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"TELL EL-AMARNA"

Amarna es el nombre árabe de una región situada en la ribera oriental del río Nilo, célebre por ser el enclave donde se edificó la ciudad egipcia de Ajetatón a mediados del siglo XIV a. C.

 

REFERENCIA DIDÁCTICA

Ajetatón

Fue la ciudad ordenada construir por el faraón Ajenatón (Akhenatón) hacia el quinto año de su reinado y ocupada hacia el noveno, aunque se convirtió en la nueva capital de Egipto dos años antes. Dándole un nuevo lugar al culto hegemónico de Atón, representado iconográficamente por un disco solar cuyos rayos acaban en manos portadoras de la llave de la vida. Ajetatón «El Horizonte de Atón», se localizó a mitad de camino entre Tebas y Menfis, las dos ciudades más influyentes del Antiguo Egipto.

           

REFERENCIA DIDÁCTICA

Construcción

La capital fue diseñada con un trazado geométrico ortogonal (hipodámico), esculpiéndose 14 grandes estelas para marcar los límites. En su interior, Ajenatón ordenó construir majestuosos edificios, tales como:

Transcurso y decadencía

La ciudad se construyó así para escenificar los cambios de culto que ahora se centrarán en Atón. Ahora Ajenatón será el intermediario entre el dios supremo y la humanidad. Se produjo entonces una relación tensa entre los detractores de Ajenatón (entre ellos los sacerdotes de Amón) y sus seguidores. Después de la muerte de Akhenaton se persiguió su nombre y el del dios Aton, siendo borrados de tumbas, templos y esculturas, igual que hiciera el antiguo faraón con Amón en sus últimos años. Horemheb, comandante en jefe, se nombró faraón (después de algunos breves faraones). Se produjo seguidamente la sistemática destrucción de la ciudad, aprovechando sus ruinas (entre ellas los llamados talatat) para construir otras edificaciones. La ciudad había sido abandonada 15 años después de su fundación, hacia el tercer año del reinado de Tutankhaton (Tut-anj-Atón) posteriormente llamado Tutankhamon (Tut-anj-Amón).

Las Reinas de Amarna

Tiya, esposa de Amenofis III y madre de Ajenatón.

Del registro arqueológico relativo al periodo de Amarna, también conocido como “Herejía de Atón” o el reinado de Amenofis IV o Ajenatón, surgen principalmente tres figuras femeninas de relevancia, independientemente de las hijas del rey, estas son: Tiya, la madre del faraón, Nefertiti, la Gran Esposa Real y Kiya, con quien muy probablemente el faraón herético haya engendrado su único heredero sobreviviente, Tutankamón.

Tiya, Tiy o Tiye

Ancestros de Tiya

El descubrimiento de una tumba no real en el año 1905 por James Quibell en una expedición de Theodore Davies fue la fuente de importantes datos el descubrimiento de la tumba de Yuya y Tuya, padres de la gran esposa real de Amenofis III y madre del faraón Ajenatón. El descubrimiento de la tumba casi intacta ha sido solo superado, en cuanto a la riqueza arqueológica aportada, por el descubrimiento de la tumba de Tutankamón.

Tiya era proveniente probablemente de la ciudad de Ajmin (Akhmin), donde su padre era el principal Profeta del dios local Min (de la fecundidad) y Superintendente del ganado del templo. Esta fue la última de las posiciones oficiales ocupadas por el padre de la futura reina, una vez que se retiró de sus principales responsabilidades como Comandante de Carros y Señor de los caballos, posiciones que ejerció durante el reinado del rey Tutmosis IV (padre de Amenofis III y abuelo de Ajenatón).

Yuya seguramente era una persona muy allegada al entorno real, con bastante influencia en la corte, de tal forma que tuvo un importante casamiento con una dama de la corte Tuyu, quien era Superintendenta de la Casa Jeneret de Min en la ciudad de Ajmin y del dios Amón en Tebas, tal que ella ocupaba una alta posición en la jerarquía del culto de la reina Ahmose-Nefertari con algún grado de parentesco sanguíneo con aquella reina de comienzos de la dinastía. Por lo tanto, Tiya, portaba ya un alto linaje, y en ella estaba el destino designado de un casamiento con el faraón Amenofis III.

En los escarabeos conmemorativos del reinado de Amenofis III, los padres de la reina Tiya son referidos brevemente por su nombre, sin portar título real, siendo este indicio la que ha sustentado la hipótesis de un origen humilde por parte de Tiya, y su casamiento con el faraón Amenofis III hipotéticamente se debía más a una relación fruto del amor que a un fin socio-político determinado.

Distintos indicios señalan que los padres de Tiya tenían una alta posición en la jerarquía de la corte, y era descendiente de la reina Ahmose Nefertari, de ahí su destino como esposa del faraón. Tiyu y Yuya tuvieron también otro hijo, Anen, quien se desempeñó como Segundo Profeta de Amón y Alto Sacerdote de Ra-Atum, cargos ejercidos durante el reinado de Amenofis III; Es probable que Anen, como sacerdote de Ra-Atum y hermano de la reina Tiya, haya tenido una gran influencia sobre el príncipe Amenhotep (futuro Amenofis IV) durante su infancia.

Si bien el parentesco entre Tiya, Anen y Yuya y Tiyu se ha establecido basándose en indicios directos hallados en la tumba de los abuelos de Ajenatón, no existen indicios semejantes respecto a otro personaje de suma importancia del periodo de Amarna, como es Ay. A falta de indicios en ese sentido, se puede decir que tanto Ay como la reina Tiya eran originarios de la ciudad de Ajmin, la proliferación de nombres de raíces similares (Ay, Yuya, Tiyu, Tiya) pueden denotar una cierta familiaridad y algún grado de parentesco, pero los indicios no son suficientes.

La Gran Esposa Real de Amenofis III

Tiya fue la gran esposa real de Amenofis III, sobrevivió muchos años al rey para ver gobernar a su sucesor y los indicios apuntan a que tenía una residencia en Amarna (Ajenatón), donde fue enterrada a su muerte, siendo trasladados sus restos a Tebas cuando la restauración fue establecida durante el reinado de Tutankamón. De hecho, de todas las esposas reales del faraón Amenofis III que han llegado a ser conocidas en nuestros días gracias a los indicios subsistentes: Gilukhepa (hija del Suttharna II, rey de Mitani), Tadukhepa (otra princesa del reino de Mitani) y Sitamón, hija misma del faraón Amenofis, de todas ellas, es Tiya quien en los relieves, esculturas y diversas representaciones es mostrada con toda los títulos de gran esposa real, como sus atributos.

La influencia sobre Ajenatón

A la muerte de su esposo, Amenhotep III, Tiya siguió ocupando una posición de preeminencia en el gobierno de las dos tierras, tanto es así que se han encontrado representaciones de Tiya con su hijo Amenhotep IV – Ajenatón. Más aún, se han descubierto dentro de la correspondencia diplomática, misivas destinadas a Tiya por parte de un monarca extranjero como el rey de Mitani Tushratta, instándola a influenciar sobre el nuevo y joven soberano de Egipto Ajenatón. Esta carta muestra la preeminente e influyente posición de Tiya] como madre del nuevo rey.

Los indicios registrados en unas canteras de piedra caliza en las colinas al norte de Amarna, donde se inscribieron el nombre de Tiya, como así también en los relieves de la tumba del Alto Sacerdote Huya en Amarna, donde se muestra a Tiya en la inauguración de un templo solar en la nueva ciudad Ajetatón, templo construido por Ajenatón dedicado a su madre Tiya.

