 

El individuo honesto acepta que se adopten medidas de censura, en lo que se refiere a la representación cinematográfica de crímenes propiamente dichos. Protesta la policía de que se enseñe en las películas la técnica de asesinar con todos los detalles a un agente. Lo mismo hace el comerciante honrado contra la licencia de que se dicten cursos especiales en el arte de fracturar cajas de hierro. Partidarios de la moral pública se alzan contra el hecho de que el arte de engañar doncellas se convierta en tema principal de las películas, porque ven en ello una escuela de perversión que necesariamente ha de tener para la sociedad humana terribles consecuencias.

 

Empero, dicha escuela sigue funcionando libremente. Cuanto actualmente ocurre, fruto de sentimientos violentos, fue sembrado en millones de mentes por los cines. Es posible que sea una


 

rara coincidencia. ¿Pero son también coincidencias los hechos repetidos?

 

Sigue el sistema cinematográfico varias etapas de su desarrollo. En una de ellas la participación cada vez mayor de destacados autores no-judíos al servicio de esta propaganda semita. Sus anteriores obras se adaptaron al cine, y en muchos casos se pudo leer después el anuncio de que estos mismo autores tenia en preparación una nueva obra escrita expresamente para la pantalla. Ocurre entonces que tal obra nueva no es más que una glorificación del judaísmo. Ambición, contemplaciones para conservar cordiales relaciones con las "reyes" del celuloide, y sentido reverencial del dinero, habrán sido generalmente los motivos para este proceder. Bajo semejantes influencias no es difícil considerara el antisemitismo como una detestable ignominia. El que como autor necesite idealizar a personas y pueblos, puede entusiasmarse naturalmente también por los hebreos. Solo un inconveniente tiene el asunto, y es que el que pretenda escapar del antisemitismo, caerá fácilmente en el otro extremo de la servidumbre de Judas.

 

Consiste otra etapa en la supresión de las "estrellas, lo que implica tres grandes ventajas. En primer término se ahorran los astronómicos sueldos de dichos artistas. Se quita, además, a los espectadores el pretexto de ansiar la aparición de tal o cual "astro o estrella". Los propietarios de salas tampoco pueden decir: deseo esto o lo otro. Dado que no hay surtido de estrellas, los adquirientes no pueden poner condiciones, sino admitir lo que les ofrezca la industria productora.

 

Son estos algunos hechos en relación con la vida cinematográfica, cada uno de ellos posee su importancia. Nada de todo ello menosprecia quien se ocupe seriamente de la influencia general que sobre las masas ejerce la pantalla cinematográfica. Aquellos a quienes les choquen los acontecimientos de actualidad sin podérselos explicar, hallaran en estos hechos la clave de muchos de estos acontecimientos que de otra manera quedaría siempre sumidos en un secreto inexplicable.

 

X

 

NUEVA YORK BAJO EL "KAHAL" HEBREO

 

¿Existe una organización judaica? ¿Persigue el judaísmo conscientemente un programa, que es por un lado pro-judío y por el otro anti-humano? ¿Como se explica que un núcleo numéricamente inferior pueda ejercer tan decisiva influencia sobre el resto de la humanidad?

 

Existen en el campo no-judío ideas poco netas acerca de la coherencia nacional y de las organizaciones ampliamente ramificadas de los hebreos. También acerca de los objetos perseguidos, falta en la mayoría de los casos un conocimiento a fondo. Por lo tanto, será de suma utilidad formarse una idea clara del modo de ser de los hebreos, tomando por guía la mas importante organización que existe en los Estados Unidos.

 

Existen logias, corporaciones y círculos judíos, cuyos nombres son del dominio publico, y que parecen corresponder a similares asociaciones existentes entre los no-judíos. Más no conviene conformarse solo con no ignorar su existencia, sino que se necesita saber que dentro y detrás de ellas funciona activamente un centro dominante, con administración y gobierno. Poseen sus disposiciones fuerza de ley y representa su actuación la "expresión" de la voluntad hebrea total.