Nefertiti

Escultura en caliza de Nefertiti

REFERENCIA DIDÁCTICA

Origen

El parentesco de la reina ha sido de mucha especulación; como Gran Esposa Real, era la dadora de herederos por sobre el resto de las mujeres del harén real. Ciertamente, la posición ocupada por Nefertiti era mostrada por completo en muchos monumentos como ser las estelas fronterizas de la ciudad Ajetatón, las tumbas de los sacerdotes del nuevo credo de Atón, como Huya y Tute, donde se proclama:

“La Heredera, Grande de Favor, Dama de la Gracia, Valiosa de Amor, Señora del Alto y Bajo Egipto, Gran Esposa del Rey, a quien ama, Dama de las dos tierras, Neferneferuatón-Nefertiti, que viva por siempre y para siempre”

Como heredera, es presumible que Nefertiti haya sido descendiente de Ahmose-Nefertari, aunque no es descrita con la clásica cita “Esposa del Dios Amón”, esta omisión es fácilmente explicada por la sencilla razón de que el culto y toda mención a Amón estuvo proscrita desde casi los comienzos del reinado de Ajetatón.

Está establecido que el padre de Nefertiti era Ay, quién más tarde alcanzó la posición de faraón, sucediendo a Tutanjamón, a la muerte prematura de este. Si bien se sabe que Ay estaba casado con una mujer llamada Tey, se sostiene que no era la madre de Nefertiti, ya que no portaba el título de “Madre Real de la Gran Esposa del Rey” sino algo así como “Gobernanta” de la principal esposa del rey. Los indicios apuntan a que era en todo caso madrastra de Nefertiti, quien quedo huérfana de madre a corta edad, siendo que su padre Ay, contrajo esposa nuevamente.

Su rol en el periodo de Amarna

La preeminencia y el rol fundamental que desempeño “La bella que ha llegado” como Gran Esposa Real y compañera en toda la aventura de Atón es clara.

Distintos relieves y esculturas hallados muestran a las claras tan alta posición. Así, en los relieves, muchas veces es representada al mismo tamaño que el faraón.

El crecimiento del rol de Nefertiti sigue al de su esposo Ajenatón, tal es así que alrededor del 5º año del reinado, el mismo periodo aparente donde Amenofis IV cambia su nombre por el de Ajenatón, al nombre de Nefertiti se le agrega el prefijo Neferneferuatón.

Ciertamente, desde comienzos de la corregencia entre Ajenatón y su padre Amenofis III, la esposa del corregente ya portaba el título “hemet nisu ueret” (Gran Esposa Real), asumiendo con el paso del tiempo una importancia hasta alcanzar la dimensión del mismo faraón inclusive, portando cartuchos en la correspondiente iconografía.

Existe una hipótesis sobre la transformación de Nefertiti en corregente en los finales años de Ajenatón para terminar gobernando en solitario a la muerte de este, convirtiéndose en parte el aún ignoto faraón Semenejkara. Dicha hipótesis sustenta también el caso Dahamunzu, una apelación que hoy en día es reconocida como una vocalización del idioma hitita para la frase egipcia ta hemet nesu (la esposa real).

En un esfuerzo desesperado para controlar el poder que se le estaba yendo de las manos, Nefertiti apela un reino extranjero para reforzar su posición interna. Prontamente después de la muerte del príncipe hitita Zannanza, desaparece Nefertiti probablemente muriendo.

Dibujo proveniente del relieve de la tumba real de Amarna.

REFERENCIA DIDÁCTICA

Nefertiti dotó de niñas al rey, en un total de seis hijas, quienes son vistas por ejemplo en los relieves de la tumba de Merira II en Amarna, a saber:

Meretatón: hija mayor de Nefertiti. Asume el cargo de Gran Esposa Real alrededor del año 14 del reinado de Ajenatón, transformándose en su esposa, basándose en restos encontrados en Amarna y correspondencia con el monarca de Babilonia.

Meketatón: segunda hija de Nefertiti, murió siendo niña y fue enterrada en Amarna.

Anjesenpaaton/Anjesenamón: tercera hija de Nefertiti y esposa de Tutankamon.

Neferneferuatón-Tasherit: cuarta hija de Nefertiti.

Neferneferura: quinta hija de Nefertiti.

Setepenra: sexta y última hija de Nefertiti.

La imagen de Nefertiti es quizás uno de los emblemas clásicos de la cultura del Antiguo Egipto, centrada en los hallazgos del taller del escultor Tutmosis localizado en la ciudad de Amarna.

Ocaso y muerte de “La Bella que ha llegado”

La falta de datos concretos y la destrucción masiva de todo lo que tenga que ver con la herejía de Amarna dificultan de sobremanera conocer como terminaron los protagonistas principales del periodo dominado por la adoración de Atón. Básicamente se han sostenido distintas hipótesis para explicar el fin de Nefertiti.

Nefertiti faraón

Como anteriormente en la misma dinastía XVIII Hatshepsut, Nefertiti alrededor del año 12º del reinado de Ajenatón, Nefertiti es elevada a la corregencia, usando el nombre Nefernefruaton con el epíteto “Amada de Uaenra-Ajenatón”. La hipótesis sugiere que en los años finales de Ajenatón, existió una corregencia con Nefertiti, quedando únicamente al mando Nefertiti, quien se cambiaría su nombre a un ignoto Semenejkara.

Esta hipótesis sostiene no sólo el caso del Dahamunzu sino también la importancia que había adquirido en todos los actos oficiales y religiosos en los que estaba involucrado la pareja real.

Sin embargo, si nos remitimos únicamente las fuentes encontradas, las menciones a Nefertiti durante los últimos años del reinado de Ajenatón son escasas. Se sabe que estuvo en el probable festival Sed del año 12º de reinado de Ajenatón, como lo muestran los relieves en las tumbas de Huya y Merira II, sacerdotes del culto de Atón.

También hay indicios de su presencia durante la ceremonia fúnebre de la princesa Meketatón, su segunda hija de Ajenatón, quien probablemente murió después del año 12 del reinado pero no mucho tiempo más. Esta ceremonia fúnebre es mostrada en la tumba real en Ajetatón, precisamente en la cámara gamma de dicha tumba real. Es precisamente esta imagen la última que se observa a Nefertiti, no aparece en ningún relieve o documento existente "a posteriori" del año 13º o 14º de reinado del faraón.

Adicionalmente, haciendo referencia al caso Dahamunzu, su conocimiento viene por la correspondencia hitita, donde la reina viuda egipcia escribe que su esposo “... Nibhururiya ha muerto y se encuentra sin herederos...” Mucha discusión se ha abierto para identificar a dicha reina, algunos estudiosos conectan el nombre del faraón muerto a una vocalización hitita del praenomen “Neferjeperura” o sea a Ajenatón, mientras otros eruditos vinculan aquel nombre hitita a "Nebjeperura", el praenomen de Tutanjamón. En consecuencia, los indicios disponibles podrían reflejar la existencia de dos reinas, una Nefertiti y la otra, una de sus hijas Anjesepaatón. Pero la afirmación de que no había heredero al trono descartaría a Nefertiti, ya que sabemos hoy en día que existía un príncipe de sangre real, heredero de la dinastía XVIII fundada por Amosis I, y era el futuro faraón niño Tutankamón.

Como conclusión, se puede afirmar que la reina envuelta en el caso Dahamunzu sea con mucha certeza Anjesepaatón, quien siguió en el cambio de nombre a su esposo el faraón Tutankamón, muerte este último vástago de la gloriosa dinastía XVIII, se extinguió la línea de los libertadores de los hicsos.