 

Dos de estas organizaciones, interesantes ambas tanto por su misterio como por su poderío, son la "Kehilla neoyorquina" y el "Comité judeo-norteamericano". Al decir "misterio", nos referimos al hecho de que pese al gran número de sus miembros, y aunque interviene a fondo en muchos asuntos de la vida yanqui, su existencia y su modo de actuar son desconocidos en absoluto por la inmensa mayoría del pueblo norteamericano. Si se hiciera un plebiscito en Nueva York acerca de la Kehilla, uno apenas, de entre cien habitantes respondería diciendo, que "oyó mencionar ese nombre". Resulta, sin embargo, que la Kehilla representa el más fuerte factor político en toda la vida oficial de Nueva York, y que precisamente por ella, se transformo. Cuando excepcionalmente


 

se la nombra en la prensa, es solo con frases sumamente vagas, siendo opinión general, si es que se puede hablar de ella, que se trata de una organización hebrea como otra cualquiera.

 

Por dos razones la Kehilla neoyorquina es de suma importancia; porque representa no solo un ejemplo patente y completo de la existencia de un "Estado dentro del Estado", sino que también y por medio de su Junta administrativa, forma el 12º distrito del Comité judeo-norteamericano. Este representa, por su parte, el foco de la propaganda pro-judía y anti-norteamericana, respectivamente. Expresado en otros términos, la administración judía en Nueva York forma parte esencial del gobierno judío en los Estados Unidos.

 

Empezaron a actuar en una misma época ambas asociaciones. Consta en las actas de la Kehilla, que fué primordial causa de su organización la gran protesta hebrea contra la afirmación del general Bingham, por aquel entonces jefe de Policía de Nueva York, de que la mitad de los delitos cometidos en la ciudad lo eran por israelitas. Severas pesquisas efectuadas por el gobierno acerca de la trata de blancas aportaron material en extremo grave contra los israelitas, irritando enormemente la opinión pública. Los israelitas consideraron necesario hacer frente a los acontecimientos. Efectivamente, poco tiempo después el general Bingham tuvo que renunciar a su cargo, en tanto que una revista muy acreditada, que había iniciado la publicación de los resultados de las pesquisas acerca de la trata de blancas, se vio precisada a interrumpir su aparición. Esto ocurría en 1908. El Comité judío-norteamericano, en cambio, fue fundado en 1906.

 

La voz "Kehilla" es idéntico a "Kahal" y significa algo así como "comunidad", o "reunión", o "administración". Representa el Kahal la forma típicamente judía de gobierno y Administración del pueblo en "diáspora" (dispersión). Vale decir, que luego de dispersados los hebreos por la faz del globo, crearon en todas partes su propio "gobierno" con todos los órganos indispensables, y con absoluto menosprecio de los gobiernos legales de los "goyim". Tal como ocurrió bajo el cautiverio babilónico, también hoy representa el Kahal la potencia protectora, en la que el hebreo leal venera "su Gobierno y su Justicia". La Conferencia de Versalles admitió expresamente el Kahal en Polonia y Rumania. Posee en Nueva York el Kahal sus juzgados propios, decreta leyes, pronuncia oficialmente sus fallos en litigios, y ejecuta las sentencias, prefiriendo los hebreos su propia justicia, a la de la jurisdicción oficial del Estado. Claro es que todo esto únicamente puede hacerse en una perfecta concordancia mutua.

 

Es la Kehilla neoyorquina la mayor y más poderosa organización hebrea de todo el mundo. En esta ciudad, y a raíz de la constante y enorme afluencia de nuevos elementos, radica el centro vital y potencial del hebraísmo moderno. Es Nuevo York para el hebreo moderno lo que Roma para el creyente católico, o La Meca para el mahometano. Es explicable también que los inmigrantes hebreos hallen mayores facilidades para entrar en los Estados Unidos que en la misma Palestina.