Nefertiti cae en desgracia

Algunas excavaciones al principio del siglo XX en la zona de Amarna, ubicaron un palacio donde supuestamente residió Nefertiti, generando una hipótesis de que la Gran Esposa Real se retiró en desgracia junto con el príncipe heredero Tutanjatón alrededor del año 14, tomando el poder en los años finales del reinado de Ajenatón.

Escultura de Nefertiti

El rechazo de esta hipótesis se basa en que fueron muchos los restos y estatuas encontradas en la misma Amarna sobre imágenes que portaban a Nefertiti en diferentes etapas de su vida.

Difícilmente una persona que haya caído en desgracia no sea posible también de ser borrada en imágenes, pinturas, relieves y estatuas; siendo así, ¿cómo fue posible encontrar en el taller del escultor Dhjutmose tantos bustos y tallas realmente hermosas de “La bella que ha llegado” sin muestras aparentes de ser borradas o destruidas adrede, sabiendo que cuando un personaje (sea un rey o un personaje menor) caía en desgracia se borraba cualquier rastro para la posteridad?

Muerte de Nefertiti

Es muy difícil determinar esta instancia, porque se sabe hoy en día que originalmente los lugares de entierro planeados en la nueva ciudad de Amarna fueron usados brevemente, para los entierros de la princesa Meketatón primeramente y para la pareja real después. Pero durante los reinados de Smenejkara o Tutanjamón fueron trasladados a la necrópolis de Tebas y después, a comienzos de la Dinastía XIX toda mención al periodo de Atón fue pretendidamente borrado del mapa. Al día de hoy, todavía no se ha identificado fehacientemente la momia de Nefertiti, ni la de Ajenatón, tampoco su sarcófago, por lo tanto no hay elementos para avanzar.

Lo que se puede considerar fehacientemente son las etiquetas de los envases sean de vino, miel o cerveza, donde con escritura hierática se inscribía el origen de la mercancía y el año de su producción.

Los despachos de jarras de vinos etiquetados como de la “Casa de Neferneferuatón” terminan en el año 11º del reinado de Ajenatón. Pero sabemos por los relieves que Nefertiti estuvo en el festival del año 12º como así también en la ceremonia fúnebre de su hija "a posteriori". También existen restos de jarras etiquetadas en el año 15º y 17º del reinado del rey, pero estas etiquetas hacen referencia a la “Casa de la Esposa del Rey”; se sabe que alrededor del año 14º del reinado de Ajenatón, su hija Meritatón tomó el cargo de “Gran Esposa Real” y como reina consorte. Este conocimiento no es sólo por los restos encontrados en Amarna sino también por correspondencia diplomática mantenida con el reino de Babilonia.

Así, toda mención fidedigna a Nefertiti cesa entre los años 12 y 14 del reinado de Ajenatón, pero aun así es difícil determinar que sucedió con “la Bella que ha llegado”.

Finalmente una prueba a favor de esta hipótesis se basa en un ushebti encontrada con la inscripción: “La Heredera, alta y poderosa en el palacio, confidente del señor del Alto y Bajo Egipto Neferjeperura Uaenra, el hijo de Ra, Ajenatón, la Gran esposa Real Neferneferuatón Nefertiti”. Esta inscripción confirma que la estatuilla fue confeccionada para Nefertiti y no para su esposo. Este objeto era usualmente hecho durante el periodo de embalsamamiento "a posteriori" de la muerte de la persona; y la imagen de la estatuilla es de una reina con los cetros reales y no de un gobernante en co-regencia. Este indicio apunta a que Nefertiti tuvo que haber muerto alrededor del año 14º del reinado de Ajenatón, en todo caso no le sobrevivió.

Kiya "hemet mererty aat" la Amada Gran Esposa

Los rastros de Kiya son difusos de seguir, básicamente por dos motivos: por ser parte de la “herejía de Amarna” y maldiciones a su memoria deliberadamente ejecutadas quizás como parte de las rencillas internas tan habituales en la corte. Todas las suposiciones apuntan a que su elevación del anonimato se debe al haber dado a luz a un heredero varón de Ajenatón.

Imagen de Kiya besando a una princesa

Su elevación y caída en el olvido son rápidas. Existen relieves mostrándola junto con una hija, también otros relieves que fueron deliberadamente trabajados para borrar el nombre de Kiya para poner en su lugar a Meketatón, la hija de Nefertiti que, aproximadamente durante el año 14º, asume la función de Gran Esposa Real junto a su padre Ajenatón, cumpliendo no sólo los roles ritualistas del culto sino también las funciones políticas.

Otra vez, los indicios que sostienen la imagen de Kiya, son nuevamente las etiquetas encontradas en los jarrones que contenían vino, cerveza, miel, etc. En ellas, las inscripciones hacen referencia a Kiya como “la Casa de la Favorita”. De las etiquetas se basan en dos fechas determinadas del año 6º y 11º del reinado de Ajenatón.

Sus posibles orígenes

El nombre de Kiya es observado como una forma abreviada o diminutivo de un nombre más completo y elaborado. Algunos eruditos ven en este razonamiento una conexión con las princesas extranjeras que estaban en el harén real de Ajenatón, el cual fue heredado de su padre, el faraón Amenhotep III. Debe concentrarse en que estos lazos tienen un fundamento más acorde a la política internacional que a una costumbre dada, considerando que ambas princesas del reino de Mitani eran el símbolo de una alianza entre las "Dos Tierras" (Egipto) y dicho reino asiático.

Vaso canopo para Kiya

En consecuencia, el nombre de Kiya ha sido visto por algunos como una contracción de los nombre sean de Gilukhipa o Tadukhipa. La primera entonces, caería fuera de hipótesis, considerando que fue casada con Amenofis III durante el décimo año de reinado de dicho faraón, convirtiéndola en una persona de mucha edad para ser dadora de hijos de Ajenatón. La segunda, Tadukhipa parecería ser la más probable.

También, el nombre Kiya pueda ser originario de Egipto y no de origen asiático, algunos piensan que su nombre deriva de la raíz egipcia ky.

La Favorita “Ta shepset”

Cualquiera sea su origen, fue referenciada con el título “La Favorita”, y su nombre no estuvo encerrada en ningún cartucho hasta el momento; tampoco fue titulada como “Principal Esposa” o “Gran Esposa” o como “Heredera o Dadora de Herederos”, sino con el epíteto simple de “La gran amada”.

Su preferencia es fácilmente deducible por saber hoy en día que fue enterrada originalmente en la tumba real construida inicialmente para la familia real en las afueras de la misma ciudad de Amarna.

Los restos de la tumba, hablan que el entierro de Kiya fue opulento y bien provisto, en una cámara acondicionada especialmente para recibirla dentro de la tumba de la familia real. Adicionalmente se encuentran rastros de Kiya en algunos restos de edificios de Ajetatón, en capillas, tales como el templo “Maru-Atón” en dicha ciudad.

Ataúd encontrado en la tumba KV55.

Las menciones a Kiya van desapareciendo gradualmente después del año 14º a 16º del reinado de Ajenatón, quien en sus años finales toma como Gran Esposa Real a su hija Meritatón, quien usurpó muchas de las imágenes de Kiya borrando su mención para colocar la suya, restos encontrados no solo en Amarna sino también en Hermópolis.

Legado

La mayoría de la iconografía del período hace referencia a una imagen central femenina quien no es otra que Nefertiti, al final del reinado aparece su hija Meritatón, pero estas imágenes no ocultan que Ajenatón tenía bastantes esposas de su harén real, datos que no vienen de las imágenes “oficiales” sino muchas veces de la correspondencia diplomática.