 

La simple existencia de la Kehilla ofrece la mas contundente replica a la afirmación de que los israelitas están tan desunidos entre si que les resultaría imposible una actuación conjunta. Esta "desesperante disidencia" no es mas que una de las innumeras frases "hechas" intencionadamente para engañar a los no-judíos.

 

Un autor hebreo intentó poco ha, ridiculizar la idea de que patronos y obreros semitas puedan tener que ver algo entre si, contando para ello con la ignorancia popular acerca de la Kehilla. Más en esta corporación se reúnen todos los grupos y todos los intereses, porque concurren allí solo en calidad de hebreos. El potentado y el bolchevique, el rabino y el demagogo, el obrero en conflicto y el patrono contra quien se dirige la huelga: todos se congregan allí bajo el pabellón de Judá. Cuando ataque alguien al capitalismo hebreo, le prestara mano fuerte al bolchevique semita. Es posible que en realidad no se quieran mutuamente, pero es mucho más fuerte en ellos el lazo de unidad encarnado en el odio mortal contra los no judíos.


 

Representa la Kehillla más bien una asociación de oposición ofensiva que de defensa contra los "goyim" (1). Es la mayoría de sus miembros de carácter extremadamente radical en cuestiones políticas. Fueron ellos los que prepararon cuidadosamente y equiparon la expedición destinada a derribar el imperio ruso, y que eligieron a aquel hebreo, que debía ser el sucesor del zar (Trotzky). No obstante este carácter fundamental, figuran al frente de la Kehilla neoyorquina individuos cuyos apellidos suenan bien en los círculos gubernamentales, de la Justicia, del Parlamento y de la Hacienda yanquis. Ofrece esta organización el admirable espectáculo de un pueblo, que radica firmemente en la raza, que alienta una inquebrantable fe en si mismo y en su porvenir, y que con consciente menosprecio de toda disensión se une en organización poderosísima al objeto de fomentar material y religiosamente su propia raza con exclusión o desmedro de otras.

 

Parceló la Kehilla el suelo neoyorquino exactamente por el mismo sistema que lo hizo para sus fines administrativos el Comité judeo-norteamericano con el territorio total de los Estados Unidos. Se divide la ciudad en 18 distritos con 100 vecindades kehilarias cada uno. Llevan los jefes de distrito sus asuntos administrativos de acuerdo con los edictos y líneas generales establecidos por la administración central.

 

Todo hebreo residente en Nueva York es miembro de una o varias logias masónicas, sociedades secretas, círculos, comités o demás asociaciones, cuyos objetivos y métodos engranan mutuamente, de modo que todos los asuntos públicos y todo sector de la vida neoyorquina están no solo bajo el ojo avizor sino bajo el inmediato y eficacísimo poder de una "institución de apremio" con una larga experiencia practica.

 

En la ceremonia de fundación de la Kehilla se hallaban representadas 222 sociedades hebreas, transcurrido un año había aumentado a 688 el numero de las organizaciones supeditadas. Contábase entre ellas tres asociaciones, que representaban a su vez un conjunto de 450 sociedades. Hoy, su número sobrepasa el millar.

 

Para darse cuenta del poderío efectivo de la Kehilla neoyorquina, es precioso recordar que hace tres años, la población hebrea de Nueva York era de un millón quinientas mil almas. Son ahora muchísimos más, aunque el gobierno de los Estados Unidos no pueda en realidad decir con exactitud cuantos son.

 

A tal punto densa es la población hebrea de Nueva York debido a la perenne afluencia de judíos rusos y polacos, que un tercio de los israelitas neoyorquinos, o sean 570.000 viven sobre una centésima parte del suelo de la ciudad. Si todos los barrios de esta estuvieran habitados tan densamente, podría Nueva York albergar a 95 millones de habitantes, es decir, a casi toda la población norteamericana. Semejantes aglomeración debe por fuerza producir resultados que, acaso no tengan ejemplo en la historia de la civilización. En dichas condiciones fetichistas radica el poderío de la Kehilla.