La hipótesis más consistente alrededor de Kiya se centra en que su preeminencia sobre el resto de las esposas del harén debe haber sido puramente de encanto personal, junto con un condicionante político, el cual pudo ser haber dado una descendencia masculina a la casa reinante, sea a través de los príncipes Semenejkara o Tutankamón.

Sobre los hallazgos en la tumba KV55, existieron variados rastros, los cuales muchos los han vinculado a Kiya. La imagen más comúnmente mantenida de Kiya es un vaso canopo con la tapa esculpida de una mujer portando una peluca nubia, muy común y de moda para la época de Amarna entre las cortesanas.

El ataúd encontrado en KV55 en su forma original tiene una peluca nubia en su cabeza, y se piensa que fue originalmente ideado no sólo el ataúd sino también los vasos canopos como un todo homogéneo.

En este punto, es necesario aclarar que el ataúd de KV55 contenía una momia de sexo masculino, estando en debate si era Semenejkara o Ajenatón mismo, y por lo tanto no de Kiya, quien nunca es retratada portando uraeus, ni cartuchos reales.

El ataúd mismo, si bien es claramente con peluca, se observa que después se le agregó no sólo el uraeus sino también la barba real, haciendo entonces de un ataúd hecho originalmente para Kiya, quien fue reutilizado para una momia real, cuando se hizo el traslado de la corte de Amarna hacia Tebas, lo que implicó también el traslado del cementerio real de Amarna a Tebas ante el temor de los saqueos de tumbas. Dicho traslado muy probablemente se llevó a cabo durante el reinado de Tutankamón.

Atonismo

Atonismo (también conocido como herejía de Amarna o periodo de Amarna) es la primera religión monoteísta (o henoteísta) conocida de la historia, favoreciendo el culto al disco solar Atón. Por razones aún mal conocidas, pero probablemente a causa del conservadurismo y la hostilidad del clero tebano, Ajenatón decide abandonar el culto al dios dinástico Amón, "el dios oculto", y el joven soberano va a imponer el atonismo, primero progresivamente, y luego drásticamente.

El faraón Ajenatón y su familia adorando a Atón, el dios Sol, en Ajetatón, la nueva capital.

Los antecedentes del culto al Sol

La preeminencia del Alto Egipto fue perdiendo lugar poco después de los primeros dos reyes de la dinastía XVIII; cabe recordar que la liberación de Egipto y su reunificación por parte de los príncipes del Alto Egipto, coloco a Tebas en la supremacía por sobre el resto de las ciudades del antiguo Egipto, y por ende en el culto a Amón, junto con su tríada Amón, Mut y Jonsu.

Dicha supremacía se fue desvaneciendo cuando el bajo Egipto comenzó a tener prevalencia, primero con el traslado y la construcción de nuevos palacios y templos, y después en la mudanza del palacio real a la ciudad de Menfis, la llave de entrada al Delta del Nilo. Esta preeminencia continuó no solo durante la dinastía XVIII sino también se afianzo durante los Ramésidas teniendo el punto cumbre con la creación y traslado de la capital a Pi-Ramsés.

Se transformó como costumbre, que el hijo mayor del rey se convirtiera en sumo Sacerdote de Ptah previo al comienzo del reinado, como fue Amenhotep II, o como el hijo mayor de Amenhotep III, su hijo mayor Tutmosis.

A su vez, el traslado del centro de influencia del sur al norte de las dos tierras, implico una revitalización del antiguo culto al dios solar Ra, cuyo centro de adoración se centraba en la ciudad de Heliópolis, distante unos trece kilómetros al noreste de la capital Menfis.

El culto se sostenía principalmente respaldado en el poder faraónico. Básicamente el mito sostenía que Ra fue el primer rey en gobernar en Egipto para después dejar resueltos los asuntos del género humano, regresar al cielo dejando a su hijo con la responsabilidad del gobierno del reino en su lugar. La fortaleza de esta creencia era sostenida por los sacerdotes de Heliópolis, quienes formaban un centro de conocimiento y sabiduría que era muy reputada no solo dentro sino también fuera de las fronteras de Egipto.

Así el culto solar cobraba significación con el gobierno del país, pero también con una cuestión de máxima significación como era el mito de la resurrección, el viaje al más allá. El paralelismo del viaje del sol, Ra en su barca solar surcaba el cielo para ocultarse en el occidente y volver a renacer en oriente, con el amanecer. El mismo viaje haría el alma después de muerto.

Las primeras menciones de Atón

Atón es conocido desde el comienzo de la dinastía XII como mínimo, durante el reinado de Ammenemes I en el relato de la Historia de Sinuhé, donde se encuentra muriendo y volando al cielo para unirse a Atón, la carne divina que lo había engendrado.

En la Dinastía XVIII vuelve a usarse el nombre Atón, Tutmosis I en uno de sus cinco títulos lo refiere "Horus Ra, poderoso toro con afilados cuernos, quien proviene del Atón". Asimismo las referencias al Atón durante los reinados de Amenhotep II y Tutmose III son numerosas, pero cobra fuerza en el reinado de Amenhotep III, el padre del futuro Ajenatón.

El lento incremento de la influencia del culto de Ra fue progresivo, fermentando y evolucionando a un rol más amplio, ya no era sólo el dios solar, sino que adquiere una concepción más universal, siendo el creador y generador de todas las cosas, inclusive los otros dioses, considerándolos menores.

Así, Ra está ensimismado con otras deidades como Atum, Shu, Tefnut, Geb, y por supuesto Horus, que claramente se puede observar en la llamada Letanía de Ra, oración compuesta que se exhibía en muchas tumbas del Imperio Nuevo, donde se invocaba a Ra. Así cada deidad no es más que una manifestación de Ra, logrando un carácter no solo de universalidad sino también de unicidad, es la “única” divinidad.

Así las cosas, los fundamentos para la teología de Amarna se encontraban sólidamente arraigados antes del comienzo del reinado de Ajenatón.

El sincretismo en las creencias religiosas durante la dinastía XVIII evolucionaban hacia una clara concepción monoteísta alrededor del culto al dios solar.

Atón

La elevación de Atón

Otros dioses como Amón u Osiris fueron referidos en numerosos textos y monumentos como reyes, dándoles el título de "Gobernante de la Eternidad" o "Señor de las dos tierras", pero nunca sus nombres fueron encerrados en cartuchos a la usanza de los faraones.

Precisamente es Ajenatón, quien toma el nombre de Atón y lo cierra bajo cartuchos, afirmando el lazo indisoluble entre lo religioso y el poder temporal. Uniéndose así, en una reafirmación del culto de Ra, siendo el faraón el representante del dios en la tierra con derecho a gobernarla.

El completo desarrollo de la evolución teológica de Ajenatón se puede ver en la omisión de los signos de plural en el nombre de Atón, como bien afirma el eminente Cyril Aldred: «Había un único dios, y el faraón era su profeta.»

La tríada real

La afirmación del monoteísmo no fue en términos absolutos, sino que existió un margen para incluir elementos adicionales de adoración.

Durante el Imperio Nuevo, florecieron un multitud de cultos bajo la característica común de Tríada de dioses, el padre, la madre y el hijo.

Cada ciudad tenía su tríada de adoración, así Amón el padre, Mut la esposa y el hijo Jonsu conformaban la tríada de Tebas-Karnak, Ptah, Sejmet y Nefertem era la tríada de Menfis: Osiris, Isis y Horus niño de Abidos.

Ahora, durante el periodo de Amarna, Atón gobernaba en solitario como único dios. Pero las evidencias de los monumentos, muestran una clara intención de Ajenatón de instalar en el panteón de adoración del culto oficial, no solo al rey, sino claramente a la reina Nefertiti, quien aparece en similar tamaño y exposición que el rey.

La multitud de imágenes familiares del faraón, tienden a mostrarlo y ser usado en reemplazo al panteón habitual de dioses.

Defecto en el sistema de creencia de Atón

Es aquí donde se revela la principal falla en la instauración de la religión del Atón, la necesidad espiritual subyacente en la mentalidad del egipcio.

Al barrer con todo el panteón y sistemas de creencias preexistentes, Ajenatón había dejado huérfanos espiritualmente a sus súbditos, vacío que resultó imposible de rellenar por parte del faraón con su nueva creencia de Atón, y a la postre implico el olvido de la religión a la muerte del rey.

Antecedentes del culto funerario

Si consideramos el lapso de tiempo en el que se desarrolló la cultura y la religión en el Antiguo Egipto, veremos que desde antes de la reunificación de las Dos Tierras por el mítico Narmer – Menes (alrededor del 3100 a. C.) hasta el reinado del faraón herético Ajenatón (cerca del 1353 a. C.) más de 1500 años de transcurso de historia egipcia habían ocurrido, y al contrario de lo que la mayoría de los pensadores, tanto la cultura como la religión habían evolucionado adoptando tanto costumbres como innovaciones de otros pueblos. No obstante ello, ha existido un hilo conductor envolviendo a la religión egipcia: el mal llamado culto de los muertos.

Mal llamado así, porque el culto concretamente trataba de saltar de alguna manera el hecho de la muerte, creando todo un nuevo mundo existente más allá.

Décimos que es un hilo conductor, porque si hay algo que precisamente tienen en común la religión egipcia en tiempos del predinástico hasta los reinados de la dinastía XVIII, es precisamente el culto al más allá. Desde las mastabas de las primeras dinastías, pasando por las grandiosas construcciones de las dinastías IV y V, hasta las más modestas pirámides que le siguieron hasta llegar a los hipogeos del Imperio Nuevo, todos son enormes elementos que demuestran la profunda creencia en una existencia traspasando la muerte terrenal. La profusión de recursos materiales y humanos usados por los faraones y a posteriori por el resto de la sociedad egipcia, es un testimonio elocuente de la fuerza en la creencia del mundo existente después de la muerte.

Comentábamos anteriormente que la religión misma sufre una evolución, conforme a cambios que surgen fundamentalmente en la sociedad del Antiguo Egipto; y el culto al más allá también tiene cambios.

El culto funerario: reservado al enviado de los dioses

Primeramente el terreno del más allá estaba reservado solamente al faraón en los inicios del culto funerario, ya en tiempos pre-dinásticos; como un ser divino, su muerte representaba una similitud con la muerte de Osiris, asesinado por su hermano Seth, resucitado por la magia de su esposa Isis y vengado por su hijo Horus. El rito de la momificación esta íntimamente vinculado al mito de Osiris y su resurrección.

Ampliación de la base de participantes

Segundo, el culto evoluciona, al hacer lugar en el más allá a personalidades distintas del rey; aquellos sujetos que, por su ubicación dentro de la jerarquía estatal, ejercían un poder político y económico adjunto al rey, como ser visires, tesoreros reales, jefes militares, etc.; sujetos que no sólo tenían una posición de decisión dentro del gobierno del faraón, sino que también contaban con los recursos para afrontar tamaño gasto en la construcción de la morada de eternidad (la tumba) así también como en la momificación que implicaba una significación de gastos en ataúd de madera (escasa en un país desértico como Egipto), esencias y telas.

De los sacrificios humanos a los ushebti

Tercero, el traslado al más allá no era en solitario, sino que el viaje se hacia con toda una parafernalia de servidores, utensilios y alimentos para una existencia señorial en el reino de los muertos. En las primeras dinastías, el viaje del faraón al más allá era acompañado por un grupo de servidores, muertos a modo de sacrificio al momento del entierro del rey, como bien lo demuestran los restos encontrados en las excavaciones en Abidos (la necrópolis de los reyes de la primera dinastía) llevados a cabo por Werner Kaiser y apuntado correctamente por Kathryn Bard (The Oxford history of Ancient Egypt, editado por Ian Shaw, Oxford University Press, 2000).

Únicamente en los entierros de los reyes de la dinastía I se han encontrado restos humanos a modo de sacrificios: jóvenes hombres y mujeres fueron muertos aparentemente para acompañar al rey y brindar su servicio en el otro mundo, por ejemplo el faraón Dyer es quien tuvo mayor cantidad de restos humanos; pero no fueron estos los únicos restos encontrados, restos de perros, leones, y otros animales junto con utensilios de cobre, cerámica, etc.

Por alguna razón desconocida, después de la dinastía I, la práctica de enterrar servidores junto con el rey fue dejada de lado, dando un giro hacia la creación de pequeñas estatuillas a modo de reemplazo.

Así en el Imperio Medio era común incorporar a la tumba un conjunto de estatuillas que reflejara la vida cotidiana del egipcio, con ganado, pastores, etc.

Hacia el Imperio Nuevo aparecen unas estatuillas que se confeccionaban de materiales varios como ser madera, fayenza y caliza, se les daba una forma parecida al modelo real, los ushebti. Estas estatuillas estaban destinadas a convertirse en los servidores del faraón una vez ingresado en la vida después de la muerte. Por lo general contenían una breve frase a modo de invocación mágica, que al pronunciarse, se suponían que tenían el suficiente poder mágico para transformarse en real y concreto. Así los ushebti hacían referencia a los distintos oficios que se suponía el rey necesitaría en su existencia en el reino del más allá. Esta costumbre resultó ser de importantísimo valor a la hora de dimensionar los hallazgos de los arqueólogos, al ser un elemento de prueba importante sea desde la existencia de un faraón, como ser de su entierro, ajuar, etc.

Como conclusión, al analizar los cultos religiosos en el Antiguo Egipto, el culto funerario es un eje fundamental de todo el sistema de creencias.

El culto a Atón y el tribunal del más allá

Volviendo a la religión centrada en el Atón, un punto fundamental y todavía no conocido en forma completa al día de hoy es la cuestión de cómo Ajenatón reemplazo el culto funerario, también llamado culto osiriaco o culto de Osiris.

La creencia en el más allá proveía un trasfondo de referencia hacia donde eran dirigidos los actos de la vida terrenal. El tribunal del más allá funcionaba como una regla ética que regulaba todos y cada uno de los actos de la vida terrenal. En cada tumba real del Imperio Nuevo se vislumbra esta creencia, y en cada escena es claramente visible la imagen de Osiris.

El culto funerario en el periodo de Amarna

Escena de un relieve de la tumba Huya, Alto funcionario de la corte, en la necrópolis de Amarna, Dinastía XVIII. Obsérvese el cambio fundamental en el culto del más allá en el cambio del motivo. Antes de la revolución teológica las tumbas eran decoradas con temas del culto a Osiris, el tribunal del más allá y textos de la Duat. Bajo Atón, se reemplazan con la representación de la familia real bajo los rayos solares de Atón.

En el culto al Atón, las escenas funerarias ya no portan la imagen de Osiris, ni tampoco hacen referencia a la momificación. En cambio, las paredes de las tumbas fueron decoradas con imágenes del Ajenatón y su familia junto con el Atón, en vez de las tradicionales pinturas del muerto junto con Osiris.

Al parecer el mito de la resurrección fue borrado o al menos modificado drásticamente en su significado original: la resurrección ocurría en forma diaria, cada vez que el sol salía por el este para hacer su viaje estelar y ocultarse finalmente por el oeste. Ahora las tumbas estaban orientadas al naciente, al origen del Atón como lo demuestran las ubicaciones de las tumbas reales en la abandonada ciudad de Amarna, totalmente opuesto a la necrópolis tebana, situada en la margen occidental del río Nilo.