 

Al publicarse el programa netamente ofensivo de la Kehilla, de querer hacer de Nueva York una capital judía, y por ende de los Estados Unidos, un país judío, elementos conservadores del judaísmo neoyorquino temieron que el pueblo yanqui protestara contra ello. ¿Aceptarían tranquilamente los norteamericanos la exigencia de los hebreos, de que en los libros de texto de las escuelas se eliminaran los villancicos de Nochebuena por "ofender a los semitas"?, ¿que, por idéntica razón, no se colocaran árboles de Noel en las seccionales de policía?, ¿que se suprimieran las vacaciones de la Pascua de Resurrección?, ¿y que por doquier se protestara contra el concepto de "caballero cristiano", porque puede ofender a los hebreos? Dudaban otros judíos radicales que la Kehilla neoyorquina fuese capaz de ejercer la misma autoridad basada exclusivamente sobre la autocracia, como lo hacían los Kahales del mundo antiguo.

 

Fueron infundadas ambas preocupaciones: ni los yanquis protestaban de nada, ni se oponían en


 

absoluto a la autoridad de la Kehilla, ni los hebreos tampoco, por la razón de que la mayoría había vivido bajo el despotismo de los Kahales de Europa y lo reconocieron plenamente en Norteamérica.

 

El programa exterior publicado, consistió en "salvaguardar los derechos hebreos". Jamás se lesionaron los derechos hebreos; pero esta frase involucra el velado intento de lesionar a su vez los derechos de los no-judíos. Con tal lema la Kehilla inicio su campaña; se sometió la población, y Nueva York se transformo en capital judía; judía en la educación escolar y en lo referente a su prensa y su justicia, casi un feudo semita. El Nueva York actual es una respuesta vida, latente, a la pregunta de ¿es posible que un grupo de personas tan ínfimo numéricamente, pueda dictar condiciones de vida a la población? Todo cuanto vive en Nueva York, lo demuestra afirmativamente.

 

Pese a todo ello, no se aleja el sentimiento de duda acerca de la duración de tanto poderío. Quienes lo usurparon, lo hicieron ilegalmente. Ni por ley de la mayoría, ni de mejor calidad, ni por el derecho que se otorga a quien haga el mejor uso del poder, pueden reclamar los hebreos para si tal preponderancia. Únicamente a fuerza de procacidad lograron el poder, conceptuando ofensor de una raza a quien contra ellos se defendía. Pudo sostenerles hasta hoy tan profano fundamento.

Y explica también este fundamento el que los yanquis guarden tan magnánima reserva y que los hebreos muestren inseguridad en su actual posición. A nadie mas difícilmente se induce a razonamientos y a hechos fundados en predisposición de raza o religiosos, que al yanqui. Hasta donde se halle manifiestamente en su pleno derecho, le persigue la duda de si, no obstante ello, no fuera noble el ejercitarlo. Se explica así su aversión a ocuparse de la cuestión hebrea, que induce al yanqui a firmar protestas contra el "antisemitismo", y que en realidad no son más que protestas contra hechos palpables. Empero, seria un grave error suponer que los yanquis se han habituado definitivamente a la preponderancia hebrea. El súpergobierno judío en asuntos norteamericanos, amenaza derrumbarse tal como el gobierno bolchevique en Rusia: ambos pueden desplomarse perfectamente de la noche a la mañana. Justamente la actuación de la Kehillla neoyorquina y del Comité judío norteamericano ha de precipitar la caída. Sigan viviendo los hebreos entre nosotros, mas no por encima de nosotros.

 

El judío sabe todo esto mucho mejor que el no-judío, porque conoce a fondo la cuestión hebrea y sabe apreciar perfectamente cuando una bala bien dirigida pega en el blanco. Protestan hoy los judíos norteamericanos contra las llamadas "mentiras". Muy satisfechos estarían si fueran en realidad mentiras. Mas la verdad les acosa, y tampoco les deja vivir tranquilos el temor a la fuerza de esa verdad. Saben que la verdad esta en marcha. No gira la cuestión en torno del aniquilamiento o la expulsión, sino que trata de proyectar la mayor luz posible sobre la esencialidad de la raza hebrea. No hay para la obscuridad peor enemigo que la luz.