Todo hace suponer en un cambio fundamental en el credo, el derecho a la existencia en el más allá, ya no era regulado por Osiris, obteniendo el derecho a la existencia post-mortem mediante el cumplimiento de los deberes de los tradicionales dioses.

Durante el reinado de Ajenatón, la existencia más allá del deceso dependía del seguimiento del difunto de las enseñanzas y preceptos dictados por Ajenatón. Desconocemos en qué forma y contenido, ya que las imágenes de las tumbas no muestran ni indican nada más.

La transformación en la vida religiosa

Desde hacia milenios antes de Ajenatón, los dioses egipcios habían existido imágenes en paredes o en esculturas modeladas en formatos preestablecidos. Sus formas estaban precisamente definidas en archivos existentes en las bibliotecas de los templos, los cuales eran consultados ante un requerimiento de construcción de una nueva escultura o pintura del dios.

Estatua del dios Amón. Dinastía XIX. Metropolitan Museum. Las estatuas eran la materialización del dios. Se las vestía, lavaba y cuidaba como si fueran seres vivos en mansiones del dios (templos).

Las imágenes de los dioses no solo eran representaciones de la divinidad, sino también eran su sustancia. Dichas imágenes vivían en grandes mansiones, los templos, y eran atendidas por todo un cuerpo de sirvientes, los sacerdotes, quienes despertaban las estatuas (los dioses), las lavaban, vestían, alimentaban y las ponían a descansar como si fueran auténticos seres vivientes.

El ritual diario consistía en dichas rutinas alrededor de la imagen del dios. Instaurado el culto de Atón, todo el ritual fue prohibido, las prácticas quedaron sin efecto, anatematizadas como una vanidad ridícula, las imágenes y los templos quedaron sin mantenimiento, en fin, todo el panteón dejado de lado y reemplazado por el Atón.

En pocas palabras, las prácticas, imágenes, esculturas, etc., fueron reemplazadas por un único dios, quien era representado por un solo jeroglífico: el disco solar, elevándose un abstracto e intangible dios a única deidad para todo el país de las dos tierras.

El cambio en el culto Osiriaco o del más allá

De todos los cultos, el Osiriaco, era el que tenía una importancia central en la cosmovisión del egipcio, ya que el culto a Osiris era el culto del más allá.

Ajenatón, al borrar el panteón, incluso a Osiris, eliminaba todo el cosmos del más allá, junto con los rituales vinculados a él. Pero la limpieza no fue completa, subsistieron diversos rituales vinculados a los cultos anteriores de la muerte, precisamente los rituales de momificación, enterramiento y demás temas vinculados con el más allá persistieron, pero dándoles otro contenido, borrando toda mención a Osiris y reemplazándolo por el Atón.

Las festividades religiosas

Antes de la revolución teocrática de Amarna, el año teológico egipcio estaba cubierto por distintas festividades de diversa índole que jalonaban todo el territorio del reino; de estas festividades, las que más nos ha llegado son las fiestas que se celebraban en la región tebana: la fiesta de Opet y la del Valle.

Estas fiestas generaban una tremenda expectativa entre la población y servían no solo para conectar a los gobernantes con el pueblo, sino también como puntos de comercio y de comunicación en el reino.

Este también es un punto defectuoso en el culto de Amarna, Ajenatón no pudo cubrir la necesidad del pueblo en lo relativo a las festividades religiosas, hasta donde se sabe, el culto a Atón se centraba en el faraón, quien se paraba entre la deidad y el adorador simple y sencillo.

La carencia de festividades populares entorno al dios Atón, pudo ser claramente una falla en la teología de Amarna que pudo ser una causa más de su fracaso una vez muerto el rey.

¿Hacia una vida más democrática?

El intento de Ajenatón, de reemplazar el panteón anterior, de huir del pasado, se centró en posicionar al faraón y su familia entre el dios y el pueblo como muy bien acotó Barry Kemp (ver referencias) en su análisis de la realidad socio-política del Egipto en el período de Amarna; en sentido contrario a la corriente de pensamiento que fija a Ajenatón como un gobernante revolucionario hacia una faz menos despótica y más propensa al pueblo, Kemp sostuvo, basándose en la arqueología del lugar, que el llamado faraón herético realzó la figura faraónica a niveles de deificación: "Solo hay un dios, que es Atón, y el faraón es su profeta".

La revolución de Amarna no fue un intento de democratizar la vida en el antiguo Egipto, sino todo lo contrario, se afianzo el poder del monarca, y ya no sólo centrado en la cuestión temporal sino también religioso.

Altar encontrado en una casa en la ciudad de Amarna. Período de Amarna. Dinastía XVIII. Muestra claramente que los pobladores de la ciudad mantenían cierto vínculo espiritual con la pareja real.

La iconografía oficial se concentró en la familia real, mostrando a la reina principal Nefertiti en igualdad de condiciones que el faraón, junto con sus hijas, y el giro transcendental es mostrar las imágenes familiares, aparentemente no solo con carácter de propaganda oficial, sino con una clara intención de cubrir el vacío que dejo el abandono del culto anterior.

Claramente se ve en las tumbas abandonadas de la ciudad de Amarna, donde los funcionarios ya no decoraban sus tumbas con los clásicos motivos del culto a la momificación, el tribunal del más allá o el tema de la resurrección de Osiris, sino con imágenes de la familia real y el único dios: el Atón.

Escultura de una princesa real sin acabar. Período de Amarna. Dinastía XVIII. Nótese los rasgos del cuello alargado, el cráneo abultado, el mentón prominente y los labios gruesos.

Precisamente esta separación de las imágenes de la familia real, junto con el cambio radical en las imágenes, tales como el cuello largo y fino, el cráneo abultado en su parte trasera, característica común de toda la familia real (en forma única):' Ajenatón, Nefertiti, las princesas Meketatón, Meritatón, Anjesenpaatón, etc. Era un intento de la iconografía oficial de hacer una evidente separación entre la familia real y el resto del genero humano.

El culto a Atón no es un intento de adoración religiosa más democrática, sino que se asemeja más a un culto a la imagen, práctica muy habitual en los regímenes totalitarios, utilizada incluso en el siglo XX.

De las excavaciones en la ciudad de Amarna, en las viviendas de los pobladores se han hallado variados relieves con imágenes de la familia real, que conformaban altares o santuarios hogareños, donde cada habitante solía venerar a la familia real.

REFERENCIA DIDÁCTICA

¿Qué fue realmente el Atonismo?

Obscuro es el período de elevación y caída del culto a Atón, más aún por causa de la maldición de su memoria que fue decretada contra todo lo relacionado con el rey herético y con mayor intensidad por los monarcas ramésidas. Por la compilación de las evidencias encontradas, se podrían sintetizar básicamente tres teorías:

Un intento de doblegar el culto a Amón

Se sustenta en la supremacía del clero de Amón por sobre el resto de los cultos, incrementando tanto su poder en tierras y recursos llegando a rivalizar con los dominios del faraón mismo. Esta teoría implica que la revolución religiosa no es tal, sino que la religión fue un mero instrumento por la lucha del poder terrenal entre el faraón y el clero de Amón.

En contra de esta teoría se alega que el clero de Amón, para el período de la dinastía XVIII (reinado de Amenhotep III), no había alcanzado tanto poder como para rivalizar con los faraones de la gloriosa dinastía liberadora de los hicsos. Y si bien la dinastía XVIII confirió muchas recursos al clero de Amón, este no era considerado único, ya que el clero de Ptah (en Menfis), de Ra-Atum (en Heliópolis) y Osiris (en Abidos) obtenían un tratamiento similar al culto de Amón.