 

Tienen los judíos en la Kehilla una espléndida oportunidad para demostrar lo que valen, y para decir al mundo: "He aquí lo que puede hacer el ingenio semita en por de una población, cuando se le otorga amplia libertad de manifestarse". Todo lo dirigen: Administración, Policía, Higiene, Instrucción Publica, Finanzas, Prensa, Justicia: los elementos todos del Poder.

 

Y ¿que pueden presentar como resultados práctico? Representa Nueva York un ejemplo típico a los ojos de la humanidad de lo que pueden crear los hebreos cuando se adueñan del Poder. Imposible parece que hasta los precoces panegiristas semitas puedan ensalzar el actual Nueva York judaizado. Tal vez podrá intentarse mas tarde aminorar la importancia de la Kehilla, diciendo que solo comprende a los elementos mas radicales, a los "apostatas" entre los hebreos. Más, en cambio, protesta la siguiente e incompleta lista de algunos de sus dirigentes mas reconocidos. Estuvieron presentes los siguientes en la asamblea general del año 1918:

 

El opulento banquero Jacobo H. Schiff; Luis Marshall, letrado, presidente del Comité judio-norteamericano y frecuente huésped del gobierno de Washington; Otto A. Rosalsky, magistrado del


 

Tribunal Supremo (General Sessions Court); Otto A. Kahn, de la casa bancaria Kuhn, Loeb y Cía.; Adolfo S. Ochs, propietario del "New York Times", y Benjamín Schlesinger, quien regresó recientemente de Moscou, donde mantuvo prolongadas entrevistas con Lenin. Tomaron parte además, Joseph Schlossberg, secretario general de la Unión de Obreros Norteamericanos de la confección (con 170.000 miembros); Máximo Pine, también huésped reciente del gobierno de Rusia; David Pinski, y Barondes, los dos agitadores obreros.

 

Pertenecen, pues, a todas las categorías sociales. Desde Mark, presidente del Departamento de Seguros de Guerra dentro del gobierno de Estados Unidos, hasta los "dirigentes" del grupo más rojo del Este de Nueva York, todos se reúnen en calidad de hebreos en la Kehilla.

 

Entre otras están representadas en esta gran asociación: la Conferencia Central de rabinos norteamericanos, el Consejo de rabinos reformistas del Este, las ordenes independientes B'nai B'rith, B'nai Scholom, Hijos Libres de Israel, B'rith Abraham, Asociación de los Sionistas norteamericanos, judíos ortodoxos y reformistas, "apostatas", asimilados, ricos, pobres, leales y revolucionarios. Adolfo Ochs, del gran diario "New York Times", burgués, junto al fanático editor de cualquier semanario hebreo, que exija sangre y violencia. Jacobo Schiff, un hebreo beato de lo más ortodoxo, junto a Otto Kahn, consocio de la misma casa de banca y ¡bautizado! Pero todos, provenientes de todas las clases, se hallan unidos en perfectísima unidad de raza, como ningún otro pueblo lo lograra; todos unidos "en salvaguarda de los derechos hebreos". ¿En salvaguarda? ¿de qué? ¿Quien, en toda la extensión de los Estados Unidos, pretende lesionar los derechos ajenos? Es necesario que el norteamericano lo sepa, porque siempre se distinguió en la defensa de los derechos humanos, y seguirá haciéndolo en adelante, proceda de donde proceda el ataque. Por lo tanto, tarde o temprano el norteamericano se enterara detalladamente de esos supuestos derechos lesionados y de quienes son los culpables, si es que existen.

 

¿Cuales son los derechos de que disfrute el yanqui y que se le nieguen al hebreo? ¿Contra quien y contra que se han organizado los judíos? ¿Cuales son los motivos para la queja de "persecución"¿ No vemos ninguno, salvo el existente en la conciencia misma de los hebreos, que comprenden que el camino por ellos emprendido tiene que tropezar a la fuerza con grandes obstáculos.

 

Declaro el rabí Elías L. Salomón que "no existe judío consciente fuera de Norteamérica, cuya mirada no este dirigida hacia este país. La libertad de que gozan los judíos en Norteamérica no es el resultado de una emancipación lograda al precio del suicidio nacional, sino que representa el producto natural de la civilización norteamericana".

 

Así es. Pero ¿y la necesidad de "salvaguardar", entonces? ¿Cuales son los derechos defendidos por la Kehilla? ¿Que fin persiguen los Comités, que en las ciudades vienen espiando la vida yanqui toda, y que consiguen con sus protestas que nuestros asuntos permanezcan en los limites que conviene a los judíos?

 

Nunca fueron contestadas estas preguntas por los jefes hebreos. Que presenten un proyecto de ley, que limiten claramente los derechos hebreos, tal como ellos los entienden, que enumeren uno por uno los derechos que quieran, lo que hasta hoy no hicieron. ¿Por que no? Porque los derechos todos que sincera y públicamente pudieran citar, ya los gozan con exceso, y porque aquellos derechos que desean y anhelan con mayor ahínco en su fuero interno, no los podrían jamás presentar claramente formulados ante el pueblo norteamericano.

 

A un proyecto de ley que enumere todos los derechos hebreos a la luz del día, contestaría el pueblo yanqui con otra sola afirmación: "Todas estas cosas ya las poseéis. ¿Que mas, entonces?" Es esta la cuestión que hiere en su punto neurálgico toda la cuestión hebrea: ¿que es lo que quieren o desean más allá de lo natural?


 

 

(1) Perros infieles. (El Traductor)


 

XI

 

CRITICA DE LOS "DERECHOS HEBREOS"

 

Tiene el pueblo norteamericano en la Kehilla neoyorquina intereses mucho mayores de lo que supone. Es algo más que una entidad cualquiera; es la muestra de la pujante energía de la organización secreta hebrea, la forma visible de un gobierno y Administración judíos, el foco propulsor de las "protestas" y "mítines gigantescos", que se organizan a través de todo el país. Es la Kehilla el arsenal de esa potencialidad subterránea, que sus jefes saben esgrimir tan admirablemente y también la central donde se maquinan los rumores mas infames. Debido a su estrecha colaboración con el Comité judeo-norteamericano (siendo la Junta administrativa de la Kehilla neoyorquina al propio tiempo el comité del 12º distrito del mismo Comité) se transformó el judaísmo de Nueva York en el motor de todo el mecanismo hebreo.

 

Tienen estas operaciones fines que se deban públicamente y otros que se ocultan. Estos últimos, se conocen mas tarde por relatos hechos sobre ensayos realizados y resultados conseguidos.

 

Los fines perseguidos que indico el Comité judeo-norteamericano en su acta de fundación, en 1906, fueron los siguientes: 1º, protección contra cualquier atentado a los derechos civiles y religiosos de los hebreos en todo el mundo; 2º, ayuda legal y acción eficaz de socorro respectivamente, en caso de disminución o limitación amenazadora o real de tales derechos, o también en el caso de trato diferenciado; 3º, seguridad de igualdad de derechos hebreos en lo referente a asuntos económicos, sociales y educativos; 4º, ayuda en las persecuciones y en casos de desgracia o accidente.

 

Un programa en el que nada podría criticarse, y que, de no significar que se oculta detrás de él algo muy distinto, seria perfectamente recomendable.