El clero de Amón revistiría un papel sumamente importante en la disputa del poder temporal mucho después de la dinastía XVIII, a finales de la dinastía XX, con la ascensión al trono de sucesivos Sumos sacerdotes de Amón tales como Herihor.

Una nueva creencia religiosa

Esta teoría gira alrededor de dos pivotes: el monoteísmo y las prácticas religiosas. Existe en la pensamiento occidental una marcada tendencia a darle mayor preeminencia a las religiones monoteístas sobre las religiones politeístas. El monoteísmo del culto a Atón surge claramente en cada resto arqueológico encontrado tanto en Karnak (los famosos talata) como en la ciudad Ajetatón (la actual Tell el Amarna, o sintéticamente Amarna) sugiere fuertemente la creencia de un solo dios sol, dador de vida, reflejado en las innumerables imágenes del disco solar con rayos que terminan en una mano sosteniendo el anj.

En cuanto al nuevo culto, es decir las nuevas prácticas religiosas, el cambio es radical. De las excavaciones de los templos se observa que el culto a Amón, por ejemplo, se basaba en una terrible distancia entre el simple creyente y el dios. Éste estaba alojado en una mansión con inmensas paredes, aislado totalmente del mundo exterior y a donde sólo podrían ingresar los sacerdotes del templo. Inclusive en las naos interiores sólo los primeros profetas del culto de Amón podían ingresar al santuario interno del dios (una especie de sancta santorum) en plena oscuridad. El acercamiento entre el simple creyente y el dios sólo se daba en contadas ocasiones en el año, básicamente en las fiestas religiosas de Opet y del Valle, donde estatuas de los dioses eran montadas en barcazas y trasladadas por sacerdotes a modo de porteadores. Pero incluso en estas festividades, la imagen del dios estaba oculta a los ojos de los neófitos.

El nuevo culto a Atón sería radicalmente diferente. Los santuarios (de las evidencias extraídas de Amarna) muestran que eran al aire libre, con grandes altares al cielo cubiertos por grandes doseles a modo de protección. El hermetismo fue barrido por completo y el acceso al dios ya no dependía de muros infranqueables y sacerdotes celosos del secreto sino de la posibilidad de poder adorar al Atón abiertamente.

En contra de esta teoría se soporta por los antecedentes del Atón como así también el sincretismo religioso alrededor del culto de Ra, donde esta deidad pasa a ser el padre de los dioses y finalmente, mediante el concepto de la Manifestación se posiciona como una deidad que puede tomar diferentes formas o dioses (Atum, Tefnut, Horus), definiendo claramente que es un solo dios que puede tomar diferentes formas. Esta transformación religiosa es claramente anterior a la ascensión al trono del joven Amenhotep IV.

Ajenatón como un místico y profeta

Muchos pensadores han visto al rey como un profeta místico, más aún cuando se han observado similitudes entre el himno a Atón y algunos fragmentos del Antiguo Testamento.

Sustentan esta teoría los cambios, no sólo religiosos, sino también artísticos, con nuevos motivos; el rey ya no es mostrado como un valiente soldado destrozando enemigos sino como un sentido padre de familia, en escenas que reflejan la intimidad familiar, sea en momentos de alegría o de profunda tristeza, como los funerales de su hija.

Realmente el culto a Atón ha quedado en el olvido, porque sus seguidores se habrían dispersado una vez muerto Ajenatón y también por el olvido forzado a la que fue sometido desde los centros de poder enemigos del faraón herético, sea el clero de Amón o los primeros reyes de la dinastía XIX.

Cartas de Amarna

Las Cartas de Amarna, llamadas también Correspondencia de Amarna, son un archivo de correspondencia, en su mayor parte diplomática, grabada en tablillas de arcilla, entre la administración egipcia y no sólo sus semejantes en Canaán, Amurru, Mittani y Babilonia, sino también con estados vasallos en Siria. Estas cartas fueron encontradas en Amarna, ciudad del Alto Egipto, el nombre moderno de la capital del Imperio Nuevo del Antiguo Egipto, Ajetatón, fundada durante el reinado del faraón Amenhotep IV, también llamado Ajenatón (ca. 1350 - 1330 a. C.)

Una de las cartas de Amarna con escritura cuneiforme grabada en una tablilla de arcilla.

La palabra escrita

La escritura apareció en el Antiguo Egipto entre 3300 y 3100 a. C. Los primeros signos tomaron forma de imágenes de la vida real. Estos signos que hoy en día llamamos “jeroglíficos”, tomado del griego como sagradas escrituras, y quienes a su vez lo habían capturado muy probablemente del término egipcio medu necher, algo así como “palabras de los dioses”.

Se creía que los signos en sí mismos poseían propiedades mágicas y divinas, su asociación con el culto fue inmediato. Asimismo, con el transcurso del tiempo, cuando el contexto no requería una escritura formal, comenzó a aparecer otra forma de escritura: la escritura “hierática”.

Dentro de la sociedad egipcia, sólo los componentes de la nobleza, el clero y el centro burocrático del estado egipcio conocían la escritura. Dentro de este sector se forjó una clase social que, con el transcurso del tiempo, se convirtió en una verdadera casta: los escribas.

Contexto geopolítico hacia el Egipto de 1350 a. C.

El Creciente Fértil en la época dorada del Imperio Nuevo. Principales ciudades.

Ya un siglo antes del alzamiento al poder del faraón Ajenatón, los reyes del Imperio Nuevo habían llevado las fronteras del reino hacia el sur, algo más de mil trecientos kilómetros dentro de Nubia, apoderándose y manteniendo el control de las ricas minas de oro, metal que les proveería para comprar suficientes recursos junto con el suministro necesario de hombres para el reclutamiento de los ejércitos.

Hacia el norte, el imperio había sometido a los pequeños gobernantes desde Palestina hasta el norte de Siria, llegado casi a las orillas del Éufrates.

Las cartas

Estas cartas consisten en tablillas cuneiformes, escritas en su mayoría en acadio, lengua diplomática internacional para este periodo. Fueron descubiertas por egipcios de la zona alrededor de 1887, durante excavaciones clandestinas realizadas en la ciudad en ruinas (originalmente fueron almacenadas en un antiguo edificio que los arqueólogos han llamado desde entonces la Oficina de correspondencia del faraón) y vendidas en el mercado de antigüedades. Una vez determinado el lugar del hallazgo, las ruinas fueron exploradas en busca de más.

Su hallazgo

El Archivo Real de Amarna.

El primer arqueólogo que excavó con éxito fue William Flinders Petrie en 1891-92, el cual encontró 21 fragmentos. Émile Chassinat, entonces director del French Institute for Oriental Archaeology en El Cairo, adquirió dos tablillas más en 1903. Desde la edición de la correspondencia de Amarna, Die El-Amarna Tafeln, en dos tomos (1907 y 1915), por el asiriólogo noruego Jørgen Alexander Knudtzon, otras 24 tablillas, o fragmentos de tablillas han sido encontradas, bien en Egipto, o identificadas en las colecciones de varios museos.

Las tablillas originalmente recuperadas por egipcios de la zona han estado dispersas entre museos de El Cairo, Europa y los Estados Unidos: 202 o 203 están en el Vorderasiatischen Museum en Berlín; 49 o 50 en el Museo Egipcio de El Cairo; siete en el Louvre; tres en el Museo de Moscú; y una está actualmente en la colección del Oriental Institute en Chicago.