 

Como y donde el A. J. C. (American Jewish Commitee o sea Comité judeo-norteamericano) y la Kehilla neoyorquina colaboran conjuntamente, lo dice el programa: "Cuando el A. J. C. sea una organización nacional, tendrá la comunidad hebrea neoyorquina (Kehilla) voz y voto para ejercer decisiva influencia sobre la política hebrea en todo el país. El A. J. C. tendrá jurisdicción exclusiva en todas las cuestiones de carácter nacional e internacional, que interesen la generalidad hebrea". La Kehilla designa una junta ejecutiva de 25 miembros, que forman al mismo tiempo el 12º distrito de A. J. C.. Forman las dos, pues, una sola corporación, Nueva York es la capital del judaísmo norteamericano. Este hecho también proyecta una luz singular sobre los esfuerzos sobrehumanos que se realizan para convertir Nueva York al propio tiempo que es fuente central de las grandes ideas, en centro de arte, política y finanzas. Mas resulta, que en el arte el desideratum artístico es "Afrodita", y en política el pantano de Tamany Hall. Todos los norteamericanos deben saber que Nueva York no es su principal ciudad, sino que los Estados Unidos comienzan al oeste de la población. El pueblo norteamericano considera esa región costera oriental como una marisma y terreno de fiebres del que emanan hedores pestilentes de todo lo que inunda, en cuanto a ideas malsanas y disolventes. Es un gran error el querer ver en este foco de propaganda antiyanqui, de histerismo pro-judío, y de falsificación de moneda espiritual, algo como un reflejo de la vida norteamericana. Nueva York es una provincia extraña más allá de los límites de los Estados Unidos.

 

Dado que nueve décimas partes de los hebreos norteamericanos pertenecen como miembros a entidades subordinadas al A.J.C., y dada la intima colaboración de dicho comité con la Kehilla, su preponderancia sobre la nación hebrea es de incalculables consecuencias. En cualquier capital,. y hasta en cualquier pueblo en que exista una comunidad hebrea, por insignificante que sea, existen también un personaje israelita prominente, un rabino, un comerciante, o un funcionario publico, que esta en permanente contacto con la Central. Cuanto suceda en Nueva Orleáns, en Los Ángeles, o en Kansas, lo sabe la Kehilla de Nueva York con rapidez telegráfica.

 

Si no fueran los derechos amenazados mas que los generales norteamericanos, no seria preciso


 

que los hebreos los defendieran, sino que todo el pueblo norteamericano estaría a su lado. Mas resulta que derechos hebreos y derechos norteamericanos no son una y la misma cosa. Todas las manifestaciones del hebraísmo en América nos obligan a creer que los semitas consideran su derecho el judaizar a los Estados Unidos.

 

Una de las mas peligrosas teorías actuales es la de que los Estados Unidos de América no forman una raza concreta, sino que esta en periodo de formación y es una masa informe que cualquiera puede resobar y moldear a su gusto. Hay que tener presente esta teoría si se desea comprender en su totalidad el procedimiento y pensamiento de los judíos. La actuación hebrea convierte a Norteamérica en algo que ni de lejos se parece a su antigua peculiaridad, borrando toda idea e idealismo directivos, sobre los que se creo la comunidad nacional norteamericana. Una vez admitida esta teoría como lega, termino el genuino americanismo. Ya no educaríamos en tal caso, jóvenes yanquis, sino seres neutros que vivirían creyendo que Norteamérica es un botín abandonado y excelente presa para los fantaseadores y doctrinarios políticos no-norteamericanos.

 

Ya es tiempo de que limitemos nuestro espíritu magnánimo si deseamos que Norteamérica siga siendo lo que antes era, negándonos a que nuestro país se convierta en paraíso de los hebreos, antepuesto a su propia Palestina.

 

¿Que, de acuerdo con los hechos actuales, entienden realmente el A. J. C y la Kehilla bajo el concepto de "derechos hebreos"? Dicen lo siguiente: "Informes judíos del año 5668 (1907-8 de la Era Cristiana): "El rasgo mas característico quizá del año anterior, fue la exigencia en varios distritos norteamericanos de una absoluta secularización de todas las instituciones publicas, concepto que comprende la exigencia de los hebreos por la plenitud de sus derechos constitucionales. El articulo en que el coronel Brewer afirma que Norteamérica era un país cristiano, fue refutado repetida y formalmente por el Dr. Friedenwald, Isaac Hassler, y el rabino Efraim Frihs. Fueron apoyadas prácticamente las razones jurídicas y teóricas por una muy difundida oposición contra la lectura pública de textos bíblicos y contra villancicos de Nochebuena en las escuelas públicas. Esta oposición se acordó expresamente en la conferencia central de los rabinos norteamericanos".

 

Así pues, y por documentos de carácter innegablemente oficial hebreo, empezamos a entrever lo que entienden por parte de sus "derechos". En numerosos Estados y en centenares de poblaciones se realizo este procedimiento, aunque con tantas precauciones se realizo este procedimiento, aunque con tantas precauciones, que la mayoría de los norteamericanos no llego a comprender lo que significaba. Hicieron en muchos casos los hebreos su voluntad, presionando localmente, por medio de la elección largamente preparada y el compromiso contraído con personajes oficiales. Perdieron en otros casos la partida, aprovechada luego para "darles una lección", o aplicando el cauterio del boicot, o mediante cierta reserva de los bancos locales, o por otros medios buenos para infundir "miedo al hebreo".

 

Los ciudadanos norteamericanos deben, entonces, acostumbrarse a entender que es un derecho constitucional de los hebreos el modificar a su placer el carácter de las instituciones consagradas por el tiempo y la tradición. Si no lo hacen voluntariamente, deberán soportar en adelante procedimientos mucho mas crueles de los que hasta hoy solía aplicar el judío. Y para que se sepa lo que se prepara, vamos a mencionar algunas de las exigencias relativas a los "derechos judíos", formulados por la Kehilla:

 

1. Ilimitada admisión de inmigrantes hebreos procedentes de todas partes del mundo. -Procedan de Rusia, Polonia, Siria, Arabia o Marruecos, deben admitirse forzosamente, aunque queden excluidos los demás inmigrantes.

 

Inseparables casi de la exigencia hebrea de "derechos" es también la de las "excepciones". Nunca


 

demuestran los semitas mas claramente en posición preferente como nación y como raza, que con sus eternas exigencias, de que se les trate de forma distinta y mejor que a los demás pueblos, concediéndoles prerrogativas que otros pueblo cualquiera ni siquiera se atrevería a pedir.

 

2.   El oficial reconocimiento del culto religioso mosaico por el Estado y los Municipios. -Se muestra la

 

Kehilla en este punto tan rigurosa, que exige para los empleados hebreos que no trabajen en el día de la fiesta "Jom Rippur", pero si que perciban sus salarios, mientras que a los empleados católicos se les niega ese derecho en las fiestas. Tenemos aquí una de esas "excepciones", y una prueba del agradecimiento judío por los "personajes católicos", que se aliaron a las asociaciones pro-israelitas antes mencionadas.

 

3.   Supresión de la mención de Jesucristo por las autoridades municipales, territoriales o del Estado en documentos o reuniones publicas.- Citan los informes la protesta de un rabino contra un gobernador de Arkansas, que en su manifestación del Día de Gracia había empleado un "concepto cristologo".

 

4.   Reconocimiento oficial del sábado hebreo. -La vida toda de los Estados Unidos esta regulada sobre la base del domingo cristiano como un día festivo de descanso. Años ha que la Kehilla trata de dar este carácter al sábado. En tanto falte este reconocimiento oficial, se paralizan muchos asuntos públicos en el sentido de que numerosos jurados y otros funcionarios públicos se niegan a actuar el sábado. Los abogados hebreos "caen enfermos" los sábados. No molesta a nadie que los hebreos celebren su sábado. Pero es muy distinto que pretendan convertir su propia fiesta en una de toda la ciudad, máxime cuando se apoyan en la insolencia de que el domingo es una "manifestación cristóloga".

 

5.   Autorización para los hebreos de tener abiertos los domingos sus negocios y fabricas; de trabajar y comerciar. - Puédese asentir a la santificación del sábado, en tanto no