Mapa del antiguo Cercano Oriente durante el periodo de Amarna, mostrando las grandes potencias del periodo: Egipto (verde), Hatti (amarillo), el reino Kasita de Babilonia (púrpura), Asiria (gris), y Mittani (rojo). Las áreas más claras muestran control directo, las áreas más oscuras representan esferas de influencia. La extensión de la civilización Aquea-Micénica se muestra en naranja.

El archivo completo, que también incluye correspondencia del reinado precedente, de Amenhotep III, contenía más de trescientas cartas diplomáticas; el resto es una miscelánea de materiales literarios o educativos. Estas tablillas arrojaron mucha luz sobre las relaciones de Egipto con Babilonia, Asiria, Mitani, los Hititas, Siria, Canaán y Alashiya (Chipre). Son importantes para establecer tanto la historia como la cronología del periodo.

En sí, el periodo que abarca la correspondencia comprende los reinados de Amenhotep III, Ajenatón, Semen (Tutankamon) y probablemente Ay.ejkara, Tutanjamón.

Traducción

La traducción de las cartas ha resultado ser muy dificultosa debido a que los escribas de la cancillería egipcia usaban una lengua que no les era propia, sino enseñada, derivado del viejo babilónico modificado con innovaciones canáneas, más aún cuando las enseñanzas pasaban de generación en generación de escribas egipcios; siendo este método muy proclive a deformación.

Los problemas de la clasificación cronológica

El estado de las tablillas

Primeramente, las tablillas han sobrevivido en un estado muy pobre, en muchos casos, sus bordes han sido rasgados, eliminando también partes esenciales como pueden ser el destinatario y el remitente de la correspondencia.

Ausencia de fechas

Segundo, las cartas no contienen fechas ni referencia cronológica alguna, quizás porque dentro del sistema diplomático vigente en ese entonces no había un único calendario universal y no era necesario fechar las misivas. No obstante, existen muy contados casos donde los empleados de la cancillería egipcia anotaban en hierático las indicaciones del tiempo conforme a la costumbre de los escribas egipcios. Pero salvo eso, es muy difícil establecer una línea cronológica.

Ausencia de remitentes o destinatarios

Tercero, del conjunto de la correspondencia, solamente los reyes de los reinos de Mitani, Asiria y Babilonia nombran al faraón por el pre-nomen del faraón destinatario de la carta, el resto de las cartas diplomática no hace referencia específica a quien está dirigido; por ejemplo, el rey de Alashia dirige sus cartas al “Rey de Egipto” sin definir a que faraón corresponde. Lo mismo pasa con los vasallos del reino, quienes se dirigen con las fórmulas “Mi Dios”, “El sol”, “El Gran Rey”, etc. En definitiva, cuando comprendemos que el rango de faraones que pudieron intervenir van desde Amenhotep III a Tutanjamón, encontramos muy difícil centrar la misiva en un contexto político definido.

Alternativas parciales a la fecha

Para intentar salvar el problema del orden cronológico, se ha intentado tomar referencias externas como parámetros para definir conjuntos de correspondencia con un período similar: por ejemplo el rey Abimilki de Tiro dirigió alrededor de diez cartas, en las cuales hace referencia a los reyes Zimridi de Sidón, Etakama de Kadesh, Aziru de Amurru, etc.; así como personajes políticos relevantes de la época, se puede agrupar todas las tablillas de arcilla confeccionadas por aquellos reyes. Aun así, el problema del orden cronológico no se ha cerrado por completo.

Las cartas del rey babilonio Kadashman-Enlil I fijan el marco temporal del reinado de Ajenatón en la mitad del siglo XIV a. C. Aquí también se encontró la primera mención de un grupo de Cercano Oriente conocido como los Habiru, posiblemente los Hebreos. Otros gobernantes citados son: Tushratta de Mittani, Lib'ayu (que David Rohl identifica con el rey bíblico Saúl), y el quejumbroso rey Rib-Hadda de Biblos, quien en más de 58 cartas continuamente ruega la ayuda militar egipcia.

Cronología

William L. Moran resume el estado de la cronología de estas tablillas como sigue:

A pesar de una larga historia de investigación, la cronología de las cartas de Amarna, tanto relativa como absoluta, presenta muchos problemas, algunos de asombrosa complejidad, que todavía no tienen solución definitiva. El consenso se obtiene sólo sobre lo que es obvio, ciertos hechos establecidos, y estos proporcionan sólo un amplio marco dentro del cual muchas y frecuentemente bastante diferentes reconstrucciones del curso de los eventos reflejados en las cartas de Amarna son posibles y han sido defendidas.

A partir de las evidencias, la fecha más temprana posible para esta correspondencia es durante el reinado de Amenhotep III, quien gobernó de c. 1388 hasta 1351 a. C., posiblemente en su 30º año de reinado; la fecha más tardía cuando estas cartas fueron escritas sería la época del abandono de la ciudad de Ajenatón, que se cree sucedió en el primer año de reinado de Tutanjamón (Tutankamon), c. 1333 a. C. Sin embargo, Moran comenta que algunos eruditos opinan que la tablilla EA 16 pudo haber sido dirigida al sucesor de Tutanjamón, Ay.

Las cartas de Amarna y la teoría del abandono de Ajetatón

El lugar donde fue encontrado el archivo en la ciudad de Ajetatón, nombrado como “La Casa de la Correspondencia del faraón”, ubica como un completo archivo de documentos diplomáticos, clasificados y traducidos por un ejército de escribas dedicados a esa tarea.

Precisamente, la hipótesis que se ha sostenido en referencia al abandono apresurado de la ciudad Ajetatón a la caída del régimen del faraón herético a modo de huida, se basa en el estado ruinoso y desmantelado del archivo diplomático. Los que sostienen dicha hipótesis muestran el estado desordenado y desastroso en que se encontraron las tablillas de arcilla como una prueba de que desmantelaron todo el archivo llevándose aquellas cartas importantes únicamente y dejando el resto de cualquier manera en su apuro por huida.

Analizando la mecánica de cómo funcionaria el sistema de correspondencia diplomática se podría echar luz a esto. Las tablillas eran el medio en común entre las cortes de los estados vecinos y la corte egipcia, el lenguaje diplomático era el acadio o babilónico.

Pero lo más probable es que existiera un archivo paralelo a las tablillas, en papiro e idioma egipcio. Un equipo de escribas traducía la tablilla al egipcio en cuanto se recibía, y fieles a la costumbre egipcia de registrarlo todo, se hacia una copia de dicha tablilla en papiro y hierático. Este último sería la parte importante del archivo diplomático: un conjunto de documentos en papel y lenguaje local, fácil de trasladar, y al estar clasificado por la eficiente burocracia egipcia, seguramente ordenado de tal forma que al necesitar releer el documento, era de fácil y útil localización.

En consecuencia, si hablamos de que la salida de Ajetatón se hizo en forma apresurada a modo de huida basándose en el estado de las tablillas de tierra cocida, pesadas y de difícil traslado por su fácil rotura, dicha teoría se cae por completo al momento de pensar que el archivo real estaba en papiro e idioma egipcio, siendo copia fiel de la correspondencia enviada y recibida. Más aún, el sistema de correspondencia diplomática basado en la escritura cuneiforme era una imposición del status quo internacional, como forma estandarizada de comunicación entre gobernantes extranjeros.

Esta imposición seguramente no sería del agrado de la burocracia egipcia, ya que no existe ni una sola tablilla de correspondencia entre el faraón y sus gobernadores o mandos militares en los estados sometidos de Palestina o Siria: sencillamente porque para los casos de correspondencia interna, la formalidad era que las cartas eran en papiro e idioma egipcio.